domingo, 15 de diciembre de 2013

Breve anotación en una servilleta manchada de grasa.

Hoy he vuelto a casa paseando entre las calles vestidas de Navidad. Precioso. Como esa gran hermandad de eunucos emocionales que arrugan su cartera en los centros comerciales. Yo pertenezco a la secta de los decadentes y prefiero pensar en tus bragas. En como se visten de lágrima de orgasmo cada vez que abro las yemas de mis dedos a la vulgaridad. Soy una isla de manos frías naufragando entre tus piernas. Tu boca hiede a sexo. Mis dedos te violan. Te asfixian contra el colchón. Las sábanas nos rodean como una zanja oxidada. Sus luces vomitan poesía cada vez que te nombro. La sangre cae junto al orgasmo. Busco algo que sólo existe cuando soy lugar en el silencio que grita tu piel.

Siempre hablando de lo mismo. Utilizando las mismas palabras. Sin sentido del humor. Mis letras tienen el mismo decoro que la voz del sepulturero. El hachís me provoca sueño sin sueños. Como esa vida real que te obliga a madrugar los domingos. Sólo podría salvarme la Belleza. Pero para ello tendría que inmolar mis heridas en el papel. En el vértigo del himen escondido en los pantanos del pensamiento. Hacer arder mi sangre con vino barato mientras los dioses ateos se jactan de su despótico desdén.

No importa. La encrucijada de la página en blanco sólo es una curva de puntos suspensivos. El telón baja. Fundido en negro.

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