
La primera traducción de la obra al español fue la realizada
por el escritor Mario Verdaguer en 1934 para la editorial Apolo. Esta versión
fue reeditada en muchas ocasiones y se difundió ampliamente por todos los
países de lengua española. En 2005 se publicó una nueva traducción, a cargo de
Isabel García Adánez, en la editorial Edhasa. Aunque reconoce la mayor
facilidad de lectura de la nueva traducción para el lector moderno (al mismo
tiempo que pormenoriza las omisiones en la traducción de Verdaguer), la germano
hablante crítica literaria y profesora Claudia Kalász pone en duda si la tarea
del traductor es traer el «autor al lenguaje del lector» y no el contrario.
Esto sucede también en muchos otros libros, en mayor o menor
medida, como en la edición de Don Quijote de la Mancha de Andrés Trapiello,
donde moderniza totalmente el lenguaje tomándose muchísimas licencias, o la
edición española de los Ensayos de Michel de Montaigne, donde añaden párrafos y
correcciones que no están ni siquiera en la última edición francesa. Supongo que siempre existirá
el debate entre los puristas de la obra original y los que apoyan este tipo de atajos para atraer nuevos lectores. Por desgracia parece que hoy en día el único medio para ello
es “suavizar” la obra, adaptarla a un lenguaje más asequible. Qué mejor retrato
de la época actual que su servidumbre a la mediocridad.
Pero a lo que iba y me parece más importante: estaba yo tan
feliz leyendo esa nueva traducción de Isabel García Adánez, tan glorificada y hecha a medida para los nuevos lectores, cuando a la mitad del libro me encuentro con un diálogo
de diez páginas entre el protagonista y Clawdia Chauchat, conversación
importantísima y que el lector lleva esperando desde varios capítulos atrás
totalmente en francés, sin ningún nota a pie de página con la
traducción. A pesar de que la traductora da por hecho que todos debemos de saber francés, he de fustigarme públicamente y reconocer que no es mi caso, por lo cual he tenido que conseguir la versión de Mario Verdaguer, que además de
tener todo ese diálogo traducido cuenta con una pequeña introducción sobre
Thomas Mann, y la transcripción de una charla que dio el propio autor sobre su
libro en la universidad de Princeton en 1939.
En resumidas cuentas, si os gusta leer empezad a prestar
atención también sobre quien es el traductor y las diversas ediciones del
libro, porque si ya en poesía es demoledor ver como los traductores son incapaces de dejar su ego a un lado, en las novelas, incluso clásicas, parece que
siguen junto a los editores con esa manía irredenta de marcar diferencias,
dejar su marca, aunque sea en detrimento del producto final y, por supuesto, de
los lectores.
Pues sí, una faena si no sabes francés.
ResponderEliminarEntonces me compraré la de Mario Verdaguer, que la he visto en una librería de viejo, en la colección de Bibliotex (El Mundo) en dos tomos. Las mejores traducciones son las que no "traspasan", como leí una vez en otro blog.
ResponderEliminarGracias por tu labor en esta estupenda entrada sobre traducciones de "La montaña mágica".
¿Alguien sabe si hay alguna traducción al español mejor (más fiel al original, siempre) que de las dos que se hablan aquí?
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