martes, 23 de mayo de 2017

Si albergas cierto respeto por el arte nunca cambies la honestidad por el reconocimiento.

Toda forma de posesión es causa de muerte espiritual. Los dos mayores sabios de las postrimerías de la Antigüedad: Epicteto y Marco Aurelio, un esclavo y un emperador.

Muchas personas consideran que confortablemente instalados en el sofá de su salón y a través del televisor pueden informarse seriamente. Es un error mayúsculo por tres razones: primero porque el telediario está estructurado como una ficción, no está realizado para informar, sino para distraer. A continuación porque la sucesión rápida de noticias breves y fragmentadas producen un doble efecto negativo de sobreinformación y desinformación. Y tercero porque querer informarse sin esfuerzo es una ilusión. Informarse cansa, y a este precio cada uno de nosotros adquiere el derecho de participar inteligentemente en la vida democrática.

Agotados por el trabajo, horrorizados por el paro, angustiados por el porvenir, hechizados por la televisión, aturdidos por los tranquilizantes, los ciudadanos sufren un adoctrinamiento constante, invisible, y clandestino.

Cualquier anuncio es una puesta en escena, una mitología incluso, de gente muy guapa comiendo, consumiendo, comprando mientras ostenta una felicidad de éxtasis. No se hacen afirmaciones directas, son los espectadores quienes proyectan o deducen. Un anuncio puede gustar o no gustar, no se puede refutar.

Somos tan frágiles como un pájaro al que sacan de la jaula y no sabe qué hacer. La idea es el torniquete de las palabras. Sangra. Sangra. Sangra. La escueta urgencia del reloj, el sordo crepitar del tiempo, como un haiku, como una irremediable pérdida de tiempo, como un autobús perdido.

Sócrates afirma que una vida sin cuestionamientos, sin hacerse preguntas, no merece la pena vivirse. La sabiduría es la máxima felicidad dentro de la máxima lucidez. No es tanto un absoluto como un proceso.

Simone de Beauvoir tras la muerte de Sartre: “Su muerte nos separa. Mi muerte no nos unirá. Así es; ya fue hermoso que nuestras vidas hayan podido estar de acuerdo durante tanto tiempo“.

La existencia se compone en un tanto por ciento muy alto de fracasados que se disfrazan de personas felices y de perdedores que con sus harapos ponen un punto de realismo en la ceguera.

La vida oscila como un péndulo entre el dolor y el hastío. Sufrimiento porque deseo lo que no tengo y sufro esa carencia; aburrimiento porque tengo lo que desde ese instante ya no deseo. Frustración o decepción. Sufrimiento o aburrimiento. Inanición o inanidad.

El Leteo amniótico de un vaso de vino, a oscuras, sentado al borde mí mismo junto a mi tristeza rutinaria, mientras brotan, ahí afuera, las rosas que adornarán mi tumba. Resuena la claqueta, ya no hay focos; ¿dónde están las vidas que perdí?

Masturbarse mecánicamente, como quien suelta el hilo de un sentimiento que se eleva cadencioso, como un viejo y turbio poema de Baudelaire.

lunes, 22 de mayo de 2017

Salvar al soldado Sánchez (II)

He de reconocer que tengo cierta debilidad por Pedro Sánchez, por estas historias de David contra Goliat, por esas personas que, de un modo u otro, con un baraka indescifrable consiguen salirse del guion trazado, del lugar que los demás les han asignado. Hace ya varios días que quería escribir algo sobre él, aportar mi granito de arena, analizar el debate del pasado lunes, los resultados de los avales, indicar que había mucho voto oculto, que la militancia estaba muy harta, que, a fin de cuentas, cuando Pedro Sánchez dijo aquello de echarse a la carretera, horas después del golpe palaciego, todos sabíamos que resultaría muy difícil, casi imposible, que no tenía dinero, que la gestora alargaría los plazos todo lo que pudiera –ocho meses-, y que su figura se iría desvaneciendo poco a poco; pero sin embargo, con mucho esfuerzo y un crowdfunding que intentaron boicotearle, consiguió que su mensaje calase entre la militancia, que aquel mantra tan simple pero efectivo “no es no” empezará a movilizar el descontento. Ha demostrado que los barones, con su nepotismo rancio, estaban desconectados de la realidad de su militancia.

Como decía, ahora es fácil argüir que había elementos de juicio para pensar que Pedro tenía posibilidades, sobre todo después de los avales, pero pocos creían que pudiera conseguirlo y además con tanta diferencia. Pero es que su carrera política está llena de resurrecciones, en 2003, iba en el puesto 23 de la lista del PSOE al Ayuntamiento de Madrid, y el PSOE consiguió 21 escaños… pero en 2004 dos concejales salieron y Sánchez no solo se convirtió en edil, sino en uno de los puntales de la entonces jefa municipal socialista, Trinidad Jiménez. En las elecciones generales de 2008, Sánchez ocupaba el puesto 21 de la lista socialista al Congreso de los Diputados. El PSOE sacó 15 escaños… hasta que en 2009 se había movido tanto la lista con nombramientos del Gobierno de Zapatero que Sánchez no solo entró en el Congreso, sino que incluso era elegido por los periodistas como diputado revelación del 2010. En las elecciones generales de 2011, iba el undécimo en la lista socialista por Madrid al Congreso. El PSOE sacó 10 asientos, y Sánchez se volvió a la universidad y se dedicó a preparar su doctorado… hasta que en 2013 se corrió de nuevo la lista y volvió de diputado al Congreso y a tener un papel relevante en la conferencia política con la que ese otoño el PSOE intentó reinventarse con el empuje y el freno de Rubalcaba.

En 2014 iba a ser arrasado por Eduardo Madina en la votación directa entre los militantes socialistas para elegir a su secretario general… pero no, fue él quien arrasó. El 20 de diciembre del 2015, con los pobres resultados electorales del PSOE humeantes, Susana Díaz y algunos otros barones socialistas lo iban a matar, pero no, sobrevivió. El Comité Federal socialista de enero también parecía que iba a matarlo, pero tampoco. Pablo Iglesias y su sonrisa del destino lo iban a matar por ahogamiento, tomándolo como presidente del Gobierno cautivo y desarmado… pero tampoco.

            Ahora se enfrentaba a los barones, contra la gestora, contra la mayoría de los medios de comunicación incluida La Sexta (boicot a Ferreras, es un fraude), contra Cebrián, la Banca, Zapatero, Felipe, contra una Susana Díaz crecida que pretendía imponerse sin presentar ni siquiera un proyecto propio, sin programa, creyéndose su propia propaganda, subestimando a afiliados y sobre todo a Pedro. Y ahora resulta que la candidata del “PSOE ganador” ha sido incapaz de vencer en su propio partido. Solo se impone en su propia federación, Andalucía, pierde en todas las demás y en la gran mayoría de las agrupaciones ha conseguido un resultado inferior incluso al número de avales que presentó con su nombre; un indicador bastante claro de hasta qué punto presionó a su favor el aparato. ¿El lugar donde más voto oculto había para Pedro Sánchez respecto a los avales? Es fácil de imaginar: en Andalucía.

            ¿Qué toca ser ahora, Pedro El sabio, o Pedro El vengador? ¿El que aglutine y unifique al partido, o el que empiece dentro de un mes la purga merecida? Sea como sea España vuelve a tener una oportunidad de que la izquierda se una en un objetivo claro: expulsar al Partido Popular de La Moncloa. Ya el tiempo nos desvelará si las ambiciones de unos y otros se vuelven contraproducentes con ese proyecto común.

PD: Interesante artículo de Arsenio Escolar: "El error Susana".

jueves, 11 de mayo de 2017

Murakami - De qué hablo cuando hablo de escribir.

Derramando pensamientos sobre los gritos del papel

Murakami me gusta por su tono pausado, por su lirismo aséptico, por la musicalidad en su estilo, por sus frases cortas y la forma zen con la que plasma la psique de sus personajes y su visión del mundo. Hace unas semanas me compré su nuevo libro: “De qué hablo cuando hablo de escribir”. Una interesante autobiografía como escritor y el arte de escribir. Su disciplina es levantarse temprano, termo de café y ponerse como reto escribir diez páginas todos los días, tarde lo que tarde. Indica que, por ejemplo, su primer borrador de Kafka en la orilla tenía mil ochocientas palabras, seis meses de trabajo. Cuando se termina la primera escritura Stephen King recomienda dejar reposar el borrador un par de meses, sin embargo Murakami apenas descansa una semana antes de empezar una de sus múltiples reescrituras. Creo que el motivo es que le resulta más divertido escribir sin una escaleta, sin saber muy bien hacia dónde van sus personajes, improvisando. El problema es que el texto se presta a muchas más contradicciones, a que haya capítulos que tenga que descartar porque no casan con el tono general de la historia y los personajes. Es como un pequeño rompecabezas al que vas dando forma pero que requiere una revisión completa cada vez que añades o quitas alguna parte.

Supongo que esa continua reescritura casa muy bien con la mentalidad de corredor de fondo de Murakami, pero a otras personas puede llegar a desesperar. Después de varias reescrituras y pulir detalles, descansa un mes. Pasado ese tiempo vuelve a reescribirlo por completo y cuando termina le da el manuscrito a su mujer para que opine, igual que hace Stephen King con su esposa Tabitha. Ella hace sus recomendaciones y aunque no esté de acuerdo reescribe siempre las partes que ella ha señalado. Una vez hecho esto vuelve a pedirle que lea esas partes, y sí a ella la nueva versión sigue sin convencerla vuelve a reescribirlas. Supongo que siempre hay un margen de mejora para todo, uno puede convencerse a sí mismo de haber escrito algo casi perfecto pero siempre es mejorable. Por eso sigue reescribiendo después de entregar el texto a la editorial y recibir las primeras galeradas. Aunque parezca una compulsión descontrolada, porque en este punto hasta él ha debido de perder la cuenta de las veces que ha reescrito el texto, no parece ser el único escritor que opina y trabaja de esa forma, Raymond Carver dijo en una entrevista: “Al fin he entendido que una novela se perfecciona después de releerla, de quitarle algunas comas y volver a leerla una vez más para poner las comas en el mismo sitio donde estaban”. Naturalmente es solo un punto de vista, cada escritor decide cuanto tiempo debe de dedicar a pulir su obra.

De todas formas lo que más me ha gustado es su humildad, como ha sido capaz de encontrar el equilibro entre su gran profesionalidad y su capacidad para divertirse. De mantener una disciplina espartana sin convertirse en un funcionario juntapalabras. Cada vez me resulta más tediosa la idea del escritor atormentado que escribe de pie, que sufre en cada párrafo para ahondar en la presunta honestidad de su herida existencial, del malditismo como carta de presentación, de los tópicos sobre la generación perdida, Kerouac y los beats o la saga de herederos bukowskianos y sus lugares comunes de sordidez alcohólica. La escritura, como cualquier acto de creación, tiene la capacidad de reconciliarnos con nuestras propias contradicciones, de desahogarnos sublimando nuestro caos en un orden comprensible, no solo para nosotros, sino también para el resto del mundo. Ningún lector va a entender completamente las horas de soledad y dedicación que encierran cada frase, cada párrafo, cada capítulo… por eso resulta absurdo renunciar a nuestra cuota de diversión por un afán estéril de rememorar ciertas biografías que deslumbran sobre el papel ajado del pasado pero que no resisten una mirada más cercana y realista. La clave es escribir todos los días, poco a poco, sin esperanza ni desesperanza, y llegar al final del proyecto.

jueves, 12 de enero de 2017

ROSA MONTERO, Historias de mujeres, Alfaguara, Madrid, 1995, págs. 76-79

Simone era altiva y se creía superior a casi todo el mundo. No a Sartre, por supuesto, a quien veneraba probablemente muy por encima de sus merecimientos. Cuando se presentaron los dos, ella con veintiún años, él con veinticuatro, al examen final de filosofía, Sartre sacó el primer puesto y Simone el segundo, pero los miembros del tribunal estaban convencidos de que “la verdadera filósofa era ella”. Sartre siempre fue mucho más creativo, Simone más rigurosa. Probablemente ella hubiera debido dedicarse más al ensayo que a la narrativa (sus novelas son muy flojas), pero, en una de sus pocas debilidades tradicionalmente femeninas, siempre consideró que la grandeza del pensamiento le correspondía a Sartre y que ella ocupaba un lugar subsidiario.

Una vez, estando en pleno y ardiente romance con Nelson Algren, el escritor norteamericano que fue su gran amor de la madurez, Simone le dejó plantado para volverse a Francia: Sartre quería que le ayudara a corregir el manuscrito de uno de sus libros filosóficos. Nada, ni tú, ni mi vida, ni mi propia obra, está por encima de la obra de Sartre, le dijo entonces Simone al estupefacto Algren. Y regresó a París, para encontrarse allí con que Sartre se había ido de vacaciones con su amante de turno. En su entrega, en su aceptación del papel sustancial del hombre elegido (el hombre como el sol, la mujer un planeta), Simone cumplió su herencia cultural, las antiguas normas de su sexo. Pero lo formidable en su caso, lo que hizo que se convirtiera en un nuevo símbolo para la mujer, fue su capacidad para construirse como persona. Se acabaron los antiguos sacrificios femeninos, las ceremonias de autodemolición como la llevada a cabo por Zenobia, la mujer de Juan Ramón Jiménez (también premio Nobel, como Sartre): Simone enseñó que la mujer podía ser por sí misma, además de estar con.

Sin duda, Beauvoir dio ese salto gracias a su ingente voluntad, a su disciplina y a su esfuerzo (de ahí le vino el sobrenombre de Castor: un animalito diligente que no cesa de trabajar y construir), pero también pudo darlo gracias a las condiciones de su época. Simone vivió su adolescencia en los años veinte, después de una guerra, la Primera Mundial, que había acabado con la sociedad del siglo XIX. En Rusia los bolcheviques parecían estar inventándose el futuro, el mundo era un lugar vertiginoso, la revolución tecnológica cambiaba la faz de la Tierra como un viento de fuego. En medio de toda esa mudanza había aparecido un nuevo tipo de mujer, la chica emancipada y liberada, dos palabras de moda. Se acabaron los corsés, las enaguas hasta los tobillos, los refajos; las muchachas se cortaban el pelo a lo garçon, llevaban las piernas al aire, eran fuertes y atléticas, jugaban al tenis, conducían coches descapotables, pilotaban peligrosas avionetas. Eran los febriles y maravillosos años veinte, los crispados e intensos años treinta, tiempos de renovación en los que la sociedad se pensaba a sí misma, buscando nuevas formas de ser. Había que acabar con la tradicional moral burguesa y en el arder de aquellos años se pusieron en práctica todos los excesos que luego volverían a ensayarse, como si fueran nuevos, en los años sesenta: el amor libre, las drogas, la contracultura.

El pulso de la época se manifestaba con toda su intensidad en Montparnasse, el barrio parisino en donde Simone residió toda su vida: por allí habían pasado Trotski, Lenin, Modigliani; por allí anduvieron los cubistas, con Picasso a la cabeza, y los surrealistas (Breton, Aragon), una tropa bárbara y risueña que se dedicaba a reventar funciones teatrales y a darse de mamporros contra los bienpensantes en cenas y actos públicos; practicaban una suerte de terrorismo urbano. La cocaína corría por los bares, se experimentaba con la psicodelia (Sartre se inyectó mescalina en 1935 y anduvo medio loco durante un par de años: decía que le perseguía una langosta por la calle), se tomaba anfetaminas, se bebía mucho. De hecho, el abrupto y prematuro envejecimiento de Sartre debió de tener mucho que ver con sus excesos: desde muy joven se atiborró de anfetaminas y sedantes, todo regado de buen vino. También Simone se excedió con las píldoras estimulantes y sobre todo con el alcohol: cuando murió a los setenta y ocho años tenía cirrosis.

Con todo, y en medio de tanta turbulencia, el mundo era aún muy inocente. Beauvoir y Sartre por ejemplo, siempre tuvieron claro que querían ser famosos (“yo era muy consciente de ser el joven Sartre, de la misma manera que uno dice el joven Berilos o el joven Goethe”) y dedicarse a “salvar el mundo a través de la literatura”. ¿Quién podría creer hoy, en su sano juicio, que la literatura sirva para salvar el mundo, o siquiera que el mundo pueda ser susceptible de ser salvado de ningún modo? La puerilidad del empeño sólo tiene parangón con el nivel de megalomanía que supone. Y es que, en efecto, Sartre y Simone fueron en esto almas gemelas: narcisistas, egocentristas, elitistas, insufriblemente megalómanos. En su novela La invitada, Simone dice de sus protagonistas, que son el calco exacto de Sartre y ella (Beauvoir padecía una absoluta, asombrosa falta de imaginación, y siempre, incluso en sus novelas, hablaba de su propia vida), que ambos “estaban juntos en el centro del mundo, mundo que debían explorar y revelar como misión prioritaria de sus vidas”.