martes, 18 de septiembre de 2018

Si tuvieses que recomendar dos o tres obras de filosofía, economía, historia y política, ¿cuáles serían? (18/30)

De filosofía yo recomendaría “Aforismos sobre el arte de vivir” de Arthur Schopenhauer, es un tratado sobre filosofía práctica muy interesante. Luego pondría “Cartas a Lucilio” de Séneca. Su estilo es sencillo, carente de la parquedad y de las asperezas propias de otros estoicos como Marco Aurelio. Quizás Lucilio no existió nunca y Séneca utiliza el formato carta para exponer sus ideas estoicas de una manera ordenada clara y precisa. No importa, son una maravilla.
Lo emocionante de la filosofía es que hay muchos autores que merecen la pena, y cientos de obras transversales, novelas filosóficas y ensayos. Recomendaría los libros de aforismos de Cioran, el teatro de Camus, la novela “La Náusea” de Sartre y el ensayo “La conquista de la felicidad” de Bertrand Russell.
Existe también una colección de libros “Descubrir la filosofía”, que son pequeños ensayos biográficos sobre filósofos famosos y su filosofía, que pueden servir como perfecta introducción para luego leer su obra. Excelentes.

De política primero el más habitual: El Manifiesto Comunista. Luego “La república” de Platón y “El Príncipe” de Nicolás Maquiavelo. El Contrato Social de Rousseau es también muy importante para comprender la Revolución Francesa y también el pensamiento socialista de un siglo más tarde. Sí te resultan un poco pesados 1984 es una distopia política alucinante y Rebelión en la granja, aunque más ajustada a la crítica del comunismo, también resultan muy estimulantes.

            De economía me temo que no puedo recomendar demasiados, dado que soy más de leer ensayos modernos. Los clásicos y más notorios son: “El capital” de Karl Marx y “La riqueza de las naciones” de Adam Smith. De los actuales puedo recomendarte: “El libro prohibido de la economía” de Fernando Trias de Bes, La doctrina del shock de Naomi Klein, “Por qué fracasan los países” de Daron Acemoğlu y Freakonomics de Steven D. Levitt.

De historia puedes escoger algún libro superventas asequible “Una Breve Historia De Casi Todo” de  Bill Bryson, “Historia del mundo contada para escépticos” de Juan Eslava Galán) o buscar periodos concretos e informarte sobre ellos. Yo he leído bastantes libros sobre la Guerra Civil Española, o la Segunda Guerra Mundial. Sobre Roma: “Historia de Roma” de Indro Montanelli y “SPQR” de Mary Beard. Sobre la historia de España Arturo Pérez Reverte hace un buen acercamiento en su blog con sus artículos.

Con esta entrada quiero mostrar que hay muchos géneros literarios, más allá de la novela y poesía, que merecen la pena. No hay que tener miedo a leer un ensayo, solo hay que saber qué nos puede interesar y buscar algo relacionado con ello.(Todos los libros que he indicado tienen un enlace a una página para que podáis descargarlos en formato ePub, solo tenéis que pinchar sobre ellos. Si tenéis alguna duda sobre la descarga me podéis preguntar en los comentarios. Espero que os animéis con alguno.)

lunes, 17 de septiembre de 2018

La rebelión de la conciencia. (17/30)

Sin tiempo libre no hay reflexión, y sin inquietudes intelectuales que podamos desarrollar es imposible lograr la libertad. No seamos ingenuos, nuestra sociedad actual es un acto de guerra contra el ser humano, solo tiene como objetivo convertirnos en borregos manipulables, ¿qué es la educación más que una manera soterrada de insertarnos en el engranaje? ¿Se nos enseña acerca de la transcendencia de la vida, de su sentido o del significado de la muerte? ¿Existe acaso una asignatura de felicidad o de cómo gestionar el dolor? La educación actual se basa en aniquilar sistemáticamente el pensamiento crítico, en homogeneizarnos y potenciar los "valores" de la sociedad: la carrera de ratas del consumismo.

Puedes liberarte, pero para ello tienes que reconocer todos los barrotes de tu jaula, incluyendo el hecho terrible de ser un esclavo asalariado, en esto consiste la rebelión de la conciencia que todos necesitamos. Sé que mi contexto de trabajo precario no es el más adecuado para ser optimista, solo conozco a gente con una vida mediocre y estresada. Tienen anhelos normales, como comprarse otro coche, otro móvil, tener un hijo o irse de vacaciones. Nada malo sino fuera porque para conseguirlo necesitan tener dos trabajos y al final del día acaban tan cansados y ausentes que les resulta imposible disfrutar de su tiempo. Creo que la mayoría de la gente no se percata de que hoy puede morir. Que cada día es una vida, que el futuro es el impulso con el que desandas el presente.

Pero soy un pesimista esperanzado, sé que ahí afuera hay todo tipo de personas. A principios del siglo XX el porcentaje de analfabetismo neto era todavía del 56% y España ofrecía, junto con Portugal, Italia, Grecia, Rusia y los países de la Europa del Este, los porcentajes de analfabetismo más elevados del continente europeo. Pero ahora esto no es un problema, no solo por la educación obligatoria, las universidades, las bibliotecas, etcétera, también porque disponemos de internet. Aunque vivas aislado, si tienes conexión a internet dispones de toda la información y cultura que necesites: cine, libros, música, documentales periódicos digitales… cualquier cosa está al alcance de un clic. Incluso puedes abrirte un blog, o un canal de YouTube, y fomentar cierta resistencia. Me parece increíble que tengamos este tipo de herramientas, que podamos organizarnos y compartir nuestras ideas tan fácilmente, y que no haya más gente sublimando sus frustraciones así.

No creáis que mi rebelión de la conciencia fue hace mucho. Comenzó con este blog, en 2011. ¿Qué necesité? Vivir solo, sin pareja, y reducirme la jornada laboral. Al tener más tiempo libre empecé a escribir, a leer más y vivir a otro ritmo. Poco a poco empecé a leer ensayos sobre historia, economía, filosofía y política. Cada idea te muestra una parte de la trampa. La filosofía te enseña a pensar más en la muerte, a no temer a la soledad, a buscar la trascendencia, a cambiar tus prioridades y vivir mejor. Los ensayos de política o economía que intentan que seas un marxista idealista tienen el efecto de volverte un cínico descreído, te señalan sin ambages lo perniciosa que resulta la sociedad actual, lo dañino del stress y el ritmo actual de trabajo. Te enseñan conceptos como el decrecimiento económico. Yo tenía películas y juegos precintados, libros y cómics que no había leído por falta de tiempo, que había comprado por puro consumismo. Me percaté que no necesitaba tantas cosas, que podía vivir con menos. Vendí mi colección de consolas, recorté gastos. Me quité las tarjetas de crédito. La soledad también te permite analizarte, ordenarte, suprimir actitudes toxicas, como dependencias y adicciones. Vivir de forma más sana. Como algunos sabéis llevo dos años sin beber alcohol y haciendo deporte.

Naturalmente mi vida no es perfecta, no es equilibrada, mi precariedad económica implica muchas incomodidades. Pero mis prioridades han cambiado, no necesito irme de vacaciones para ser feliz, no necesito comprar cosas todos los meses para ser feliz, no me importa que algunas personas me consideren un fracasado o no comprendan que no quiera formar una familia. Lo único que necesito es tiempo para poder sentirme libre. Para poder escribir. Para poder pensar. Para poder informarme. Y hay que lidiar con cierta incomprensión de amigos, familiares y parejas, porque consideran que mis decisiones son producto de la pereza y mi falta de ambición personal. Pero creo que merece la pena pasar por una etapa así en tu vida, salir del redil, cuestionarte el sentido común hegemónico actual, buscar tu propio camino, tu propia felicidad. Si este individualismo filosófico, esta forma de vida, me convierte en un fracasado, bienvenida sea la etiqueta, pero al menos tengo la seguridad de que son mis decisiones, y no las de otros, las que dominan mi vida y sus circunstancias

domingo, 16 de septiembre de 2018

¿Se avecina una nueva recesión para 2020? (16/30)

https://vanguardia.com.mx/articulo/se-avecina-una-gran-crisis-global-para-2020-alertan-economistas-y-jp-morgan-panorama-negro
“Es probable -escribe Roubini- que la expansión mundial continúe este año y el próximo, debido que Estados Unidos tiene grandes déficits fiscales, que China mantiene sus políticas de estímulo y que Europa sigue en una senda recuperación. Sin embargo, hay varias razones por las cuales en 2020 pueden surgir las condiciones para una recesión mundial y una crisis financiera”.

“Para empezar, los actuales estímulos norteamericanos se habrán disipado en 2020. Luego, hay fricciones comerciales con China, Europa y los países del NAFTA, que aumentarán, aunque no lleguen a una guerra comercial a gran escala. Otras políticas que se están aplicando en Estados Unidos en la actualidad conducirán a una expansión más débil y a una mayor inflación. Por ejemplo, las limitaciones a la inversión extranjera directa y a las transferencias de tecnología”.

“La expansión en otros lugares se debilitará por otros motivos. China tardará en lidiar con su exceso de capacidad y el apalancamiento excesivo, mientras que los mercados emergentes –muchos de los cuales ya son frágiles- se verán aún más perjudicados por un dólar más caro, precios de las materias primas más bajos y una China menos boyante. Europa ya ha perdido algo de impulso: el aumento de las tensiones comerciales y el abandono por parte del Banco Central Europeo de sus políticas no convencionales le llevará a perder aún más en 2020”.

“Está además el factor de política interna en los Estados Unidos. Donald Trump está ya atacando a la Reserva Federal cuando el crecimiento económico está por encima del 4%. ¿Qué hará en 2020, año de elecciones, cuando el crecimiento se estanque por debajo del 1% y comience la pérdida de empleo? La tentación sería provocar una crisis de política exterior. Como ya ha iniciado una guerra comercial con China y no puede atacar a una Corea del Norte nuclear, su único objetivo factible sería provocar un enfrentamiento militar con Irán. Eso provocaría un shock político y estanflación como en 1073, 1979 y 1990, con aumento de los precios del petróleo”.

La inflación repuntará con fuerza a partir de la segunda mitad de 2019 como consecuencia del crecimiento por encima del nivel de equilibrio. Para MdF, la inflación no está muerta, simplemente está adormilada, ya que se trata de un indicador que va con retraso respecto al ciclo económico. Solo hace falta que salte una chispa, que pueden ser los salarios, la vivienda u otros activos, para que los agentes económicos empiecen a temer una subida de precios y finalmente se produzca. Supondría volver al escenario de 1965, cuando la Fed creía que le había ganado la batalla a la inflación y simplemente estaba adormecida.

Cuando la inflación empiece a repuntar con fuerza, la Reserva Federal se verá obligada a elevar los tipos de interés, lo que endurecerá las condiciones del mercado y terminará por provocar la siguiente crisis. Este escenario es el más probable para MdF, al que dan un 50% de posibilidades de que ocurra. La profundidad de esa recesión dependerá de la cantidad de desequilibrios macroeconómicos que se hayan acumulado y de las políticas monetarias y fiscales erróneas que se puedan adoptar.

Según Roubini, "a diferencia de 2008, cuando los gobiernos tenían las herramientas necesarias para evitar un derrumbe descontrolado, a la hora de enfrentar la próxima desaceleración las autoridades tendrán las manos atadas, con un endeudamiento general superior al de la crisis anterior, cuando se produzca, la siguiente crisis y recesión puede ser incluso más grave y prolongada que la anterior".


Como no todo el mundo tiene tiempo de leerse los artículos y empaparse de estas visiones aprensivas sobre nuestro futuro económico, dejo un vídeo que he encontrado donde se intenta explicar todo esto de una forma sencilla, aunque bastante catastrofista en la parte final.


sábado, 15 de septiembre de 2018

El trabajo, una visión personal. (15/30)

En nuestro pasado evolutivo el ocio era necesario para recuperarse después de cazar y escapar de los depredadores, era tan consustancial a la vida diaria como el trabajo. Incluso con el monopolio moral de la religión judeocristiana, el trabajo se consideró durante siglos como un castigo divino (no en vano así venía reflejado en la Biblia), hasta que llegó Lutero y su ética protestante. Lutero pensaba que los pobres eran unos indolentes y necesitaban ser castigados con el trabajo duro, por eso impone la creencia de que el trabajo es un valor ético. Afirma que el trabajo duro y diligente tiene un beneficio moral y una capacidad inherente o virtud para fortalecer el carácter. Prioriza el trabajo y lo pone en el centro de la vida individual y social. La revolución industrial, el capitalismo y la globalización ayudaron a imponer esa idea como el nuevo sentido común. Hasta llegar a la situación actual en el que el Estado del Bienestar está siendo desmontando y la mayoría nos hemos convertido en esclavos asalariados.

Lo curioso es que durante siglos se pensó que el desarrollo tecnológico permitiría al ser humano disponer de más tiempo libre. Marx o Bakunin apostaban por una sociedad basada en el ocio, economistas como Keynes elucubraban que hoy en día tendríamos una jornada laboral mucho más corta y las máquinas realizarían el trabajo más pesado. Sin embargo, ahora parece que las máquinas son “culpables” de quitarnos el trabajo en vez de ayudarnos a gestionarlo. Hay anécdotas famosas que ejemplifican como todo es un constructo cultural. En la década de los noventa una firma de Rumania había contratado a una danesa para modernizar sus operaciones. Los daneses instalaron ordenadores y crearon un departamento de informática. Todo parecía funcionar según lo planeado, pero se presentó un problema: una vez puesto en marcha el sistema informático el personal empezó a salir del trabajo al mediodía. Intrigados, los daneses preguntaron por qué los empleados salían antes de su hora: los rumanos les explicaron que los ordenadores les permitían completar la labor de un día en medio día, de modo que cuando terminaban con el trabajo se iban a sus casas. Brecha cultural: a los daneses les desconcertaba que los rumanos no desearan hacer el doble de trabajo; los rumanos consideraban que los daneses estaban totalmente locos por esperar que trabajasen el doble.

            El concepto de plusvalía (expresión monetaria del valor que el trabajador asalariado crea por encima del valor de su fuerza de trabajo y del que se apropia el capitalista o empresario) y la codicia intrínseca en el capitalismo que siempre necesita ganar cada vez más, es lo que provoca las desigualdades sociales y que el statu quo actual sea tan forzado y tendencioso: las largas horas de trabajo impiden al trabajador organizarse. Por otro lado, siempre está la amenaza del paro, cuando, en realidad, podría existir el pleno empleo si todos trabajásemos menos horas y el trabajo se repartiera. Disponemos de estadísticas y datos suficientes para saber qué, aunque trabajásemos unas pocas horas al día, seriamos tan productivos o incluso más que si lo hiciésemos diez horas al día. En realidad, la gente no es perezosa, lo que sucede es que tiene trabajos lamentables. Es lógico que haya que trabajar para vivir, tener algún tipo de ocupación, meta u obligación, pero, ¿tiene que ser ocho horas diarias, con horarios partidos con una o dos horas para comer, con más de una hora de desplazamiento en las grandes ciudades? ¿De verdad a nadie le parece terrible que tengamos que sentirnos siempre cansados, deseando que llegue el fin de semana, un puente o las vacaciones de verano para poder recuperarnos, ser personas, desarrollar un poco nuestro mundo interior? Y todo para que la publicidad nos programe para convertir nuestros deseos en necesidades, y pasemos nuestro escaso tiempo libre recorriendo los centros comerciales como hámsteres enloquecidos, comprando todo lo que podamos, intentando llenar el hueco de nuestro sonambulismo vital a través del consumismo y la acumulación. ¿No deberíamos vivir en una sociedad que nos brindara otras maneras de sentirnos realizados, de gestionar nuestro tiempo, nuestra potencialidad? Ganarse la vida, una expresión horrible que ejemplifica nuestra esclavitud de facto.

Comprendo que hay trabajos que sí merecen la pena, vocacionales, que hacen del mundo un lugar mejor, que resultan tan satisfactorios que no importan demasiado las condiciones porque al llegar a casa te sientes orgulloso del tiempo que has invertido en ellos. Pero la mayoría son mecánicos, precarios, sin sentido, te embrutecen y alienan, te convierten en número, en tuerca… oficinas, fábricas, ¿hay alguna diferencia? Yo siempre he pensando que el trabajo es el mal, quizás mi abulia vital ha hecho de la necesidad virtud, por eso he convertido en mantra la placa de Auschwitz “Arbeit macht frei” (el trabajo os hace libres). Pero, aunque os pueda parecer todo esto un poco reduccionista, no puedo evitar pensar que nos están robando la humanidad.

jueves, 13 de septiembre de 2018

Cierro los ojos derrotado e intento dormir. Es demasiado tarde para todo lo demás. (14/30)

            Sigo de luto por tu ausencia. Vivo en una eterna madrugada inhóspita, en una danza macabra. Todo mi mundo te echa de menos. Tu cara, tu cuerpo tatuado, tus ojos azules fulminantes, tus oquedades; incluso la crueldad de tus silencios y tus líneas de fuga. Sí, aprovechamos nuestra oportunidad, hicimos explotar nuestro universo durante cuatro eternidades. Pero para mí el precio ha sido demasiado elevado, siento que nunca podré olvidar tus confidencias a media voz, el perfume de tu cuerpo atravesándome cuando te desnudabas, la forma en que gemías cuando te envolvía con mi cuerpo.


Recuerdo cómo te comía el coño, acercándome con besos lentos y calculados hasta que no podías más, me tirabas del pelo y me atrapabas entre tus piernas; era entonces cuando mi lengua te penetraba con dureza, un mar de saliva alrededor de tu clítoris, mi pulgar sodomizándote con suavidad. Te devoraba enfebrecido, ansioso, palpitante. No era necesario verbalizar, conocíamos nuestro ballet corporal. Mis dedos eran poemas que te follaban, te inundaban y completaban hasta que mi polla, ansiosa de protagonismo, entraba en ti con dureza, lenta y profundamente, mis cojones golpeándote en la comisura del deseo.

Coreografía perfecta, cornisa ficticia, respiraciones agitadas, entrando cada uno en el cuerpo del otro, desplazándonos por los límites más perturbadores y placenteros. Sin pausas, solo tú y yo, no quedaban más víctimas a nuestro alrededor. Sometimiento y dominación, liturgias atávicas olvidadas, intercambio de roles, sin miedo, buscando que tu carne borrase la existencia de la mía, que todo se redujera a tu mirada penetrándome.

Y aunque todo sucedió hace ya demasiado tiempo, esta tarde te escribo presa del pánico y la nostalgia, pensándote, invocándote, agonizando por lo que ha dejado de ser, con mis dedos ateridos manchados de tu recuerdo. No entiendo cómo pudiste doblegar con tanta suavidad nuestro desvarío, arrebatarte de mi existencia. Me gustaría pedirte que volvieras. Pero sé que no lo harás. No tienes piedad. Pero resulta curioso que a pesar de tu frialdad indomable, fueras tú, la única, que infundió con su abrazo calidez a mi poesía.

Hasta siempre.

Reseña libro ‘El arte y la ciencia de no hacer nada’ de Andrew J. Smart (13/30)

El científico y escritor Andrew J. Smart ilustra uno de los grandes problemas del ser humano en el siglo XXI: la necesidad autoimpuesta de estar permanentemente ocupados. El ocio es el enemigo, algo que nos detiene en la conquista de nuestros objetivos y que puede acabar con nuestro bienestar material. Sin embargo, el esfuerzo continuo no nos hace más felices, ni siquiera nos permite conseguir mejores resultados.

Smart explica desde un punto de vista neurológico –aderezado con observaciones literarias y filosóficas– por qué deberíamos dedicar al menos una hora al día a no hacer nada. La poesía de Rilke y la gravitación universal de Newton son ejemplos de las virtudes del ocio; la red neural por defecto, constituida por distintos nodos, su base. Esta red interviene en los momentos en que se deja vagar la mente o se sueña despierto. Su actividad aumenta cuando no hacemos nada, también cuando centramos nuestra atención en nosotros mismos y nos entregamos a la introspección; y disminuye cuando se ejecutan tareas inducidas externamente. La red neural por defecto da sustento al autoconocimiento, los recuerdos autobiográficos, procesos sociales y emocionales y también a la creatividad. Nos permite procesar información vinculada con relaciones sociales, nuestro lugar en el mundo, nuestras fantasías respecto al futuro y –por supuesto- las emociones.

Hace tres décadas, el prestigioso especialista en neurociencias György Buzsáki descubrió un patrón específico en el hipocampo, la parte del cerebro responsable de la memoria. Este patrón se denomina ondulación de onda aguda y es el encargado de consolidar nuestra memoria reciente y fusionarla con el conocimiento ya existente. “El truco es que estas ondulaciones ocurren exclusivamente en estados en los que nuestro cerebro se ‘desconecta’, tales como el sueño, pero también cuando nos despertamos relajados, comemos o bebemos”, dice. “Muchos artistas y científicos creativos han notado que sus momentos creativos ocurren en una ‘zona crepuscular’, cuando las ondulaciones de onda aguda son abundantes”.

Durante siglos, se pensó que el desarrollo tecnológico permitiría al ser humano disponer de más tiempo libre. “Los radicales del siglo XIX como Marx o Bakunin apostaban por una sociedad basada en el ocio”, recuerda Smart. “Economistas mainstream como Keynes pensaban que hoy en día tendríamos una jornada laboral mucho más corta, y Oscar Wilde escribió que los pobres debían ser liberados por las máquinas”. Sabemos perfectamente que no sólo no trabajamos menos, sino que la tecnología ha provocado que dediquemos las veinticuatro horas del día al trabajo a diversos compromisos familiares y sociales y a consultar las notificaciones del móvil.

            Hay un interés detrás de todo ello, sugiere Smart. “Las largas horas de trabajo benefician a la élite de varias maneras –consiguen convertir el valor de nuestro trabajo en beneficio–, mientras estamos intentando trabajar todo lo posible no nos organizamos, algo que siempre ha sido una amenaza a sus intereses”. Otra contrapartida: “Previene el pleno empleo porque siempre puedes amenazar a los empleados con el desempleo por trabajar lo justo, pero si todos trabajásemos menos horas podríamos emplear a todo el mundo”. ¿La paradoja inherente a todo ello? “Si sólo trabajásemos unas pocas horas al día, seríamos tan productivos o incluso más que si lo hiciésemos diez horas al día”. Todo esto, naturalmente, afecta a nuestra salud mental, cuando menos sientes que controlas tu vida (entre otras cosas por las obligaciones externas y la falta de ocio), mayor es la probabilidad de depresión.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

Una botella de vino y dos horas de escritura automática. (12/30)

Hoy he quedado con una mujer. Mis encuentros suelen estar aderezados por varias cervezas que ayudan a que la interacción sea mas viable por mi parte. En un momento de sinceridad ella me ha dicho que su vida es un infierno. Yo me he reído y le he contestado que la mía es intrascendente y vulgar. La tarde ha transcurrido entre risas y confesiones y cuando íbamos a despedirnos me ha invitado a su casa. Allí ha sucedido el milagro. La gente que me conoce piensa que soy una persona carismática: una bonita sonrisa, sentido del humor, delicadeza y una brillante oratoria combinada con cierta timidez en el trato. En realidad soy bastante inseguro, mi autoestima es tan baja que todavía me sorprende que una mujer atractiva quiera acostarse conmigo.

No voy a entrar en la trama erótica, mis lectores ya están bastante acostumbrados a ese tipo de entradas, el conflicto de esta historia viene después, cuando todo acaba y de pronto me invade una sensación de vacío, como si todo fuera un gran fastidio. Ella, ajena a mi aprensión, se ha acurrucado junto a mí. La imagen es perfecta: perspectiva cenital, los dos tumbados en la cama, yo mirando al techo con una mano detrás de la cabeza fumando algo de hachís mientras ella muestra esa dejadez esbelta tras el orgasmo, media sonrisa en su rostro, su pelo largo arremolinado en la almohada, sus piernas reclinadas en uve sobre mí. Pero yo no estoy relajado, siento ganas de huir. Sé que no tiene sentido, ella es perfecta, divertida, joven, todavía ingenua en sus ideales, alguien que me provoca un sentimiento de protección, ajena todavía a esas cosas que perdemos cuando la madurez -que es, básicamente, la capitulación de nuestra singularidad- nos alcanza. Todavía se emociona hablando de política, feminismo, o despotricando contra el capitalismo. Hay quien me tacha de superficial porque me gustan las chicas jóvenes, pero mi atracción se justifica precisamente en esa pasión por la vida que parece no existir en gente de mi edad, como si a partir de los treinta y cinco todos estuviéramos amargados, como si nuestra única prioridad fuera pagar facturas o proteger a la prole, atrapados por nuestras responsabilidades y problemas.

            Quizás el problema es el hachís, me hace pensar demasiado, debería dejarme llevar, tenemos más cosas en común que la dopamina y oxitocina de nuestros orgasmos. Doy otra calada y cierro los ojos. Siento su lenta caricia sobre mi cuerpo. Suelen decirme que follo bien, que soy bastante generoso. En realidad es puro egoísmo: necesito provocar sus gemidos, saborearlas, me excita notar las contracciones de su coño, como sus ojos se enturbian por el placer. Es hermoso dominar el cuerpo y la mente de otra persona, provocar su petite mort. Las sutilezas del cuerpo de una mujer son abrumadoras. Desgraciadamente lo que he sentido antes ha resultado más trivial. Quizás para ella no, tal vez no está acostumbrada a algo más mecánico, sin tantas caricias ni preliminares. A mí, sobre todo al principio, me gustan los pequeños detalles, esa timidez inicial, la posterior desinhibición, el descubrimiento de la piel, los gestos que nos diferencian. A veces pienso que el sexo es el único escenario de libertad que nos queda, es ahí donde vencemos el pudor de nuestro cuerpo y además desnudamos algo más íntimo y valioso. Pero da la impresión de que al quitarnos el lastre religioso y su sacralización del sexo hemos llenado ese hueco con la superficialidad y la pornografía. De nada sirve tanta clarividencia cuando sientes que tu libido es un titiritero cruel.

Al final no he aguantado más y me he largado de forma extemporánea, sin dar muchas explicaciones, provocando un rictus amargo en la coprotagonista de esta historia. Antes de llegar a casa he comprado una botella de vino con la pretensión de cubrir mi reto diario en el blog. Así de desesperado me siento con respecto a la musa y el teclado. Lo cual me lleva a una duda interesante, ¿ayuda realmente el alcohol en el proceso creativo, o es simple atrezo? No lo sé. La mayor parte de los textos de este blog los he escrito borracho, ¿serían mejores de haberlos escrito sobrio? Sin ninguna duda. Pero sin alcohol tal vez no habría nada que corregir: la bebida desinhibe, hace desaparecer la náusea existencial, la omnipresente idea de que nada importa y que cualquier esfuerzo es estúpido. Y cuando todo fluye es como tener a Bukowski animándote desde las gradas, como si la musa de ojos azules siguiera enamorada de ti y quisiera echarte un último polvo de despedida.

            Los primeros tragos no han hecho efecto, mis manos se mantienen inmóviles delante del teclado, exangües, sin vida. Atardece, el barrio sigue vivo, los perros ladran inconsolables, la gente pasea alegre delante de mi ventana, escucho de fondo el ruido vital de mis vecinos, con sus pequeñas discusiones e idiosincrasias. Me siento deprimido, las palabras que he formulado hace unas horas parecen ahora demasiado sinceras: mi vida está vacía, no hay nada que me motive. Padezco un ennui incontenible, ¿por qué me da igual todo, de dónde surge esta pasividad tan contraproducente? ¿Por qué me cuesta tanto levantarme por las mañanas y llevar una vida normal?

            Quizás por eso me fascina Bukowski: siento empatía por sus cobardías, su ficción exagerada, su infancia de maltratos, su adolescencia de soledad y alcoholismo, su falta de clarividencia e inteligencia práctica. De su prosa lo que más me gusta es su primera novela “Cartero”, por tomarse con tanto humor una vida tan trágica y miserable. Destacaría también los diarios de sus últimos años de vida: “El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco”. Me los he leído varias veces, ahí está el Bukowski real hablando de literatura, de la muerte, de su recorrido vital, del alcohol, el hipódromo y, naturalmente, de su omnisciente obsesión por la escritura. Ojalá algún día traduzcan sus intercambios de cartas con otros escritores, si están al mismo nivel que esos diarios son una lectura imprescindible para cualquiera que quiera ser escritor. Muchos opinan que Bukowski es literatura para adolescentes, y hay una certeza inapelable en esa afirmación. Pero para mí siempre será una figura paterna literaria que tengo la obligación de respetar. Me ha acompañado en muchas noches de soledad, alentándome a amar el teclado, a expresar mi indefensión, a concretar mi filosofía personal, a ser valiente y no huir de la tormenta. Siento más empatía por él que por cualquier otra persona viva que haya conocido. Si no fuera por él no estaría ahora acariciando el teclado, si no fuera por él no estarías leyendo estas líneas.

            Este blog, sobre todo al principio, ha sido un memorándum de mis heridas sentimentales. La gente cercana me suele tachar de dependiente emocional, pero en realidad suelo ser yo quien toma la decisión de dejar las relaciones. Luego lo paso mal durante un tiempo, pero es porque tengo buena memoria, no discrimino, no olvido los buenos momentos, no intento ser práctico. Quizás el problema de las relaciones es que la gente cambia -ni siquiera a peor, simplemente cambia-, y con ello se generan apatías e incompatibilidades. Por eso la mejor historia de amor, la más perfecta e incólume, es que la queda en las cartas de amor, las poesías y los textos que alguna vez nos han dedicado. Quizás esa sea la única ventaja de amar a un escritor: conservar una huella imperecedera de su amor. Y qué mejor que este blog, como prueba circunstancial y melancólica de todo ello.

martes, 11 de septiembre de 2018

Metonimia, puente de orgasmo, avalancha del anticamino, armisticio de niebla, el Leteo cayendo sobre un corazón que se cree poeta pero solo es un impostor. (11/30)

Mi ex se creía poeta
antes de abandonarme me dejó dos mensajes
aprisionados con un imán
en la nevera

Al leerlos siempre me siento
como si estuviera acunando
una bolsa
llena
de
cadáveres

Desde entonces paso las noches hablando con otros
tecleo promesas de amor lascivo
Susurro: sé abrirme de piernas
y se les pone dura
Tecleo: sé sufrir sin romperme
y hacen planes para sodomizarme
Grito: quiero matarme
y se sienten dioses

Juego a la chica desamparada, a la niña rota, a la mujer puta
ellos vienen y abrazan mi yo congelado
me hacen tragar su amor torpe y blanquecino
pero nunca es suficiente, todos fracasan
es imposible que me quiten la ceniza de los ojos
si no entienden que se trata
de matar o morir

Cuando me quedo sola
limpio la sangre reseca con papel higiénico
voy a la cocina
echo tres cucharadas de azúcar al café
y vuelvo a leer los mensajes.

lunes, 10 de septiembre de 2018

¿Qué riesgos hay que tomar en la vida? (10/30)

Es otra pregunta demasiado general. Alguna vez he comentado que antes que la expresión “carpe diem”, prefiero la de “Memento mori” que significa 'Recuerda que morirás' en el sentido de que debes recordar tu mortalidad como ser humano. A veces nos creemos inmortales, infantilizando y escondiendo nuestra propia mortalidad; sí asumes que cada día es una vida y que tienes que intentar aprovechar tu escaso tiempo, es fácil asumir riesgos. ¿Qué riesgos? Pues depende de tus prioridades, de lo que para ti sea importante. Para algunos será el amor y formar una familia, para otros crear un legado, para otros llevar una vida hedonista, para otros ser autosuficiente. En realidad el riesgo más importante es imponer tus prioridades por encima del sentido común de la sociedad y de la gente que te rodea. Por ejemplo, estudiar una carrera con difícil salida laboral, pero que es lo que te gusta. Lo mismo con un trabajo: elegir uno que te satisfaga a pesar de cobrar mucho menos. No tener hijos, aunque eso implique perder a tu pareja y vivir solo. No sé, a veces arriesgarte en la vida no da para una película de Hollywood, no parece épico ser fiel a uno mismo. Pero lo es. Y mucho.

Por cierto, me estoy leyendo el libro “El arte y la ciencia de no hacer nada” de Andrew J. Smart, y, cito textualmente: “Cuando no hacemos nada, el cerebro bulle de actividad y se activa la red neuronal por defecto, que sustenta el «autoconocimiento, los recuerdos autobiográficos, procesos sociales y emocionales, y también la creatividad... Las personas que pueden destinar tiempo a esa reflexión [sobre sí mismos y su experiencia] al entregarse al ocio tienden a ser más creativas y a gozar de mejor salud mental”.

En realidad del aburrimiento fluye la creatividad, es muy curiosa la versión que se tiene del ocio desde la neurociencia porque demuestra que el cerebro cuando no está inmerso en ninguna actividad tiene una función en segundo plano que, haciendo un símil con un disco duro, podríamos llamar de “desfragmentación”, y permite reordenar y utilizar la información aprendida previamente mucho mejor. Próximamente reseña.

Mi barrio. (09/30)

Hoy me gustaría escribir sobre uno de mis vecinos, mi némesis. En mi barrio, este guetto maloliente de extrarradio, la paz no existe. Seguramente hace unos años era un barrio silencioso, lleno de pequeños comercios, de gente que se conocía de toda la vida y hacía sencilla la convivencia; ahora los únicos que soportan vivir aquí son familias de inmigrantes hacinados en cubículos de cincuenta metros cuadrados, los pobres abuelos con casa de propiedad que no pueden huir, y personas como yo que solo se pueden permitir el alquiler más barato. Estas casas antiguas de paredes de papel nos alegran la existencia a todas horas, como el montaje de Alfred Hitchcock en la ventana indiscreta, y nos permiten escucharlo todo, desde discusiones de pareja, hasta sus reconciliaciones orgásmicas –tengo una vecina que valdría como dobladora de películas porno-, también entrarían en la ecuación las familias con críos histéricos, los perros que se pasan el día ladrando en soledad, la niña autista del tercero que baja las escaleras saltando y gritando, o la mujer mayor del pijama azul, a la que llamo familiarmente “pájaro azul”, que tengo enfrente de mi ventana y que tiene la costumbre de asomarse a su ventana de madrugada y tirar enormes bolsas de basura que se estrellan con estrépito en la calle. Todo esto hubiera desmoralizado a cualquiera, pero como volvía del trabajo bastante tarde, y me gusta leer y escribir de madrugada, no me preocupaba demasiado, a esas horas todo estaba en silencio. Pero hace cuatro meses empezó el infierno: justo debajo de mi casa, vivo en un primero, había un local, una antigua librería que por el aspecto exterior de su escaparate debía llevar cerrada un par de décadas; un día llegó un grupito de chavales con pinta de perroflautas en apuros, y empezaron a hacer reformas, a sacar trastos, pintar, y poner su música de mierda a un volumen indeseable. Y así, en apenas unas semanas, mi némesis empezó a vivir allí.

Se llama David, tiene unos veinticuatro años, alto, el pelo rubio cortado al estilo mohicano, está lleno de tatuajes, en los brazos apenas queda espacio para meter otra calaverita o adorno tribal, incluso tiene unas letras chinas en la sien. De voz y modales rasposos, su vestimenta es una mezcla extraña de neo-hippie rapero y delincuente de cine quinqui. Dada nuestra cercanía tengo bastante claro como organiza su vida: se levanta tarde, sobre las tres o las cuatro de la tarde, pone algún disco de rap y empieza a organizarse el día: beber, fumar porros, llamar a los colegas, tatuar, visita de su pseudo novia e histérica discusión a los veinte minutos. Y justo cuando se pone el sol es el momento elegido para desplegar su talento, conectar el micrófono a un amplificador y grabar su música de mierda.

Al principio intenté ignorarle, pero era imposible. Luego intenté hablar con él, advirtiéndole que había gente en el barrio con horarios normales y que a partir de las doce me gustaría dormir. Él, con buenas palabras, me decía a todo que sí, y esa misma noche seguía con el vacile habitual de fiesta y música. Además hay una reja que separa de la calle la entrada al local, de esas antiguas que se pliegan por un lateral, y cada vez que entraba o salía alguien, algo habitual a todas horas, ese sonido chirriante se me metía en el cerebro. Empecé a llamar a la policía. Venían, le advertían a él y sus invitados que quitaran la música, y luego, a la noche siguiente, volvían a estar de fiesta. Un bucle. La última vez que vinieron, hace un par de noches, hice subir a los agentes para que hicieran una medición de ruido. Todo correcto, trámite realizado: la multa le llegará en unos cuatro o cinco meses, cosa que asumo le debe dar igual, porque ni siquiera quiso abrir a los agentes para recoger el papel, se lo tuvieron que dejar en la verja.

Mi némesis tiene las de ganar, a él no le importa tener su música de mierda a todo volumen todo el día, pero a mí cada vez me desquicia más. Debería largarme de aquí, este barrio se está convirtiendo en una trampa mortal. O resolverlo a lo Fight Club, un poco de violencia callejera. Pero soy un cobarde, nunca tomo decisiones. Al final lo que he hecho es consultar en un foro cuales son los mejores tapones para los oídos. Hay miles de marcas y modelos: de silicona o espuma, 3M 1100 o Bilsom 303, comprarlo en Amazon o en la farmacia. Una locura. Hasta para una cosa tan simple tienes a un montón de gente en Internet discutiendo sobre el tema. Lo cual, además de triste, me lleva a la segunda reflexión: mucha gente vive con ruido, por culpa de su vecino, de unas obras, de un local donde el fin de semana siempre ponen la música demasiado alta, porque viven enfrente de una plaza donde los chavales se reúnen para hablar por la noche alrededor de los bancos. Hasta que no te afecta un problema concreto no te da por pensar en ello.

Hoy hay silencio. Supongo que están cansados después del espectáculo de ayer. Fue alucinante, recuerdo despertarme sin saber qué coño pasaba, se escuchaba fuera un estruendo brutal, como si alguien estuviera utilizando un martillo hidráulico contra la acera. Miré la hora –las tres de la madrugada-, salí de la cama, levanté la persiana y les vi: habían cogido un carrito del Alcampo, una chica estaba dentro y la habían lanzado cuesta abajo. Ella gritaba, ellos gritaban, algún vecino supongo que también gritaba. El carro pasó por delante de mi ventana, siguió bajando cada vez a más velocidad hasta que virando hacia la izquierda las ruedas golpearon contra la acera, trastabilló y el carro y la chica cayeron con estruendo en mitad del cruce que hay al final de la calle. Lo ideal hubiera sido que pasara un coche justo en ese momento y la atropellara, un poco de tragedia y sangre en el crisol de la madrugada. Pero no, ahí estaba ella, tirada sobre el cemento, el carro a su lado con las ruedas girando mientras mi némesis y su pandilla corrían calle abajo riéndose. Lo hicieron un par de veces más hasta que uno de ellos, un alma cándida, dijo: “Creo que estamos haciendo un poco de ruido, mejor dejarlo ya”. Un poco de ruido. Increíble. Reconozco que mientras estaba en la cama no pude evitar reírme también. La locura empieza a ser contagiosa.

domingo, 9 de septiembre de 2018

La muerte se puso tacones, su carmín favorito, y me besó en las muñecas. (08/30)

pólvora en mi inconsciente
vivir entre la abrasión kamikaze de la nieve y el trapicheo lisérgico de las luciérnagas
corazón de titiritero alcohólico, síndrome del impostor rizomático
los besos son charcos sin argumento ni timón, sin permanencia
el hedonismo una noche oscura que rebota en el teclado
y se hunde en la insolvencia de una cama vacía.

El trabajo aborrecible, demasiadas horas mutiladas. De pronto un pequeño chisporroteo en mi interior, sutil como un suspiro, como veintiocho gramos menos, apenas perceptible para los demás. Y noto la náusea, el vacío, el nadir, esa feroz y esencial luz de mi interior muriendo con un reproche contenido. Ya solo queda la transmutación en tuerca, el guion previsible y la fosa común. Ya no valen los cuentos de hadas y los finales felices cuando permites que los cocodrilos de sonrisa aviesa ahoguen tus sueños en sus charcos de alquitrán y dinero. ¿Acaso escribí algo anoche? No lo recuerdo, mis palabras tienen ahora vocación de fuego y se borran antes de que pueda acariciarlas. Intento convencerlas que el escritor es un acróbata, que su misión consiste en construir un edificio de palabras tan alto que pueda olvidarse de sí mismo durante la caída. Pero nacen sordas, sin vocación, me dejan aturdido como una herida analfabeta, exiliado, solo. Volved conmigo, por favor, volved, ¿qué soy sin vosotras? ¿qué haré si no me cobijáis en vuestro regazo?




“¿Recuerdas cuando eras joven? Brillabas como el sol. Ahora hay una mirada en tus ojos como agujeros negros en el firmamento.”
“Descubriste el secreto demasiado pronto, lloraste por la luna.”
“Quedaste atrapado en el fuego cruzado entre la niñez y el estrellato, arrastrado por la brisa de acero.”

            La canción es un homenaje a Syd Barret, el amigo y fundador, el genio loco, el músico, el pintor..., aquel al que un buen día decidieron dejar en casa porque les estaba arruinando su futuro como banda con sus extravagancias y salidas de tono producidas por el LSD y su incipiente enfermedad mental. Roger Waters lo resumió así: “Pink Floyd no podría haber sucedido sin él, pero por otra parte, no podríamos haber seguido adelante con él” La canción también es un canto a la ausencia en general, que ellos personifican en Syd; todo en ella despierta la añoranza y la tristeza del abandono: su cadencia melancólica, sus notas largas y delicadas, la 'congoja' de los solos de David...

Dos curiosidades, la primera, las iniciales en el título de la canción (SYD). La segunda, después de casi siete años sin verlo, un día en el que estaban grabando en Abbey Road el disco, Syd apareció por allí. Hasta pasados unos minutos no lo reconocieron, había engordado unos cuarenta kilos, tenía la cabeza y las cejas afeitadas, y seguía ausente, casi ido. “He comido muchas chuletas de cerdo”, susurró ante sus preguntas. Roger Waters quedó tan apenado que fue incapaz de continuar con la grabación.

sábado, 8 de septiembre de 2018

Qué prefieres ser, ¿un hombre insatisfecho o un cerdo satisfecho? (07/30)

“Un ser de facultades más elevadas necesita más para ser feliz; probablemente es capaz de sufrir más agudamente y con toda seguridad ofrece más puntos de acceso al sufrimiento que uno de tipo inferior; pero a pesar de estas desventajas, nunca puede desear verdaderamente hundirse en lo que considera un grado inferior de la existencia. (...) Es indiscutible que los seres cuya capacidad de gozar es baja tienen mayores posibilidades de satisfacerla totalmente; y un ser dotado superiormente siempre sentirá que toda la felicidad a la que puede aspirar será imperfecta. Pero puede aprender a soportar esas imperfecciones. Y éstas no le harán envidiar al que es inconsciente de ellas. Es mejor ser un hombre insatisfecho que un cerdo satisfecho; es mejor ser un Sócrates insatisfecho que un loco satisfecho. Y si el loco o el cerdo son de distinta opinión es porque sólo conocen su propio lado de la cuestión. El otro extremo de la comparación conoce ambos.

Podría objetarse que muchos que son capaces de los placeres superiores, a veces los posponen a los inferiores, por la influencia de la tentación. Pero esto es bien compatible con una apreciación total de la superioridad intrínseca del placer más elevado. Por debilidad de carácter, los hombres se deciden a menudo por el bien más próximo, aunque saben que es menos valioso; y esto tanto cuando la elección se hace entre dos placeres corporales, como cuando se hace entre lo corporal y lo espiritual. (…) La capacidad para los sentimientos más nobles es en muchas naturalezas una planta muy tierna que muere con facilidad, no sólo por influencias hostiles, sino por la mera falta de alimentos. En la mayoría de las personas jóvenes muere prontamente, si las ocupaciones a que les lleva su posición, o el medio social en que se encuentran no son favorables al ejercicio de sus facultades. Los hombres pierden sus aspiraciones elevadas como pierden su agudeza intelectual, porque no tienen tiempo ni oportunidad para favorecerlas. Se adhieren a los placeres inferiores, no porque los prefieran deliberadamente, sino porque son los únicos a que tienen acceso, o los únicos de que pueden gozar duraderamente. Podría preguntarse si alguno que haya permanecido igualmente próximo a ambas clases de placer, ha preferido serena y conscientemente el inferior; si bien es cierto que muchos de todas las edades han fracasado en el intento inútil de combinar ambos.”

John Stuart Mill “El utilitarismo”


Una de las partes más importantes de la filosofía de Stuart Mill se basa en que concibe la política democrática como un mecanismo fundamental para el desarrollo moral de los individuos y cree que la participación política, junto a una educación adecuada, es esencial para la formación de buenos ciudadanos. De no ser así el poder administrativo se extendería progresivamente y los ciudadanos, carentes de información, serían incapaces de controlar a los poderosos. Una verdadera democracia, con ciudadanos informados y formados, es un buen mecanismo para contrarrestar la manipulación y defender la libertad individual. Por otro lado Mill no niega que la felicidad sea más sencilla de conseguir en el ignorante que en el intelectual, lo que afirma es que, pese a todo, merece la pena inclinarnos hacía el conocimiento y la satisfacción de los deseos intelectuales porque algunos tipos de placer son más valiosos que otros, su estimación no depende solo de su cantidad sino también de su calidad. Es una reformulación trascendente sobre el principio del placer que enfatiza el papel del desarrollo intelectual y el autorespeto en la consecución de una vida más satisfactoria. Vosotros qué preferís ser, ¿un Sócrates insatisfecho o un cerdo satisfecho?

viernes, 7 de septiembre de 2018

El amor era dejar que las luciérnagas iluminasen mi camino entre las ruinas. (06/30)

Ayer me sentía triste
ya no creía que la escritura tuviera valor en sí misma
las palabras ya no eran un fin
ni un abrigo
ni un destino
ni trinchera
ni escenario
eran amor a lo inútil, a lo obsoleto, a lo innecesario, a lo imperfecto
eran un intento fatuo de contentar a un loco de hambre infinita
una necesidad fetichista y necia de atrapar un presente que mutaba y desaparecía

Supongo que siempre tuve miedo a la tiranía de lo real
por eso elegía la sacudida de la nostalgia
el ensañamiento de la pérdida
la repetición inventada de un pensamiento digerido y acabado
el teatro de la página en blanco donde inventariar pasiones inefables

Pero aunque a veces las palabras nacían tan desquiciadas y vagabundas
que ningún poema era capaz de sostenerlas
no podía huir del deseo de un amor que cosiera mi interior
que calmase la elipsis de mi mirada
que besara los cristales rotos de mis dedos

Cuando la musa apareció me arrepentí de inmediato
no quería sufrir tanto
no quería humanizar mi pena
no quería golpearme contra su horizonte infinito

Pero ya era demasiado tarde

Con ella el sexo era dejarse devorar por los chacales
era regresión a las drogas emocionales del pasado
era sensibilidad a flor de cuchillo
era echar pólvora a las cicatrices esperando la tiranía del petricor
era la patología del líquido amniótico
era el delirio de Werther
era la tristeza del paraíso perdido a la sombra del grito

Y al amanecer, antes de abandonarme, me susurró al oído
que no fuera cobarde y siguiera adelante
que el amor era escribir de unicornios y pasiones esdrújulas en los cementerios
era dejar que las luciérnagas iluminasen mi camino entre las ruinas
era liberar a los caballos de la exaltación antes de la hoguera final.

jueves, 6 de septiembre de 2018

¿Crees que jugar a videojuegos es una pérdida de tiempo? (05/30)

Aunque no lo parezca es un tema complicado. En primer lugar la expresión “perder el tiempo” quizás es inadecuada, a fin de cuenta siempre lo estamos perdiendo hagamos lo que hagamos, nadie gana tiempo. Por otro lado la mayoría de juegos son simple escapismo, pero también hay de juegos de estrategia, rol, puzle, educativos, etcétera, que no tienen nada que envidiar a otros juegos de prestigio como el ajedrez.

            En realidad todo tiene que ver con el equilibrio y la calidad del producto, es decir, podemos vernos dos temporadas enteras de una serie mala, disfrutarla por puro escapismo, y a los dos meses no recordar nada, o ver un documental o una serie de cierta enjundia como la primera temporada de True Detective, que requiere un esfuerzo por parte del espectador para disfrutarla plenamente, y el efecto es distinto. Si nos ponemos elitistas leer parece algo que tendríamos que elegir por encima de cualquier otra actividad, ¿pero todos los libros son iguales, acaso no estoy “perdiendo el tiempo” con libros de new-adult o Best Sellers? Por eso decía lo del equilibrio. Elegir videojuegos de calidad, algo que requiera utilizar el cerebro de vez en cuando y no solo ir superando fases pegando tiros. Aunque son en realidad este tipo de juegos (¿alguien ha dicho Fortnite?) los que mueven mayoritariamente el mercado.

El problema añadido de los videojuegos es que son productos creados para causar adicción. Y con internet, el juego online y el hecho de que cada vez los niños tienen acceso a la tecnología cada vez más jóvenes (he visto a críos de tres años usando una tablet o el móvil), es fácil que personas con un carácter compulsivo u obsesivo no encuentren el equilibrio y gasten demasiado tiempo en jugar. Hay miles de juegos, con un PC tienes para toda la vida. Conozco gente que juega todos los días tres horas diarias, más si es fin de semana. El problema es que el tiempo de juego son como macrolapsus, ¿puedes explicar qué has estado haciendo durante esas tres horas, más allá de jugar, superar fases o grindear a tu personaje? Bueno, en realidad ahora sí puedes, hay miles canales de YouTube donde te grabas jugando y tienes espectadores, o haces reseñas de los juegos. Ahora es un negocio que mueve millones, existen los e-sport, etcétera.

            Da la impresión de que el futuro es que todos estemos enganchados al juego de moda online, seguramente a través de una gafas de realidad virtual que podemos activar en cualquier parte (mientras esperamos el autobús, en los descansos del trabajo, antes de acostarnos…). La adicción al móvil será una chorrada en comparación con lo que se nos viene encima. Por eso no creo que se trate de perder el tiempo, sino más bien de que cada vez -sobre todo las generaciones más jóvenes-, va a ser más complicado gestionar con equilibrio nuestro ocio. Hay más pereza mental, se tiende a lo audiovisual, lo accesible, el analfabetismo funcional es evidente; las empresas tienen claro que es mas fácil crear un consumidor mediocre, acrítico y manipulable que esforzarse en crear productos diferentes, competitivos y de talento. Y además somos una sociedad adicta al escapismo, en cualquiera de sus formas, quizás porque cada vez somos más depresivos y neuróticos, cada vez nos sentimos más frustrados con nuestra vida, con la realidad.

            Los videojuegos no tienen la culpa, de hecho algunos son obras de arte, y lo sé porque llevo jugando a ellos desde que tengo doce años. Pero creo que si hubiera más gente obsesionada con los libros, la música o el arte, o con la filosofía, quizás nuestra sociedad sería mucho mejor, y no viviríamos en este desperdicio de mediocridad y dejadez intelectual.

miércoles, 5 de septiembre de 2018

Basado en hechos reales. (04/30)

A principios de año quedé un par de veces con una compañera de trabajo. 24 años. Más o menos guapa. Más o menos simpática. Tenía algo extraño, una quietud extraña de su mirada, ¿le faltaba un hervor, era tímida, me miraba como si fuera un insecto? Tenía curiosidad y de ahí mi interés. Pero no saqué nada en claro, ella no contestó a mi último WhatsApp y la cosa se quedó ahí. En ese momento no estaba con nadie, o al menos eso fue lo que me dijo. Unas semanas después le concedieron un cambio de turno en el trabajo que había pedido el año pasado, dejamos de coincidir y me olvidé de ella por completo.

Hace un mes volví a verla. Me quedé sorprendido al percatarme de que estaba embarazada. Me dio un par de detalles absurdos sobre el tema y lo dejamos ahí. Ayer volví a verla y tuvimos otra conversación, está vez más larga y surrealista. Lo primero es que está embarazada de seis meses. Que quiere tener el hijo. Que el padre está ausente, ¿ausente por qué? Al parecer tiene cuarenta y tres años, está separado y tiene otros hijos de los que ocuparse. Si hacemos cálculos se quedó embarazada en marzo, es decir, que le conoce, no toman demasiadas precauciones ni antes ni después, quizás se ilusiona con formar una familia, él no sabe exactamente cómo afrontar el problema, y al final pasa de ella. Le pregunto sí al menos le exigirá la pensión. Me dice que quiere ir por libre, que prefiere no pedirle nada ni verle. Lo absurdo es que las condiciones económicas de ella son más o menos como las mías, es decir, tiene un trabajo precario de teleoperadora, vive compartiendo piso y, además, ni siquiera es de Madrid, se mudó desde otra comunidad autónoma, por lo tanto sus padres, más allá de darle dinero, no se podrán ocupar del niño cuando nazca.

            Entiendo que a veces la soledad y la necesidad de sexo encuentran extraños compañeros de cama. Parejas que siempre están discutiendo, tóxicas por pura incompatibilidad, cuyos problemas surgen con el tiempo pero que estaban ahí desde el principio. Pero lo que nunca entenderé es la frivolidad simplona con la que algunos se toman su embarazo, sin medir las dificultades o la responsabilidad que implica, no ya con tu vida, que puedes tirarla a la basura, sino con el niño. En España la conciliación laboral es casi imposible, y más en sus circunstancias: con un trabajo precario y sin nadie que le pueda ayudar. Ah, como detalle menor me dijo que se había enterado de que estaba embarazada por unos análisis de sangre, tenía un retraso de mes y medio pero no se había planteado esa posibilidad, y se sorprendió cuando el médico se lo confirmaron.

***

Todo empezó hace doce años, mi vecino tenía cuarenta años. Era un tipo normal, corpulento, tosco en sus formas, pero agradable, campechano. El típico vecino que no molesta demasiado. Vivía en el segundo, justo encima de mí, con su mujer y su hijo. Había trabajado un tiempo en la construcción y ahora llevaba unos años trabajando de noche, en la seguridad de un parking. Le gustaba internet y los ordenadores, de hecho él y yo fuimos los primeros del vecindario en contratar ADSL. Todo parecía normal de puertas para afuera, sin embargo había una nota discordante en el esquema de su vida. Quizás fuera su matrimonio, su mujer saliendo demasiado por las noches, yendo al bingo, obviando la vida marital. O quizás su trabajo: alienante, aburrido, demasiado sedentario. O tal vez la adolescencia agresiva y difícil de su hijo. Podría ser todo a la vez o ninguna de esas cosas, a veces no hay epifanías y la vida te deja atrás sin acuse de recibo. Empezó a engordar. Era un tipo corpulento, casi de mi altura, ancho de espaldas, cien kilos no eran un problema, ni siquiera ciento veinte. Pero siguió engordando. Y engordando. Nadie le dijo nada, quizás ese era el conflicto de fondo: que no le importaba a nadie, que nadie se daba cuenta.

Llega a los ciento setenta kilos. En las revisiones médicas de su empresa le advierten sobre los problemas de salud que, aun siendo joven, puede acarrearle ese sobrepeso. Pero no hace caso. El coche soluciona su falta de movilidad, y él sigue ajeno a su propio reflejo. Pasan los años, las piernas se hinchan, subir los veinte escalones de cada piso le hacen resoplar, necesita pararse en el rellano y descansar. Y un día se despierta con un dolor intenso en el pecho, tres enfermeros le ayudan a subir sus más de doscientos kilos a la ambulancia y es hospitalizado durante un par de semanas. Primer aviso serio. Pero mi querido vecino, lejos de amedrentarse, toma la determinación de ir hasta el final. ¿El final… qué final? Conseguir una pensión por Incapacidad permanente. Así de sincero se muestra conmigo cuando le veo unos meses después. Y para conseguirlo y no volver a su trabajo, hay que seguir engordando. Le respondo que es una locura, que con cuarenta y cinco años es demasiado joven para querer algo así, ¿alguien más se lo dice, alguien de su entorno le intenta obligar a ir a un psicólogo? Da la impresión de que no.

 El caso, y por adelantar un poco la historia, es que cuando vuelvo de pasar unos años viviendo en Barcelona me entero de que lo ha conseguido. El sobrepeso le ha provocado una cardiopatía que le incapacita para cualquier trabajo físico, además tiene las piernas tan hinchadas por la retención de líquidos (tres veces el tamaño normal) que se le cubren de postulas y heridas. Las vendas no sirven de nada. Ya no sale a la calle y debido a su peso no puede dormir en la cama y lo hace sentado en un sillón del salón. Pero tiene su paguita del estado. Los años pasan y su mujer se separa de él. Su hijo va a dormir a veces a su casa, a verle, pero siempre terminan discutiendo violentamente. Las pocas veces que vuelvo a hablar con él me comenta ilusionado que la solución es un balón gástrico. Pero aparte de la cardiopatía arrastra una insuficiencia real, la operación no es aconsejable. Además tendría que bajar de peso, menos de doscientos kilos, y eso parece ya tarea imposible. A veces le sube el potasio demasiado, o se le encharcan los pulmones, y tienen que ingresarle en el hospital. Allí adelgaza un poco, pero en cuanto vuelve a casa recupera todo el peso perdido.

            Ahora tiene cincuenta y dos años. Ha llegado el verano y las ventanas están abiertas. Un hedor intenso, como de cloaca o fosa séptica, se filtra por todas las casas desde el patio interior. El motivo es la gangrena de sus piernas, debería limpiar las heridas, cambiarse las vendas más a menudo, pero no lo hace, y es la carne putrefacta de sus piernas la que produce esa peste insoportable. Hemos intentando hablar con él en varias ocasiones, llamar a Servicios Sociales, a su familia. Pero la casa es suya, es mayor de edad, y las condiciones en las que quiera vivir, más allá de los problemas de convivencia que provoca, son asunto suyo.

Somos todos unos egoístas y unos miserables, ¿ahora es cuándo nos preocupa y es motivo de debate en las reuniones vecinales? Algunos incluso se preguntan en voz alta cuánto tiempo resistirá así; y al escucharles no puedo evitar pensar que quizás una de sus motivaciones es la venganza, saber que mientras siga con vida podrá seguir polinizándonos impunemente con las esporas infecciosas de su desencanto vital.

martes, 4 de septiembre de 2018

Reseña "La muerte en Venecia" de Thomas Mann (03/30)

Entre el abismo y la belleza se debate el protagonista de la novela, Gustav Aschenbach, un escritor de mediana edad y renombre mundial, disciplinado ante sus limitaciones y dotado de un recio sentido de la responsabilidad sobre su legado artístico. De forma repentina le invade un deseo violento de viajar, de huir de su obra, de su labor obstinada, dura y apasionada. Desea cosas nuevas y lejanas, una liberación, un descanso, el olvido. Recala así en Venecia, una ciudad que desde el principio aparece amenazante, insidiosa, corrupta. En el hotel conocerá a un muchacho de unos catorce años que lo cautiva inmediatamente con su belleza. Lo estremecedor de la historia es la imposibilidad y la corrupción de ese amor platónico e indeseable que une a Eros con Tánatos. Son muchas las referencias a la muerte que aparecen en la novela: el cementerio, entre cuyos monumentos funerarios Aschenbach decide viajar, o las góndolas, negras como ataúdes, que le conducen por la laguna como Caronte. La misma Venecia se presenta como una ciudad enferma, sucia, laberíntica, gris. Un calor bochornoso cae sobre las callejas, el aire es denso, los olores que salen de las casas y las tiendas yacen apelotonados, sin dispersarse; la muerte flota en el aire aunque las autoridades quieran desmentirla con desinfectante.

Hay un fondo de abyección en los sentimientos de Aschenbach, en las pasiones patéticas de un cuerpo avejentado e impotente que, sin embargo, no trata de imponerse de forma grosera; de hecho no llega ni siquiera a intercambiar una palabra con Tadzio, el bello efebo polaco que tanto le ha fascinado. Lo bello es el comienzo de lo terrible que todavía podemos soportar, decía Rilke. Al igual que el brote de enfermedad se oculta a los turistas, el escritor esconde su pasión a los demás y puede que a sí mismo, y persiguiendo un ser amado cuya belleza sólo puede contemplar, pero no alcanzar, se deja mecer lentamente hacia la muerte, hacia la nada.

Mann comentó que en esta novela corta quería expresar algo parecido a la tragedia del arte, ¿quizás estaba a favor de la crítica de Nietzsche al ascetismo tradicional, negador de vida? En la novela desgrana varias referencias a las obras de Platón en las que Sócrates habla de las licencias carnales que les están permitidas a los poetas frente al resto de los humanos. Licencias de las que surge, como en un parto, el arte. Existe una adaptación cinematográfica, una maravilla audiovisual de 1971 y dirigida por Luchino Visconti, que añado al final de la entrada, que os animo a ver después de leerlos el libro.



Los sentimientos y observaciones  del hombre solitario son al mismo tiempo más confusos y más intensos que los de la gente sociable; sus pensamientos son más graves, más extraños y siempre tienen un matiz de tristeza. Imágenes y sensaciones que se esfumarían fácilmente con una mirada, con una risa, un cambio de opiniones, se aferran fuertemente en el ánimo del solitario, se ahondan en el silencio y se convierten en acontecimientos, aventuras, sentimientos importantes. La soledad engendra lo original, lo atrevido, y lo extraordinariamente bello, la poesía. Pero engendra también lo desagradable, lo inoportuno, absurdo e inadecuado.
(...)
Sus nervios acogían ansiosos los lánguidos tonos, las melodías sentimentales y vulgares, pues la pasión paraliza el sentido crítico y recibe con delicia todo aquello que en un estado de serenidad se soportaría con disgusto.
(...)
El arte significa, para quien lo vive, una vida enaltecida; sus dichas son más hondas y desgastan más rápidamente; graba en el rostro de sus servidores las señales de aventuras imaginarias, y el artista, aunque viva exteriormente en un retiro claustral, se siente poseído de un refinamiento, un cansancio, y una curiosidad de los nervios, más intensos de los que puede engendrar una vida llena de pasiones y goces violentos.


Muerte en Venecia. 1971 Director: Luchino Visconti from Clases Arte Contemporaneo on Vimeo.

lunes, 3 de septiembre de 2018

Vivencias Tinder. (02/30)

No hay distancia que te aleje,
vienes volando hechizado
y, aunque la luz te protege
mariposa, te has quemado.

Y mientras nunca comprendas
ese: "¡Muere y devén!",
no serás lo que pretendas
en este sombrío edén.

Goethe


Los decadentes nos vemos obligados, al menos una vez al año, a tener contacto carnal con una fémina. Y qué mejor para ello que hacer uso de la aplicación más famosa del supermercado de carne: Tinder. Con el gesto sobrio que tendría un emperador romano con su pulgar frente la grada, nosotros deslizamos nuestros dedos por la pantalla intentando eludir el ostracismo sexual, e incluso con la esperanza tácita de conseguir algo de la radiante felicidad que lucen muchas parejas en sus fotos de Facebook.

Y en esto estaba yo, de madrugada, actualizando mi perfil con alguna foto estilo Travis Bickle y un par de frases pedantes, cuando recibí un match virtual. Antes de que se arrepintiera entré en su perfil, con una mezcla de curiosidad y nerviosismo. Lo que encontré fueron una colección de selfies cuyo marco central era un busto de proporciones generosas y una pose de morritos que quizás para una mujer de treinta y cinco años no resultaba todo lo erótica que pretendía. Algunas fotos no eran en el baño y se podía vislumbrar por encima de su hombro parte de su habitación: miles de frascos de diferentes tamaños sobre una mesilla, un armario abierto colapsado por la ropa, y, lo más interesante, unas tanga azul retozando sobre la cama deshecha.

            Quizás el lector piense que había suficientes elementos de juicio para deducir que habría algún problemilla de afinidad con la muchacha en cuestión. Pero hay momentos en la vida en los que no podemos dejar pasar el amor por unos prejuicios puntuales. Le envié un chat, gasté parte de mi energía en desentrañar sus mensajes encriptados por diminutivos, faltas de ortografía, etcétera, y, como vivimos cerca, decidimos quedar al día siguiente.

            Seis de la tarde, llegamos puntuales, ella muy pizpireta y aupada por unos enormes tacones me da un par de besos y me sugiere ir a tomar algo en los 100 Montaditos. Va vestida con una faldita y un top tan escuetos que dejan poco para la imaginación. Pedimos nuestras cervezas, nos sentamos y un silencio incómodo chasquea su látigo. Intento romperlo contándole lo primero que se me viene a la cabeza: me he leído un ensayo de Patrick Süskind sobre Eros y Tanatos donde reflexiona sobre ambos conceptos. Analiza, entre otras cosas, el mito de Orfeo y Eurídice, (qué mejor ejemplo de mitología para relacionar Amor y Muerte) con bastante humor. Le estoy diciendo que precisamente Muerte en Venecia de Thomas Mann es un libro ideal para mostrar esa dicotomía cuando mi querida musa de ojos miel suelta el bostezo más brutal, pantagruélico y descomunal al que he podido asistir en toda mi vida. Eso sí: su campanilla es de una belleza arrebatadora. Me echo a reír y le digo:
-        Joder, lo siento, no quería aburrirte.
-        Nah, es que he madrugado mucho y estoy cansada. Además es que a mí NO ME GUSTAN LOS LIBROS.
La frase reverbera en mi cerebro como si alguien estuviera arañando una pizarra con las uñas:
-        ¿Y entonces qué es lo que te gusta?
-        Pues no sé, salir de fiesta, a bailar, la televisión, ¿te gusta Mujeres y hombres y viceversa?
Me quedo un momento en blanco y respondo:
-        Pues la verdad es que no soy mucho de ver la televisión…
-        Joder, ¡sí que eres raro! Pues a mí me gusta mucho. De hecho concursé durante casi un mes, luego te busco el vídeo si quieres. Podía haberme quedado más tiempo pero…
Conmocionado ante tanta información mi cerebro desconecta, bebo mi cerveza y pido otra mientras ella se anima y empieza a hablar sin parar de un montón de cosas:
-        Bla. Bla. Bla. Concurso de Caniches. Bla. Bla. Bla. Hija de trece años. Bla. Bla. Bla. El cabrón de mi ex no me pasa la pensión. Bla. Bla. Bla. Me encantan los tatuajes, tengo dos: el nombre de mi hija y un trébol de cuatro hojas. Bla. Bla. Bla. Soy del Real Madrid, amo a Sergio Ramos. Bla. Bla. Bla. Yo nunca he tenido suerte en el amor, siempre me encuentro con gente superficial que solo quiere follar, ¿tu no serás de esos?
Se queda callada y me mira esperando la respuesta correcta:
-        No, no, yo soy un romántico, aunque sean tiempos difíciles para los soñadores.
Pone cara extraña y sigue hablando:
-        Pareces un tío interesante. Bla. Bla. Bla. ¿A ti te gustaría tener hijos? Bla. Bla. Bla. ¿Tienes coche? Bla. Bla. Bla. Uy, que tarde se nos ha hecho, ¿quedamos para otro día?. Podemos quedar en tu casa, ya hemos superado la primera cita, ja, ja, ji, ji. Bla. Bla. Bla.
Se despide con un beso agorafóbico y extenuado de carmín.

Estoy tan asustado que nada más llegar a casa he desinstalado Tinder. ¡Oh Capitán! ¡Mi capitán! Nuestro espantoso viaje ha concluido…