martes, 8 de abril de 2014

El infierno es un lugar solitario.

El martes es mi único día libre de la semana. Soy un esclavo legal. Tengo que pagar facturas, comida y alquiler. Está todo consensuado. Voy al trabajo y siento la primavera de mi decrepitud. Soy una errata del tiempo. Una religión muda. No sólo es el trabajo: es la energía perdida en tareas estériles. La gente es extraña: se enfada por las cosas más triviales pero luego no reaccionan ante el adocenamiento, ante la destrucción de su tiempo y su vida. Calculad cuántas horas libres, de puro ocio y/o soledad, tenéis al día, sin obligaciones… ¿una hora, dos? Sois unos esclavos. Como yo. O quizás no. Un decadente carece de sentido del humor y transforma sus tragedias personales en estadísticas ridículas.

Tampoco tengo fe. Soy humanista. Miro al espejo para intentar contestar a las grandes preguntas. La gente que prefiere mirar al cielo e inscribirse en una secta para no tener que cuestionarse nada y así administrar sus miedos me produce rechazo. Dudo de su inteligencia, al igual que lo haría con un votante del PP. Qué soledad la de Dios cuando todos aspiremos a una ideológica que se base sólo en la reflexión y la ciencia.

Pero eso no importa demasiado. Vivimos atrapados en el capitalismo más atroz. El dinero es el nuevo dios. Consumir como vía de escape, como nueva vocación, como ambiciosa finalidad. Nuestra singularidad mental vendida al mejor postor. El neoliberalismo preñando una sociedad clasista e injusta. Sobrevivir. El legado deja de tener importancia. Somos números con cuentas bancarias. Código genético cada vez más deteriorado. No hay arte, no hay ideales. Sólo miedo a la soledad. Cioran, Unamuno, y en última instancia Bukowski, lo explicaron mejor que yo.

El problema con la bebida es que la euforia no dura demasiado. Soy un alcohólico disciplinado, pero a las dos horas las risas zigzaguean en mi interior como en un panel de cuchillas oxidadas. Debería de hablar de otras cosas más divertidas, las de siempre, ya sabéis: sexo duro, nostalgia, amores de color azul escarlata. O de felaciones. El recuerdo de su lengua besándome los cojones. La mayoría de las mujeres son engañadas por la palabra, por las lisonjas de una casta de poetas carroñeros cuyos ripios nacen de la tirantez de su entrepierna. Pero no hay nada malo en ello, habría que hacer de la necesidad virtud y pensar que la demostración de amor más palpable, honesta y real es nuestra virilidad enhiesta golpeando vuestras mejillas. Despertad: nuestra erección os embellece más allá de cualquier canon de belleza estacionario.

A veces creo que la única solución al existencialismo desolador es echar un buen polvo. Estamos demasiado reprimidos, ajenos a nuestro propio cuerpo, incluso el orgasmo parece una coreografía. Tenemos que dejarnos llevar. Desnudarnos de verdad. Transformarnos en putas. Romper las reglas. Encender la luz y huir de lo mundano. Tocar. Arañar la carne. Ser libres.

Aunque la falta de modestia no suele tener un público paciente he de decir que soy un buen amante. Ellas siempre vuelven. Hablan. Se desnudan. Después del orgasmo vuelve su escepticismo, las críticas a mi falta de ambición. Incluso esa tenue preocupación por mi futuro inmediato. Pero en cuanto a lo de antes… no hay demasiado misterio: mi lenguaje se folla tu feminismo. Te golpeo con un romanticismo que tiene forma de fusta y bofetada. Empujo con la lengua mi misoginia en lo más profundo de tu coño. Me masturbo con tu cuerpo y luego te acuno entre mis brazos.

Pero ahora estoy solo
No hay guerra ni ejército invasor
No hay ropa interior tirada sobre la cama
Sólo el silencio gris de una habitación
Que todavía huele a tu recuerdo
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