miércoles, 21 de marzo de 2018

Byung-Chul Han - La sociedad de la transparencia

El ensayo tiene como eje central la transparencia que está impregnando todas las esferas del sistema social. Byung-Chul Han divide el texto en nueve capítulos -la sociedad positiva, la sociedad de la exposición, la sociedad de la evidencia, la sociedad porno, la sociedad de la aceleración, la sociedad íntima, la sociedad de la información, la sociedad de la revelación y la sociedad del control-, para referirse a estos cambios que han derivado de la transparencia como rasgo adquirido en el sistema.

Han identifica la sociedad de la transparencia con la sociedad positiva, debido a la ausencia de negatividad que comporta, entendida ésta como la oscuridad, el misterio, la ocultación, la duda, el problema, etcétera. El autor sostiene que “las cosas se tornan transparentes cuando se despojan de su singularidad y se expresan completamente en la dimensión del precio”. Es decir, que la transparencia convierte a las cosas y a los sujetos en elementos funcionales y los reduce a mercancía. No obstante, la transparencia no es propia del ser humano, solo la máquina es transparente. La esfera privada es natural en las personas, no podemos ser completamente transparentes, ni siquiera para nosotros mismos, pues el inconsciente sigue siendo un misterio para la propia persona.

La sociedad positiva organiza “el alma humana”, al no permitirse las lagunas de información, se sustituye el pensamiento por el cálculo, se busca el consumo y el confort alejado de las complicaciones. “El veredicto general de la sociedad positiva se llama «me gusta»”. El autor razona que el botón de «no me gusta» no se ha incorporado porque se trata de ser positivos y no buscar complejidades, problemas. La transparencia es ciega, no cuestiona el sistema ni se pregunta por otras alternativas. En política debería ser imposible la transparencia ya que, entre otras cosas, la política se trata de las estrategias secretas. La transparencia supone una nueva etapa política, la postpolítica.

Han defiende que de la transparencia surge la sociedad de la exposición, en la que si no estás expuesto, no existes. Esta exposición elimina el valor de culto de las cosas, reduciéndolas a mercancía. Reduce la existencia a algo insignificante. No se suele preguntar más allá de lo expuesto, pero sí que se sospecha de aquello que no se expone. La comunicación visual es anestésica, no invita a la reflexión, el autor sostiene que “la transparencia va unida a un vacío de sentido”.

Han identifica la sociedad de la transparencia con la sociedad de la pornografía, ya que ésta exige un desnudamiento sin límites eliminando todo tipo de significación y sentido. Se reduce a la exposición, a los hechos. Se elimina la fantasía, la imaginación. Por lo que se elimina también el placer, siguiendo a Simmel, Han afirma que lo que profundiza el placer no es el disfrute en tiempo en real sino el imaginativo preludio y el epílogo. La desnudez quita el encanto, allana los hechos.

El académico define la sociedad de la aceleración con relación a La hiperactividad, la hiperproducción y la hipercomunicación no son narrativas, no buscan un fin, no llevan a cabo ninguna función en concreto. La narración no se acelera, se aceleran los procesos que suman ítems. La sociedad de la transparencia elimina todo tipo de ceremonia o ritual que ralentice la comunicación. El mundo se ha convertido en “un mercado en el que se exponen, venden y consumen intimidades”. La transparencia conlleva la exposición de la intimidad, la confesión, el desnudamiento y la falta de distanciamiento. Está habitada por sujetos narcisistas, centrados en el “yo”, pues se han eliminado los signos rituales y ceremoniales que harían que el sujeto se evadiese de sí mismo.

A pesar de ser una sociedad de la información, ésta no garantiza ninguna verdad. Al contrario, el exceso de información que generamos facilita el control y la vigilancia digital. Han define la red como el panóptico digital, una versión incluso mejorada al panóptico de Bentham, quien originariamente ideó el prototipo de prisión perfecta en el siglo XVII. En Internet el control no sólo es invisible, sino que es omnipresente y omnipotente, y los presos no están aislados, todo lo contrario, están conectados y revelan voluntariamente su información personal, creyéndose en libertad. “La vigilancia no se realiza como ataque a la libertad. Más bien cada uno se entrega voluntariamente a la mirada panóptica. A sabiendas, contribuimos al panóptico digital, en la medida en que nos desnudamos y exponemos. El morador del panóptico digital es víctima y actor a la vez.”

Añado enlace a una breve entrevista aquí, y un vídeo donde resume de forma excelente -y muy visual- el libro. Merece que hagáis el esfuerzo: 

lunes, 19 de marzo de 2018

Byung-Chul Han - La sociedad del cansancio

El neoliberalismo ha logrado, mediante el acoso de la publicidad, la idealización del lujo y el consumismo compulsivo, que nos convirtamos en esclavos del trabajo, sometiéndonos por propia voluntad a sus intereses. Que seamos nuestros propios verdugos, matándonos a trabajar, literalmente, y que veamos este estilo de vida, asfixiante, ultra competitivo y enfermizo, como algo natural, deseable y positivo. Al final estamos agotados y deprimidos, sometidos al criterio de una supuesta eficiencia. Se reduce al individuo a mero competidor del otro y la vida a la entrega al trabajo y el rendimiento. Esclavo de sí mismo. Explotador de sí mismo, sin tiempo para ser libres, sin tiempo de ocio. El neoliberalismo es para los incautos, para las masas, que poco o nada entienden de sofisticadas estrategias de manipulación mental e ingeniería social. El fin es convencer a las masas que pueden ser felices matándose a trabajar, compitiendo entre ellos hasta lo irracional, cuando el verdadero objetivo es la plusvalía. Y lo han conseguido.

Según se desprende de ‘La sociedad del Cansancio’ el siglo pasado puede definirse desde una perspectiva inmunológica: existía una clara división entre el adentro y el afuera, el enemigo y el amigo o entre lo propio y lo extraño. El paradigma inmunológico estaba dominado por el vocabulario de la guerra fría, ataque y defensa determinaban no solo la acción del organismo en el campo biológico sino también el comportamiento del conjunto de la sociedad. Lo extraño era rechazado aunque no encerrara en sí mismo ninguna intención hostil.  El objeto de resistencia, tanto en lo biológico como en lo social, era la extrañeza. Desde el fin de la guerra fría la sociedad se ha sustraído a la idea de la “otredad” sustituyéndola  por la inofensiva “diferencia”. Así, la negatividad que era el rasgo fundamental de la inmunidad, de lo otro como negatividad, es reemplazado por la dialéctica de la positividad y su “totalitarismo de lo idéntico”, como lo definió Baudrillard, marcada por la desaparición de la singularidad, la proliferación de la homogenización y la equivalencia, así como por una sobreabundancia de los sistemas de comunicación, información y producción, que no generan una reacción de rechazo inmunológico en la sociedad, así como la obesidad no produce una reacción inmunitaria en el organismo. El agotamiento, la fatiga, la sensación de asfixia son manifestaciones de esa violencia neuronal.

Según explica Byung-Chul Han la sociedad disciplinaria de Foucault, con sus cárceles, hospitales y psiquiátricos, ya no se corresponde con la sociedad de hoy en día. Una nueva sociedad de gimnasios, torres de oficina, laboratorios genéticos, bancos y grandes centros comerciales componen lo que el autor denomina la sociedad de rendimiento. El anterior “sujeto de obediencia” ha sido reemplazado por el “sujeto de rendimiento”. Las motivaciones, el emprendimiento, los proyectos y  la iniciativa han reemplazado la prohibición, el mandato o la ley. Con afán de maximizar la producción se ha reemplazado el paradigma disciplinario por el de rendimiento, ya que la positividad de “poder” es más eficiente que la negatividad del “deber”. Lo peor es que ese cansancio, el agotamiento del Yo, desarma y afloja la atadura de su identidad, volviéndole demasiado permeable a la homogeneización externa.

Lo que enferma no es el exceso de responsabilidad e iniciativa, sino el imperativo del rendimiento como nuevo mandato de la sociedad de trabajo tardomoderna, y su libertad paradójica. El sujeto de rendimiento se encuentra en guerra contra sí mismo, sentencia Byung-Chul, se abandona a la “libertad obligada”, la libre obligación de maximizar su rendimiento. El exceso de trabajo se agudiza y se convierte en autoexplotación.

El exceso de positividad también ha variado la estructura y la economía de la atención, la superabundancia de estímulos e informaciones han provocado la fragmentación y la dispersión de la percepción. Esta fragmentación o atención “multitasking” (multitarea) a la que se somete el sujeto contemporáneo es casi una regresión a la técnica que utilizan los animales salvajes en la selva: para su supervivencia el animal debe de estar atento en todo momento a los diferentes elementos de su entorno para evitar ser devorado por otros depredadores. Esto imposibilita sumergirse en la contemplación. La capacidad de atención profunda y contemplativa, de la cual descienden los grandes logros de la humanidad, está siendo reemplazada progresivamente por la hiperatención y la hiperactividad, lo que no genera nada nuevo, solo reproduce y acelera lo ya existente. La histeria y el nerviosismo imperante necesitan a su vez del dopaje para un rendimiento sin fricciones, de drogas inteligentes que maximicen el rendimiento, una tendencia bien argumentada incluso por científicos serios que ven hasta irresponsable el no hacer uso de tales sustancias en algunas profesiones.

Dejo un par de vídeos: el primero es un resumen del libro con dibujitos, para el que no quiera leerse el texto; el segundo es un especial de la UNED sobre el autor comentando brevemente todas sus teorías.



sábado, 17 de marzo de 2018

Breve postdata en la pared norte del manicomio, ¿por qué hace tanto ruido ese reloj parado?

Proust y el tiempo perdido. Y piensas, ¿para qué, de qué sirve? De nada, al final de nada. La vida real no se ajusta a tus deseos, sigue sin vacilaciones a pesar de las decepciones. Y el dolor es vulgar porque se repite en todas las historias que te rodean, aunque cada uno la viva en primera persona. Y no sucede nada relevante, solo esa pequeña fisura entre lo que te gustaría contar y lo que puedes escribir. Atrás quedan las palabras, los sentimientos, las noches llenas de biografías extraviadas, de roles obscenos, de promesas, planes, del bello accidente de tu sonrisa. Atrás quedan los puntos suspensivos, las ciclotimias, las caricias, las cicatrices, el pálpito.

Porque ese es el problema: nos desligamos de la literatura que todos atesoramos desde pequeños, nos desprendemos de nuestra épica para convertirnos en algo ordinario. Algunos creen que avanzan, pero solo caminan en círculos. Y ya no sirven ni palabras. La crueldad solo es una ventana abierta que se han dejado olvidada por error. Y a pesar de todo siempre serás un gesto eterno con alas de papel, golpeándose una y otra vez contra el muro de mi memoria.

El alarido mudo se prolonga
La soledad me empala con sus atributos
Pero ella ríe, quema su contexto
Se tumba junto a mí, exangüe de tristeza, y me dice:
“¿quieres ver arder un universo?”

jueves, 15 de marzo de 2018

Henry Miller - Trópico de Capricornio

Trópico de Capricornio (1938) es una autobiografía más o menos fantástica que relata las peripecias de Henry Miller desde su infancia hasta su vida adulta. No se utiliza una narración lineal en la historia, ni siquiera un orden cronológico establecido; por ejemplo, el autor pasa de narrar un episodio de su vida como empleado a describir sus años de infancia en una calle de Brooklyn y, luego, a perderse en un brusca mixtura de prosa y lenguaje lírico.

En alternancia con lo puramente anecdótico, vuelca un cúmulo de sensaciones, opiniones y apreciaciones de sí mismo y de los demás, que literalmente inundan la obra, mientras el fluir de la conciencia se apodera de algunas páginas. La desesperación, la desilusión y el hastío se presentan una y otra vez; el desamparo del ser humano es innegable. No hay más opción que tratar de recorrer el camino en soledad: “No puedo pensar en calle alguna de América, ni en persona que viva en ella capaces de enseñarle a uno el camino que conduce al descubrimiento de sí mismo".

América es comparada con una letrina del espíritu en que todo se ve aspirado hacia abajo, drenado y convertido en mierda eterna. Miller no descuida esta continua censura, mientras va presentando algunos otros personajes con quienes se relaciona de distintas maneras, además de su mujer e hija, seres con quienes no parece tener alguna conexión afectiva evidente, y que arrastra a través del texto como si de un mal necesario se tratase.

“De noche las calles de Nueva York reflejan la crucifixión y la muerte de Cristo. Cuando el suelo está cubierto de nieve y reina un silencio supremo, de los horribles edificios de Nueva York sale una música de desesperación y una ruina tan sombrías, que hace arrugarse la carne. No se puso piedra alguna sobre otra con amor ni reverencia; no se trazó calle alguna para la danza ni el goce. Juntaron una cosa a otra en una pelea demencial para llenar la barriga y las calles huelen a barrigas vacías y barrigas llenas y barrigas a medio llenar” (Pág. 54)

Es importante destacar las relaciones que establece con varias mujeres, en forma de acercamientos sexuales mecánicos, que serían parte integral de ese mundo desgastado y sin sentido; de un entorno que se desmorona y en el que nada es realmente trascendente. Su "misión" como observador/escritor se manifiesta de varias maneras: "Sobre todo, yo era un ojo, un enorme reflector que exploraba el horizonte, que giraba sin cesar, sin piedad. Ese ojo tan abierto parecía haber dejado adormecidas todas mis demás facultades; todas mis fuerzas se consumían en el esfuerzo por ver, por captar el drama del mundo."

“Pues sólo existe una gran aventura y es hacia adentro, hacia uno mismo, y para ésa ni el tiempo ni el espacio, ni los actos, siquiera, importan. […]“No puedo pensar en calle alguna de América, ni en persona que viva en ella, capaces de enseñarle a uno el camino que conduce al descubrimiento de sí mismo…Yo era uno solo, una sola entidad en medio de la mayor francachela de riqueza y felicidad…, pero nunca conocí a un hombre que fuese verdaderamente rico ni verdaderamente feliz. Yo por lo menos sabía que era desgraciado, que era pobre, que era desarraigado, que desentonaba” (Pág. 11)

Henry Miller expone una vez más su grandeza como escritor a través de una novela en que la amalgama de tiempos, situaciones y largas meditaciones es tan intrincada como intensa. La idea del sexo instintivo -quizá como vía de escape y/o como símbolo de la podredumbre reinante en un mundo fundamentalmente hostil-, la afilada crítica y la reiterada búsqueda de expresión, son algunas de las constantes principales de la obra.

martes, 13 de marzo de 2018

Reseña película 'Aniquilación' (2018) Sin Spoilers

Un meteorito impacta contra un faro y propaga un resplandor que, en apenas tres años, logra rodear un cenagal casi en su totalidad y que amenaza con su expansión por todo el planeta. Se denomina La Zona X, y todos los intentos por enviar grupos militares para averiguar qué sucede en su interior han fracasado, ninguno ha vuelto. Y lo poco que se puede observar desde el exterior parece como flora y la fauna está mutando en una especie de ambiente psicodélico postapocalíptico. La bióloga y profesora Lena / Natalie Portman), consumida por el dolor debido a la extraña desaparición de su marido militar en la Zona X decide unirse a una nueva expedición que pretende desentrañar los misterios de dicho lugar.

En este primer acto se van sembrando enigmas y personajes con los que empatizas, en una especie de sci-fi dramática muy bien llevado. La sorpresa llega en el segundo acto cuando Garland mezcla los géneros y pasamos a la más pura esencia del cine de supervivencia con leves dosis de terror y gore. Y así llegamos a un tercer acto impresionante donde se agarra al espectador por el cuello, se le zarandea y se le saca de su zona de confort. Pero es un clímax tan estéticamente virtuoso, hermoso y apabullante que uno deja para más tarde el intento de descifrar el simbolismo de algunas escenas, y se rinde embobado a lo que está sucedido en la pantalla.

La principal ventaja que atesora el guion de Alex Garland (basado en una novela de Jeff VanderMeer) es que sabe que su principal atractivo es La Zona X y que, además, se apoya sin rubor en dos grandes obras de culto: la película Stalker de Andrei Tarkovski y la saga de videojuegos S.T.A.L.K.E.R. La película dura dos horas y se pasan en un suspiro, ¿la clave? Ser seductora, atrevida y, por momentos, cruda. Y saber envolver el eje central de la trama en varias capas –tanto narrativas como visuales, siendo estas últimas una auténtica maravilla- para mantenernos enganchados.

Por último hay que comentar las destacadas actuaciones del elenco protagonista, capitaneado por mujeres -junto con Oscar Isaac- y que saben llevar el peso de la película con solvencia. Es una supina idiotez intentar contentar a ciertos colectivos forzando cuotas femeninas, eso nunca funciona, lo que si funciona es lo que se consigue aquí: crear personajes originales, fuertes y que saben llevar el peso de una película, destacando sobre todo Natalie Portman cuya actuación no tiene nada que envidiar a la teniente Ripley.

En resumidas cuentas: una de las mejores películas del año, la segunda dirigida por Alex Garland (la primera fue Ex Machina, aunque también intervino en el guion de Sunshine), y cuyo único punto negativo es que se ha estrenado directamente en Netflix, lo que nos quita la posibilidad de verla en pantalla grande. Aconsejo por tanto visionarla en una televisión grande –absteneros de tablet o móvil-, y degustarla con tranquilidad. Películas de ciencia ficción de esta calidad no suelen estrenarse habitualmente, hay que aprovecharlo.

lunes, 12 de marzo de 2018

Charles Bukowski - Una sonrisa inolvidable

Teníamos pececitos de colores y daban vueltas sin cesar, en la pecera encima de la mesa de las gruesas cortinas que cubrían el ventanal y mi madre, siempre sonriente, empeñada en que todos fuéramos felices, me decía: «¡se feliz, Henry!» y tenía razón: es mejor ser feliz, si puedes, pero mi padre seguía pegándonos a ella y a mi varias veces a la semana, furioso, en su corpulencia de metro ochenta y cinco porque no podía entender qué le atacaba desde dentro.
Mi madre, pobre pececillo, quería ser feliz, golpeada dos o tres veces a la semana, me decía que fuera feliz:«¡Henry, sonríe!¿por qué no sonríes nunca?». Y entonces sonreía ella, para darme ejemplo, y era la sonrisa más triste que había visto en mi vida.
Un día murieron los peces de colores, los cinco, quedaron flotando en el agua, de costado, los ojos todavía abiertos, y cuando mi padre volvió a casa se los echó al gato allí mismo en el suelo de la cocina y nos quedamos mirando mientras mi madre sonreía.

sábado, 10 de marzo de 2018

Reflexiones sobre el talento y la vocación.

Ayer estuve viendo la película “El autor adaptación de El móvil, primera novela de Javier Cercas, el protagonista se obsesiona con escribir una novela pero es incapaz; no tiene talento ni imaginación. Guiado por su profesor de escritura creativa sale de su bloqueo al percatarse de que puede simplemente trascribir su realidad diaria, y para ello comienza a manipular a sus vecinos y amistades para crear una historia. La obsesión por superar su mediocridad y terminar su historia le lleva a una total falta de escrúpulos. La película no es una gran maravilla, pero hay un momento en que nuestro protagonista pregunta a su profesor si tiene talento. Él elude la pregunta y cuando sigue insistiendo al final responde: “Escribe el puto libro y déjate de hostias”. Me hizo gracia, porque vivimos en un mundo infantilizado en el que nos venden la idea de que todos somos copos de nieve únicos y maravillosos, y que cualquier cosa que nos propongamos la podemos conseguir, el universo conspira, solo tienes que desearlo muy, muy, muy fuerte.

Pero, volviendo al tema del talento, ¿realmente es tan imprescindible? Yo diría que sobreestimamos esa palabra, y que a la hora de la concreción artística, por utilizar términos matemáticos, solo interviene en un 20%. El otro 80% es disciplina y perseverancia. Es seguir escribiendo sin demasiadas dudas hasta que en la cuarta o quinta novela puedas empezar a camuflar la mediocridad habitual. Desacralizar la literatura no es difícil, vivimos en una época donde se publican miles de libros al día, ¿son todos buenos? ¿Los best-sellers tienen algo más que nos permita hacer una digestión intelectual más allá de su capacidad de entretenimiento? La realidad actual es que cualquier mediocre se puede sentir cómodo afirmando que es escritor. Incluso la falta de éxito puede dar lugar a la frase alucinante: “No están preparados todavía para apreciar mi arte”.

Con todo esto no trato de menospreciar el talento: es precisamente esa misteriosa habilidad innata y subversiva, esa genialidad intrínseca la que permite despertar al lector, maravillarle, inspirarle, la que deja un poso, una muesca en su cerebro. Pero si hablamos de la concreción del proyecto literario en sí, requiere más actitud que aptitud, requiere “desearlo muy, muy fuerte”. Incluso añadiría que ser mediocre ayuda, porque es más fácil conseguir un producto mass-media. Vivimos en un estado de sopor, queremos escapar de nuestras vidas corrientes y absurdas, queremos que nos adormezcan, no despertar.

            Otra cosa que está sobrevalorada es la vocación, pero creo que por una cuestión de pura ignorancia etimológica, porque se suele confundir con la ambición (desear algo de forma vehemente), y en este contexto lo que deseamos conseguir es fama y trascendencia. Pero la vocación no se trata de eso, es más bien una llamada o inspiración -nótese el talante religioso originario de la palabra-, inclinación o interés que siente una persona en su interior para dedicarse a una determinada forma de vida o un determinado trabajo. Y la forma más sencilla de descubrir la diferencia es cuando alguien después de declamar de forma efervescente su interés por la escritura empieza a glosar el cúmulo de circunstancias adversas, es decir, excusas, que le impiden escribir su obra maestra. Esto incluye la falta de tiempo libre, de espacio, de silencio, de pareja, de inspiración, de soledad, de dinero… la capacidad de justificación es inmensa. Yo escucho en silencio y no replico, pero siempre recuerdo aquella entrevista a Almudena Grandes en la que comentaba que antes de lograr la fama madrugaba un par de horas para poder escribir antes de ir a la oficina a trabajar durante el resto del día Y al escuchar eso uno de los periodistas le interrumpió para comentar que debió de ser muy duro escribir en esas condiciones. A lo que Almudena con tono crítico le contestó que en absoluto, que para ella no era ningún esfuerzo porque disfrutaba escribiendo, que esas eran las mejores horas del día. Eso es vocación, algo con lo que disfrutas totalmente, que no necesitas forzar porque es una actividad que te llena, te justifica y es tu dosis de dopamina existencial. Naturalmente puedes albergar las dos cosas –de hecho es casi necesario-, pero la vocación te impulsa a escribir pese a la ausencia de resultados, la experiencia intrínseca es el fin, y la ambición sin resultados te frustra y te anula.

            Por divagar un poco más, es cierto que hay escritores que les gusta escribir de pie, ese estilo mártir a lo Rilke: “Temo que si me quitan mis demonios se puedan morir mis ángeles.” Creo que esa mentalidad es producto de su propia personalidad que, lógicamente, se filtra en su escritura. El rollo Bukowski/Pizarnik siempre rezuma un pernicioso pesimismo, fascinante sin duda, pero consecuencia de dedicar tanto esfuerzo a hablar desde las cloacas de su mente. No creo que sean las mismas sensaciones de Jane Austen cuando hablaba de sus amoríos victorianos, o cuando Julio Verne o Emilio Salgari intentaban inflamar la imaginación de sus lectores adolescentes. De todas formas, y ya para terminar, me gustaría recordar que Murakami en su último ensayo afirmaba que él tenía la sensación de que la escritura convertía su cuerpo en un crisol que se iba deteriorando según iba escribiendo sus libros, y que por eso necesitaba hacer tanta ejercicio, para mantener el cuerpo fuerte ante esa ponzoña. Si esa afirmación es correcta, y al menos para él lo es, que mejor muestra de vocación que dedicar intencionadamente tu vida a una actividad tan lesiva para el espíritu aunque, paradójicamente, tan reconfortante a la vez.

viernes, 9 de marzo de 2018

Las efemérides que, como cucos, roban mi felicidad.

Los poemas malditos se escriben de madrugada, cuando el mundo duerme y no hay ruidos que molesten. Cuando en la calle sólo están los locos, los borrachos, los marginados, los pocos amigos que aún te son leales. Es entonces cuando hay que seguir tecleando -la vida relegada-, cuando solo importa seguir buscando una idea que no desaparezca cuando intentas convertirla en palabras. Para ello hay que engañar a la musa, buscarla entre puntos suspensivos, enfermarte de verso y vertedero, como un cuchillo enamorado de su anemia existencial, en ese estrecho margen de mentiras aprendidas, como si fueras una peonza atrapada en el fondo de un pozo que todavía necesita girar. Hay que aceptar de antemano la derrota, lo cual es duro, pero no existen mejores formar de combatir la soledad, la falta de ambición, la intrascendencia, la jaula de otoño que llena de óxido tu cerebro. ¿Acaso no te pena el estertor violáceo de un poema abandonado?

A veces hay que escribir poesía para dejar de escribir poesía.

Prólogo al libro de Fiódor Dostoievski “El jugador”

Pocas novelas perdurables del siglo XIX se escribieron tan rápido como El Jugador, cuya creación por parte de Dostoievski fue casi milagrosa. Todo empezó en el otoño de 1866. Dostoievski se hallaba una vez más endeudado, en parte debido al juego. Stellovski, su editor, le exigía, según contrato firmado tiempo atrás, la entrega inmediata de una novela de la que, desgraciadamente, no había escrito ni una sola línea. Dostoievski había recibido dinero por anticipado de su editor, y Stellovski podía llevarlo a la cárcel si para el 1 de noviembre no tenía en su poder la novela.

            Los amigos de Dostoievski, capitaneados por Miliukov, decidieron ayudarle, y estaban dispuestos a perpetrar entre todos una novela o algo que se le pareciera, pero a Fiódor no le convencía la idea y la desestimó tajantemente. Ante semejante callejón sin salida, Miliukov le propuso al novelista recurrir a los servicios de una secretaria, que fuese escribiendo a toda velocidad lo que Dostoievski le dictara. Y fue así como apareció en la vida del escritor Anna Grigórievna, más tarde su mujer. Gracias a su colaboración, Dostoievski pudo rematar El Jugador en una semana. Con la novela concluida, el escritor corrió a entregársela al editor cuando ya solo quedaban unas horas para que se cumpliera el plazo. Stellovski, que quería apoderarse de todos los derechos de autor de su pupilo, no se hallaba ese día en su despacho. Al parecer había salido de viaje. Pero Fiódor no se desesperó por eso y entregó la novela en la comisaría del distrito, desbaratando los planes de un editor perfectamente infame, que ha pasado a la historia como símbolo de la avaricia y la mezquindad.

            Los que crean que por el hecho de haber sido escrita en siete días El jugador es una novela ligera se equivocan. Ni es una novela ligera ni de gestación forzada. Es una novela tan meditada y tan profunda como las otras de Dostoievski, y tiene además una ventaja: está exenta de las divagaciones morales y religiosas, a veces completamente ajenas al campo semántico del texto, a las que tan proclive era Dostoievski, y su sustancia está completamente diluida en la acción y en la cadena de emociones a las que se somete el protagonista y con él el lector.

            Bien es cierto que para escribir tan rápido una novela tan excelente es necesario tenerla en la cabeza, y no es menos evidente que cuando ocurre eso la realización puede llegar a ser muy rápida. Ahí está el único secreto: antes de que Anna Grigórievna cogiera la pluma, Fiódor ya había configurado íntegramente el relato en su cabeza y ya solo le quedaba dictarlo. Y lo tenía configurado porque, en buena parte, era el relato de sus propias experiencias como jugador en aquellos casinos de Renania, tan bien descritos en la novela, frecuentados por aristócratas rusos dispuestos a dejar en ellos hasta el último rublo.

            Novela llena de peripecias bien significativas, por ella desfilan personajes genuinamente rusos, como la inolvidable Antonida Vasílevna, tan bondadosa como tiránica, y que tanto recuerda la generala de La patrona o, como el mismo narrador, Alexei Ivanovich cuya voz tanto nos acerca al cielo y al infierno del jugador. Un cielo y un infierno que quizás hunden sus raíces en una experiencia terrible que tuvo el novelista, tras haber sido declarado culpable de atacar a la Iglesia y al Estado. Dostoievski fue condenado a muerte y padeció un simulacro de fusilamiento. El pelotón ya estaba a punto de disparar contra él cuando le conmutaron la pena por cuatro años de trabajos forzados en Siberia.

            Si uno sitúa en el momento en que se llevó a cabo aquel simulacro que estuvo a punto de convertirse en realidad, reconocerá que fue como si la vida jugase con Dostoievski a la ruleta rusa. Todo estaba decidido y, de pronto, llega la orden de no disparar. Dentro del infortunio, fue como un golpe de suerte monstruoso. Como apostar al cero y ganar. Y uno sospecha que, en adelante, Dostoievski estuvo condenado a buscar, precisamente en el juego, esa emoción externa y decididamente infernal.

            El hecho de haber estado al borde del abismo una vez, creo en él una tendencia peligrosa, tan inconsciente como fatal. Y al borde del abismo estaba aquel día otoñal en que le dijo a su amigo Miliukov: “Estoy perdido”. Estaba perdido pero, una vez más, se encontró gracias a la escritura, y por eso ahora tienes en tus manos, lector, esta apasionante novela sobre el dolor y el placer de un adicto al sonido de las ruletas, tan parecido al de las serpientes de cascabel.

jueves, 8 de marzo de 2018

Marco Aurelio - Meditaciones.

El emperador Marco Aurelio (121-180 d.C.) no fue un filósofo pero sí un ferviente seguidor del estoicismo, una corriente filosófica que ensalzaba al hombre que se guiaba por la razón y que vivía conforme a la naturaleza, que era capaz de ser "inalterable, en los agudos dolores, en la pérdida de un hijo, en las enfermedades prolongadas", es decir, que podía controlar sus emociones y huir de los placeres terrenales.

Durante las campañas militares de la década del 170, ya con más de cincuenta años, escribió una serie de reflexiones filosóficas dirigidas a él mismo que ha recibido el título de "Meditaciones", una obra cumbre de la literatura latina, un manual de vida que defiende los principios filosóficos del estoicismo. Libro dividido a su vez en doce libros presenta sus soliloquios a veces con un par de frases, en otras un largo párrafo, todas anotadas sin un orden establecido, como fruto del momento, y por ello nos encontramos ideas o conceptos repetidos a lo largo de la obra. Sobre todos ellos destaca la idea de la brevedad de la vida, de lo efímero de nuestro paso por el mundo, y nos invita a reflexionar acerca de la importancia de las cosas y de la necesidad de evitar lo superfluo.

Es un libro para leer pausadamente, y que incita a reflexionar con cada anotación.

Libro II
-Comenzar el día diciéndose: hoy encontraré sin duda a un indiscreto, un ingrato, un insolente, un embustero, un envidioso, un insociable. Los desgraciados que tienen estos defectos es porque no conocen los verdaderos bienes y los verdaderos males. Pero yo, que he aprendido que el bien verdadero consiste en lo que es honesto y el mal verdadero está en lo vergonzoso; yo, que conozco la naturaleza de quien comete la falta, que sé que ése también es mi hermano, no de sangre y de carne, sino por nuestra común participación en un mismo espíritu emanado de la divinidad, no puedo considerarme ofendido por su parte.

-Todo lo que constituye mi ser no es más que un poco de carne con un aliento de vida y la facultad de pensar. Abandona tus libros, suprime las distracciones, nada de eso te está permitido, y, como hombre que va a morir, desprecia esta carne, montón de sangre y huesos, tejido de nervios, de venas y arterias. Considera también lo que es tu respiración: aire, sólo aire, siempre distinto, arrojado continuamente y aspirado sin cesar. Solo queda, pues, la parte principal, la que piensa. Ahora bien, habla contigo mismo: eres viejo; no mantengas por más tiempo en la esclavitud a esa facultad maestra no consientas que sea sacudida como un muñeco. No te quejes de tu suerte presenta ni temas la futura.

Libro III
- Si encuentras algo en la vida humana que valga más que la justicia, la verdad, la templanza, el valor o, mejor aún, más que la virtud de un alma que se basta a sí misma en las circunstancias en que está permitido obrar según la recta razón y que se confía al destino en todo aquello que no depende de ella; si quizás encuentras algo preferible, vuelvo a decir, dirige hacia esto toda la potencia de tu alma y hazte con tan precioso hallazgo.

-No estimes jamás por conveniente a ti lo que alguna vez te obligará a traicionar tu lealtad, a abandonar el pudor, a odiar a alguien, a sospechar, a maldecir, a ser hipócrita, a desear algo que necesita paredes y cortinas. Pues el que prefiere ante todo su propia inteligencia y su divinidad y el culto a la excelencia de ésta, no hace teatro, no clama, no precisará la soledad ni la muchedumbre. Lo que es más importante, vivirá sin perseguir ni huir.

Libro IV
- Tan extraño con respecto al mundo es quien ignora lo que en él existe como quien ignora lo que en él se hace. Llama desertor al que procura esquivar las leyes de la sociedad; ciego al que tiene cerrados los ojos de la inteligencia; pobre al que necesita de otro y no posee en sí mismo lo que contribuye al bienestar de la vida; parásito del género humano al que se subleva y reniega de las condiciones de nuestra común naturaleza, maldiciendo los accidentes que le ocurren, porque la que los producen es la que le ha dado el ser; y, en fin, aplica también esta palabra al que separa su alma de la de los demás seres racionales, porque en el mundo solo hay una sola y única alma.

Libro V
- Sólo los locos persiguen lo imposible. Imposible es que los malos no cometan maldades.

Libro VI
-La mejor defensa es no parecerte a ellos.

Libro VIII
- ¿Quiénes son Alejandro, Cayo César y Pompeyo, en comparación con Diógenes, Heráclito y Sócrates? En efecto, estos penetraban las cosas a fondo, en sus principios en su sustancia, y por nada se alteraba el equilibrio de su alma. Por el contario, los primeros, ¡cuántas inquietudes! ¡Cuánta esclavitud!

- El arrepentimiento es una especie de reproche que se hace uno a sí mismo, por haber despreciado algo útil. Luego es preciso que el verdadero bien sea asimismo algo útil, y que un hombre virtuoso y honrado consagre a ello todos sus esfuerzos. El hombre verdaderamente honrado y virtuoso no podrá arrepentirse de haber despreciado el placer. Por lo tanto, el placer no es ni útil, ni un bien. […] Recibir sin orgullo los favores de la fortuna; y perderlos sin lamentarse.

-¿Deseas ser alabado por un hombre que se maldice a si mismo tres veces por hora? ¿Deseas agradar a un hombre que no se agrada a sí mismo? ¿Acaso puede quererse a sí mismo un hombre que se arrepiente de casi todo lo que hace? […] Los hombres han nacido los unos para los otros. Por tanto, enséñalos o sopórtalos.

Libro IX
- Sobre todo, cuando te quejes de la perfidia de un hombre, o de su ingratitud, obsérvate a ti mismo. Pues sin duda falta tuya es haber creído que un hombre sin fe sería fiel, o haber tenido al hacer el bien otro fin que hacerlo y disfrutar en el momento mismo del fruto de tu buena acción. Has prestado servicio a un hombre: está bien, ¿Qué más quieres? ¿No te es suficiente con haber obrado conforme a tu naturaleza? ¿Necesitas por eso un salario? Es como si el ojo pidiese una recompensa porque ve o los pies porque caminan.

Libro X
- Cuando a un hombre se le han inculcado los verdaderos principios de la filosofía, la palabra más corta y hasta más corriente es suficiente para desterrar de su corazón la tristeza y el temor. Por ejemplo: “Desparrama por el suelo el viento las hojas, así también las generaciones delos hombres”.
Tus queridos hijos no son sino meras hojas, y hojas son también esos hombres que te aclaman con sinceridad aparente y te bendicen o bien, al contrario, te maldicen y te oprimen en secreto con sus reproches y sátiras, hojas, igualmente, aquellos que después de tu muerte evocarán tu recuerdo. Todas esas hojas que nacen con la primavera, el viento después las echa a tierra. Enseguida el monte las reemplaza con otras. Pero el destino común es el de no durar más que un momento, y tú temes y deseas como si todo fuese eterno.

Libro XI
-En la escritura y en la lectura no iniciaras a nadie antes de que se te inicie a ti. Esto, mucho más en la vida.

-Es ridículo no intentar evitar tu propia maldad, lo cual es posible, y, en cambio, intentar evitar la de los demás, lo cual es imposible.

Libro XII
-Ten presente que, si pudieras elevarte de repente sobre la tierra y ver a tus pies las cosas humanas con todas sus vicisitudes, no experimentarías sino desdén, y más aun viendo al mismo tiempo todo cuando puebla las capas inferiores y superiores de la atmósfera. Cuantas veces te elevaras así, otras tantas contemplarías el mismo espectáculo: objetos vanos y efímeros. Y no obstante, en ellos se origina la vanidad humana.

miércoles, 7 de marzo de 2018

Mikita Brottman - Contra la lectura

Leer y masturbarse aunque en un principio no parezca evidente, son dos actividades que tienen mucho en común. Ambas suelen llevarse a solas y en privado, a menudo en la cama y por la noche, antes de dormir”, argumenta Mikita Brottman en su ensayo 'Contra la lectura' (Blackie Books, 2018). El título es irónico, no es un alegato contra los libros, es más bien una carta de amor, pero con matices: "el primero de ellos es que la lectura, en sí misma, no es necesariamente una actividad virtuosa; qué se lee y cómo se lee marcan la diferencia. El segundo es que leer demasiado es, de hecho, algo posible".

Porque en la sociedad se ha instalado la idea de que leer 'per se' es algo bueno. Da igual qué. No importa si es el 'Mein Kampf' o el último título sobre sanación del cáncer a través de la imposición de pies. ¿Con abrir la página de un libro uno se vuelve más inteligente, mejor persona? Pues no. El acto de la lectura viene a veces acompañado de una especie de pensamiento mágico -"Los libros te hacen mejor persona"-, de cierto narcisismo -Yo soy mejor que tú por el simple hecho de leer- y algo de nostalgia -¡El libro ha muerto! ¡Salvemos al libro!—. Además, con la aparición de las nuevas tecnologías, los límites que acotan el concepto de lectura se han visto difuminados: ¿es lo mismo leer una novela en formato papel que en un móvil?, ¿es lo mismo leer un cuento corto que un reportaje de un periódico digital?

Más que a la lectura en sí, la autora ataca el esnobismo, los prejuicios y los dogmas de fe de los que se rodea. Por ejemplo, la idea extendida de que internet se ha convertido en el depredador natural de la industria editorial. Si la gente pasa más tiempo en las redes, leen menos. Si leen menos, disminuyen los índices de alfabetización y se venden menos libros. Sin embargo, Brottman plantea que la llegada de internet ha supuesto, más bien al contrario, la democratización de la lectura. Nunca había sido tan fácil encontrar un libro descatalogado ni comprar un libro tan barato como ahora.

También habla sobre que ahora, a diferencia de las campañas y la idea general de que el libro está muriendo, se publican más libros que en cualquier otro periodo de la historia. Aunque ella da datos del mercado estadounidense, aquí en España no es tan diferente, nuestro país es el noveno mercado del libro más grande del mundo, con un volumen de ventas de 2.889 millones de euros. Quizás habría que poner el punto de mira en otras cosas, ¿bajo qué criterios se seleccionan las lecturas obligatorias en los centros escolares? ¿Hay que optar por clásicos indiscutibles que a veces resultan pesados o títulos actuales? ¿Todos los libros son buenos para todas las personas, independientemente de sus circunstancias? ¿Vale cualquier campaña para promocionar la lectura tipo “Reading is sexy” o se está banalizando demasiado, cayendo en argumentos baratos y superficiales?

Brottman también incide, basándose en su propia experiencia, que una relación obsesiva con los libros puede llevar a un aislamiento social. O la torpe idea de amor romántico que puede albergar una adolescente que base sus aspiraciones en Jane Austen o Emily Brontë. O la frustración que conlleva descubrir la distancia entre la representación idealizada de algo en una novela y la realidad representada. O las suspicacias que despierta en sociedad alguien a quien le gusta disertar sobre sus lecturas. O los peligros de convertirse en un bibliomaníaco o coleccionista obsesivo de libros, que da más valor al objeto que al contenido. La mesura, como en todo, es importante.

En cualquier caso el ensayo –corto y ameno, lo terminé en apenas un día-, tiene grandes dosis de humor, y aunque Mikita intenta demonizar muchos aspectos de la lectura, en base también a una biografía adolescente bastante excéntrica –paseaba por las noches por un cementerio cerca de su casa vestida como Jane Eyre-, su amor por los libros se mantiene a flote y no deja lugar a dudas de que la vida sin ellos sería un lugar mucho más horrible.

Cartas a un joven poeta, Rainer Maria Rilke, 1903. Traducción: Antoni Pascual i Piqué y Constanza Bernad Ribera.

No hay que menospreciar el daño que un traductor mediocre puede hacer a una obra. Esto en poesía es visceralmente palpable, la primera vez que me di cuenta fue con Bukowski, autor que he releído hasta la saciedad, cuando eché mano de ediciones bilingües y me percaté de que algunos traductores se tomaban demasiadas licencias creativas con algunos poemas. Esto también sucede con otros autores, como Pizarnik o Plath, solo hay que comparar ediciones antiguas con los volúmenes de Poesía Completa que ha sacado la editorial Lumen. También ocurre con muchas novelas, sobre todo obras clásicas, por lo tengo la costumbre desde hace años de comparar las traducciones existentes o consultar en algún foro, antes de hacerme con algún ejemplar.

Dicho lo cual hace unos días una compañera de Blogger tuvo la genial idea de compartir algunos fragmentos de “Cartas a un joven poeta” de Rilke. Me entraron ganas de releerlo y al hacerlo me percaté que había diferencias significativas con la traducción que ella se había molestado en subir a su blog, y que parece ser la más habitual por Internet.

Por lo tanto, y a riesgo de plagiar ideas, me apetecía también a mí compartir mis partes preferidas, con el esfuerzo-placer de copiarlas directamente de mi versión en papel. Pero lo importante es avisaros: si compráis este libro, que sea la traducción de Antoni Pascual i Piqué y Constanza Bernad Ribera.


CARTA # 1
Su carta me llegó hace pocos días. Quiero darle las gracias por su confianza, grande y afectuosa. No está en mi mano hacer mucho más. No puedo entrar en detalles sobre la forma de sus versos, puesto que me siento muy lejos de cualquier intención crítica. No hay nada menos apropiado para aproximarse a una obra de arte que las palabras de la crítica: de ellas se derivan siempre malentendidos más o menos desafortunados. Las cosas no son tan comprensibles ni tan formulables como se nos quiere hacer creer casi siempre; la mayor parte de los acontecimientos son indecibles, se desarrollan en un ámbito donde nunca ha penetrado ninguna palabra. Y lo máximamente indecible son las obras de arte, existencias llenas de misterio cuya vida, en contraste con la nuestra, tan efímera, perdura.

Pregunta si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí. Antes lo ha preguntado a otros. Los envía a revistas. Los compara con otros poemas, se inquieta cuando ciertas editoriales rechazan sus intentos. Ahora (ya que me ha autorizado a aconsejarle), ahora le pido que deje todo esto. Usted mira hacia fuera y precisamente esto, en este momento, no le es lícito. Nadie puede aconsejarle ni ayudarle, nadie. Sólo hay un medio. Entre en sí mismo. Investigue el fundamento de lo que usted llama escribir; compruebe si está enraizado en lo más profundo de su corazón; confiésese a sí mismo si se moriría irremisiblemente en el caso de que se le impidiera escribir. Sobre todo, pregúntese en la hora más callada de su noche: ¿Debo escribir? Excave en sí mismo en busca de una respuesta que venga de lo profundo. Y si de allí recibiera una respuesta afirmativa, si le fuera permitido responder a esta seria pregunta con un fuerte y sencillo «debo», construya su vida en función de tal necesidad; su vida, incluso en las horas más indiferentes e insignificantes, ha de ser un signo y un testimonio de ese impulso. Después, aproxímese a la naturaleza e intente decir como el primer hombre qué ve y experimenta, qué ama y pierde.

Una obra de arte es buena cuando surge de la necesidad. En esta cualidad de su origen reside su juicio crítico: no existe otro. Por eso, mi muy apreciado señor, no sé darle otro consejo: camine hacia sí mismo y examine las profundidades en las que se origina su vida. En su fuente encontrará la respuesta a la pregunta de si debe crear. Acéptela tal como venga, sin interpretarla. Quizá surja la evidencia de que usted está llamado a ser artista. De ser así, acepte ese destino y sopórtelo con toda su carga y grandeza, sin esperar recompensa que pueda venir de fuera: el creador ha de ser un mundo para sí y lo ha de encontrar todo en sí mismo y en la naturaleza con la que se ha fundido.

CARTA # 4
Pero lo que quizás algún día sea posible para muchos, el solitario puede prepararlo y construirlo con sus manos, que se equivocan, sí, pero menos. Por eso, querido señor, ame su soledad y soporte el dolor que causa. Que su queja resuene con belleza.

CARTA # 6
Pero alégrese si se da cuenta de que esa soledad es grande; pues qué sería (pregúntese a sí mismo) una soledad que no fuera grande; sólo existe una, es inmensa y nada fácil de sobrellevar, y a casi todos les llegan aquellas horas en las que querrían de buena gana cambiarla por cualquier compañía, aunque fuera vulgar y anodina, por la apariencia de un reducido acuerdo con el primero que llega, con el más indigno… Pero quizá sea precisamente en tales horas cuando la soledad crece; pues su crecimiento es doloroso, como el crecimiento de los niños, y triste, como el comienzo de la primavera. Pero esto no debe desorientarlo. Lo que se requiere es sólo esto: soledad, una gran soledad interior. Andar a solas consigo mismo y no encontrar a nadie durante horas, eso es lo que se debe alcanzar. Estar solo como en la infancia, cuando los adultos pululaban alrededor, enredados con cosas que parecían grandes e importantes, porque los mayores siempre parecían muy atareados y no se comprendía nada de su actividad.

Y si un día uno se da cuenta de que sus ocupaciones son infelices, que la profesión se ha petrificado sin relación con la vida, ¿por qué no continuar mirando como un niño lo extraño, desde lo profundo del mundo propio, desde la amplitud de la propia soledad, que en sí misma es trabajo, jerarquía y profesión? ¿Por qué querer cambiar el sabio no-comprender de un niño por el rechazo y el menosprecio, cuando el no-comprender significa estar solo y, en cambio, el rechazo y el menosprecio significan participar en aquello mismo de lo que uno quiere apartarse? Piense usted, querido señor, en el mundo que lleva usted en sí mismo, y llame este pensar como usted prefiera —recuerdo de la propia infancia o anhelo de futuro — y esté simplemente atento a lo que se eleva en usted y colóquelo por encima de todo lo que observe a su alrededor. Su desarrollo interior es digno de todo su amor, en él debe usted trabajar y no ha de perder demasiado tiempo ni demasiado ánimo en justificar su posición ante los demás. ¿Quién le dice a usted que, después de todo, tenga una?

CARTA # 8
Usted ha sufrido muchas y grandes tristezas que ya pasaron. Y dice que la experiencia fue para usted difícil e incómoda. Pero, se lo ruego, reflexione usted si esas grandes tristezas no le atravesaron más bien en su mismo centro. ¿Acaso no se han transformado muchas cosas en usted? ¿Acaso no ha cambiado usted en algún lugar de su ser mientras padecía la tristeza? Peligrosas y malas son sólo aquellas tristezas que uno arrastra entre la gente para mitigarlas; como enfermedades tratadas de manera superficial y necia, se retiran un instante para volver a presentarse e irrumpir de forma mucho más temible; y se acumulan en el interior, y son vida, vida no vivida, vida rechazada y perdida, por la que se puede morir.
Yo creo que casi todas nuestras tristezas son momentos de tensión que nosotros percibimos como parálisis, porque ya no sentimos la vida de nuestros sentidos alienados. Porque estamos solos con el extraño que se nos ha introducido; porque, por un momento, se nos arrebata todo lo habitual y lo que nos inspiraba confianza; porque nos encontramos en una encrucijada donde no podemos permanecer. […] Por eso es tan importante estar solo y atento cuando se está triste;  porque el instante aparentemente perplejo y vacío de acontecimientos en el que nuestro futuro nos alcanza, está mucho más próximo a la vida que aquel otro, ruidoso y fortuito, en que se nos presenta como venido de fuera.

Y si volvemos a hablar de la soledad, se hará más claro que, vista de cerca, la soledad no es algo que se pueda dejar o tomar. Somos soledad. Uno se puede equivocar en esto y hacer como si no fuera así. Esto es todo. No obstante, es mucho mejor reconocerlo y, lo que es más, vivir a partir de tal reconocimiento.

Pues si concebimos la naturaleza del ser individual como una habitación más o menos grande, veremos que la mayoría sólo conoce una esquina, una ventana, una franja por la que repetidamente va y viene. Así se tiene una cierta seguridad. No obstante, es mucho más humana la inseguridad llena de peligros de aquel preso en el cuento de Poe, que le empuja a explorar las formas de su terrorífica celda y a no sentirse extraño ante el indecible horror de su estancia.

CARTA # 9
Respecto a la duda: puede convertírsele en una buena cualidad si la educa. La duda ha de llegar a ser sabia, ha de convertirse en crítica. Pregúntele, siempre que quiera echarle algo a perder, pregúntele porqué es fea aquella cosa; pídale pruebas, sométala a examen y quizá la encuentre perpleja y desconcertada, quizá también irritada. Pero usted no ceda, exija argumentos.
Compórtese atenta y consecuentemente en todas las ocasiones; y llegará el día en que el destructor se convertirá en uno de sus mejores trabajadores, tal vez en el más inteligente de todos los que le edifican la vida.

martes, 6 de marzo de 2018

Rainer Maria Rilke.

Rilke fue un poeta y novelista austrogermánico, considerado como uno de los más importantes e influyentes poetas modernos a causa de su preciso estilo lírico, sus simbólicas imágenes y sus reflexiones espirituales. Nació en Praga el 4 de diciembre de 1875, entonces parte del Imperio Austrohúngaro. Después de una infancia solitaria y llena de conflictos emocionales, estudió en las universidades de Praga, Múnich y Berlín. Sus primeras obras publicadas fueron poemas de amor, titulados Vida y canciones (1894).
 
En 1897, Rilke conoció a Lou Andreas- Salomé, la hija de un general ruso, y dos años después viajaba con ella a su país natal. Inspirado tanto por las dimensiones y la belleza del paisaje como por la profundidad espiritual de la gente con que se encontró, Rilke se formó la creencia de que Dios está presente en todas las cosas. Estos sentimientos encontraron expresión poética en Historias del buen Dios (1900). Después de 1900, Rilke eliminó de su poesía el vago lirismo que, al menos en parte, le habían inspirado los simbolistas franceses, y, en su lugar, adoptó un estilo preciso y concreto, del que pueden dar ejemplo los poemas recogidos en el Libro de las imágenes (1902) y las series de versos de El libro de las horas (1905).

En París, en 1902, Rilke conoció al escultor Auguste Rodin y fue su secretario de 1905 a 1906. Rodin enseñó al poeta a contemplar la obra de arte como una actividad religiosa y a hacer sus versos tan consistentes y completos como esculturas. Vivió durante unos años en París, ciudad desde la que emprendió viajes por Europa y el norte de África. Los poemas de este período aparecieron en Nuevos poemas (dos volúmenes, 1907-1908). De la misma época data la obra epistolar Cartas a un joven poeta (1903-1908). En estas cartas, el poeta, además de exponer con una claridad y belleza sin igual sus opiniones sobre la creación artística, plasmó sabiamente sus ideas sobre la vida —el amor y la soledad, la muerte y la fecundidad—, así como lo sobrenatural.

De 1910 a 1912 residió en el castillo de Duino, cerca de Trieste (actual Italia), donde escribió los poemas que forman La vida de María (1913), a los que después pondría música el compositor alemán Paul Hindemith, y las dos primeras de las diez Elegías de Duino (1923). En su obra en prosa más importante, Los cuadernos de Malte Laurids Brigge (1910), novela comenzada en Roma en 1904, empleó corrosivas imágenes para transmitir las reacciones que la vida en París provoca en un joven escritor muy parecido a él mismo.

Rilke residió en Múnich durante casi toda la I Guerra Mundial y en 1919 se trasladó a Sierre (Suiza), donde se estableció, salvo visitas ocasionales a París y Venecia, para el resto de su vida. Allí completó las Elegías de Duino y escribió Sonetos a Orfeo (1923). Estos dos ciclos son considerados como su logro poético más importante. Las elegías presentan a la muerte como una transformación de la vida en una realidad interior que, junto con la vida, forman un todo unificado. La mayoría de los sonetos cantan la vida y la muerte como una experiencia cósmica. La obra de Rilke, con su hermetismo y soledad, llegó a un profundo existencialismo e influyó en los escritores de los años cincuenta tanto de Europa como de América. En lengua española, Rilke tuvo excelentes traductores-admiradores, como Francisco Ayala, Pablo Neruda, Gonzalo Torrente Ballester o José María Valverde.

lunes, 5 de marzo de 2018

Reseñas Libros Febrero.

Stephanie Butland  - La vida escondida entre los libros   Mediocre (2)
Loveday Cardew prefiere los libros antes que las personas. Si te acercas a ella lo suficiente, podrás ver que lleva tatuadas las frases iniciales de las novelas que más le gustan. Sin embargo, hay secretos de su pasado que jamás te revelará. Quince años atrás, Loveday perdió todo lo que tenía y amaba en una fatídica noche. Aquel horrible acontecimiento la llevó a convertir la librería en la que trabaja en su único refugio, pero todo está a punto de cambiar: alguien que conoce su pasado está tratando de enviarle un mensaje, y no hay nada que ella pueda hacer para evitarlo.

Cuando quiero escoger un libro me voy a la Fnac, echo un vistazo a sus novedades, a las secciones de filosofía y ensayo –también de vez en cuando a la sección juvenil y de poesía-, y voy discriminando. Este libro me llamó la atención por su portada y sinopsis, y como en Goodreads tenía buenas críticas pasó el filtro de compra. Sin embargo me ha resultado un tostón, un melodrama mal llevado. A pesar de la sinopsis el personaje principal me cayó bastante mal, y muchas de sus reacciones me resultaban de una necedad insufrible. Y eso que vengo de leer un montón de libros cuyas protagonistas están taradas, sin embargo aquí la escritora es incapaz de dotar de una pizca de carisma a su protagonista. No entiendo porque está siendo un éxito, a mí me ha parecido predecible y olvidable.

Norman Stone - Breve historia de la segunda guerra mundial   Entretenido (3)
La ucronía es un género literario que también podría denominarse novela histórica alternativa y que se caracteriza porque la trama transcurre en un mundo desarrollado a partir de un punto en el pasado en el que algún acontecimiento sucedió de forma diferente a como ocurrió en realidad. El mes pasado me leí “Hitler Triunfante, Once historias alternativas de la Segunda Guerra Mundial”; ya por el título os podéis imaginar que trata de cómo hubiera podido Hitler ganar la guerra. Resulta interesante porque, realmente, hay muchos pequeños detalles que podrían haber inclinado la balanza a su favor. Por eso me apetecía leer un ensayo sobre la Segunda Guerra Mundial (tema que me obsesiona desde hace años). Este ensayo es una maravilla, ameno y didáctico. Quizás algo suave para quienes ya venimos curtidos sobre el tema, pero va directo al grano y no se pierde en detalles insustanciales. Tengo ganas de leer el otro que tiene el mismo autor sobre la Primera Guerra Mundial. Muy recomendable.

Virginie Despentes - Vernon Subutex 3   Entretenido (3)
Escribo estas líneas bastante decepcionado. Supongo que le he puesto un 3/5 porque, en general, me ha resultado entretenido, y de los otros dos tengo un gran recuerdo. Pero me temo que Virginie tendría que haber dejado atrás la idea de la trilogía y haberlo dejado en solo dos entregas. En este último libro sigue el formato de novela coral, presentando nuevos personajes y llevándonos por las nuevas vivencias de los ya conocidos, con un poco más de protagonismo de Vernon. Pero se nota la falta de ideas, y ya hacía la mitad del libro te desalienta la sensación de “esto ya lo he leído antes”. Lo peor ha sido cómo lo termina, una autentica salvajada con la que supongo que ha intentado descolocar y sorprender al lector, pero que a mí me ha dejado bastante mal sabor de boca. Un mal final, para una trilogía que, a pesar de todo, resulta muy recomendable, con personajes brillantemente esbozados, y que sabe tocar toda la problemática política, económica y cultural de un ciudadano europeo actual.

Rocío Carmona - Lo que sucedió cuando me rompiste el corazón   Entretenido (3)
Sucedió en San Valentín: llovía, me sentía solo, paseaba por las calles como alma en pena entre parejas acarameladas, cuando al entrar en una librería para resguardarme del aguacero inclemente mis ojos tropezaron con el título del libro y, sin poder evitarlo, me eché a reír y lo compré inmediatamente. A pesar de las apariencias, de que ya por el título y la portada parece la típica novela new-adult llena de clichés y escenas estereotipadas, tengo que reconocer que me gustó bastante. Es un libro sencillo, pero tiene alma, se nota que hay mucha autobiografía interiorizada en sus páginas, que la autora se ha dejado parte de sus recuerdos –con lo que ello conlleva-, en la construcción del personaje. Y aunque hay páginas que dan bastante pudor, existe una sutil y cadenciosa evolución en la trama. Es como cuando tu pareja quiere ver una película romántica, estilo “10 razones para odiarte”, tú te haces el remolón, pero al final cedes, y a la media hora estás arrobado junto a ella delante de la pantalla, emocionado por la sucesión de escenas xD

Rocío Carmona - La gramática del amor   Mediocre (2)
Naturalmente cometí el error de buscar más libros de ella. Y como este tenía buenas críticas en Goodreads, pensé que no estaría mal. Craso error. Este es el primero que escribió y se nota, y aunque tiene la gracia de que la mitad del libro se encarga de desmenuzar siete grandes novelas del género romántico, desde Goethe y Jane Austen, hasta García Márquez y Murakami, con la excusa de enseñar a nuestra protagonista “la gramática del amor”, no deja de ser una novelita fallida y con grandes carencias.

Edward Albee - ¿Quién teme a Virginia Woolf?   Entretenido (3)
Obra de teatro en tres actos del dramaturgo estadounidense Edward Albee estrenada en 1962. George y Martha son un matrimonio que se profesa un odio salvaje. Ambos tienen personalidades autodestructivas, conocen perfectamente las debilidades del otro y saben cómo exasperarlo. George es un profesor de historia alcohólico. Martha, la hija del director de la universidad donde George da clases, es una mujer frustrada y vulnerable. Un sábado por la noche, después de una fiesta, invitan a su casa a un nuevo profesor y a su esposa. La presencia de esta pareja no evita que Martha y George se humillen y maltraten como de costumbre. A través de este cruel juego sale a relucir la verdad tanto sobre los anfitriones como sobre los invitados.
Una obra muy recomendable a la altura de las mejores de Tennessee Williams, un juego inteligente y cruel con grandes diálogos, y con un final vibrante que matiza todo lo que ha sucedido. Tiene a su vez una inmensa adaptación cinematográfica de la mano de Elizabeth Taylor y Richard Burton.

Hubert Selby Jr - Réquiem por un sueño   Excelente (4)
La película –si no la habéis visto creo que estáis haciendo un terrible uso de vuestro tiempo- siempre ha sido una de mis favoritas. Cuando me enteré que estaba basada en un libro de Selby –el mismo autor del brutal “Última salida a Brooklyn”, quise conseguirlo y darle una oportunidad, pero durante muchos años estuvo descatalogado. Y así fue como, de forma circunstancial, años después y con varios visionados de fondo, paseando por La Central de Callao y me encuentro con que lo han reeditado. Aun así tuve dudas, no creía posible que Selby hubiera podido recrear la atmosfera asfixiante de la película, pensé que sucedería con Trainspotting o Fight Club, que los libros, sin ser malos, no estaban a la altura del frenetismo del montaje cinematográfico. Pobre iluso, el libro no solo está a la altura de la película, sino que en muchas ocasiones es mucho más duro y directo. Cada capítulo se dirige al lector desde un protagonista diferente, en primera persona, de forma adrenalítica y sin darte un respiro. Extenuante.

Elena Gallego & Seiko Ota - Haikus en el corredor de la muerte   Excelente (4)
"¿Estás preocupado porque te hallas a punto de morir dejando tantas cosas inacabadas? Entonces sé valeroso, y compón un poema sobre la muerte." Así resumía Lafcadio Hearn (1850-1904) la actitud tradicional japonesa frente al final de la existencia, acudiendo al consuelo de la poesía, dejando un haiku como mensaje último de quien sabe llegados sus últimos momentos. Esta actitud se mantiene en el caso de unos seres que conocen su cercano e inevitable destino: los condenados a muerte. En Japón sigue vigente la pena capital, que se ejecuta en la horca, y casi todos los años se producen varios ajusticiamientos. Pero hasta las cárceles llega la popularidad del haiku como forma poética, que lleva a los condenados a expresarse y a plasmar en 17 sílabas sus últimos pensamientos y emociones.

Otra maravilla que me ha dejado totalmente impresionado. Los haikus, su interpretación, las circunstancias en que han sido escritos resultan muy perturbadores. Pero hay mucha belleza en ellos, una sensibilidad de la que el lector no puede mantenerse ajeno. Muy recomendable.

Anne Rice - El príncipe Lestat y los Reinos de la Atlántida   Entretenido (3)
Ah, mi querida Anne Rice, volviendo con la duodécima entrega de sus Crónicas Vampíricas. Madre mía. Aún recuerdo cuando se estrenó en 1994 la película “Entrevista con un vampiro” y salieron publicados en castellano los libros de “Lestat el vampiro” y “La reina de los condenados”, sus continuaciones literarias. Rice supo crear para toda una generación de lectores una reformulación del mito del vampiro basada en el dolor, la belleza y una contemplación del vacío de la existencia tan angustiosa como realista. Los vampiros de Rice bebían sangre, pero también historia, filosofía, estética y evolucionan en consecuencia. Fue todo un logro, y aún hoy esos primeros libros siguen siendo de culto para millones de lectores. Luego llegó la total decadencia con el quinto libro “Memnoch, el Diablo” una fábula dogmática sin pies ni cabeza que avanzaba a trompicones entre una lección teológica incompleta y una combinación de reverencia y fe carente de sustancia. Más adelante aparecieron más y más libros donde se cambiaba el protagonismo de Lestat por otros vampiros secundarios que se dedicaban a contar su biografía de forma aburrida y decepcionante, llenando de incoherencias narrativas sus páginas. El último “Cantico de Sangre” (2003) dejó el legado hundido y a Rice embarcada en “renovar” a los hombres lobos, las brujas, y con una extraña fijación religiosa que le impulsaba a reconstruir en otra saga la vida de Jesús de Nazaret.

Con estos antecedentes mi sorpresa fue mayúscula cuando once años después (2014) vi anunciado “El príncipe Lestat”, que con ese título ya daba pistas sobre la vuelta de su mejor personaje como forma tramposa de intentar reiniciar la saga. Ilusionado compré el libro, y lo que me encontré fue con una especie de fanfic sobre Lestat (su grandeza, su lugar imprescindible en el mundo vampírico, profusas descripciones sobre su vestimenta, el brillo de sus ojos y la belleza de su cabello, etcétera). Del otrora talento de Rice para envolvernos con sus tramas ya no quedaba mucho. La novela intentaba mezclar todos los personajes y situaciones de antaño en un batiburrillo que constantemente pendía de un hilo. Capítulos con diferentes protagonistas que ralentizan la acción y no conseguían enganchar a lector. Sí que queda algo de ese romanticismo añejo de Rice, de esas reflexiones nihilistas de sus protagonistas, pero no es suficiente, todo resulta demasiado simple, e incluso infantil.

Y después de todo esto, ¿a qué viene por tanto darle otra oportunidad al siguiente “El príncipe Lestat y los reinos de la Atlántida” (2016), un libro de casi quinientas páginas? Pues supongo que soy un lector compulsivo, me puede la nostalgia de los personajes y la trama de vampiros. Y sí, podría despotricar durante horas de Anne Rice por haber estropeado su legado, pero, qué queréis que os diga, me terminé el libro en apenas tres días xD No deja de ser un placer culpable.

***
Y así termina el mes de febrero, un mes de buen ritmo de lectura –hay incluso un par de libros frikis que he preferido no reseñar-, y con cierta variedad, que es lo importante. Me gustaría actualizar más el blog, pero estoy pasando por una crisis con el teclado, me siento seco de inspiración, e incluso escribir esta entrada de reseñas me ha costado ímprobos esfuerzos. En cualquier caso me dejo caer por Twitter a menudo –pestañita a la derecha-, por si os interesa cotillear. Un saludo.