Es Navidad. Las calles se adornan y se iluminan hasta la madrugada. Pistas
de hielo. Lotería y anuncios. Turrón. Mazapán. El árbol lleno de guirnaldas y
adornos. Mis horarios son extraños, trabajo los días más festivos del año, como
el veinticinco. También el uno y el seis de enero. Navidad es consumo. Es regalos.
Es idiotez. También provoca reuniones familiares y suicidios. Cenas de empresa
y pequeñas reuniones de pseudoamigos a los cuales no has visto en meses. Ayer
tuve una de esas. Fue divertida. Primero me llamaron asaltacunas y luego la
feminista del grupo se enzarzó conmigo por mis presuntas afirmaciones
misóginas. Puede que sea misógino, pero también soy pedante, encantador y tengo
sentido del humor. Las etiquetas son negativas cuando careces de sentido del
humor. Espero que también tenga esa pasión para oponerse a la aberración de la
nueva ley del aborto.
De hecho quería hablar de política, así nadie se podrá quejar que no
toco varios temas. Es curioso, no me agrada nada Zapatero, ahí le tenemos yendo
de televisión en televisión publicitando su libro, pero, ¿eso no era algo que
sólo hacían los famosillos en plan Belén Esteban? Supongo que el cargo de
presidente del gobierno hace tiempo que quedó denostado por su falta de
seriedad. Además él fue un presidente incompetente. Inepto. Sus discursos eran
lentos, cansinos, como si hablara a un público autista. Podríamos haber
sorteado la crisis mucho mejor si no la hubiera negado, si se hubiera atrevido
a decir la palabra en voz alta, si
hubiera intentado acabar con la burbuja inmobiliaria. Pero en vez de eso se
creía ministro de economía y salía a la palestra a hablar de cheques bebes, del
plan E -que fue un autentico desastre y acabó con el superávit- y demás
ocurrencias. Luego venía Solbes, tachaba las medidas de imposibles y al día
siguiente se remendaban. Así, todo muy de andar por casa, de opereta
socialista. Luego vino Alemania –BCE, FMI, CE- le obligó a tomar otra clase de medidas,
pero eso sí, nada contra los paraísos fiscales, ni subir los impuestos a las
grandes empresas, nada. Un socialista con una política económica neoliberal. España
es diferente, sin duda.
Luego llegan las elecciones del 2011, la gente hace el estúpido y deja
de votar, vota en blanco o mete rodajas de chorizo en sus papeletas. Vamos, la
ignorancia más supina, ¿es que todos desconocen que con nuestra ley electoral
la abstención y los votos en blanco penalizan a los partidos minoritarios –que necesitan
más votos en el computo global- pero premian a los grandes partidos que con los
mismos votos pueden conseguir más escaños?
Bien, tenemos el peor escenario posible, los nietos de los mandamases
de la dictadura con mayoría absoluta y con la cortina de humo de la crisis, patente
de corso para hacer lo que quieran. Pero yo, y perdonadme la ingenuidad,
pensaba que dentro de sus errores e incompetencias intrínsecas, intentarían
hacer lo mejor para España. Pero su falta de moralidad y escrúpulos ha sido
sorprendente. No han venido a gobernar para nosotros, no os dejéis engañar por
mentiras del estilo: “no quiero hacer
esto, es la realidad la que me obliga” o la sempiterna excusa: “es la herencia recibida”. No. Todo lo
que está haciendo Rajoy es premeditado. No se están dejando llevar por sus
ideales neoliberalistas. Están haciendo dinero a nuestra costa: privatizan la
sanidad porque luego, cuando acabe su mandato, les es indiferente si dentro de
dos o seis años, se irán a trabajar a los consejos de administración de las
empresas a las que están vendiendo los hospitales. Esto ya ha sucedido con los
consejeros de sanidad de Madrid. Salvan los bancos –se calcula que han dado
totalmente gratis, el préstamo con intereses ha resultado otra mentira, casi
100.000 millones de euros-, porque cuando abandonen la vida política irán a
trabajar allí.
La ley laboral, poner tasas en el poder judicial, las nuevas multas
por grabar los abusos de los antidisturbios, hacer ilegales los escraches… todo
para que puedan seguir sin que nadie les moleste. Y la ley del aborto y la
segregación en los colegios porque la conferencia episcopal les apoya. Como en
los buenos tiempos de la dictadura. Nada ha cambiado. No quieren escucharnos.
No les importa si existe el HAMBRE en España. Según Unicef uno de cada cuatro
niños está en peligro de malnutrición. El Banco de Alimentos va a repartir
comida en España a más de un millón y medio de personas. No les importa
cargarse la ley de dependencia y dejar a miles de personas totalmente desahuciadas.
Para que entendáis la catadura moral de la gentuza de la que hablo,
hace unos días antes del paripé de la subida de la luz -todo acordado, al final
subirá un 7% e incluso quedarán bien-, echaron abajo con su mayoría absoluta
una iniciativa de todos los demás grupos parlamentarios para que durante el
invierno no se cortase la luz a todas las familias que no pudieran pagar su
factura. ¿Por qué? Simplemente porque el oligopolio de las compañías eléctricas
funciona con la connivencia de los políticos que después de dejar su mandato van
a trabajar allí como consejeros. ¿Os suena de algo?
El resumen es que estamos en una dictadura de facto en la cual el PP
está privatizando nuestro estado del bienestar, no por necesidad, sino por puro
interés personal, por dinero, para seguir viviendo por encima de sus
posibilidades. Y volvemos a la diferencia de clases. A penalizar la cultura con
la subida del IVA, las tasas universidades, las becas Erasmus sin fondos y un
largo etcétera. Es la primera vez en la historia en la que una generación va a
vivir peor que sus padres. Es una vergüenza. Y ni siquiera es necesario, es
algo que están provocando a sabiendas de las terribles consecuencias que está
teniendo para la ciudadanía.
Por eso sí, disfrutemos de la compañía de nuestra familia y amigos.
Del espíritu navideño que impregna todo y que a veces, sin hipocresías, nos
hace ser mejores personas durante unos días. Pero luego, en enero, informaros,
seguid leyendo, formar asambleas ciudadanas, mirad a vuestro alrededor y moveos,
no os quedéis en el “me gusta” o el tweet indignado. No os adocenéis, no creáis
que esto que estamos viviendo es una democracia
real, no caigáis en la resignación, en la desafección. Es lo que quieren
provocar denostando a la democracia desde dentro. Estamos hablando de esos
políticos que han comprado un camión de agua valorado en más de medio millón de
euros para que los antidisturbios puedan “dispersar” a la gente en las
manifestaciones como en las peores dictaduras. Insisto, no olvidéis quienes son
esta gentuza que forma la cúpula del PP: nietos de fascistas, sí, esos señores
que cuando en 1936 perdieron las elecciones dieron un golpe de estado a la
República. Esos mismos señores que nunca han perdido perdón. España es el único
país del mundo en que los malos, los fascistas, ganaron. El único donde todavía
hay fosas comunes en las cunetas con los abuelos de los que realmente lucharon
por una democracia en este país. Pensad en ello.
El decadente sabe que la forma mata el espíritu. Por eso intento
eludir la tentación de escribir otra vez sobre abismos y columpios
agorafóbicos. Sobre paredes que resbalan como babosas en celo buscando la
carnaza de mi cerebro. Sobre esa parte de mí que fornica en un suelo de botellas rotas y niebla de hachís.
Pero tengo el tiempo verbal indeciso ¿Primera o tercera persona? Escribir es
un hallazgo solitario. Insomne. El público a veces entorpece. Trabas mentales. Pasan
los minutos. Una hora. La espera no da resultado: la página sigue emborronada. Nada
fluye. Nada fascina. Quizás sean las secuelas del exceso. De no querer ser
parte ni conjunto. Contenido o continente. De sólo aspirar al desconcierto. Al suicidio
antes que la alienación. Al camino de piedras que empieza en la nada masoquista
y termina en la futilidad de un cielo inmenso pero sin respuestas.
Y a pesar de
ello observo con náusea como la ignorancia se convierte en fe. La democracia en
dictadura. La inercia de corromper y negar. La carcajada ajena de hiena como
camino unidireccional. Y los ojos arden. Son violados por gaviotas de fondo
azul que caen como buitres sobre el asfalto de ideas neoliberalistas. Y las
hojas de otoño ríen y cantan villancicos. Aunque no haya comida ni árbol de
navidad.
Pero ya no quiero palabras. Ni desolación. No quiero tsunamis de
sentimientos ciclotímicos a los que subir la falda y meter mano. Ahora mis
dedos de unicornio no se detienen ante los indecorosos tatuajes de una piel
taimada. No rinden pleitesía a esos amores que sólo saben mezclar ternura con
crueldad. Carcaj de ansiedades. No soy más sabio. Sólo más prudente.
Por eso te
insisto: no permitas que tu orgullo silencie un te quiero. Eres mi estupor
sempiterno de esperanza. Los puntos suspensivos de mi presente. El puerto donde
mi naufragio pierde el equilibrio y se convierte, contigo, en poesía.
Hoy he vuelto a casa paseando entre las calles vestidas de Navidad. Precioso.
Como esa gran hermandad de eunucos emocionales que arrugan su cartera en los
centros comerciales. Yo pertenezco a la secta de los decadentes y prefiero
pensar en tus bragas. En como se visten de lágrima de orgasmo cada vez que abro
las yemas de mis dedos a la vulgaridad. Soy una isla de manos frías naufragando
entre tus piernas. Tu boca hiede a sexo. Mis dedos te violan. Te asfixian
contra el colchón. Las sábanas nos rodean como una zanja oxidada. Sus luces
vomitan poesía cada vez que te nombro. La sangre cae junto al orgasmo. Busco algo
que sólo existe cuando soy lugar en el silencio que grita tu piel.
Siempre hablando de lo mismo. Utilizando las mismas palabras. Sin
sentido del humor. Mis letras tienen el mismo decoro que la voz del
sepulturero. El hachís me provoca sueño sin sueños. Como esa vida real que te
obliga a madrugar los domingos. Sólo podría salvarme la Belleza. Pero para ello tendría que inmolar mis heridas en el
papel. En el vértigo del himen escondido en los pantanos del pensamiento. Hacer
arder mi sangre con vino barato mientras los dioses ateos se jactan de su
despótico desdén.
No importa. La encrucijada de la página en blanco sólo es una curva de
puntos suspensivos. El telón baja. Fundido en negro.
Me ama. Me ansía. Me
quiere tanto que necesita destruirme poco a poco. Pero no importa. La mejor
forma de escribir es borracho, enamorado, drogado, asfixiado, con los dedos
llenos de sangre, saliva, flujos, semen, sudor. Mentalmente inestable. Pido
otra carta. Lanzo los dados trucados. Me masturbo con la grieta del río pálido. Con la promesa de. Al final
siempre se trata de sexo. De atraparla. Atraerla. De dominarla a través de mi
propia dominación. De placer. Tirándola del pelo. Buscando la arcada entre esos
bellos valles de azul límpido. ¿Para qué
sirve la literatura? Hay que matar la carne. Alzarla y golpearla contra la
pared. Atravesarla. Ir más allá. Cosificarnos. Elipsis anal. Negación. Abismos.
Cicatrices. Marcas. Mordiscos. Arañazos. Rompeolas en la piel. Destrucción. Los
ojos son accidentes ciegos. Me corro en tu garganta llena de aristas. Cambio
los puntos suspensivos de tu interior. Destrozo tus sinapsis. Bailo un vals de
humo blanco en tu corazón. Soy un jardín arañado por la lluvia de tu sudor. Me
deshago dentro de ti. Tu coño de niña rota esconde el poema más sucio. Lo busco
con mi lengua intentando abrirte del todo. Lloremos un par de orgasmos. Manchémonos
uno del otro. Rosal azul y cuervo negro en medio de una tormenta de pieles de
luz. Tierra empapada y dilatada frotándose en el cajón cerrado de un eco de
existencia pretérito.
Mascaras. Quimeras.
Segundos. Estupro. Academia. Invencible. Aquiles. Adicción. Aflicción.
Asesinato. Ágape. Eunuco. Emoción. Frío. Destemplanza. Anémona. Asequible.
Infierno blanco. Amor. Guerra. Senil. Futilidad. Espejo translucido. Es mentira
que el arte salva, sólo se enamora de una soledad elitista.
Hiedes a humo y desgarro.
La vida nos sumerge. Como una poesía de nudos y cepos. De quinielas de ombligo.
De bofetadas sin bragas. No eran rumores lo que leíste sobre mí. Todo surge sin
épica. Bregando con las limitaciones de un ladrón llamado romanticismo, pátina
estúpida, vetusta y esquizoide.
A veces he tenido deseos de mutilarme y
enviarte mi sexo ensangrentado con un lazo de regalo. Deshacerme del anhelo y
la pulsión. Y me imagino como aceptas encantada mi sumisión. Como acunas mis
cojones en tu pecho. Como coses unas alas de mosca a mi polla para enseñársela
a tus amigas. Naufrago a tu alrededor como una soga demasiado prieta en torno
al cuello azulado.
El hachís reblandeciéndome
el cerebro. Bukowski riéndose en las alturas de todos nosotros. Somos
pusilánimes. Ajenos al desdén de lo importante. Somos Dresde. Mujeres alemanas
violadas una y otra vez. Abriendo sus piernas a los vencedores. Desgarrando sus
rodillas. Recibiendo el cáliz ruso a horcajadas antes del fundido en negro de
los bombardeos.
Ropa interior desahuciada.
Dedos abriendo la carne. Dolor. Placer. Mentira. Posesión. Me intentas arañar
pero te aplasto con mi cuerpo. Mi polla entra y sale con dureza. Tus ojos
refulgen odio. Estoy a punto de correrme. La saco y vuelvo a deslizarla en tu
interior muy lentamente. Gimes y todo sigue su rumbo. Divago para alargarlo. Es
todo una idiotez. Fricción. Sangre inflamándolo todo. El orgasmo es la mentira.
Cuando llega todo se vuelve opaco y pierde su importancia. El orgasmo es la
empalación del romanticismo. Es la puta del año pasado. Es un disfraz de
rencor. Somos hormigas alienadas debajo de una lupa. Y la lupa se siente
poderosa ajena al niño. Y el niño juega ajeno a la vida del adulto. Y Dios observa
todo desde su celda acolchada. Su baba blanca es el universo tal y como lo
conocemos. Pero toda esa energía indiscernible y todopoderosa está totalmente
ida. Su cerebro es un cascarón vacío. Es la nada sin un nombre digno de
recordar. Un fantasma sin pasado. Una broma escatológica. Miedo a la otredad.
Y todo sigue. Y seguimos.
Pero tu orgasmo no llega. Y el mío es muerte.
Denostado. Cansado. Eterno semáforo en rojo en una avenida llena de
invierno emocional. Sin otoños. Destrozado y a la vez intacto. Como un dios
insolvente con el cerebro y los bolsillos llenos de polvo. Un hueco vacío
mirando con arrobo una flor ajada. Intento barrer la oscuridad. No lo consigo.
Y me siento culpable. Estoy dejando que el trabajo y los hombres grises con sus
ametralladoras ganen. Que mutilen lo poco –muy poco- que queda.
Alzo la botella de vino. Un trago largo. Duro. Ambrosía caliente y
barata despertando el espíritu y matando la forma. Sí. Ahora me siento algo
mejor. Aunque la página en blanco siga escupiéndome con desarraigo y las
paredes –finas como piel de párpado-, sigan odiándome. No. No puedo escapar de
los errores cometidos. No soy vital. Ni creativo. Ni siquiera trágico. No
engaño a nadie. Fracaso en buscar el deslumbrante relámpago de la palabra. El
rostro perdido de Baco. El poema que acabe con mi guerra interior. No me atrevo
a bailar descalzo el brindis de cristales rotos. Aunque hay cosas peores que
estar solo. Lo dijo Bukowski. Tiene que ser verdad. Pero no hay talento que
desovillar. Sólo grandes párrafos de sandeces personales que mueren bajo el
yugo del hacha de fuego del pudor.
Pero he de confesarlo: amo mi veneno. Subir tus escaleras rotas. Ser
una mosca atrapada en la telaraña azul de tu coño. El único lugar real que conozco. Aunque estrangule mi
corazón y luego mi polla. A fin de cuentas el amor es una rosa pugnando por
sobrevivir en el cementerio. Una trampa domesticada. Un reloj que, en las
mejores noches, parpadea y se retrasa.
Quizás lo único cierto de todo esto es que el amor odia a los
contables. Por eso cuando estoy contigo olvido mis matemáticas y siempre me
pareces infinita. E incluso a veces, cometiendo un exceso, un poco mía.
Somos un eco. Un chiste. Un eclipse. Sonámbulos jugando al escondite
inglés. Asesinos impenitentes que aprovechan su libertad condicional para
volver al lugar del crimen. Y ese lugar es un abismo de silencio con forma de
cama. Buscamos en el reencuentro una inmortalidad efímera que es simple narcisismo,
no amor. No nos damos cuenta que sólo somos espejos de piel. Y al
canibalizarnos el trofeo se inmola sin expiación.
El vaso gime y cae el nudo de sabanas. Todo se cubre de rojo. Quizás
sea la coartada para enfrentarnos al pasillo sin ventanas. Me acaricias con tu
lengua. Abres despacio las piernas. Como si así pudiéramos llenar de pelusas
las marcas de tus antebrazos y acallar sus gritos de lucidez suicida.
La almohada recoge el perfecto rasguño de unos besos fósiles. Hay
ansiedad por esculpir violencia ebria en tu cuerpo. Por cambiar ternura por
pornografía y rubricarla con enjambres de sangre blanca. No hables: es más
lírico dejar caer tu ropa sobre el asfalto de mi deseo, engañar a los sentidos
con la ficción de una jaula sin barrotes.
Te follo –penetrar en un verbo inepto- hasta que revientan tus
costuras y el frío de tu interior inunda la habitación. No me importa, estoy
acostumbrado. Los dos bregamos buscando algo honesto que no esté ensuciado por
la bilis de la abstinencia y el cinismo.
Orgasmo. Ninguno pierde el equilibrio. Ha sido
un razonable desastre. Adiós.
Nick Drake de fondo. El polvo masturbando el aire en su caída. Sólo me
mantendré despierto una hora. Luego la muerte del sueño sin sueño. Bajar la mano. Ajustar la
herida. El sonido monocorde del teclado. El frío erosiona mi cuerpo. Sucede
dentro y fuera. El hachís intenta combatir la página en blanco. Los bueyes
descansan. La botella de vino acuna mi escaso talento. Quiero ser árbol. Pero sin la obligación de morir de pie.
Dios es un deforme sin carisma. Como la estampa de un dibujo animado. Un gánster
que marca las cartas y fuma ufano un gran puro. Un pequeño gusano que repta por
tu piel y se alimenta de tu decrepitud y tu dolor. Un impotente que odia el
sexo y desgarra tu clítoris. Disfruta cada momento de frigidez insolvente. Ríe
ante cada perdida, mutilación y olvido. Es jodidamente malvado. Reparte sus
dones y luego los arranca con la crueldad de un niño psicópata. Intentamos
desesperados saltar y eludirle, pero sólo conseguimos formar su huella dactilar
en el asfalto. Dios es un violador. Una mastectomía de urgencia. Un
apocalipsis de pus en celo. Es decadencia. Es prosa poética.
Y Dios, en caso de existir,
a quien más odiaría de toda su creación sería al Poeta. En él cebaría todo su
desdén, asco y crueldad. Porque el Poeta habla de cosas que existen y no
existen a la vez. Como los violines de mar. El poeta utiliza aristas de puntos
suspensivos para curar la herida. Su cama huele a cueva y regazo. Tiene mirada
de luciérnaga y flor dormida. El poeta sigue la ropa tirada en el suelo de su
musa dibujando con tiza el camino hacía su cuerpo. Sus labios besan hemorragias
y abismos. Toca el piano en el burdel y habla de amor con los ojos abiertos. El
poeta es hermoso como una iglesia en llamas. E incompleto como un puñal de
plumas.
El poeta, en definitiva, es un hombre de viento que aún no sabe volar.
Y por eso escucha los secretos de las piedras. Porque las piedras hablan, nunca
están en silencio. Los demás lo hemos olvidado, como hemos olvidado desde la
infancia todas las cosas importantes que nos rodean. Pero el poeta las mira a
los ojos, escucha sus ruegos y las dedica sus primeras cartas de amor. Y ellas
se alimentan de su poesía. Y brillan. Por eso, cuando el poeta está distraído,
se meten en su ropa –como pequeños secretos-, y se vuelven más y más pesadas.
Quizás la felicidad es el silencio del dolor porque la risa del
mutilado aún necesita amor. Knut Hamsun hablaba de ello pero fue Vallejo quien murió
de hambre en Paris. Van Gogh rechazado por una puta. Rimbaud muriendo en África
mutilado por la sífilis. Pound encerrado en el psiquiátrico. Sylvia Plath
metiendo su cabeza en el horno. Pizarnik asqueada a los treinta y seis años.
Hemingway haciendo un dibujo en la pared con sus sesos. Lorca asesinado en una
cuneta. Burroughs disparando contra su mujer. Woolf y sus piedras. Kerouac y su
resaca de diez años. Kafka y sus neurosis. In profundis de Oscar Wilde. Dickinson
y su reclusión. Brontë y la tuberculosis.
El vomito. Gusanos negros bajo el colchón. Guardando en la boca un par
de monedas sucias para Caronte. Notas agudas. Años de estudio que acaban en las
fauces de alzheimer del contenedor. No hay calor detrás de las cortinas. Sólo definiciones
erróneas. Y putas llenas de luto. Mujeres que dejan un rastro agridulce en el
suelo de porcelana, te arrancan las pestañas y cosen tus heridas de deseo
frustrado.
Hay lujuria en una bufanda que asciende e interrumpe el cielo gris
plomizo. He visto muñecas con zapatos de tacón paseando su leyenda ante un
pelotón de fusilamiento asustado. Gasas de azul etéreo, con voz de luciérnaga,
convertidas de pronto en esquelas de pavesa.
Y ella, con su cuerpo de cuento, de poesía sin verso y columpio de luna. En su segura oscuridad de feto
en la placenta. Sábanas rojas de horizonte infinito. Llega el hombre con su
sonrisa falsa y sus uñas suicidas. Y lo rompe. Las letras haciendo táctil el pecado y robando su inocencia. Y ya sólo queda resolver sin
carisma todos los conflictos existenciales que provoca la luz de la lampara. Intentando
fingir que la vida nace en el reflejo de un espejo de latón. Sin
alcohol. Ni cocaína. Sólo con la alevosía del bufón que intenta maquillar las
secuelas. Pero que lo único que consigue es amoratar las fronteras de un deseo
tan vano como un amor de verano. E intentamos bebernos la sed. Llenar nuestras heridas de esperma y flujos. Despojarnos de la ropa como si nos arrojáramos a un precipicio de
madera para así poder sentir el vértigo de una pelusa inmortal y nihilista. Y cuando esas llaves mohosas rompen el himen literario nadie lo considera un crimen. Están
acostumbrados a asesinar la virginidad con signos de puntuación mal elegidos. Sin
sangre. Sin brillo. Vulgar penetración.
Por eso, como justo castigo, amanecimos convertidos en estatuas de sal y tinta.
Tres años de decadencia. Tres años dedicados a escribir en el blog con
cierta asiduidad. A veces no sé qué me impulsa a
escribir de madrugada, con la botella de vino rechinando soledad, bailando en la
oscuridad con la oscuridad mientras las paredes resbalan y se escuchan los
recuerdos de una amante ingrata, las pisadas silenciosas de un gato fantasma o
un conejo psicótico. El humo del hachís rodea el calendario del año pasado y el póster de Fight Club. La poesía de Bukowski, Panero, Iribarren, Dickinson
y tantos otros me ilumina como un neón destartalado. El loco grita desde
su agujero y me siento al borde para cantar juntos su canción de amor. Y es entonces cuando mi mano se desliza sobre el teclado y el texto se llena de semen y sangre. Es divertido, sí, de otra manera no tendría sentido volver a ello una y otra vez.
Este último año ha habido más poesía. O siendo estrictos prosa
poética. También durante dos meses una novela a cuatro manos con Nuria. Quizás tuvo
un final abrupto pero estoy muy orgulloso de algunos capítulos. También he compartido vídeos donde periodistas como
Gabilondo nos han informado de como la crisis ha servido de excusa para que las
grandes empresas –con la connivencia de los políticos-, se aprovechaban de la
no-democracia para destrozar todos los avances sociales que se han conseguido
en el último siglo. Hace un año hablaba de los resignados –como broma privada
ante esos mal llamados “indignados”-, ahora el término que se me ocurre es
“precarios”. Nada cambiará después de la crisis, todo se ha perdido, se han
cargado el estado del bienestar, la sanidad se privatiza, la educación con
aberraciones como separación de sexos, los sindicatos buscando no perder sus
subvenciones y firmando cualquier cosa, minijobs… mentiras sobre mentiras,
somos números dentro de una dictadura capitalista. El PP
sólo es la correa del amo. El PSOE ni siquiera existe ya.
Volviendo a temas más banales, a pesar de los parones en las
actualizaciones, de quitar comentarios, de ser un ingrato con vuestros blogs,
siempre hay una media de trescientas visitas al día. Y también más de trescientos seguidores Google+. Gracias. Por otro lado este año también he entrado en
las redes sociales. Pero a mí manera. En Twitter utilizándolo exclusivamente
como pequeño arrabal de literatura, sin concesiones a lo personal, pocos
tweets. Y en Facebook con enlaces a
artículos, vídeos y lecturas. Espero que eso sirva como excusa
por mi irreverencia. También andan por ahí los enlaces a mi Spotify y Last.fm para que podáis criticar a
gusto mi eclecticismo musical.
El tiempo es mezquino con los blogs. Casi no queda ninguno de los que
existían hace tres años. Se deja de actualizar poco a poco, los lectores se
olvidan, la rutina y las ganas desaparecen… intrínseca idiosincrasia. Recuerdo a Lunática y sus
historias de niñas psicópatas, o aquella entrada donde nos metía a todos en una
historia kafkiana de tintes orgiásticos. Mi querida Alma Agridulce. Sbm con su blog privatizado. Lo mismo
que ha sucedido recientemente con Advenedizo y su crónica nada.
No todos se han escorado en la vorágine del olvido, ahí tenemos
siempre a esas dos incondicionales, con sus hermosos espacios personales, Ficticia y Nuria (en su vertiente erótica). Amapola Azzul con sus
comentarios. La que canta
con lobos y su regreso a medio gas. Dalicia. Abismo en
Twitter. Carol. Jane. Tampoco
quiero hacer una lista, como se suele decir: son todos los que están pero no
están todos los que son. Me gustaría reseñar también a todos esos anónimos que, de vez en cuando, se atreven a realizar algún comentario
o crítica.
Tres años. Algunas lectoras
pensarán que me he adelantado. No. Fue una noche como esta, unos días después
de mi cumpleaños, cuando comencé con el blog. No sabía exactamente que hacer.
Escribía de libros. De mi última debacle sentimental. De nada en concreto. Al
final decidí borrar todas aquellas entradas. Pequeñas muescas que sólo se notan
al acariciar el pasamanos de la entrada. Me percaté demasiado pronto de que prefería
no hablar de mi vida real, o mejor dicho, hacerlo mezclado con literatura para
que nadie se diera cuenta. Es divertido, aunque a veces, sinceramente, dan
ganas de contar las cosas sin más, de vomitar penas y alegrías sin cortapisas.
¿Cómo resumir este último
año? Ocho mil canciones escuchadas. Seiscientas películas. Más de cien libros
leídos. Excesiva precariedad laboral. Dioptrías perdidas de noche delante del
monitor. Muchas palabras ajenas escritas a ras de hueso de mujeres que ha
merecido la pena conocer. Que luego han inspirado mi literatura erótica. Otras
que son partículas muertas de olvido. Pero de las que también he aprendido mucho. Blogueros con ínfulas que no saben escribir pero se masturban con estadísticas. Otros que ni siquiera tienen la opción de comentarios
pero destilan genialidad...
¿Cuánto tiempo estaré por aquí? Quien sabe. Ahora abrazo una
felicidad sentimental que no esperaba. Tampoco esperaba seguir escribiendo más
de dos meses seguidos. Supongo que, como en todo, tienes que vivir al día.
Disfrutar de lo que va surgiendo.
Siempre me agradaron las
películas de viajes en el tiempo. El concepto de una segunda oportunidad. La
idea en la cual un yo más maduro es capaz de volver atrás y hacer las cosas
mejor. De superar la timidez, de no encomendarse a la necedad del orgullo o L'esprit de l'escalier.
Quizás las despedidas son
lo más complicado. Hay algunas nacen perfectas por la limitación del instante,
como las que se producen en una estación de tren, donde el abrazo, la sonrisa
de lágrimas, nos dejan indefensos, permeables al contexto y el entorno. Luego
están las privadas: el último polvo, beso, la última mirada desinhibida,
desnuda, antes de ponernos de nuevo la coraza.
Otras -la mayoría-, son un
desastre. Relaciones estrellándose contra un alzheimer lleno de odio. Gritos.
Bofetadas a la pared. Malos recuerdos que se convierten en los últimos y
empañan el pasado. Aunque quizás, sobre todo con los amigos, la confianza
desaparece sin grandes estruendos. Estamos tan lejos. Tenemos tan poco tiempo libre.
Indiferencia. Un año después, cuando te encuentras a esa persona por la calle,
no sois los mismos, no hay interés ni curiosidad.
Y sé que no he estado a la
altura en alguna de mis despedidas. Sobre todo con ellas. Y a veces deseo que
esa idea inmadura de tener una máquina del tiempo se haga realidad. Pero es
imposible.
Por eso, ahora que he vislumbrado la sombra de Sísifo en la pared,
me gustaría despedirme de ti. Justo en este momento, cuando miramos como cae
aguanieve por la ventana, tácita belleza, ahora que todavía nos sentimos intactos,
invencibles, ahora que nuestra mirada sólo contiene deseo y planes de futuro. Y
por eso te cuento cinco secretos, que ahora ya no son secretos, sino canciones
y poemas que serán siempre tuyos. Y te recito de memoria las mejores noches que
hemos pasado juntos. Las ansiedades que mueren anegadas de belleza en tus ojos.
Y te explico porque tu orgasmo en hogar y tu risa panteón. Y sigo hablando
hasta que me quedo afónico y empalmado. Hasta que tú, acostumbrada a mis payasadas,
me tapas la boca con tu boca y todo se desvanece en esa idea absurda de que yo,
al final, también pueda ser inolvidable para ti.
El día siguiente no me
comentas nada. Pero ya está hecho. Mucho mejor que un seguro de vida: es un
seguro de belleza poética. Como si desde el pasado pudiera acariciar las
arrugas del futuro. Y por eso ya no me preocupa seguir escalando la montaña de
aniversarios ficticios, citas literarias noctívagas, películas, canciones,
caracteres incompatibles, mordiscos, guerras y paraísos. Seguiremos siendo
felices hasta que el faro de la decadencia ilumine el horizonte del naufragio. Y
entonces, aunque duela, como es intrínseco en la herida, nuestra despedida será
perfecta. Porque podrás acordarte y volver a este día. Como en una tragedia
griega todo habrá ocurrido antes de suceder. Como en el eterno retorno de
Nietzsche. Como en un cuento de Borges. Como si hubiera conseguido colarme en
el DeLorean y por una vez, por una sola vez, pudiera volver para despedirme y, a
pesar de mí mismo, hacer las cosas bien.
**
Siempre he sido fiel al
himno que embiste y aniquila
A la lengua voraz que
desnuda todos los infiernos/paraísos
Por eso me acerco de
puntillas a besarte
Para que mi amor de
insecto
Se abrase, muera y
resucite
Contra tu belleza
entrenada
Sólo soy capaz de recordar
la vida
Desde la tinta de tu
regazo
Por eso me trago tu risa
sin masticar
Y beso tus rodillas
Y peino tu caos
Y bailo la música que
escarchan tus heridas
Y justo cuando todo acaba
Y estoy hundiéndome en el
castillo de la nada
Mi gato –ese cabrón
insolente- empieza con sus recriminaciones
Me maúlla que siempre es
mejor follar
Con los ojos cerrados
Para evitar desgracias
terribles
Como el Amor
Es fácil para él
Lleva castrado cinco años
Pero sí
Tiene razón
La próxima vez
Intentaré no enseñar mi
jaula
Tan rápido ¿Quién puede encender un fuego con la leña de su
propio árbol?
Me duelen los ojos. También la sangre que se hacina en mis muñecas. La
desidia de bailar en la oscuridad con la oscuridad. Frase manida. Alcohol
haciendo el trabajo sucio. Debería de acostarme. Mañana hay que madrugar. Y
saludar agitando las manos hacia delante. Aunque las comisuras traicionen el
pensamiento. Los cadáveres empiezan a mover los dedos, se agitan, se rebelan,
levantan su cabeza tatuada de hacha y apagan la luz.
Recuerdo hace años cuando iba a casa de Miguel. No importaba si era
jueves. O martes. O sábado por la noche. Llevaba dos botellas de vino. Él
siempre tenía preparada una hilera de porros. Enormes. Gigantescos. Como la
aleta de un tiburón. Fumábamos con ansiedad mientras escuchábamos música
clásica, como dos moribundos en un país de ciervos azules. Él se creía invencible.
Yo me creía idiota. Sólo uno de los dos tenía razón. Todo siguió igual durante
un tiempo. Un lugar seguro al que recurrir de vez en cuando. Cuando el trabajo
no me dejaba dormir. Cuando la farsa de sombras chinescas y amor desleal
convertía mi garganta en un pozo de ladrillo rojo. Pero nuestras conversaciones
eran un teatro inútil, inane, estúpidas en su falta de retórica, fingiendo
equivocarnos con una sonrisa drogada cuando ya nos habían vencido mucho tiempo
atrás. Lienzo verde. Humo blanco.
Horas después llegaba a casa, a mi cama fría. Pero era incapaz de
dormir. Entonces aparecían los fantasmas aullando de dolor. Henchidos de odio.
Anhelando mí desperdiciada juventud. Arrancaban a dentelladas la piel del
corazón y me mutilaban los párpados. Dolía. Dolía demasiado. Me incorporaba.
Encendía el ordenador y las imágenes cercenaban mi sensibilidad. Pero también
me la ponían dura. El coño siempre omnisciente. Como única esperanza. Como
única abominación. Y discutía en voz alta si la Muerte vendría descalza o con
zapatos rojos de tacón de aguja. Tal vez sólo fuera una niña sonriente, vestida
de rosa, con dos globos en la mano: uno lleno de dioses y paraísos, el otro de
gusanos y polvo.
Recuerdo una de esas noches. Carla llamándome, su voz cristalizada en
esa rayuela dipsómana de quien sólo sabe vivir entre puntos suspensivos y
elipsis. Su falda airada. Sus pechos inmensos entrando y saliendo de mi boca.
Como una violación. Sus mamadas eran dolorosas. Quizás por eso me gustaban.
Vomité. Dos veces. Pero ella estaba contenta porque sólo veía amor
blanco deslizándose por sus muslos. Saliva. Otoño. Hojarasca. Capitulación.
Entonces tuvimos un brote esquizoide
Que duró
Exactamente
Cinco minutos
Fueron los cinco minutos más largos de mi vida.
A pesar de eso estábamos condenados. Ella leía a Brontë. Yo a Cioran. Ella
jugaba de rodillas a ese sinquerer quererte querer que mordía el
hueso. Yo bailaba sobre nuestra jaula porque sabía que estaba decorada con el
amor químico de los insectos.
Pero lo peor es que olvidamos cuando pesaba su cuerpo sobre el mío. Y
así, disculpadme, no hay manera de ofrendar te
quieros sin sonar ridículo.
Estoy escribiendo un relato muy divertido en el que voy andando por
Gran Vía con el monstruo púrpura en libertad, fuera del pantalón. Las mujeres
abren desmesuradamente los ojos y gritan asustadas. Los hombres corren de un
lado para otros buscando un policía. Pero el monstruo púrpura no sigue las
leyes convencionales, nadie puede detenerle en su conquista mundial. Además sabe que el arte que provoca pasividad es totalmente estéril.
Sinclair Lewis, Eugene O’Neill,
William Faulkner, Ernest Hemingway y John Steinbeck tienen dos cosas en común:
son premios Nobel de literatura y alcohólicos. Bukowski volvía de su
jornada de diez o doce horas y se ponía a beber y a escribir. Pienso en ellos y
borro el relato. Brindo por la burda sombra de autodestrucción y la sempiterna indolencia. A fin de
cuentas ni tengo talento ni pasión, para mí es un simple pasatiempo.
Alzar la copa ya supone demasiado esfuerzo.
Escucho un ruido arriba:
mis vecinos otra vez discutiendo. Él es un puto advenedizo, de esos que dibujan
sonrisas con tiza en el capo de los coches. Ella es una lolita de tetas caídas con
un tono de voz excepcionalmente agudo. Él debería de comerle el coño con más
intensidad y ella debería de hacerse una ligadura de trompas. Y yo debería de
subir y matarles. Acabar con su sufrimiento. Pero sé que son gente peligrosa,
al robarles el wifi descubrí que los dos tienen blog. Ella uno de esos típicos
donde habla de sus anhelos románticos mientras se folla al portero en el cuarto
de la limpieza. Escribiendo todos los días poemas vacíos, entradas vacías,
donde no dice nada, donde no hay vómito ni entrañas, como si tuviera nieve en
las venas. Él se esfuerza más, su vida sexual depende de ello. Poeta. Macarra. Macho
alfa que esnifa viagra y te ata al cabecero antes de escupirte y jugar a un rancio bondage. Todo da mucho
asco/pena como decía uno de esos innombrables con talento póstumo.
No sé si drogarme o
comprar condones y crucifijos de madera. A veces follamos mal, nos desnudamos y
las certezas se nos clavan y nos abren en canal. Alguien bucea ahí dentro
durante un rato y luego al salir escupe llagas magenta desilusionado porque
las vistas no son lo que esperaba.
A veces bebo como si fuera
una mujer embarazada buscando el aborto
Un aborto de tristeza
De accidente irreversible
Todo girando en torno a un
abrazo de ceniza y espejismo roto
Que nos excita ad
eternum
Sin percatarnos que somos
coños chocando contra pollas
En un parque de
atracciones donde esperamos nuestro turno
Mientras ponemos nombre de mascota tierna a las cicatrices.
Y por eso exclamo:
Levantaría un templo
Sólo para ti
Y me cortaría las venas
Para que bebieras mi sangre
Mientras muero lentamente
Porque las diosas sólo necesitan Victorias
Y despedidas.
Entro en ti con cierta violencia. Tenue dolor. Pero no me pides que pare. Tampoco lo haría. Giras tu orgasmo hacia mi boca. Sin metáforas. Ni poemas. Ni llamadas perdidas. Soy una pared enamorada de tus bragas. Derríbame.
Madrugada. Música suave que entumece aún más mi mente. Radiohead. Mañana hay
responsabilidades. La vida está llena de ellas. El tiempo agrietándonos poco a
poco hasta que el ataque al corazón anule el último segundo. Como si importara.
Ya desde la escuela existe una premeditada amputación de cualquier idiosincrasia
ajena al redil. Sonríe a la foto. Planes. Ambición. La madurez relacionada con
sufrir la frustración con entereza. Con templanza de ánimo. Asumamos
responsabilidades. Firmemos contratos. Tengamos hijos. Pergeñemos un legado en
forma de tuerca y con envoltorio de supermercado.
No me da asco. Pero me siento ajeno. Seguramente se trata de complejo
de Peter Pan. El aislamiento me provoca pensamientos extraños. Vivir solo.
Trabajar de noche. Tener pocos amigos. Admirar a Bukowski. Ser un misógino.
Vivir en España. Esto último de un malditismo irrefutable. Como decía Pérez Reverte
los políticos son una casta aristocrática de la cual ya es casi imposible
librarse. Guillotina o un par de décadas con una educación real, consensuada,
meritocrática. Pero es inviable. Quieren que seamos un país de camareros. Un
país turístico donde existe un grupo social olvidado que sobrevive en comedores
sociales, con la jubilación de los abuelos y buscando comida en los
contenedores.
Se puede cambiar. Pero produce demasiada pereza. La mayoría aguanta la
respiración creyendo que cuando la crisis termine volverán a sus antiguas
vidas. Cada uno vive de acuerdo a sus propias incoherencias. Sus propios
miedos. Mi mente divaga. Pero no me apetece escribir. Mi pequeña burbuja de
alcohol y hachís me provoca más indolencia. Más hermetismo. Más hipocondría. El
cerebro jugando a la ruleta rusa. Como si las palabras formaran un puzzle y la
mitad de ellas reposaran en el estomago de mi gato. Como ahogarse en un charco
de agua sucia -espalda de musa- y que el único sonido sea una mezcla de
estertor y victoria. Como una mujer que te juzga incompetente en apenas dos
segundos.
Pero bueno, qué más da. Es divertido ver formarse las letras en la
pantalla. Todas las cosas importantes tienen un precio. Requieren un esfuerzo.
El cambio. La escritura. Incluso el sexo. Sí, así es. No consiste en meter y
sacar. No es abrirte de piernas y ver que sucede. No es solamente dopamina y
oxitocina. Tienes que buscar la afinidad animal. Tienes que buscar la violencia
pornográfica. Olvidar el condicionamiento social. Buscar el desequilibrio y la
fragilidad. Consumirte. Casarte con la puta. Dejarte devorar. Romper con
violencia el rubor. Sin todo eso sólo es un vulgar ejercicio gimnástico sin
alma. La naturaleza moviendo los hilos. Comer. Beber. Cagar. Mear. Nada más
allá de tus necesidades fisiológicas. Busca la puta trascendencia. Pero no lo
llames romanticismo porque es una etiqueta de idiotas. Hablo de bailar dentro
de ella. Dejarte llevar y explorar límites. Sin ejemplos. Cada uno tiene un
espejo genital que tiene que limpiar de tabúes, ¿os gusta follar?
Nuestra vida es una lucha contra el olvido. Nos volvemos cobardes.
Conservadores. Nos alejamos de nosotros mismos. La pasión empieza a perder
sentido. Quizás por eso existe la literatura. Pero, por qué leer si puedes
penetrar el agujero de cristal, si puedes mutilarte, ahogarte. Si puedes
golpear, escupir, arañar, morder, amar, llorar, gemir. Si puedes sentir un
dolor o un placer tan profundo que todo lo demás se vuelve gris, opaco, incierto,
lejano, ajeno. Si puedes despertarte y sentir algo real por primera vez en tu
vida sin necesidad de hacer cola en el centro comercial.
Pausa. O punto y final. La digresión está motivada porque este hachís
me pone cachondo. Algo irrelevante, lo sé. Pero la acotación me parece de
extrema necesidad. Lo que quería decir, en resumen, es que el tiempo continúa
con crueldad. Y empeoramos. Como un cáncer fagocitando esa parte de ti singular
y única que te permite resaltar como individuo. No estoy hablando de los logros
prefijados que impone la sociedad, ni de etiquetas o nóminas. Hablo de la
esencia del ser humano que, con cierta dosis de optimismo, permite que seamos especiales
e inolvidables. Que podamos crear nuestra propia literatura, incluso a pesar de
nosotros mismos.
Hay algo en ti que susurra decadencia. Como un tiovivo mudo que gira
enloquecido a través del espejo. Quizás el dolor nos vuelve sentimentales.
Aunque creo que nosotros somos más de querernos dentro de sonrisas verticales. Enterrados entre sabanas de arena
que reflejan nuestra violencia pornográfica. Nuestro juego del escondite.
Desvírgame. Sodomízame como si fuera una autoestima medicada.
Desabróchame el pecho. La pertenencia cosifica. Y luego llega la sangre
menstrual. Soy madre del hielo rojo que nos rodea. Pequeña muerte genital. Me
follas de rodillas. Precipicio voyeur. Y luego tu piel se duerme
y quedo sola. Con la marea sucia de mi interior. Las cicatrices en el labio. Los
platos rotos. Al menos nunca me hiciste una promesa. Acuerdo tácito. Sólo son
mentiras con preaviso.
Pasemos lista a mi cubil de fantasmas. Sí, están todos. Incluso hay un
hueco para tu yo futuro. Siempre hay una excusa para el primer dolor. Lo demás
es ambición masoquista. Inanición sentimental. El eje podrido de Bukowski. Raíces mojadas incapaces
de provocar sombra.
Hace frío. Radiohead muy bajito. Hachís. Cenicero con forma de
rompecabezas. No me gusta llorar delante de unos ojos secos. Todo en la
distancia parece perfecto. Cierta necesidad de revisionismo embellecedor. A fin
de cuentas escribirlo es vivirlo de nuevo. Darle la vuelta a tus labios. Mudar
la piel. No me jode llenarte la espalda de versos, ¿hay una intimidad mayor que
memorizar el sonido que haces al correrte?
Ciertas coartadas quitan el frío. Quizás lo único trascendente sea vomitar escombros en tu ombligo mientras tú, poco a poco, violas el azul de mis ojos. Y, aunque ya no quieras ser poeta, consentir en llamarlo amor.
Tres de la madrugada.
Hachís. Aburrimiento. Locura. Fingimiento. Bukowski. Herrumbre. Sísifo.
Fricción. Caronte. Fisura. Deja Vu. Esquirlas. Chopin. Tristeza exhibicionista.
Sabanas como escenario de violencia y sobras. Síntomas que conmueven y provocan
otra calada de monógamo romanticismo. Flotar lentamente. Unicornio. Baldosas
manchadas de vino y tinta. Desdén. Feminismo. Conceptos. Modas. El recorrido de
una canción sobre mi piel muerta.
Timbre. Ahí estás.
Chasqueando los dedos. Escorando tu sonrisa. Fingiendo sentimientos. ¿Debo
abrirte la puerta? ¿Jugar a encontrarnos? Es una pena que no sepas escapar de
ti mismo. Huir de tu realidad unos instantes. Tienes demasiado miedo a dejarte
llevar, al dolor. Uróboros atrapados en tu psique. Inténtalo al menos. Vamos,
¿tan terrible te resulta necesitar a otras personas, crear rutinas? Cobarde.
Nadie puede curar tu maltrecha autoestima. Eres el espía de un jardín
abandonado. Un mensajero analfabeto. Un Dios ateísta. Aunque folles tan jodidamente
bien.
Abres mi carne. Tenue
dolor. Me siento ida y poseída cuando entras en mí. Y luego tu peso en mi boca.
Tu peso inerte, síntoma de la arquitectura de la nada que te rodea. Entrando.
Entrando. Y yo rodeándote con las manos, acariciando tus cojones de oro blanco.
Tu culo duro, como un sueño que sangra por la boca. Mi pelo cambia de color
como si fuera una cinta escarlata que marca tu cicatriz. Y el orgasmo. Tu baba
blanca refollando mi interior. Iniciando esa carrera que no entiende de amor,
odios, desaires, invenciones, tiempo, química, ansiedad, anhelos o recuerdos.
Sólo se desliza. Como un soldado sin compasión ni conciencia. Como un nazi
agitando su bayoneta. Un terrorista. Un alíen ajeno a su alacranidad. Sin
preguntas, pero con todas las respuestas equivocadas. Y resulta tan fea tu
huida, tan indecorosa, que necesito que sigas mintiendo. Viólame entre destellos
de incertidumbre y/o traición. Luego podrás casarte con todas menos conmigo.
El público experto que
asiste al espectáculo señala mi error. El equilibrio es inviable. Nuestra
imagen discordante. Debo alejarme. Dar ejemplo. Pero es demasiado tarde. Creía
en nuestra victoria. Quería que mis venas contaran nuestra grandiosa historia.
Quería ser mártir. Poesía explotando a su lado. Pero para ti, ahora lo sé, solo
soy pornografía. Y quizás algunas suturas de recuerdo.
Y sin embargo está noche
es la última, jodido poeta. Ahora me toca decirte adiós con crueldad e
hipérbole. Cerrarte las puertas en las narices. Ser loba esteparia. Levantar mi
falda con gracia ante otros. Ver todos los matices de nuestro amor destructivo.
Húmedo. Pegajoso. Genital. Tierno a veces. Anorgásmico siempre. Inestable.
Insomne. Estúpido. Vulgar. Traumático. Brusco. Promiscuo. Desequilibrado.
Voraz. Violento. Fanático. Turbio. Melancólico. Pornográfico. Mudo. Torpe.
Sofisticado. Taciturno. Catatónico. Desafinado. Perpetuo. Abominable. Y decirle
adiós.
Porque ya no quiero confundir azotar y evocar con el verbo vivir
No quiero llorar hasta que
me duela la cabeza
No quiero llevar bozal ni
que me enseñes a ladrar
No quiero que me sodomices
perdiendo los modales y el ritmo
No quiero manchar la copa
de vino y pensar que tú, y sólo tú, eres mi paraíso más habitable
No quiero ser jaula de
huesos, estropicios y agua sucia
No quiero ser candado,
mosca, guerra sin soldados
Mar sin puerto
Flecha sin objetivo
Mascota de resacas
No quiero que mi amor
esquizofrénico escoja la mejor de las vistas
No quiero ser la niña
triste
Que no duerme
Ni come
Y pasea cariacontecida su agarrotada
pena por las calles del otoño.
No, ya no. El tiempo
agrede, pero también enseña. Quería explotar, pero contigo. Y aunque me guste
practicar la tragedia, subestimaste mi sentido del ridículo, puto cabrón
decadente.
Todo es genial. Todo es una mierda. Me cuesta vivir. Pero mientras
tenga una botella de vino y pornografía todo es superable. El acto poético es mancharse
los dedos con la mortaja blanca del sexo. Esperar el accidente cálido y
sensual. Unos pechos que envilezcan mis manos. Una lengua recorriendo las
fronteras del monstruo púrpura. No hagáis caso al pesimista que indica que todo
es vulgar, ingenuo e incluso ridículo. No somos trámites. Puede que nos
convirtamos en animales que se masturban delante de los espejos que crea la
naturaleza. Pero hemos sido NOSOTROS quienes hemos puesto nombre al juego. No
quiero besar tus idilios decadentes, ¿de qué te sirven a ti? De nada. Sigue
follándote al suicidio pero no me entorpezcas con tu baile de confusas
palabras. Sigue siendo bombilla con anhelos de apagón. Mi luz llega más lejos. Mis
muros son aeropuertos donde me pierdo sin buscarme. Raíces de cemento. Ningún
vértigo me impide mantener el derrumbe en equilibro. Sólo caigo de rodillas
frente al cadalso de un coño húmedo y su espectáculo de miradas y jadeos.
Mi mano tiembla ante otra obra maestra de la depravación que Internet
ofrece a sus files retoños. La copa zozobra y el vino cae sobre el ordenador.
Se escucha un chisporroteo. Pequeña columna de humo anunciando la debacle.
Mierda. Estos vídeos eran mi único baluarte para superar otra noche de vacío
existencial. Miro asustado a mi alrededor, ¿ahora qué? De pronto resuena un
grito histérico en la calle, como si alguien tuviera un claxon de violencia en
la garganta. No sé dilucidar si es un mesías llorando al otoño o un borracho sintiendo
empatía por mi desastre.
Salgo al balcón. Joder. Es mucho peor: un poeta. Pensaba que estaban
extinguidos. Utiliza viles metáforas para hablar del AMOR. De su soledad. De la
épica del dolor. Esto es inadmisible. Nos ha costado años mutilar nuestra sensibilidad
para que ahora venga un sensiblero enajenado y nos escupa en la cara nuestra falta
de decoro y trascendencia. Saco la pistola. Apunto con cuidado. ¡BANG! Uno
menos. Escucho aplausos. Llega un furgón de la policía y recogen el cuerpo. Los
padres orgullosos salen en bata y pisotean sus poemas. Me estrechan la mano. Esos
soñadores son peligrosos –me dicen-, su locura es contagiosa. Gracias a mí sus
hijos vuelven a estar a salvo.
Los hombres grises dan cuerda a sus relojes. Antes de abandonar la
calle –mañana hay que madrugar-, me regalan un ordenador por recuperar la paz
en el barrio. Subo a casa. Me conecto de nuevo a Internet y busco el
vídeo de antes: mujeres y ranas dejándose llevar por la depravación. El pantalón
cae al suelo. Es hora de disfrutar del ARTE de verdad.
A fin de cuentas siempre me gustaron los finales felices.