sábado, 26 de agosto de 2017

Apostilla sobre la traducción de “La Montaña Mágica” de Isabel García Adánez.

El libro de Thomas Mann “La montaña mágica” es muy recomendable, aunque sería justo también advertir que tienes que tener cierto bagaje cultural y entender qué intenta el autor con su obra para abarcar sus casi mil páginas sin desaliento. El propio autor la calificó de novela del tiempo, pero también se dedican muchas páginas a discutir sobre filosofía, la metafísica, el arte (muy especialmente la música), la política y los condicionantes sociales de la burguesía.

La primera traducción de la obra al español fue la realizada por el escritor Mario Verdaguer en 1934 para la editorial Apolo. Esta versión fue reeditada en muchas ocasiones y se difundió ampliamente por todos los países de lengua española. En 2005 se publicó una nueva traducción, a cargo de Isabel García Adánez, en la editorial Edhasa. Aunque reconoce la mayor facilidad de lectura de la nueva traducción para el lector moderno (al mismo tiempo que pormenoriza las omisiones en la traducción de Verdaguer), la germano hablante crítica literaria y profesora Claudia Kalász pone en duda si la tarea del traductor es traer el «autor al lenguaje del lector» y no el contrario.

Esto sucede también en muchos otros libros, en mayor o menor medida, como en la edición de Don Quijote de la Mancha de Andrés Trapiello, donde moderniza totalmente el lenguaje tomándose muchísimas licencias, o la edición española de los Ensayos de Michel de Montaigne, donde añaden párrafos y correcciones que no están ni siquiera en la última edición francesa. Supongo que siempre existirá el debate entre los puristas de la obra original y los que apoyan este tipo de atajos para atraer nuevos lectores. Por desgracia parece que hoy en día el único medio para ello es “suavizar” la obra, adaptarla a un lenguaje más asequible. Qué mejor retrato de la época actual que su servidumbre a la mediocridad.

Pero a lo que iba y me parece más importante: estaba yo tan feliz leyendo esa nueva traducción de Isabel García Adánez, tan glorificada y hecha a medida para los nuevos lectores, cuando a la mitad del libro me encuentro con un diálogo de diez páginas entre el protagonista y Clawdia Chauchat, conversación importantísima y que el lector lleva esperando desde varios capítulos atrás totalmente en francés, sin ningún nota a pie de página con la traducción. A pesar de que la traductora da por hecho que todos debemos de saber francés, he de fustigarme públicamente y reconocer que no es mi caso, por lo cual he tenido que conseguir la versión de Mario Verdaguer, que además de tener todo ese diálogo traducido cuenta con una pequeña introducción sobre Thomas Mann, y la transcripción de una charla que dio el propio autor sobre su libro en la universidad de Princeton en 1939.

En resumidas cuentas, si os gusta leer empezad a prestar atención también sobre quien es el traductor y las diversas ediciones del libro, porque si ya en poesía es demoledor ver como los traductores son incapaces de dejar su ego a un lado, en las novelas, incluso clásicas, parece que siguen junto a los editores con esa manía irredenta de marcar diferencias, dejar su marca, aunque sea en detrimento del producto final y, por supuesto, de los lectores.