sábado, 7 de diciembre de 2013

Tu coño es el único lugar real que conozco. Aunque estrangule mi corazón y luego mi polla.

Denostado. Cansado. Eterno semáforo en rojo en una avenida llena de invierno emocional. Sin otoños. Destrozado y a la vez intacto. Como un dios insolvente con el cerebro y los bolsillos llenos de polvo. Un hueco vacío mirando con arrobo una flor ajada. Intento barrer la oscuridad. No lo consigo. Y me siento culpable. Estoy dejando que el trabajo y los hombres grises con sus ametralladoras ganen. Que mutilen lo poco –muy poco- que queda.

Alzo la botella de vino. Un trago largo. Duro. Ambrosía caliente y barata despertando el espíritu y matando la forma. Sí. Ahora me siento algo mejor. Aunque la página en blanco siga escupiéndome con desarraigo y las paredes –finas como piel de párpado-, sigan odiándome. No. No puedo escapar de los errores cometidos. No soy vital. Ni creativo. Ni siquiera trágico. No engaño a nadie. Fracaso en buscar el deslumbrante relámpago de la palabra. El rostro perdido de Baco. El poema que acabe con mi guerra interior. No me atrevo a bailar descalzo el brindis de cristales rotos. Aunque hay cosas peores que estar solo. Lo dijo Bukowski. Tiene que ser verdad. Pero no hay talento que desovillar. Sólo grandes párrafos de sandeces personales que mueren bajo el yugo del hacha de fuego del pudor.

Pero he de confesarlo: amo mi veneno. Subir tus escaleras rotas. Ser una mosca atrapada en la telaraña azul de tu coño. El único lugar real que conozco. Aunque estrangule mi corazón y luego mi polla. A fin de cuentas el amor es una rosa pugnando por sobrevivir en el cementerio. Una trampa domesticada. Un reloj que, en las mejores noches, parpadea y se retrasa.

Quizás lo único cierto de todo esto es que el amor odia a los contables. Por eso cuando estoy contigo olvido mis matemáticas y siempre me pareces infinita. E incluso a veces, cometiendo un exceso, un poco mía.

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