jueves, 15 de agosto de 2019

¿Cómo es posible que la Community manager de un perro haya conseguido llegar a presidenta de la Comunidad de Madrid?

Los políticos no salen de la nada, florecen en el caldo de cultivo social como parte de nosotros y nuestros valores. Isabel Díaz Ayuso, esa ínclita mujer que se pasó media campaña soltando propuestas surrealistas como garantizar una paga para los concebidos no nacidos en el seno de una familia numerosa, lamentar la falta de atascos en el centro de Madrid por culpa de las medidas de Carmena, una de las señas distintivas de la capital junto con la Cibeles, el Bernabéu y las obras faraónicas de Gallardón, o que alzaba el puño en alto para advertir contra la dictadura progre que quiere contaminar todo. Esa mujer de cara de pasmo infinito, de boca entreabierta y ojos de moja en trance a punto de ascender a los cielos, gobernará la Comunidad de Madrid. Y a pesar de todo lo anterior tenía curiosidad por saber cómo se desenvolvía como parlamentaria y por ello estuve viendo en varios momentos su investidura.

Fue bochornoso por parte de casi todos, me quedé incluso sorprendido de la visceralidad de algunas intervenciones. El único destacable Ángel Gabilondo, inteligente, locuaz, amable, incluso llegando a pedir perdón por no dar sus votos, tendiendo la mano con el ánimo de colaborar, de hacer política, de explicar las cosas, de llegar a las mejores soluciones. Afeó en varias ocasiones las interlocuciones personales de Errejón a la familia de Ayuso y sus negocios, indicando que quizás era más necesario hacer un monográfico sobre las buenas formas parlamentarias que sobre la corrupción. El que me desagradó enormemente fue Errejón, jugó la carta de la oposición dura, televisiva, atacando en los personal. Dijo: “De tener el honor de ser propuesto para el puesto, no rebajaría el parlamentarismo y la dignidad de las instituciones como usted lo ha hecho”. Sin embargo, fue precisamente lo que provocó él al dejar a un lado la política y entrar en el terreno personal, siendo condescendiente, faltón, incluso pecando de cierta soberbia intelectual. Ayuso tuvo la réplica fácil y enfangó el resto de la investidura: “Es usted el político más traidor que se conoce, que le debe absolutamente todo a un señor que se llama Pablo Iglesias, al que en el momento más difícil le dijo ahí te quedas, me largo, que de repente me va a interesar la política madrileña”, “Ustedes que nacieron de la dictadura, de una de las dictaduras más vergonzosas que soporta hoy el planeta, que es la venezolana. ¿Cómo tratan allí a los jóvenes? ¿Cómo tienen allí a los desfavorecidos?”. Luego jugó la carta del victimismo al asegurar que estaba siendo víctima de: “la campaña más machista y deleznable que se ha hecho contra una candidata que es mujer. Me enfrento a los diputados más machistas que me he encontrado en mi vida, metiendo a la familia, con medias verdades.”  Y para finalizar, el momento emotivo al hablar de su padre: "Era un hombre bueno, honrado, trabajador, muy querido padre que estaría muy orgulloso si hoy estuviera vivo y viera que su hija se va a convertir en presidenta de la Comunidad"

Que el PSOE en el 26M no haya avanzado ni un milímetro, que Más Madrid y Podemos sumen en la Asamblea de Vallecas lo mismo que en 2015 y que, seguramente por un fallido candidato al ayuntamiento (Pepu Hernández) y una pelea entre la plataforma de Carmena y Pablo Iglesias, el consistorio de la capital haya regresado a manos de la derecha constituye una auténtica catástrofe para la izquierda. Y, a pesar de ello, no parece lo de ayer el mejor camino para recuperar la credibilidad, sino otro paso más en la máquina del fango, ¿por qué dar más prioridad a atacar a Ayuso hablando de un presunto delito de alzamiento de bienes que, de todas formas, ya está prescrito, cuando se puede hacer oposición criticando su programa, explicando y señalando los acuerdos con VOX o, simplemente, esperando que su nula experiencia gestora se muestre con perniciosa rotundidad en los próximos meses? Pero en estos tiempos de desconexión ciudadana, en la que todo parece un show, donde el titular prima sobre el contenido y lo importante es que hablen de ti para poder existir y mantenerte en política, leo con rubor como los periodistas hablan de Errejón como líder de la oposición, mientras dejan a Gabilondo como un mero tramoyista que pasaba por ahí.

            En resumen, tenemos lo que nos merecemos, un reflejo fiel de esta sociedad mediocre. Auguro muchos años en el poder a esta amiguísima de Casado -la única razón real de su candidatura-, que, al menos, nos dará muchos titulares llenos de ocurrencias simpatiquísimas, de esas que tanto gustan a la mayoría de la gente, sobre todo a esos madrileños que todavía defienden a Esperanza Aguirre afirmando que fue una gran gestora.

miércoles, 14 de agosto de 2019

Tenía veinticuatro años y había abandonado la universidad.

            Tenía veinticuatro años y había abandonado la universidad. El carácter es destino y estaba claro que mi futuro era ser un fracasado, todo me causaba demasiado esfuerzo, no albergaba una pizca de ambición, constancia y disciplina. Y el contrapunto exterior, la gente, me producían hostil perplejidad: no entendía sus esfuerzos, sus conversaciones, no entendía sus relaciones, los embarazos, las horas extras, las colas para comprar el último modelo de móvil, no entendía sus prioridades ni porqué dedicaban tanto esfuerzo a cosas que, desde mi punto de vista, eran tan absurdas. Quizás por eso intentaba excusar mi estilo de vida como un reflejo perverso de lo que los demás querían imponerme; cuando volvía borracho entre semana a las ocho de la mañana y me cruzaba con los rostros abotargados de la gente que cogía el metro para ir a su trabajo pensaba que ahí estaba mi victoria, porque no eran felices, eran piezas de dominó cayendo, vendiendo años, salud y esfuerzo por la pura trasmutación en tuerca, desangrándose poco a poco sin atreverse a pedir la guillotina, a lo sumo disfrutando del escapismo de las compras en un centro comercial los fines de semana. Mi vida era totalmente improductiva y, sin embargo, me sentía superior a todos ellos.

            Mi reduccionismo en aquellos años era de una ternura ridícula, a fin de cuentas tampoco era feliz, solo tenía más tiempo libre que ellos, pero sin metas ni proyectos no servía de mucho. En lo único que empleaba mi tiempo era en ir a la biblioteca casi todos las semanas y sacar libros de Cioran, Joyce, Fante, Schopenhauer, Kierkegaard, Bukowski, Dostoievski, Kafka, Séneca, Sartre, Camus... a veces lo hacía por pura altanería intelectual, lecturas de las que presumir en alguna conversación, pero por suerte la mayoría de los libros me zarandeaban, me hacían pensar, reflexionar, se convertían en obsesión y peregrinaje llevándome de un autor a otro. Supongo que hice de la necesidad virtud y lo convertí en una coartada existencial, como si el tiempo empleado en leer pudiera justificar el hecho de haber convertido el quietismo vital en mantra. El resto del día lo empleaba en fumar hachís, escanciar vino por la alfombra y escribir durante horas.

Recuerdo que por aquella época estaba obsesionado con mi vecina, una auténtica belleza, joven, turgente, altiva, de pelo azabache y sonrisita mordaz. La había pillado una noche dándose el lote con un tipejo en el descansillo del portal y desde entonces me fascinaba. Escribir mis fantasías era más fácil que flirtear con ella o invitarla a salir -pusilanimidad como adjetivación perfecta de mi carácter-, y escribía compulsivamente decenas de relatos dedicados a su culo, su cuello, su enormes tetas, sus ojos, sus pies, su todo; la usaba como fetiche sexual, sin preámbulos, sin ambages, sin diálogos, una mezcla entre el tono de Ryū Murakami en su novela ‘Azul casi transparente’ y Bret Easton Ellis en ‘American Psycho’. Después me masturbaba con violencia, delineando su cuerpo con ansiedad, ondeando el pulso de su sangre como una sinfonía en un océano de oleaje eterno, imaginando su orgasmo como un universo implosionando al borde del abismo.

Esa era mi situación con veinticuatro años, viviendo solo en una casa familiar vacía de renta antigua, embrutecido por una rutina improductiva y a la vez agotadora. A veces mi amigo Carlos interrumpía esa inercia misántropa. Carlos era el rey lagarto, capaz de beber y drogarse sin límites; siempre que salíamos con más gente en algún momento de la madrugada surgían las excusas: el trabajo del día siguiente, el cansancio, la falta de dinero, el local cerrado. Con Carlos nunca, albergaba una devoción absoluta a quemar la noche hasta su último aliento, hasta la última copa en el after más sórdido, hasta la última visita al baño antes de insistir de nuevo con la chica de la barra. Su modus operandi habitual era llamarme frenético decenas de veces hasta que le cogía el teléfono, me explicaba que había tenido un día horrible en el trabajo -spoiler: todos los días eran malos para él-, y necesitaba salir un poco, nada serio, solo un par de horitas para desconectar. Y allá iba yo, apenas las ocho y media de tarde, sin saber cuándo volvería a mi casa. Nada más abrirme la puerta me ofrecía varias rayas de coca de generosa progresión ascendente y una botella de vodka Absolut que pretendía que nos bebiéramos a palo seco, con la única concesión de unos cubitos de hielo. Una hora después ya estábamos frenéticos, gritando incoherencias, huyendo por las escaleras sin esperar el ascensor porque todo se movía demasiado despacio.

En los Bajos de Arguelles existía un garito donde ponían chupitos de absenta. Había de dos clases: supérieure de sesenta y cinco grados y el suisse de ochenta y cinco. No era fácil acostumbrarte a ellos, el hada verde te despejaba de inmediato, como un puñetazo en el estómago. Siempre pedía la primera ronda con una sonrisa condescendiente, como un hombre de mundo que conoce perfectamente cuál es su límite, en mi caso con cuatro chupitos la noche era perfecta, continuaba sin daños aparentes, incluso podía añadir algún chupito de tequila sumergido en una jarra de cerveza mientras reía imbuido en las conversaciones y la música más banales. Pero sabía que a partir del cuarto se producía la desconexión, el despertar magullado y solitario en el banco de un parque sin móvil, o en casa de Carlos, recriminándome en plena resaca toda clase de infamias. Naturalmente, que yo recuerde, nunca salí de ese local sin haberme bebido un mínimo de seis. Supongo, aunque suene a cliché, que quería ver arder el mundo, pero me conformaba con romper con lo sensato, con la zozobra del camino del exceso; a fin de cuentas el alcohol me permitía ser espontáneo, no preguntarme el porqué de las cosas y su falta de sentido, simplemente podía dejarme llevar, vivir a pesar mío. Junto a Carlos me convertía en un forajido, en un anarquista revolucionario con una bomba de relojería en la cabeza, en un poeta que imploraba piedad sexual a las mujeres sin pudor. Y agotábamos la noche, medio afónicos y enfebrecidos, agonizando de placer entre las piernas de alguna improvisada musa, o cayendo sin pudor en un columpio de vómito. Nuestra quimera existencial quedaba atrás, sólo importaba el minuto siguiente, el placer, la sensación de urgencia, la curiosidad, disfrutar de una juventud que se iba quedando atrás sin que nos diéramos cuenta.


Ha pasado más de una década y todavía recuerdo esas noches con agrado, quizás porque las cosas no han mejorado demasiado desde entonces. En la ventana de enfrente se escuchan gritos:
-¡Eres un mierda, ni siquiera eres capaz de encontrar un empleo, me das asco!
-¡¿Cómo eres capaz de decirme eso?! ¡Puta!

Las sirenas se acercan inmisericordes, todo sigue girando a pesar nuestro. Hace años que no sé nada de Carlos, nos distanciamos, empezamos a querer cosas diferentes, a ser diferentes. Normalmente las amistades no se rompen por una terrible discusión, solo es dejadez, indiferencia progresiva. Pero esta noche brindo por ti, drugo del caos. Fueron noches inmortales, y no hubieran podido suceder sin ti.

We can beat them, for ever and ever
Oh we can be heroes, just for one day

domingo, 11 de agosto de 2019

La visita de Manolo.

Siempre que hablo con Manolo por teléfono, un amiguete sevillano que conocí hace años en Barcelona, recuerdo la anécdota de la giganta alemana. Fue una de las primeras veces que vino de verme por Madrid, en aquella época solo quería hundirme en la bebida hasta quedar en estado comatoso, a ser posible en la pútrida soledad de mi habitación; pero él había venido a la capital con ganas de juerga y me obligó a salir al exterior. El plan habitual cuando tenía visitas era empezar a beber en mi casa, cenar algo y, cuando estuviéramos suficientemente alcoholizados, coger el metro e ir a los Bajos de Arguelles y luego ya de madrugada al Heaven, una discoteca gótica de dos plantas que había cerca de Callao, mi lugar favorito de vicio estético y desconexión neuronal.

La primera noche discurría por el camino del exceso habitual y planificado, eran las tres de la madrugada, ya había hecho gala de algunos movimientos espasmódicos en la pista de baile del Heaven durante un par de horas, y me encontraba tumbado en los mullidos sillones de la planta baja degustando el tercer o cuarto vodka con Red Bull observando, entre el anhelo y la desidia, los movimientos lánguidos de la góticas adolescentes en la pista. Había dejado a Manolo solo, obnubilado por el paisaje de estrógenos y lolitas oscuras, y suponía que estaría ocupado acosando toscamente a alguna. Yo no me atrevía a tentar al destino de nuevo, sabía que no estaba en mi mejor momento y que cualquier fémina que me hiciera un poquito de caso provocaría de nuevo en mí la obsesión tóxica, absurda y dependiente, como si ella fuera la única solución a mi caos existencial. Luego durante unos meses sería feliz, la perfección y finalidad anudada a los lunares de su espalda; pero en algún momento empezaría su frialdad, su desapego y finalmente el abandono, los recuerdos insalubres, el dolor, etcétera. Siempre que entraba en ese tipo de bucle mental, con el peligro añadido del abuso de alcohol en lugares públicos, solía recurrir a conversar con mi amigo imaginario Dick Grayson:

- Estoy muy jodido -comenzaba así el diálogo en mi cabeza-, no sé divertirme, no sé vivir; seguramente tampoco sé follar bien, por eso me abandonan todas, qué puedo hacer, ¿castración química, estudiar derecho, aprender a vivir como un mendigo, irme del país? Qué cojones puedo hacer, ¿dónde están las soluciones, a qué puedo recurrir para que toda esta mierda tenga sentido?
- Cálmate joder -me contestaba Dick con su habitual tono displicente-, putos problemas del primer mundo para adultescentes mimados, eres un necio pusilánime al que le falta perspectiva, ¿las mujeres? No seas absurdo, mastúrbate con asiduidad para mantener la libido bajo mínimos y resígnate cada vez que surja la vocecilla: "no eres feliz, cambia tu vida". Es solo la naturaleza humana, odia la tranquilidad.
- Pero yo quiero amor, una musa que se corra conmigo con Yann Tiersen de fondo.
- Claro, pero para ello, ¿estás dispuesto a machacarte en el gimnasio, comprarte ropa nueva, pedir un crédito para un coche decente, en suma, estar a la altura de la hipergamia femenina? Porque la cosa va de eso, no estás en un puto anime donde una nínfula punk sin sujetador va a llamar a tu puerta para hacerte una mamada diaria mientras repite sin cesar lo maravilloso que eres. No existe Madoka Ayukawa. El amor tampoco, solo es una suma de prejuicios culturales, de soledades y precipicios abotargados. Lee a Schopenhauer y recurre a la prostitución, te evitarás problemas.
- Sé que tienes parte de razón, pero es que todos los demás aspectos de mi vida son una mierda, ni siquiera sirvo como esclavo asalariado. Me gustaría vivir en un relato de Bukowski, en Clerks; o en una de esas películas románticas de los ochenta, idealista y con final feliz.
- Tú eres gilipollas, nadie quiere ser Bukowski, solo observar desde lejos cómo se hunde en la miseria, a lo sumo querrías ser su amigo y follarte a sus mujeres. En Clerks la ex del protagonista se folla un cadáver y termina ingresada en un psiquiátrico; y no me hables de las puñeteras películas de los ochenta: te producen nostalgia porque te haces mayor, pero son artificios tan ingenuamente cándidos que necesitarías volver a ser virgen para disfrutarlos como antes. Mira a tu alrededor, casi todo el mundo se esfuerza por mantener su disfraz, pero detrás de todo ese maquillaje hay vidas de mierda como la tuya, seguramente la mitad de estas tías lo único que quieren es que alguien les eche un polvo para poder sentirse un poco especiales durante un rato; en serio, busca otras prioridades vitales.
- Joder, eres muy tóxico, todo te parece mal, solo sabes ver el lado indeseable de las cosas, se supone que estas charlas son para animarme, no para que empiece a buscar una viga para la soga.
- No hay guion, no hay nada escrito. No debemos esperar a que llegue lo que hemos decidido, de forma ingenua, creer que ha de llegarnos. La vida no nos debe nada, no hay nada ni nadie esperándonos salvo nosotros mismos. Puedes intentar perderte en la sublimación intelectual del nihilismo de Heidegger o la náusea de Sartre, pero lo único que sirve es luchar contra tus cobardías habituales y… -hace una pausa y se empieza a reír-, mira, fíjate en Manolo, ¡él sí que sabe llevar la teoría hasta el final!

Advertido por mi psicosis funcional levanté la mirada y quedé sobrecogido por la escena: en mitad de la pista mi querido amigo retozaba sin pudor con una giganta que le doblaba en altura y corpulencia. La hipérbole era tan notoria que cuando se ponía de puntillas para besarla parecía uno de esos pajaritos que alzan el pico hambrientos buscando la comida que trae al nido su madre.

Manolo se me acercó enfebrecido un rato después y me dejó claro que la velada debía continuar en otra parte por lo que, atrapado por las leyes tácitas de camaradería, les acompañé fuera, ambos iban extremadamente borrachos, y cogimos un taxi hacía mi casa. Al llegar me despedí de los dos con gesto cansado y me encerré en mi habitación.

Llevaba un par de minutos metido en la cama cuando unos alaridos demenciales me sobresaltaron. Maldita sea, ¿es que no podían follar como personas normales? Mis vecinos estaban acostumbrados a muchas cosas, pero eran casi las cinco de la mañana y no podía permitirme más visitas de la policía. Fui corriendo hasta su habitación pero al abrir la puerta me quede paralizado: la valquiria cabalgaba con violencia a Manolo, riadas de carne subiendo y bajando a un ritmo atronador, le intuía más que verle, era algo fascinante y repulsivo a la vez. Las ventanas de mis vecinos se abrían iluminando sus caras asustadas mientras la giganta embestía el maltrecho cuerpo de Manolo cada vez con más saña. Tenía que reaccionar y parar esa carnicería, pero cuando entré en la habitación ya era demasiado tarde: la siguiente sentadilla destrozó la cama y bajo el ímpetu sexual de la giganta cayeron juntos al suelo, su abrazo de osa, de mantis religiosa, envolviendo totalmente a Manolo como un pantagruélico caparazón de carne. Eros y Tánatos colisionaron en ese dormitorio hasta que de pronto la gigante gritó: cristales rotos como cornetas del apocalipsis, un extraño gorgoteo anti natura que se prolongó hasta lo indeseable y, por fin, un temblor de magnitud siete cuando se deslizo hacia un lado del suelo boca abajo y, ajena a mi presencia, empezó a roncar casi instantáneamente. También sentí en el aire otro sonido más sutil procedente de nuevo pequeño casanova, por suerte no era un estertor, solo el frágil movimiento de la vida volviendo a sus pulmones. La crisis parecía resuelta por ahora, cerré la puerta y volví a mi habitación.

Al día siguiente la giganta había desaparecido y Manolo se levantó cojeando y lleno de moratones. El dolor de su entrepierna le duró varios días, de lo demás apenas le quedó un recuerdo difuso. Supongo que el cerebro es sabio y necesita combatir los traumas, o quizás todo haya sido una exageración literaria y fue la mejor experiencia de su vida; ¿acaso importa queridos lectores?


sábado, 10 de agosto de 2019

Todos los días pienso en el suicidio, a veces muy intensamente. Es mi particular minuto de odio hacia mí mismo, una salida de emergencia de letrero luminoso que me desahoga con su parpadeo. Y aunque suene fatal es, junto a la masturbación, el mejor momento del día.

Mañana nos veremos, pero sé que algo ha cambiado irremediablemente entre nosotros. Pequeñas palabras y caricias que ya no están, una sensación de frío, de vacío. Antes en mi cuerpo latía un poema, deseo, morbo, ganas de abrazarte, de celebrar una fiesta y perder un poco la cabeza. Ahora, no sé por qué, siento que voy a encontrarme con nuestra despedida, con un viaje que separará nuestros caminos, que no voy a estar cerca de ti, que la pasión ha muerto y nuestra mirada de complicidad entre náufragos ha desaparecido. Y me siento culpable porque a veces quise que ocurriera, quería soltar lastre con esa compulsión de hijo único de querer estar solo sin sentirme solo. Y al escribir esta verdad tan fea me embarga la melancolía, quizás nunca tuve nada qué darte, nada con lo que asirte a mi pecho, sólo poesía de nadie y un rastro de estrella en medio de ninguna parte. Pero a pesar de todo: si quieres bailar, bailaré; y si no, también lo haré.

***

De qué sirve escribir todos los días. De qué sirve el esfuerzo de recorrer las calles de mi memoria si mi cuerpo es un arpa sucia por el que sucede inclemente la serenata del camión de la basura. Sin embargo, al llegar a casa después del trabajo, enciendo el ordenador e intento escribir. No quiero vivir la vida que me toca. No quiero irme a la cama y dejarlo para mañana. No quiero que el día termine así, sin un matiz de relevancia. No busco ni siquiera transcendencia: hace tiempo que maté a mi héroe y sería ridículo intentar revivirlo. Lo que me mueve es el miedo, el miedo al sonambulismo vital.

Por eso sigo deslizándome por el teclado, sin saber muy bien qué va a suceder en la siguiente línea, una huida hacia delante esbozada con cierta histeria, como si la dedicación tuviera un poso de justicia poética y me redimiera de todas las horas muertas apiladas delante de mí. Pero es una dulce mentira, la página en blanco solo perdona a los kamikazes que se lanzan sobre ella con todas sus fuerzas, que no evitan el golpe y acaban con su cerebro desbordado en los márgenes de tinta. Por eso mis dedos, ateridos y sin musa, siguen preguntándose para qué sirve todo este esfuerzo intelectual, toda la quimérica obsesión, si al final son las tuercas, los números con traje gris y dos mil alarmas en su móvil, los que dominan el mundo.


jueves, 8 de agosto de 2019

¿Habrá de nuevo elecciones generales el 10 de noviembre?

Me han hecho esta pregunta de forma anónima en Curious, una plataforma donde se pueden enviar preguntas de todo tipo -os dejo el enlace aquí por si alguien más quiere animarse-, pero me he alargado demasiado en la respuesta y la limitación de caracteres no me permite copiarla entera por lo que pongo aquí, en forma de entrada, por si hay más gente interesada en el tema.

De todas formas comenzaré diciendo que cuando escribo de política siempre fallo en mis pronósticos, por ahí tengo varias entradas advirtiendo sobre el presunto ‘peligro’ de VOX -una idea de campaña que utilizó muy bien el PSOE azuzando el miedo a la derecha para movilizar a su electorado-, pero que al final no ha sido para tanto; aunque no hay que olvidar que gracias a ellos el PP gobierna en Andalucía, Madrid, Murcia, etcétera. Pero volviendo a la pregunta, sí, creo que habrá de nuevo elecciones generales el 10N. Está claro que esa ha sido siempre la intención de Pedro Sánchez: construir un ‘relato’ y vender la idea de que él lo ha intentado pero que no ha sido posible llegar a acuerdos por demérito de los demás. El motivo de esta estrategia es obvia: después de la sentencia del ‘procés’ en octubre será imposible contar con los votos de los nacionalistas e independentistas catalanes y vascos (Bildu unió su campaña con ERC), por lo cual aprobar los Presupuestos y gobernar resultará muy difícil, sobre todo con Ciudadanos y el PP bloqueando todo. 

            Por otro lado lo de gobernar con Pablo Iglesias era algo que no quería ni siquiera probar, sabía que le podía robar el protagonismo y no quería un gobierno dentro de su gobierno. La broma ha durado más de lo necesario porque Pablo Iglesias ha jugado bien sus cartas hasta el final, por un lado veía clara la intención del PSOE de ningunearles, y por otro lado necesitaba capitalizar sus pobres resultados electorales entrando en el gobierno para evitar que en el futuro pudieran cuestionarle y así ganar algo de tranquilidad ante la amenaza de Teresa Rodríguez, los anticapitalistas, la disgregación de su partido y los tweets extemporáneos de Errejón -y su amenaza velada de montar su propio partido a nivel estatal-. Pero al final no ha sido posible, es más, tanto tacticismo burdo y lamentable lo único que han conseguido es el descrédito y la decepción absoluta de buena parte de sus votantes. El peor parado de los dos, en mi opinión, ha sido precisamente Pablo iglesias; fue una buena jugada retirarse a última hora de ese supuesto gobierno de coalición, pero lo arruinó todo cuando convirtió el Congreso en un zoco y se mostró como un diletante mediocre en su última comparecencia.

Dicho lo cual ahora solo pueden darse dos situaciones: o Pablo Iglesias cede y da los votos de su partido gratis, o vamos a segundas elecciones, que es lo que el PSOE siempre ha querido porque confía en sacar mejor resultado y no depender de los nacionalistas. ¿Se arriesgará Iglesias a esta situación, con el partido cuesta abajo en las encuestas, incluso con IU pidiéndole que llegue a un acuerdo? ¿Será tan obtuso, testarudo y soberbio para hacerlo? Es posible, quizás confía en hacer de nuevo una buena campaña, no perder demasiados escaños y volver a ser imprescindible para Pedro Sánchez en otra intentona para ese mal llamado gobierno de coalición.

          Pero el resultado de unas Elecciones Generales depende de demasiados factores, también en España, ¿y si hay demasiada abstención entre el votante de izquierda y la demoscopia optimista que rodea en todo momento al PSOE no es tan acertada, que sucedería si Podemos baja demasiado y entre los dos partidos obtienen menos escaños que ahora? O peor aún, imaginemos que Casado consigue convencer a Rivera y Abascal de ir juntos en coalición para no perder votos, tendríamos un ‘trifachito’ estatal que, a pesar de las salidas de tono de VOX, han demostrado tener la capacidad de llegar a acuerdos para gobernar; de hecho podría darse la situación inversa a las últimas elecciones, con una movilización del votante de derechas ‘asustado’ ante la irresponsabilidad de Sánchez y sus ocurrencias; la última causa rubor: cerrar el Valle de los Caídos, algo que sin duda mejorará la vida de todos los españoles. O, simplemente, que nuestro querido presidente en funciones meta la pata en campaña o durante los debates; a fin de cuentas la gente está muy cansada, la desilusión es palpable, todo es muy volátil, cada vez resultan menos creíbles los gestos demagógicos de la izquierda y, en general, de toda la clase política; cualquier salida de tono se puede pagar con decenas de miles de votos.
           
            España no puede seguir sin gobierno, tiene demasiados problemas que hay que empezar a atajar. Y si eso no fuera suficiente razón para demandar más responsabilidad, en Europa se avecinan varios conflictos importantes: Trump y su guerra comercial con China, un posible Brexit duro en octubre, y la inestabilidad política en otros países, como Italia, que ya han anunciado nuevas elecciones. Pedro Sánchez está actuando de una forma descaradamente burda, también los dirigentes de Podemos, ninguno ha estado a la altura de la responsabilidad parlamentaria que le exigían los votos obtenidos. Por lo tanto, no sé si al final se atreverán a provocar unas nuevas elecciones, ahora mismo veo probable que sí, pero todavía queda un mes y medio por delante. Pero de suceder ya pueden olvidarse de mi voto, no pienso volver a votarles nunca más.

            Añado un artículo de Ignacio Valera; no estoy siempre de acuerdo con él, pero creo que aquí ha estado muy acertado.

Desbarajuste neuronal.

Creo que el problema principal que todos tenemos, y del cual beben todas nuestras crisis existenciales, da igual cuando nos alcancen, es la falta de trascendencia. Es una frustración latente en una esquina del cerebro que aparece cuando menos te lo esperas, puede ser de vacaciones en un resort de lujo cuando desacostumbrado al tiempo libre te pones a pensar en tu vida, puede aparecer también cuando cumples años, cuando te abandona el tercer amor de tu vida, cuando has culminado con éxito un gran proyecto personal, pero una semana después cuando la euforia ha desparecido te sientes vacío de nuevo, o en pleno insomnio a las cuatro de la madrugada; y lo que sientes es frustración, anhelo, necesidad de legado, de significado vital.

            Sería lógico pensar que allá afuera hay muchas formas de afrontar la vida y encontrar esa trascendencia, y por tanto la solución es fijarse un poco más en los demás; pero siempre me ha dado la impresión que la mayoría de la gente está obsesionada en promover una integración homogénea y grisácea de postulados y prioridades ya establecidos, es decir, ser una burda copia de los demás en una sociedad que no tiene en cuenta sus potencialidades personales. La paradoja es que luego desean diferenciarse en las cosas más superficiales, un proyecto de vida basado en presumir de sus compras compulsivas, su coche, su ropa o las caras vacaciones que realizan a lugares exóticos y cuya moda va permutando cada año. Mi reduccionismo, ¿está provocado porque la gente me aburre o porque me resulta demasiado esfuerzo salir de mi zona de confort? Quizás las dos cosas. El otro día quedé con un grupo de diez personas que conocí a través de un grupo de WhatsApp de actividades por Madrid, la tecnología ayudando a los ineptos sociales. No estuvo mal, pero tampoco creáis que mi risible y endeble atalaya es lo único que alimenta mi cinismo, lo cierto es que a mí edad es más complicado hacer amigos; claro que puedes encontrar gente afín que le emocionan las mismas cosas que tú consideras importantes, incluso que entiendan el estado anímico de mierda en que habitualmente estás, pero al final tiendo a que las cosas se disgreguen. Con las mujeres es diferente, el aliciente del sexo es lo único que logra superar mi tedio cortoplacista.

De hecho, la semana pasada conocí a una mujer gracias a una aplicación de ligoteo: un poco de charla, intercambio de teléfonos, de fotos, de opiniones. Todo muy aburrido. Pero ahí estaba la necesidad sexual pujando en mi interior, la imaginación forzando imágenes de los dos desnudos, sudando, esforzándonos por llegar al cisma, a esos segundos de placer en los cuales nada importa, al soma de la otredad. También hay que tener en cuenta la reafirmación personal: alguien aceptando tu cuerpo, tus taras físicas, tus fluidos. Antes era más complicado pero a la vez más satisfactorio, el romanticismo llenaba de trascendencia un acto físico de celo sempiterno; convertía un confuso acto de necesidad animal en algo más; hacía más fácil perpetuar nuestros genes, esclavizar nuestro futuro por un linaje genético aceptable, salir de nuestra isla de soledad para proyectar un plan socialmente aceptable.

            Al final quedé con esa mujer. Vivía sola, cuarenta años, soltera desde hace año y medio, sin hijos, de belleza insulsa. Todas sus piezas mentales parecían correctas, aunque previsibles: un poco feminista, un poco de izquierdas -aunque no fue a votar en las últimas elecciones-, teleoperadora a pesar de haber estudiado una carrera de integración social, con un ligero rencor hacia los hombres que disimulaba presumiendo de ir al cine o de vacaciones sola. Las mierdas habituales. Como decía, todo este sobreesfuerzo era por pura necesidad sexual, algo en lo que también coincidimos porque después de algunas cervezas me invitó a su casa. Aunque acepté, creo que una parte de mí estaba más interesada en poder contar algo al día siguiente que en la experiencia en sí. 

            
            Ahora tocaría un poco de narración erótica, pero fue un polvo bastante aburrido. Estoy acostumbrado a follar fuerte y duro, que escrito así parece que me creo Christian Grey y no salgo de casa sin mi fusta y las esposas a juego, pero no encuentro otra forma de resumirlo. Ella, sin embargo, tendía más a un romanticismo de misionero silencioso, una gestión más suave y lenta, con besitos en el lóbulo de la oreja. Lo molesto de la falta de afinidad sexual es que sueles descubrirlo cuando ya estás desnudo encima de la otra persona.

            Recuerdo que hace años leía el blog de una chica que estaba obsesionada con tener pareja, escribía bastante bien y contaba con pelos y señales todas sus frustrantes aventurillas sentimentales. Escribía casi a diario, y un día tuvimos una pequeña discusión porque le dije que escribir de forma compulsiva era un síntoma claro de insatisfacción, o al menos una de las causas más evidentes. Ella, naturalmente, lo negó, pero unos meses después conoció a alguien especial -además de forma muy romántica y apasionante, en mitad de una viaje que se había organizado sola por EEUU-, y fue dejando progresivamente de escribir. A ver, seamos sensatos, ¿quién tiene tiempo para recordar todas las banalidades cotidianas del día, cuando estás demasiado ocupada siendo feliz? Recuerdo que antes de encontrar el amor escribió una frase entre el pesimismo y la broma indulgente: “Tengo miedo de acabar vieja y sola, morir y convertirme en comida para mis perros”. Seguramente no era su intención pero guardaba reminiscencias con la película ‘Soylent Green’. A mí no me preocupa demasiado, creo que al final lo de tener pareja es solo una distracción, algo que tiene la potencialidad de ser positivo o negativo en tu vida, depende de a quién escojas, pero que no puede, a medio y largo plazo, solucionar el problema que planteaba al principio: la falta de trascendencia. Y no, los hijos no cuentan, son solo otra distracción necesaria para la perpetuación de la especie, pero de un esclavismo brutal y adocenado.

Pero sí, la falta de trascendencia, de pudor existencial, la incapacidad de dotar a nuestra vida de significado real, ese es el mayor problema, eso es lo que nos rechina, eso es lo sentimos cuando conseguimos aquello que nos venden como felicidad y nos damos cuenta que ha sido solo una burda distracción que nos frustra aún más. Pasan los años y nos convertimos en sonámbulos, olvidamos nuestros sueños y pasiones, nos reducimos y rendimos, nos adaptamos al ‘sálvese quien pueda’ de una sociedad que nos obliga a sobrevivir y vivir al día, desalentando nuestro interés en asuntos de improductiva metafísica. Pero aun así, en nuestro fuero interno, como decía al principio, la intrascendencia nos alcanza y nos condena. Nos hace infelices. Nos mata lentamente. Nos convierte en comida de perro.

Vaya, cuanta intensidad, tendréis que perdonarme, me he dejado llevar. No me hagáis caso, estamos vivos, ¡muy vivos!, con un montón de cosas importantes por hacer en este jueves vulgar de principios de agosto. De hecho, voy a dar ejemplo, dejaré de escribir y limpiaré el arenero de mi gata; parece el lugar más razonable -entre la mierda- para empezar a buscar un poco de mi perdida trascendencia.

miércoles, 31 de julio de 2019

Reseña: Primera temporada ‘The Boys’

Al igual que en el cómic original de ‘The Boys’, la serie plantea el siguiente escenario: un mundo poblado por superhéroes reales cuya explotación de derechos de imagen está en manos de un gigante empresarial llamado Vought American. Esta empresa se dedica a comercializar muñecos, cómics, series y películas basadas en estas celebridades. Y cuando uno de ellos hace alguna barbaridad o algo que podría poner en peligro su marca, Vought se encarga de taparlo. Sirva como ejemplo el caso de Hugh Campbell (Jack Quaid), cuya novia Robin (Jess Salgueiro) muere arrollada por A-Tren (Jessie T. Usher), un popular superhéroe velocista similar a Flash. La empresa intenta cubrir el suceso de todas las maneras posibles, encubriendo la negligencia del héroe. Esto hace que Hugh quiera venganza y atraiga la atención del misterioso Carnicero (Karl Urban), que busca la manera de acabar con Vought y con sus prodigiosos protegidos.

Si te gusta el cómic y eres un purista -como yo- lo más seguro es que te vayas a llevar una decepción. Como hicieran con Preacher (otra fantástico cómic de Ennis llevada a serie también por Evan Goldberg y Seth Rogen), sus creadores han remezclado los arcos argumentales, cambiando la continuidad, el carácter y la implicación de los personajes. Pero en donde la serie de Predicador mantuvo algún atractivo, esta no acaba de cuajar ni como adaptación. ‘The Boys’ es un cómic de espías y un thriller, y, al cambiar ciertos eventos, ejes y personalidades, encontramos una serie con un enfoque opuesto, hacia la acción y la comedia negra. Además, ciertos recursos claves y giros argumentales importantes desmerecen mucho y están muy mal aprovechados y abordados.

Sin embargo, para los que os importa un bledo el cómic, tras el cierre de las primeras temporadas de ‘La Patrulla Condenada’ de HBO y The ‘Umbrella Academy’ de Netflix -y la cancelación de ‘Clase Letal’-, la primera temporada de ‘The Boys’ con solo ocho capítulos se postula como un oasis en mitad del desierto para los ávidos seriéfilos. Sin ser tan fresca o atrevida como las series antes mencionadas dará a un público no especializado todo lo que necesita, gracias a un enorme presupuesto que nos deparará CGI muy convincentes y espectaculares, sobre todo cuando los superhéroes hacen uso de sus poderes.

Además tenemos a un reparto bien aprovechado -salvo el pobre Jack Quaid, cuyo personaje no acaba de estar ni bien escrito-, disfrutaremos de una localización de escenarios bastante óptima, y una entretenida variedad de temas: acoso sexual en el trabajo, el mal uso de redes sociales, la sobreexplotación y saturación del mercado con productos de superhéroes, el racismo simbólico y la xenofobia, la política militar de EEUU, y una exploración de los particulares ‘problemas’ de los superhéroes al enfrentarse a una sociedad que necesita mesías, y cuya fascinación morbosa les persigue allá donde vayan.

En resumen, ‘The Boys’ juega con elementos cómodos de polémica, lo suficientemente atrevidos para que el espectador se sienta cómplice y se sorprenda. Una serie muy disfrutable, sobre todo si no has leído el cómic. Aquí dejo un enlace a Torrent, por si queréis descargarlos.

viernes, 26 de julio de 2019

El tiempo es una nomina en el banco de la nostalgia; recordar un préstamo infructuoso.

            Durante mi adolescencia comencé a tener prejuicios hacia la gente normal, quizás porque sentía que ellos también los tenían conmigo. Solo buscaba la compañía de los locos, los marginales, las personas rotas cuyas aristas espantaban a toda la gente sensata. Cuando trataba con el resto ocultaba mi mundo interior y orquestaba un teatro de espejos y hambre. Su otredad me provoca ansiedad de ortigas, no conseguía acostumbrarme, me sentía obligado a resguardarme en una misantropía cada vez más feroz. Al no intimar con nadie todo se lo daba a mi soledad y así fue como, poco a poco, se creó la urgencia de escribir, de relatar todas las sombras de mi mundo interior. Fue así como descubrí que todos los recuerdos traumáticos que se volvían mucho más patológicos reflejados en los ojos de los demás, al escribirlos y envolverlos en metáforas, poesía e historias decadentes, se abrían paso hacía mi interior con un desahogo inesperado que me dejaba exhausto pero feliz.

La escritura sigue siendo mi verdad, y el exterior solo una mundana fachada inane. No importa que aparezcan en mi vida héroes, comediantes o aves de paso, todavía no he aprendido a intimar. En el fondo sigo sintiendo que nadie querrá cogerme de la mano cuando mire al abismo, que nadie podrá acogerme y darme alas, que si amo a una mujer, esa mujer devorará mi corazón y será muerte. Que mi destino es estar solo, porque todos los demás ya tienen un número y un lugar asignado en la fila. Y esa fila larga, infinita, pantagruélica, representa todo el sonambulismo y abotargamiento de una sociedad homogénea y gris que señala con el dedo a quien no vende su tiempo y su salud al precio exigido. Prefiero ser el vagabundo, el lobo solitario, el extranjero, la atmósfera decadente, la cotidianidad de la gotera de sangre, el vino entre tus piernas, la hoguera voluptuosa en tu piel, el soborno del poema, la risa de los ingobernables.

*****

         Una noche, pensando y escribiendo sobre chorradas intrascendentes en este blog, me percaté, como una vulgar epifanía, que ya no quería a mí pareja, y que solo estaba con ella porque no quería estar solo. Eso me hizo pensar en la proyección del deseo y de los sentimientos como un beneficio, en lo egoístas que somos cuando no estamos dominados por la pasión, y renqueamos sin fuerza en manos de la rutina, la inercia y los besos al aire.

          Me deprimieron mis propias incoherencias, escribiendo e idolatrando tan a menudo la ternura y poética de los gestos cotidianos entre los amantes. Que demoledoras son esas dudas que se crean sobre nuestros propios sentimientos cuando el deseo proyectado recibe una carencia; cuando esa carencia activa el dolor; cuando la frustración del ego saquea y roba todo lo que fue bello, lo que fue amor, lo que no se ajustó a ese deseo proyectado. Y la duda racional del beneficio frustrado destruye también los poemas, deja heridas de muerte todas las emociones, las fotos y los recuerdos. El amor debería de ser otra cosa, nos debería obligar a entender desde el principio que el amante no tiene que responder a nuestros abismos. Que, en realidad, no tiene nada que darnos, que hay que enfrentarnos a solas a nuestra hambre existencial, no convertirla en una brecha que tatuar sobre el amante. La mayor parte de la gente usa al amor para narcotizarse, en vez de usarlo para comprender su propia naturaleza y llegar al desapego. Y al exteriorizar sobre el amante lo que debe ser interiorizado hacia el beso de la nada, se genera sufrimiento e insatisfacción. Se culpa al otro de la infelicidad, pero esta solo es síntoma de nuestra falta de trascendencia. El amor no cura nada de eso, solo te distrae, te anestesia, te droga y, finalmente, te expulsa.

Tres meses después llegó la ruptura; aséptica, desapasionada, justa e insatisfactoria en su frialdad. Nos abandonamos como se abandonan unos zapatos viejos, con gesto cansino y práctico. Y ahora, un par de años después, heme aquí, recordando ciertos gestos de ternura con nostalgia, como si el pasado pudiera recrearse con una elegancia que no nos pudimos permitir en aquel entonces; como si la literatura fuera una excusa para dibujar arpegios de poesía sobre el papel e idolatrar para siempre ciertos instantes que, a pesar incluso de nosotros mismos, impregnaron de trascendencia los latidos de nuestras caricias. Quizás nunca fuimos un error, tal vez, simplemente, al dejar de escribir nuestra historia nos rendimos a lo mundano, nos volvimos como los demás; y en ese contexto, sin tinta ni metáforas, era imposible que pudiéramos sobrevivir.


jueves, 25 de julio de 2019

Reseña: Libro ‘Metafísica Del Amor / Metafísica De La Muerte’, de Arthur Schopenhauer

Metafísica Del Amor

"La intensidad del amor crece conforme se individualiza (…) Mientras más subjetivo, más único una pareja sienta su romance, más real parece volverse, pero: si todos nos enamoramos, ¿por qué creer que el propio es mejor, más especial, más verdadero?. El fin de toda empresa amorosa, lo mismo si se inclina a lo trágico o a lo cómico, es la composición de la próxima generación."

 Schopenhauer afirma que detrás de nuestra voluntad individual se esconde la voluntad de la especie, que es, simplemente, perpetuarse. El amor es una trampa de la naturaleza, un maquillaje superficial, y esta voluntad se manifiesta en toda su salvaje obstinación en el acto sexual, que a su vez se camufla en las sensaciones del amor sentimental. Schopenhauer concibe la vida como una tragedia -el final es siempre la muerte, y el dolor y el hastío predominan sobre los breves momentos de placer-; por ello - según el filósofo- el acto sexual es una traición de los amantes al hijo que vendrá, porque implica dar continuidad a la cadena de la vida, es decir, al dolor. "En el entrecruzamiento de sus miradas preñadas de deseos enciéndese ya una vida nueva", dice sobre el romance, pero, ¿por qué, si el fin es reproducirse, algo que podría hacer casi con cualquiera, uno sólo se enamora de una persona? "Como no hay dos seres semejantes en absoluto, cada hombre debe buscar en cierta mujer las cualidades que mejor correspondan a sus cualidades propias, siempre desde el punto de vista de los hijos por nacer", explica.

Ese amor es el que nos lleva a elegir una pareja que contenga las características complementarias a las propias para, de ese modo, tener hijos más bellos, más fuertes, más sanos. "La apasionada búsqueda de la belleza, el precio que se le concede, la selección que en ello se pone, no concierne, pues, al interés personal de quien elige, aun cuando así se lo figure él, sino evidentemente al interés del ser futuro, en el que importa mantener lo más posible íntegro y puro el tipo de la especie". Así, este instinto, como en todos los demás, la verdad se disfraza de ilusión para influir en la voluntad, e incluso el hombre que siente horror por tener descendencia actúa con esa finalidad sin percatarse de ello. “Sólo la especie se aprovecha de la satisfacción de ese deseo”; o como señala Platón: “El placer es lo más charlatán de todo”.

Metafísica de la muerte

Schopenhauer señala que la individualidad de la mayoría de los hombres es tan miserable e insignificante que nada pierden con la muerte. Por ello, exigir la inmortalidad del individuo es querer perpetuar un error hasta el infinito: “Toda individualidad es un error especial, una equivocación, algo que no debiera existir; y el verdadero objetivo de la vida es librarnos de él (…) ¿Dónde se halla el amplio seno de la nada, preñado del mundo, que aún guarda las generaciones venideras? ¿Dónde está esa nada, cuyo abismo temes?".

miércoles, 24 de julio de 2019

Reseña: Libro ‘Los hermosos años del castigo’, de Fleur Jaeggy.

«Pero perseveraba en el placer de llegar hasta el fondo de la tristeza, como en un despecho. El placer del desasosiego. No me resultaba nuevo. Lo apreciaba desde que tenía ocho años, interna en el primer colegio, religioso. Y pensaba que a lo mejor habían sido los años más bellos. Los años del castigo. Hay una exaltación, ligera pero constante, en los años del castigo, en los hermosos años del castigo«.

Los hermosos años del castigo se sitúa en Bausler Institut, un internado femenino del cantón de Appenzell, uno de los más conservadores de Suiza. Allí estudió la protagonista, que evoca desde el presente sus años en el internado. La construcción de la historia va, por tanto, del presente al pasado en dos direcciones que oscilan entre la mujer narradora del presente y la joven del pasado, una muchacha de quince años enclaustrada en un colegio donde se respira una densa atmósfera claustrofóbica de sensualidad inconfesada y demencia. La novela se condensa en sus vivencias en el internado y el profundo impacto que le supuso conocer a una nueva alumna, Frédérique, una hermosa y perfecta compañera de la que se sentirá inmediatamente atraída. Es, en definitiva, el recuerdo de un primer amor que, desde el presente, se observa con nostalgia y melancolía.

«Suena la campana, nos levantamos. Vuelve a sonar la campana, dormimos. Nos retiramos a nuestros cuartos, la vida la hemos visto pasar a través de las ventanas, de los libros, de la alternancia de las estaciones, de los paseos. Siempre es un reflejo, un reflejo que parece relegado a los balcones«.

El argumento funciona como metáfora de varios elementos: la melancolía, la transgresión de las normas, lo disfuncional, la espiritualidad y lo amoral, las desilusiones, las marcas indelebles del desánimo, la imposibilidad de rescatar un pasado que solo existe en la memoria, los abismos personales del nihilismo adolescente. La prosa de esta escritora es, depende de la visión subjetiva de cada lector, un hallazgo o un problema. Es austera y a la vez profundamente incisiva, diseccionando con frases cortas las obsesiones, la soledad y la falta de plenitud de las protagonistas, en ese cautiverio hostil y estéril en el que malgastan sus mejores años. Su estilo, insisto, es de una languidez aterciopelada, naufragando entre la sensibilidad mortecina y una cierta decadencia abúlica.

            Siempre me ha fascinado la complejidad de las relaciones femeninas en la adolescencia, tengo un buen recuerdo de, por ejemplo, Amelie Nothomb en ‘Antichrista’ o incluso Lucia Baskaran en ‘Cuerpos Malditos’. Este libro me ha sabido a poco, como si Fleur Jaeggy hubiera priorizado crear la atmósfera autobiográfica que deseaba, y en ese hermoso juego de palabras hubiera pasado por alto que una novela necesita más elementos para satisfacer a un lector exigente. Detalle también un poco lamentable que no se hayan traducido todas las frases y expresiones en francés que usan las protagonistas. En cualquier caso no dejan de ser 118 páginas que te puedes leer tranquilamente en una tarde.

miércoles, 3 de julio de 2019

Reseña: Libro ‘Epístolas Morales a Lucilio’, de Lucio Anneo Séneca

Las ‘Cartas a Lucilio’, también conocidas como ‘Epístolas Morales a Lucilio’ constituyen una colección de ciento veinticuatro epístolas escritas entre los años 62 y 64, dirigidas al procurador romano Lucilio, del cual no existen rastros historiográficos por lo que algunos académicos se inclinan a sospechar que el intercambio epistolar nunca existió y que Lucilio fue una simple figura de ficción retórica. Escritas cuando Séneca rozaba los sesenta años y tras una azarosa vida pública, muestran el pensamiento de su autor con un estilo claramente tendencioso y vivaz que nos intenta enseñar cómo ha de vivirse según las doctrinas estoicas: sabio es quien se ha despojado de la servidumbre de las pasiones, por lo que la sabiduría y el saber vivir son el camino hacia la felicidad plena y la máxima estabilidad. Esa plenitud vital requiere disciplina y firmeza frente a los pasajero y secundario, por ello el vaciamiento del ego y el desapego material son recurrentes en todo el conjunto de la obra.

Séneca se proponía recoger en estas cartas su propia versión del estoicismo romano y para ello busca la verdad en todos los filósofos; adversario del tecnicismo filosófico, disputa con Sócrates, duda con Carneades, se serena con Epicuro, vence a la naturaleza humana con los estoicos, la rebasa con los cínicos, y procede hacia una concreción personal que puede ser estoica, convertirse en epicúrea y parecer incluso cristiana; pero contrariamente al Cristianismo la doctrina de Séneca no se dirige a la multitud, sino al individuo, hacia su autosuficiencia, autodominio y responsable individualismo.

Decía Thoreau: “Un hombre recibe sólo lo que está preparado para recibir, ya sea física, intelectual o moralmente. Escuchamos y asimilamos sólo lo que ya sabemos a medias. Todo hombre, por tanto, sigue el rastro de sí mismo a través de la vida, en todas sus escuchas, lecturas, observaciones y viajes”. Os recomiendo encarecidamente que afrontéis la lectura de estas cartas, son de una belleza y sabiduría fascinantes y, seguramente, encontraréis una parte olvidada de vosotros mismos en ellas.

He leído dos traducciones diferentes -existen también muchas ediciones-, pero la mejor, sin duda, es la de la ‘Biblioteca Clásica Gredos’, os dejo enlaces en ePub de los dos volúmenes: Epístolas morales a Lucilio I y  Epístolas morales a Lucilio II. Reproduzco a continuación la primera carta, una de las mejores, que trata sobre el valor del tiempo:

Séneca a su Lucilio saluda,
Actúa así, Lucilio, reivindícate a ti mismo y también al tiempo del que hasta ahora fuiste despojado, desposeído o que te fuera escamoteado: reconquístalo y presérvalo.

Convéncete que es tal como lo escribo: el tiempo nos es a veces arrebatado con violencia, otras usurpado, a veces simplemente se evanesce. Ignominiosa es sin embargo tal dilución cuando acontece por pura negligencia.

Presta atención: gran parte de nuestra existencia transcurre o bien mediocremente vivida, o directamente no vivida, o de tal manera vivida que ni siquiera merece llamarse vida.
¿Quién puedes mencionar, capaz de poner un precio al tiempo, de evaluar el día, quién que comprenda que con cada día en parte muere?

En esto justamente nos equivocamos burdamente: en la percepción de la muerte como un acontecimiento sólo del futuro. Gran parte de ella se encuentra ya tras de nosotros: cualquiera de nuestras épocas pasadas, es la muerte quien ya las posee.
Condúcete entonces, Lucilio, como me lo manifiestas en tus escritos: amalgámate con cada una de tus horas, depende menos del mañana para tomar en tus manos el presente. Mientras la diferimos, la vida transcurre.

Todo lo demás, ¡Oh Lucilio! nos es ajeno: sólo el tiempo, objeto tan fugaz como esquivo, es nuestro. Es la única posesión con la que la naturaleza nos invistió. ¡Y sin embargo toleramos a quienquiera desposeernos del mismo!
Pero tanta es la necedad de los mortales, que nos sentimos en deuda frente a aquellos de quienes obtenemos cosas insignificantes y fútiles, sin duda substituibles. Pero nadie a quien se le consagra tiempo se estima estar en deuda, cuando no obstante beneficia del único bien que ni el más agradecido podrá restituir nunca.

Te preguntas quizás lo que conmigo mismo acontece, yo que estos preceptos propugno. Te lo digo sin reparos: si bien vivo entre los fastuosos, soy diligente y llevo debida cuenta de mis gastos. No puedo decir que no pierda nada, pero sea lo que sea que pierda, puedo dar cuenta de su cuantía y de la razón de mi pobreza. Me acontece empero lo que a tantos otros que, sin culpa, cayeron en la indigencia: todos perdonan, nadie socorre.
¿Y entonces qué? No considero pobre aquel de alguna manera es aún capaz de gozar de lo poco que le queda. Pero en cuanto a ti, prefiero que te ocupes de ti mismo y que comiences en buena hora.

En efecto, tal como solían decir nuestros mayores: "extemporáneo es el ahorro cuando ya se tocó fondo". El último resto no sólo es lo mínimo sino también lo peor.
Que sigas bien.

jueves, 20 de junio de 2019

Reseña: Libro 'Piscinas Vacías', de Laura Ferrero

Escritura intensa, intimista, evocadora, afilada y escueta, así podría resumir el estilo de esta maravillosa autora, Laura Ferrero, que primero por medio de la -de momento- denostada autoedición por Amazon, y un par de años después gracias a la editorial Alfaguara, nos regala esta maravillosa antología de relatos cortos. Todos albergan cierta profundidad, la capacidad de conseguir que sintamos empatía por el sufrimiento y sutil amargura que muestran los personajes. Desde el principio no hay tregua para el lector: pasamos de la peculiar y conmovedora declaración de amor titulada ‘Sofía’ ("¿Sabes?, los hijos que no nacen también cuentan. Los padres que nunca llegan a serlo, lo son para siempre. De alguna manera extraña. De esas maneras que nunca salen en el diccionario"), a ese triste ‘Pan de molde’ que tan bien refleja la incomunicación de una joven madre agotada y casi resignada al desamor, ‘La casa más vacía del mundo’ enfrenta a un padre con un hijo a su reciente viudedad, ‘Lo que brilla’ reflexiona sobre lo que uno tiene y lo que deja en el camino, esa incertidumbre de haber elegido bien que a todos se nos plantea en algún momento de nuestra vida ("A veces cuando me observo desde fuera, sumido en esta vida dichosa que llevo, no puedo dejar de pensar en esa otra vida que fluye entre ríos de lágrimas y mujeres que se suenan la nariz con pañuelos de papel. Entonces no puedo hacer otra cosa que preguntarme si elegir un ideal no es quedarse con la parte muerta de la vida"), en ‘Piscinas vacías’, el relato que da título al libro, una joven recuerda a su hermano menor fallecido en un accidente y su incapacidad por superar la pérdida... y así hasta veintiséis relatos en menos de doscientas páginas, todo un alarde de concreción.

El gran protagonista de ‘Piscinas vacías’ es el amor, la sempiterna falta de un manual de instrucciones para afrontarlo y la práctica imposibilidad de evitar su obsolescencia; también supuran en sus relatos las secuelas de la falta de comunicación, el miedo a la muerte, la melancolía e incluso la enfermedad mental. Su estilo me ha recordado a la eficiente brevedad de Raymond Carver, esa manera de introducirnos en pocas páginas en situaciones cotidianas y sacar a la superficie toda la fealdad, el absurdo y la torpe y cruel forma que las parejas tienen de aborrecerse y aislarse uno del otro con el paso del tiempo. Quizás adolece de cierta falta de variedad en los temas y su inflexión final, pero a mí me ha encantado. Como curiosidad Laura Ferrero cita a menudo un poema de Anne Carson en el que aparece el término ‘worldsharp’, ‘agudo como el mundo’, que es el que le hubiera gustado utilizar como título del libro; pero le aconsejaron que no lo hiciera, a fin de cuentas hay que dar al lector facilidades, no sea que no vaya a comprender una simple metáfora.

Recomiendo su compra, pero como entiendo que no todos se pueden permitir gastar tanto dinero en libros como yo, añado sutilmente el enlace al ePub aquí.

“En su vida todo parece haberse estancado en un nimio y complaciente punto medio.”
“Es la lluvia, que despierta a las cicatrices y las convierte de nuevo en heridas. Pero únicamente ocurre en los días lluviosos. No sangra, sólo escuece ahí dentro; aunque "dentro" es una palabra confusa. Es el agua que cae, que limpia las calles de mugre, que salpica las ventanas en las que me reflejo mientras escribo esto ahora, la que parece abrir cicatrices para dejar paso al recuerdo.”
“Uno no escoge su propia memoria. Solo es verdadera la primera imagen del recuerdo, a partir de entonces cada vez que volvemos atrás es para deformar esa primera instantánea. Vivir, supongo, es lo contrario de recordar.”
“Los peores ruidos son los que no se oyen, los que hacen que las cosas desaparezcan sin que sepamos muy bien por qué. A veces, no decir las cosas es otra manera de constatarlas. También somos lo que callamos.”

viernes, 14 de junio de 2019

Antidepresivos y cafeína fracasando ante el despropósito vital; la fatalidad tiene una belleza fascinante y arbitraria.

Últimamente estoy muy cansado. El insomnio. El stress. La falta de talento. La falta de una musa. La falta de trascendencia. La falta de futuro. Cierta nostalgia mal entendida. La falta de sentido. Decía Camus: “Perder la propia vida es una nimiedad, pero perder el sentido de la vida, ver cómo desaparece nuestra lógica, es insoportable. Es imposible vivir una vida sin sentido". Imposible no es, puede resultar difícil, desesperante y cruel, pero no imposible. El ser humano se acostumbra a todo. Vivimos padeciendo limitaciones propias y ajenas. Vivimos en el humus de la mediocridad. Vivimos con la imagen tranquilizadora del suicidio. Vivimos con los pies fríos. Vivimos dentro de canciones, libros y personajes de ficción, y esa infantil idealización de la realidad no nos prepara para relacionarnos con personas incapaces de emocionarse más allá del hedonismo más trivial. Esa es la herida. Esa es la bestia que ladra desde el fondo de nuestros anhelos. Nos masturbamos en soledad, compulsivamente, dejándonos el recuerdo en carne viva. Suspiramos y luego olvidamos. Buscamos la perdida euforia adolescente. Leemos libros de autoayuda. Y nada de eso evita que canibalicen nuestros sentimientos y los transformen en algo que evitamos mirar en el espejo. El hueco, la hoja en blanco, el invierno cancelado, el réquiem perfecto, el desorden febril de una ausencia, el hambre, el sabor metálico de la boca nada más despertar, el aullido. Nos escondemos en excesos para no exponer nuestros pedazos, nos burlamos de las cicatrices como táctica disuasoria. Pero no hablemos de heridas, hagámoslo de fracturas: son más feroces, más definitivas, menos evidentes. La fractura es la ceremonia del adiós. Es una frontera inútil. Es más tiempo para desgastarnos y magullarnos. Es un escenario donde el público tolera nuestra tristeza siempre y cuando no perdamos nuestra impostura de río congelado. Recordad: el amor está condenado a la muerte, como todo lo humano, no importa si lo transformamos en un campo de batalla o en una señal de auxilio.

Reseña: Charles Bukowski, Las campanas no doblan por nadie

La editorial Anagrama ha sacado otra recopilación de relatos cortos y artículos que el autor fue escribiendo a lo largo de su vida. Se trata de cuentos extraídos, sobre todo de la serie publicada en L. A. Free Press, «Escritos de un viejo indecente» en los años 70, y se pueden leer otros que aparecieron, en las revistas «Hustler» y «Oui» en los 80 e incluso uno que jamás vio la luz, de 1948, «Una cara amable, comprensiva». Quince cuentos que muestran al Bukowski más salvaje y procaz, piezas bañadas en sexo y alcohol y como guinda también se incluyen algunos de sus dibujos. Los temas suelen ser una excusa argumental: Hank ayuda a un viejo amigo alcohólico a largarse de un hospital; el empleado de un sex shop cuenta anécdotas estrambóticas protagonizadas por algunos clientes, como aquel que debido a sus problemas respiratorios pide que le hinchen una muñeca; un solitario masturbador sueña con que aparezca la mujer de su vida; un tipo es secuestrado por tres mujeres; una chica acude a una entrevista de trabajo en la que le hacen preguntas sobre prácticas sexuales extremas…

Anagrama ya había publicado en 2012 ‘Ausencia del héroe’, más de trescientas páginas de relatos y ensayos escritos entre 1946 y 1992, y un año después ‘Fragmentos de un cuaderno manchado de vino (1944-1990)’, dos libros que merecían la pena porque había mucho material inédito y de calidad. Sin embargo, este libro no merece la pena, son regurgitaciones de historias leídas mil veces, o simples encargos a revistas pornográficas sin mayor relevancia. Llevo notando que los últimos años todo lo que se publica de Bukowski es tremendamente innecesario, sin un filtro de calidad; la editorial ‘Visor Libros’ parece obsesionada con sacar un poemario anual, ¿cuál es el truco para sacar tantas antologías de material inédito cuando nuestro querido autor murió en 1994? Tan simple como mandar a la viuda y a su editor a rebuscar en los armarios material desechado, aunque sea un ripios inconexos en servilletas manchadas de mierda, juntarlo todo y poner en portada el nombre de Bukowski en letra grande. Creo que para el lector es contraproducente leer este libro porque se crea una idea equivocada, rancia y defectuosa de Bukowski; aunque también es evidente que tanta novedad editorial puede despertar la curiosidad sobre su obra a nuevos lectores.

Resumen: una montaña de mierda con alguna perla residual, como casi todos los libros que se llevan publicando desde hace diez años. Bukowski es ‘Mujeres’ ‘Cartero’ ‘Poemas de la última noche de la tierra’ ‘El amor es un perro del infierno’, etcétera. Esto es una pantomima comercial que ya dura demasiado y empieza a causar repugnancia.


"Había roto con Jane y ella había sido la primera mujer a la que había amado y tenía las tripas colgando de una cuerda y empecé a beber, pero era igual, era peor, beber no hacía más que agravar el dolor, pero también estaba furioso porque se había acostado con otro hombre, un idiota de cuidado además, como para castigarme, y eso acabó con parte del amor pero no con todo y, para asegurarme de no encontrármela en algún bar de la ciudad y que volviera a empezar todo el sufrimiento, esa tarde cogí un autobús (me habían retirado el carnet por conducir borracho) a Inglewood y me puse a beber en un bar lleno de paletos, un bar decorado como Hawái y, puesto que Hawái me parecía el lugar más falso del mundo, entré en el bar y me puse a beber, con la esperanza de buscarme una buena pelea con quien fuera, pero no me molestaron y Jane se me seguía apareciendo, escenas suyas en las que cruzaba la habitación, se ponía las medias o reía, y bebí más rápido, puse canciones y conversé como loco con la gente, sin la menor sensatez, pero se reían y, cuanto más reían, peor me sentía. Las partes buenas de nuestra relación eran como una rata revolviéndose y mordiéndome en el estómago.”

viernes, 7 de junio de 2019

El arte no salva, sólo se enamora de una soledad llena de autismo poético.

Soledad, tristeza, el aullido del lobo estepario. El drama, la culpa, el tabú, la revancha, el ardid poético, el vagabundo, el idiota, el sinónimo de insomnio, los remordimientos de dinamita. El pájaro azul conciliando el silencio de mi corazón, Jim Morrison cantando en el templo del Sol. Ensueño, estigma de Sade. Tragedia. Orgía. El brillo de una tumba. Tocarte. Morirte. Amarte. Follarte. Ladear tu psique hacia un eclipse total de humanidad. Seguir. Seguir. Seguir hasta que digas basta y pidas más. La ebriedad del chacal empuñando un cuchillo congelado al que llamamos amor. Tú disimulas, pero mi infierno es tu lluvia, tu garganta de aristas, tus puntos suspensivos, el vals de humor negro de tu corazón. Jardín de sudor, rosa azul y cuervo negro en medio de una tormenta cruelmente humana de indiferencia y omisión. Me quieres tanto que necesitas destruirme poco a poco. Pido otra carta. Lanzo los dados trucados. ¿Para qué sirve la literatura? Hay que matar la carne. Alzarla y golpearla contra la pared. Atravesarla. Ir más allá. Cosificarnos. Tatuarnos cicatrices con nombre propio. Ahogar el desierto tullido. Buscar la excepción en la grieta, en la poesía de nudos y cepos, en las bofetadas sin bragas, en los dedos abriendo la carne. Dolor. Placer. Mentira. Posesión. Fricción. Sangre. Orgasmo. Anzuelo. Mascaras. Vesania. Frío. Espejo. Amnesia. Futilidad.

miércoles, 5 de junio de 2019

Reseña: Quinta Temporada de 'Black Mirror'

Estoy un poco decepcionado, si ya la película interactiva (Black Mirror: Bandersnatch) se quedaba en la superficie de la idea (el espectador apenas tenía libertad de elección, y aunque tenía varios finales casi todos eran parecidos y se decidían prácticamente en solo dos puntos) al menos habían intentado algo diferente, y aunque había salido mal -al menos en mi opinión-, se intuían las ganas de innovar. Con esta temporada de solo tres capítulos la sensación que he tenido es que esto no es Black Mirror, y que no se ha pretendido explorar nuevas ideas, si no más bien aprovechar la franquicia.

Striking Vipers. Sinopsis: Cuando Danny y Karl, dos antiguos amigos de la universidad, se reencuentran en un juego de realidad virtual, sus partidas nocturnas tendrán consecuencias inesperadas. El capítulo reflexiona sobre los límites de la amistad, las relaciones de pareja, la crisis de la mediana edad y la alienación tecnológica.
El episodio al principio gustará a los gamers que podrán disfrutar de los combates virtuales casi en primera persona gracias a una grabación muy dinámica y a técnicas como el anclaje de la cámara en los cuerpos de los contendientes. Pero esa idea preliminar se alarga sin aportar nada más, sin riesgo. Cuando me dispongo a ver un episodio de Black Mirror espero ver la tecnología y la ciencia ficción como principal protagonista de la trama, algo que trascienda el propio argumento del capítulo, una sátira que me haga pensar sobre las consecuencias de la tecnología en nuestras vidas, sea en el mundo actual o en una distopía futurista, todo ello normalmente con una fuerte crítica social. Este capítulo no ofrece nada más allá de la historia en sí, por otro lado contada mil veces mejor en otras series o películas. Supongo que con meter el toque Brokeback Mountain ha ganado puntos entre los millennials, pero yo soy un pelín más exigente.

Añicos. Sinopsis: Un conductor recoge regularmente a trabajadores de una poderosa compañía de telecomunicaciones. Un buen día, toma a uno de ellos como rehén. Su finalidad: hablar con el máximo responsable.
            Me vuelve a suceder lo mismo que con lo anterior. Estamos ante un thriller muy bien llevado, el actor protagonista es Andrew Scott (Jim Moriarty en la serie Sherlock) lo hace bastante bien, pero el contenido no justifica su duración, es bastante plano y repetitivo y pierde fuerza por llegar a su conclusión tarde. No obstante el montaje paralelo final tiene su gracia y la canción final mola. Pero insisto en que moraleja es tan clara y predecible que no logra ningún impacto en el espectador, además de que ya nos lo han contado lo mismo antes muchas veces, y bastante mejor.

Rachel, Jack y Ashley Too. Sinopsis: Rachel y Jack son dos hermanas adolescentes que no acaban de llevarse del todo bien. Rachel está obsesionada con la cantante pop Ashley (Miley Cyrus) e incluso le pide a su padre que le regale un robotito con inteligencia artificial, llamado Ashley Too, y basado en la artista.
El episodio reflexiona sobre hacia dónde podrían evolucionar los conciertos y las representaciones musicales en directo en un futuro en realidad cercano, tomando ideas descaradamente prestadas de la novela “Congreso de futurología” de Stanislaw Lem acerca de los límites de esa explotación de la imagen digital. Sin embargo la conclusión facilona, una puesta en escena que a veces parece prestada de Blade Runner 2049 pero sin presupuesto ni originalidad, los toques cómicos de unos personajes adolescentes y planos, Miley Cyrus haciendo de Miley Cyrus… nada de eso ayuda a meterte en el episodio.

En resumen, si vienes a disfrutar de tu dosis anual de Black Mirror mejor rebaja tus expectativas, aquí solo queda un barniz, una excusa tecnológica para lo que antes era el leitmotiv de una serie que quería sorprender, impresionar y maravillar al telespectador. Asumo que la crítica encumbrará Striking Vipers porque queda bien hablar de la supuesta “crisis de la masculinidad”, pero a mí me ha divertido más Rachel, Jack y Ashley Too, total, sí esto no es Black Mirror y me lo tengo que tomar como cualquier serie normal, mejor apoyar a Miley Cyrus y su crítica sobre la explotación artística y las consecuencias de servirle al público exactamente aquello que está pidiendo. Charlie Brooker, vete a un retiro espiritual de diez días, o mejor, de diez meses, creo que lo necesitas urgentemente.

martes, 4 de junio de 2019

Reseña: Miniserie Chernobyl (HBO, 2019) + Enlaces de Descarga

Después de la depresión del final de Juego de Tronos, huérfanos -a pesar de todo-, de la emoción de esperar un nuevo episodio los lunes, tenemos que llenar el hueco con nuevas series, y por eso os propongo esta miniserie de cinco capítulos de HBO. 'Chernobyl' narra los hechos ocurridos en abril de 1986 en la central nuclear de Pripyat (Ucrania), entonces de la Unión Soviética. Un simulacro fallido por culpa de problemas en el reactor, errores humanos y decisiones frustrantes hicieron que Europa viviera la peor catástrofe nuclear de su historia. Murieron miles de personas, el territorio que rodea la central fue desalojado y a día de hoy sigue deshabitado por cuestiones de salud pública.

Lo estimulante de esta propuesta es que no está creada desde el morbo, la manipulación emocional o la falta de lealtad hacia los hechos. El guionista Craig Mazin (sorprende que sea el responsable de Resacón en las Vegas y Scary Movie 3, pero ayuda mucho que el director sea Johan Renck, responsable de 'Bloodline') se distancia de las tramas personales para contar los hechos con una mirada casi documental. Los efectos de la radiación en el personal que acudió como primera respuesta o las terribles condiciones en las que trabajaban los liquidadores (cuyas tareas iban desde destruir cosechas a matar a las mascotas dejadas atrás en la evacuación de la zona) buscan no dulcificar lo peligrosa de la situación ni lo expeditivo de algunos de los métodos empleados. Lo único que chirría de esta enorme producción es que los personajes hablen un inglés británico; quizás el típico acento ucraniano o ruso forzado hubiera venido bien para dar más autenticidad. Todo lo demás, localizaciones, fotografía, vestuario, está cuidado al máximo.

El rodaje duró dieciséis semanas, dando comienzo el 13 de mayo de 2018 en Vilna, Lituania. Más tarde se trasladaron a Ignalina para grabar el interior de la central nuclear de esta ciudad, que está sin uso y es denominada 'la hermana de Chernobyl', ya que visualmente se parecen bastante por el diseño del reactor nuclear. Finalmente, en Ucrania se rodaron también varias secuencias.

La banda sonora de 'Chernobyl', que tiene una especial importancia a la hora de transmitir el horror que se vivió, cuenta con la colaboración de la violonchelista Hildur Guðnadóttir. Entre sus obras maestras, se encuentran las películas 'La llegada', 'Sicario' o 'El renacido'.

Os animo encarecidamente a verla, son solo cinco capítulos. Dejo un enlace a los cinco capítulos en calidad matroska 1080p (la más alta) para descargar directamente desde mi cuenta de MEGA.