viernes, 15 de noviembre de 2013

Braquiproctofilia.

Me duelen los ojos. También la sangre que se hacina en mis muñecas. La desidia de bailar en la oscuridad con la oscuridad. Frase manida. Alcohol haciendo el trabajo sucio. Debería de acostarme. Mañana hay que madrugar. Y saludar agitando las manos hacia delante. Aunque las comisuras traicionen el pensamiento. Los cadáveres empiezan a mover los dedos, se agitan, se rebelan, levantan su cabeza tatuada de hacha y apagan la luz.

Recuerdo hace años cuando iba a casa de Miguel. No importaba si era jueves. O martes. O sábado por la noche. Llevaba dos botellas de vino. Él siempre tenía preparada una hilera de porros. Enormes. Gigantescos. Como la aleta de un tiburón. Fumábamos con ansiedad mientras escuchábamos música clásica, como dos moribundos en un país de ciervos azules. Él se creía invencible. Yo me creía idiota. Sólo uno de los dos tenía razón.

Todo siguió igual durante un tiempo. Un lugar seguro al que recurrir de vez en cuando. Cuando el trabajo no me dejaba dormir. Cuando la farsa de sombras chinescas y amor desleal convertía mi garganta en un pozo de ladrillo rojo. Pero nuestras conversaciones eran un teatro inútil, inane, estúpidas en su falta de retórica, fingiendo equivocarnos con una sonrisa drogada cuando ya nos habían vencido mucho tiempo atrás. Lienzo verde. Humo blanco.

Horas después llegaba a casa, a mi cama fría. Pero era incapaz de dormir. Entonces aparecían los fantasmas aullando de dolor. Henchidos de odio. Anhelando mí desperdiciada juventud. Arrancaban a dentelladas la piel del corazón y me mutilaban los párpados. Dolía. Dolía demasiado. Me incorporaba. Encendía el ordenador y las imágenes cercenaban mi sensibilidad. Pero también me la ponían dura. El coño siempre omnisciente. Como única esperanza. Como única abominación. Y discutía en voz alta si la Muerte vendría descalza o con zapatos rojos de tacón de aguja. Tal vez sólo fuera una niña sonriente, vestida de rosa, con dos globos en la mano: uno lleno de dioses y paraísos, el otro de gusanos y polvo.

Recuerdo una de esas noches. Carla llamándome, su voz cristalizada en esa rayuela dipsómana de quien sólo sabe vivir entre puntos suspensivos y elipsis. Su falda airada. Sus pechos inmensos entrando y saliendo de mi boca. Como una violación. Sus mamadas eran dolorosas. Quizás por eso me gustaban.
Vomité. Dos veces. Pero ella estaba contenta porque sólo veía amor blanco deslizándose por sus muslos. Saliva. Otoño. Hojarasca. Capitulación.
Entonces tuvimos un brote esquizoide
Que duró
Exactamente
Cinco minutos

Fueron los cinco minutos más largos de mi vida.

A pesar de eso estábamos condenados. Ella leía a Brontë. Yo a Cioran. Ella jugaba de rodillas a ese sin querer quererte querer que mordía el hueso. Yo bailaba sobre nuestra jaula porque sabía que estaba decorada con el amor químico de los insectos.
Pero lo peor es que olvidamos cuando pesaba su cuerpo sobre el mío. Y así, disculpadme, no hay manera de ofrendar te quieros sin sonar ridículo.

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