miércoles, 31 de mayo de 2017

Dime qué te despierta y te diré quién eres.

El psicólogo Walter Mischel de la Universidad de Colombia se hizo famoso a principios de los setenta por sus experimentos con los marshmallows: ponía a varios niños en una habitación con un plato de estas golosinas de azúcar y les daba a elegir entre dos opciones, comerse uno de inmediato o esperar un cuarto de hora y poder comerse dos. Alrededor de un tercio de los niños logró aguantar un cuarto de hora. Lo interesante es que aquí no acaba el experimento. Veinte años más tarde Mischel observó una correlación entre el tiempo que había resistido cada niño al marshmallows y lo bien que le iba en la vida. Cuanto más tiempo posponían la gratificación menos problemas de conducta padecían más tarde en el colegio y mejores resultados académicos sacaban. Desde entonces el autocontrol se ha convertido en uno  de los principales focos de interés de la psicología, y varios estudios lo presentan como algo más eficaz que el cociente intelectual para predecir el éxito en los estudios, y más adelante nuestra estabilidad económica, laboral, e incluso conyugal. Todo indica que el autocontrol es la clave de la fortaleza de carácter.

            Autocontrol, ahí está la clave. Pero dónde está el autocontrol en una sociedad que nos educa con sueños fabricados en un bombardeo incesante de publicidad, con consignas de emancipación taradas, donde siempre hay un examen, una entrevista de trabajo, una fecha límite, una amenaza de fracaso, un despertador anunciando la futilidad de un día más. La sociedad nos tiene como hámsters anfetamínicos corriendo de un lado a otro comprando en los centros comerciales mientras suena de fondo una canción pop que nos promete felicidad. Nos levantamos ateridos de pasado, aprensivos con nuestro futuro mientras nos hacen tomar como certezas unas cuantas mentiras aprendidas, engalanando la mediocridad con unos laureles de plástico mientras nos consolamos pensando en el siguiente puente, en las vacaciones de verano, en la lotería de Navidad. España se ha convertido en el parque de atracciones más barato para el turista extranjero, un país que pretende salir del fraude de la crisis con más ladrillo mientras anima a sus jóvenes a estar pluriempleados o a que se vayan de aquí. Tres millones de casas vacías y el precio del alquiler sube cada vez más. Un impuesto al sol para mantener el oligopolio de las eléctricas. Es el mundo de la posverdad, lo importante son las apelaciones a las emociones sin preocuparse de si son ciertas, dejando la verdad como algo secundario. Manipulación, propaganda, el periodismo actual sin principios éticos, sometidos a las bulas de la publicidad estatal o de las grandes empresas. Incluso cuando piden dimisiones es porque el tablero de poder se ha comido a su pez más pequeño y hay que mantener limpio el cortijo. La suspensión de incredulidad, la pasividad, el hooligan partidista, el activista de Facebook (como yo), etcétera, etcétera.

            Estoy escuchando a Steve Vai, For the Love of God, el arte me relaja, una olvidada virtud de los sabios. La mitad de la gente no sabe qué hacer, la otra mitad es idiota. Me he comprado un nuevo ordenador. Consumismo. Infamia. Estaré más tiempo por aquí a partir de ahora.

PD: Ya ha salido la quinta temporada de House Of Cards, Corred insensatos.

martes, 23 de mayo de 2017

Si albergas cierto respeto por el arte nunca cambies la honestidad por el reconocimiento.

Toda forma de posesión es causa de muerte espiritual. Los dos mayores sabios de las postrimerías de la Antigüedad: Epicteto y Marco Aurelio, un esclavo y un emperador.

Muchas personas consideran que confortablemente instalados en el sofá de su salón y a través del televisor pueden informarse seriamente. Es un error mayúsculo por tres razones: primero porque el telediario está estructurado como una ficción, no está realizado para informar, sino para distraer. A continuación porque la sucesión rápida de noticias breves y fragmentadas producen un doble efecto negativo de sobreinformación y desinformación. Y tercero porque querer informarse sin esfuerzo es una ilusión. Informarse cansa, y a este precio cada uno de nosotros adquiere el derecho de participar inteligentemente en la vida democrática.

Agotados por el trabajo, horrorizados por el paro, angustiados por el porvenir, hechizados por la televisión, aturdidos por los tranquilizantes, los ciudadanos sufren un adoctrinamiento constante, invisible, y clandestino.

Cualquier anuncio es una puesta en escena, una mitología incluso, de gente muy guapa comiendo, consumiendo, comprando mientras ostenta una felicidad de éxtasis. No se hacen afirmaciones directas, son los espectadores quienes proyectan o deducen. Un anuncio puede gustar o no gustar, no se puede refutar.

Somos tan frágiles como un pájaro al que sacan de la jaula y no sabe qué hacer. La idea es el torniquete de las palabras. Sangra. Sangra. Sangra. La escueta urgencia del reloj, el sordo crepitar del tiempo, como un haiku, como una irremediable pérdida de tiempo, como un autobús perdido.

Sócrates afirma que una vida sin cuestionamientos, sin hacerse preguntas, no merece la pena vivirse. La sabiduría es la máxima felicidad dentro de la máxima lucidez. No es tanto un absoluto como un proceso.

Simone de Beauvoir tras la muerte de Sartre: “Su muerte nos separa. Mi muerte no nos unirá. Así es; ya fue hermoso que nuestras vidas hayan podido estar de acuerdo durante tanto tiempo“.

La existencia se compone en un tanto por ciento muy alto de fracasados que se disfrazan de personas felices y de perdedores que con sus harapos ponen un punto de realismo en la ceguera.

La vida oscila como un péndulo entre el dolor y el hastío. Sufrimiento porque deseo lo que no tengo y sufro esa carencia; aburrimiento porque tengo lo que desde ese instante ya no deseo. Frustración o decepción. Sufrimiento o aburrimiento. Inanición o inanidad.

El Leteo amniótico de un vaso de vino, a oscuras, sentado al borde mí mismo junto a mi tristeza rutinaria, mientras brotan, ahí afuera, las rosas que adornarán mi tumba. Resuena la claqueta, ya no hay focos; ¿dónde están las vidas que perdí?

Masturbarse mecánicamente, como quien suelta el hilo de un sentimiento que se eleva cadencioso, como un viejo y turbio poema de Baudelaire.

lunes, 22 de mayo de 2017

Salvar al soldado Sánchez (II)

He de reconocer que tengo cierta debilidad por Pedro Sánchez, por estas historias de David contra Goliat, por esas personas que, de un modo u otro, con un baraka indescifrable consiguen salirse del guion trazado, del lugar que los demás les han asignado. Hace ya varios días que quería escribir algo sobre él, aportar mi granito de arena, analizar el debate del pasado lunes, los resultados de los avales, indicar que había mucho voto oculto, que la militancia estaba muy harta, que, a fin de cuentas, cuando Pedro Sánchez dijo aquello de echarse a la carretera, horas después del golpe palaciego, todos sabíamos que resultaría muy difícil, casi imposible, que no tenía dinero, que la gestora alargaría los plazos todo lo que pudiera –ocho meses-, y que su figura se iría desvaneciendo poco a poco; pero sin embargo, con mucho esfuerzo y un crowdfunding que intentaron boicotearle, consiguió que su mensaje calase entre la militancia, que aquel mantra tan simple pero efectivo “no es no” empezará a movilizar el descontento. Ha demostrado que los barones, con su nepotismo rancio, estaban desconectados de la realidad de su militancia.

Como decía, ahora es fácil argüir que había elementos de juicio para pensar que Pedro tenía posibilidades, sobre todo después de los avales, pero pocos creían que pudiera conseguirlo y además con tanta diferencia. Pero es que su carrera política está llena de resurrecciones, en 2003, iba en el puesto 23 de la lista del PSOE al Ayuntamiento de Madrid, y el PSOE consiguió 21 escaños… pero en 2004 dos concejales salieron y Sánchez no solo se convirtió en edil, sino en uno de los puntales de la entonces jefa municipal socialista, Trinidad Jiménez. En las elecciones generales de 2008, Sánchez ocupaba el puesto 21 de la lista socialista al Congreso de los Diputados. El PSOE sacó 15 escaños… hasta que en 2009 se había movido tanto la lista con nombramientos del Gobierno de Zapatero que Sánchez no solo entró en el Congreso, sino que incluso era elegido por los periodistas como diputado revelación del 2010. En las elecciones generales de 2011, iba el undécimo en la lista socialista por Madrid al Congreso. El PSOE sacó 10 asientos, y Sánchez se volvió a la universidad y se dedicó a preparar su doctorado… hasta que en 2013 se corrió de nuevo la lista y volvió de diputado al Congreso y a tener un papel relevante en la conferencia política con la que ese otoño el PSOE intentó reinventarse con el empuje y el freno de Rubalcaba.

En 2014 iba a ser arrasado por Eduardo Madina en la votación directa entre los militantes socialistas para elegir a su secretario general… pero no, fue él quien arrasó. El 20 de diciembre del 2015, con los pobres resultados electorales del PSOE humeantes, Susana Díaz y algunos otros barones socialistas lo iban a matar, pero no, sobrevivió. El Comité Federal socialista de enero también parecía que iba a matarlo, pero tampoco. Pablo Iglesias y su sonrisa del destino lo iban a matar por ahogamiento, tomándolo como presidente del Gobierno cautivo y desarmado… pero tampoco.

            Ahora se enfrentaba a los barones, contra la gestora, contra la mayoría de los medios de comunicación incluida La Sexta (boicot a Ferreras, es un fraude), contra Cebrián, la Banca, Zapatero, Felipe, contra una Susana Díaz crecida que pretendía imponerse sin presentar ni siquiera un proyecto propio, sin programa, creyéndose su propia propaganda, subestimando a afiliados y sobre todo a Pedro. Y ahora resulta que la candidata del “PSOE ganador” ha sido incapaz de vencer en su propio partido. Solo se impone en su propia federación, Andalucía, pierde en todas las demás y en la gran mayoría de las agrupaciones ha conseguido un resultado inferior incluso al número de avales que presentó con su nombre; un indicador bastante claro de hasta qué punto presionó a su favor el aparato. ¿El lugar donde más voto oculto había para Pedro Sánchez respecto a los avales? Es fácil de imaginar: en Andalucía.

            ¿Qué toca ser ahora, Pedro El sabio, o Pedro El vengador? ¿El que aglutine y unifique al partido, o el que empiece dentro de un mes la purga merecida? Sea como sea España vuelve a tener una oportunidad de que la izquierda se una en un objetivo claro: expulsar al Partido Popular de La Moncloa. Ya el tiempo nos desvelará si las ambiciones de unos y otros se vuelven contraproducentes con ese proyecto común.

PD: Interesante artículo de Arsenio Escolar: "El error Susana".

jueves, 11 de mayo de 2017

Murakami - De qué hablo cuando hablo de escribir.

Derramando pensamientos sobre los gritos del papel

Murakami me gusta por su tono pausado, por su lirismo aséptico, por la musicalidad en su estilo, por sus frases cortas y la forma zen con la que plasma la psique de sus personajes y su visión del mundo. Hace unas semanas me compré su nuevo libro: “De qué hablo cuando hablo de escribir”. Una interesante autobiografía como escritor y el arte de escribir. Su disciplina es levantarse temprano, termo de café y ponerse como reto escribir diez páginas todos los días, tarde lo que tarde. Indica que, por ejemplo, su primer borrador de Kafka en la orilla tenía mil ochocientas palabras, seis meses de trabajo. Cuando se termina la primera escritura Stephen King recomienda dejar reposar el borrador un par de meses, sin embargo Murakami apenas descansa una semana antes de empezar una de sus múltiples reescrituras. Creo que el motivo es que le resulta más divertido escribir sin una escaleta, sin saber muy bien hacia dónde van sus personajes, improvisando. El problema es que el texto se presta a muchas más contradicciones, a que haya capítulos que tenga que descartar porque no casan con el tono general de la historia y los personajes. Es como un pequeño rompecabezas al que vas dando forma pero que requiere una revisión completa cada vez que añades o quitas alguna parte.

Supongo que esa continua reescritura casa muy bien con la mentalidad de corredor de fondo de Murakami, pero a otras personas puede llegar a desesperar. Después de varias reescrituras y pulir detalles, descansa un mes. Pasado ese tiempo vuelve a reescribirlo por completo y cuando termina le da el manuscrito a su mujer para que opine, igual que hace Stephen King con su esposa Tabitha. Ella hace sus recomendaciones y aunque no esté de acuerdo reescribe siempre las partes que ella ha señalado. Una vez hecho esto vuelve a pedirle que lea esas partes, y sí a ella la nueva versión sigue sin convencerla vuelve a reescribirlas. Supongo que siempre hay un margen de mejora para todo, uno puede convencerse a sí mismo de haber escrito algo casi perfecto pero siempre es mejorable. Por eso sigue reescribiendo después de entregar el texto a la editorial y recibir las primeras galeradas. Aunque parezca una compulsión descontrolada, porque en este punto hasta él ha debido de perder la cuenta de las veces que ha reescrito el texto, no parece ser el único escritor que opina y trabaja de esa forma, Raymond Carver dijo en una entrevista: “Al fin he entendido que una novela se perfecciona después de releerla, de quitarle algunas comas y volver a leerla una vez más para poner las comas en el mismo sitio donde estaban”. Naturalmente es solo un punto de vista, cada escritor decide cuanto tiempo debe de dedicar a pulir su obra.

De todas formas lo que más me ha gustado es su humildad, como ha sido capaz de encontrar el equilibro entre su gran profesionalidad y su capacidad para divertirse. De mantener una disciplina espartana sin convertirse en un funcionario juntapalabras. Cada vez me resulta más tediosa la idea del escritor atormentado que escribe de pie, que sufre en cada párrafo para ahondar en la presunta honestidad de su herida existencial, del malditismo como carta de presentación, de los tópicos sobre la generación perdida, Kerouac y los beats o la saga de herederos bukowskianos y sus lugares comunes de sordidez alcohólica. La escritura, como cualquier acto de creación, tiene la capacidad de reconciliarnos con nuestras propias contradicciones, de desahogarnos sublimando nuestro caos en un orden comprensible, no solo para nosotros, sino también para el resto del mundo. Ningún lector va a entender completamente las horas de soledad y dedicación que encierran cada frase, cada párrafo, cada capítulo… por eso resulta absurdo renunciar a nuestra cuota de diversión por un afán estéril de rememorar ciertas biografías que deslumbran sobre el papel ajado del pasado pero que no resisten una mirada más cercana y realista. La clave es escribir todos los días, poco a poco, sin esperanza ni desesperanza, y llegar al final del proyecto.