jueves, 31 de octubre de 2013

Carta de un decadente (I)

Madrugada. Música suave que entumece aún más mi mente. Radiohead. Mañana hay responsabilidades. La vida está llena de ellas. El tiempo agrietándonos poco a poco hasta que el ataque al corazón anule el último segundo. Como si importara. Ya desde la escuela existe una premeditada amputación de cualquier idiosincrasia ajena al redil. Sonríe a la foto. Planes. Ambición. La madurez relacionada con sufrir la frustración con entereza. Con templanza de ánimo. Asumamos responsabilidades. Firmemos contratos. Tengamos hijos. Pergeñemos un legado en forma de tuerca y con envoltorio de supermercado.

No me da asco. Pero me siento ajeno. Seguramente se trata de complejo de Peter Pan. El aislamiento me provoca pensamientos extraños. Vivir solo. Trabajar de noche. Tener pocos amigos. Admirar a Bukowski. Ser un misógino. Vivir en España. Esto último de un malditismo irrefutable. Como decía Pérez Reverte los políticos son una casta aristocrática de la cual ya es casi imposible librarse. Guillotina o un par de décadas con una educación real, consensuada, meritocrática. Pero es inviable. Quieren que seamos un país de camareros. Un país turístico donde existe un grupo social olvidado que sobrevive en comedores sociales, con la jubilación de los abuelos y buscando comida en los contenedores.

Se puede cambiar. Pero produce demasiada pereza. La mayoría aguanta la respiración creyendo que cuando la crisis termine volverán a sus antiguas vidas. Cada uno vive de acuerdo a sus propias incoherencias. Sus propios miedos. Mi mente divaga. Pero no me apetece escribir. Mi pequeña burbuja de alcohol y hachís me provoca más indolencia. Más hermetismo. Más hipocondría. El cerebro jugando a la ruleta rusa. Como si las palabras formaran un puzzle y la mitad de ellas reposaran en el estomago de mi gato. Como ahogarse en un charco de agua sucia -espalda de musa- y que el único sonido sea una mezcla de estertor y victoria. Como una mujer que te juzga incompetente en apenas dos segundos.

Pero bueno, qué más da. Es divertido ver formarse las letras en la pantalla. Todas las cosas importantes tienen un precio. Requieren un esfuerzo. El cambio. La escritura. Incluso el sexo. Sí, así es. No consiste en meter y sacar. No es abrirte de piernas y ver que sucede. No es solamente dopamina y oxitocina. Tienes que buscar la afinidad animal. Tienes que buscar la violencia pornográfica. Olvidar el condicionamiento social. Buscar el desequilibrio y la fragilidad. Consumirte. Casarte con la puta. Dejarte devorar. Romper con violencia el rubor. Sin todo eso sólo es un vulgar ejercicio gimnástico sin alma. La naturaleza moviendo los hilos. Comer. Beber. Cagar. Mear. Nada más allá de tus necesidades fisiológicas. Busca la puta trascendencia. Pero no lo llames romanticismo porque es una etiqueta de idiotas. Hablo de bailar dentro de ella. Dejarte llevar y explorar límites. Sin ejemplos. Cada uno tiene un espejo genital que tiene que limpiar de tabúes, ¿os gusta follar?

Nuestra vida es una lucha contra el olvido. Nos volvemos cobardes. Conservadores. Nos alejamos de nosotros mismos. La pasión empieza a perder sentido. Quizás por eso existe la literatura. Pero, por qué leer si puedes penetrar el agujero de cristal, si puedes mutilarte, ahogarte. Si puedes golpear, escupir, arañar, morder, amar, llorar, gemir. Si puedes sentir un dolor o un placer tan profundo que todo lo demás se vuelve gris, opaco, incierto, lejano, ajeno. Si puedes despertarte y sentir algo real por primera vez en tu vida sin necesidad de hacer cola en el centro comercial.

Pausa. O punto y final. La digresión está motivada porque este hachís me pone cachondo. Algo irrelevante, lo sé. Pero la acotación me parece de extrema necesidad. Lo que quería decir, en resumen, es que el tiempo continúa con crueldad. Y empeoramos. Como un cáncer fagocitando esa parte de ti singular y única que te permite resaltar como individuo. No estoy hablando de los logros prefijados que impone la sociedad, ni de etiquetas o nóminas. Hablo de la esencia del ser humano que, con cierta dosis de optimismo, permite que seamos especiales e inolvidables. Que podamos crear nuestra propia literatura, incluso a pesar de nosotros mismos.

Poemas. Guerras. Brindis.

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