Todo se pierde, fenece. Y sé que es una perogrullada: somos mortales,
excesivamente frágiles. Pero todos mantenemos un halo de farsa inmortalidad que
solo se desvanece frente a la enfermedad, la decrepitud, la muerte cercana.
Mientras tanto sólo nos preocupamos del dinero, la casa, el coche, el trabajo,
la salida nocturna el fin de semana, las vacaciones a un lugar remoto del que
presumir o en el que desaparecer. Y también, claro está, las relaciones, o su
ausencia, una autentica cepa de obsesión y angustia
La familia está ahí –lo cual a veces es una desgracia-, pero, ¿la
hemos elegido nosotros? No. Por eso resulta tan importante encontrar a alguien
que te acepte, con el que compartir ciertas afinidades. Personas que terminan
convirtiéndose en tus amigos, en tu pareja. Pero la vida es un viaje en tren
con muchas paradas. Y es absurdo pensar que te van a acompañar siempre. Vamos
envejeciendo. Aprendemos. La vieja química del cerebro ya no nos sorprende como
antes, no nos pilla con la guardia baja: sabemos que no es duradero. Escuchas:
“eres la persona más importante para mí” y sabes que es el germen del fin. No
importa el lapso de tiempo transcurrido, siempre llegará la indiferencia, como
despiadada antítesis del amor.
Con los grandes amigos sucede igual pero de forma más sutil, sin
grandes estridencias. No es una gran bronca lo que provoca el distanciamiento,
es la falta de interés por mirarse a un espejo que sólo refleja un pasado
rancio en el que ya ni siquiera nos reconocemos.
Por eso todos intentamos transcender, luchar contra el desasosiego de
nuestra propia insignificancia. Todos necesitamos un ancla. Las relaciones
decepcionan, la fe no es algo que puedas elegir, acumular es un dislate capitalista que te deja vacío, ¿qué queda?
Muchas cosas. Crear tu propia familia por ejemplo, la forma más simple de
legado. O convertirte en un idealista, intentar cambiar el mundo, marcar una
diferencia. Aunque lo más complicado sea estar a la altura del espejo, de
nuestras convicciones en un mundo sin demasiada ética.
De todas las opciones que existen quizás sea el arte la más compleja
por su solipsismo inicial. Pero también es una de las más satisfactorias. No
importa el juicio de valor que el tiempo –padre de la verdad-, o los demás
hagan de tu obra. La inmortalidad es simple singularidad buscando
transcendencia. Lo esencial es emocionar, transmitir un paisaje emocional que
haga huir a los gusanos hambrientos del cerebro embrutecido. No importa la
afinidad, solo el delirio. Amo a Angélica Liddell.
Quiero olvidar la resignación que provoca el paso del tiempo y
envenenar mi cuerpo con el sexo sórdido de la otredad.
¡Moloch, ven a mí, deja mi cuello exangüe de vida! ¡Haz de mi cuerpo
un espectáculo de la exaltación del dolor!
Necesito ese Dolor para
sentirme viva.
Huesos hundiéndose como piedras. Camisa de fuerza de carne. Quiero escapar. Llegar más adentro. Marcas de
vida abriéndose al rojo oscuro. Cortar y ahogarme en mi interior.
Abro los ojos. Otro día
más. Vislumbro el sueño. Hugo otra vez. Pero hoy había algo… diferente. Me toco
las mejillas. No están húmedas. Es extraño. Suspiro. Intento alargar el momento
pero tengo responsabilidades. Ana. Voy a la ducha. Me visto. Tacones otra vez.
Nunca se sabe. Tengo la dirección de Mario. No creo que saque nada en claro de
esa visita, seguramente sea otro gañán al que Ana ha utilizado durante un
tiempo. La clave es Natalia, esa dominatrix que la acogió durante unas semanas,
ella es la pista más importante. Pero en cualquier caso no pierdo nada por ir
allí.
Llego al barrio de
extrarradio sobre las doce. Parece casi un gueto, está todo cerrado menos un
pequeño bar en la esquina que más bien parece una tapadera de algún asunto
turbio. Llamo varias veces al telefonillo. No hay respuesta. Aprovecho que un
vecino sale del portal para entrar. Llamo al a puerta. Nada. Bien, quizás sea
mejor así. Saco unas ganzúas y empiezo a manipular la cerradura. Estoy algo
oxidada desde que Miguel me dio aquellas clases, pero es una puerta antigua, no
me cuesta demasiado. Siento una ligera excitación, me cuesta reconocerlo pero
echaba de menos todo esto.
Entro y cierro la puerta
con cuidado. Pasillo. Salón. Vaya, parece una pequeña biblioteca: estanterías
cubriendo las paredes hasta el techo llenas de libros, películas, ¿cómics?
Vaya, alguien no ha superado su etapa de adolescente. Sillón, televisor lleno
de polvo, persianas bajadas. No hay cortinas. Curiosa la mezcla de dejadez y
utilitarismo, no hay objetos decorativos, ni fotos. Me acerco a la estantería
de cds de música. Soy curiosa, no puedo evitarlo. Buen gusto, ecléctico. Miles
Davis, clásica, rock, heavy, bastantes vinilos de música electrónica que solo
ha podido conseguir de importación…
De pronto escucho un ruido. Joder Alicia,
tendrías que haber comprobado primero todas las habitaciones. Vuelvo a la
entrada, la cocina está a mi izquierda, el pasillo avanza un par de metros y
luego gira a la derecha. Al final hay dos habitaciones, una debe de ser el
baño, es de la otra, cuya puerta está entreabierta, de donde procede el sonido.
Me acerco, el corazón se me acelera, hay alguien dentro. Abro del todo la
puerta, la habitación está en penumbra, Mario –le reconozco por las fotos- está
desnudo, atado con unas esposas a la
cama. Me sonrío: Ana volviendo a las andadas. De todas formas esto facilita las
cosas, es un buen escenario para una charla.
Mario: (Balbuceando
con los ojos cerrados) …tuvieron que mutilar el secreto de la nada…Peter
Punk en la playa desierta…contra el tiempo que corre la sonrisa del
coyote…apresando al dragón….
Alicia: Mierda, está totalmente ido. Parece drogado (le da un bofetón) ¡reacciona!
Mario: (Abre los ojos
de pronto) Ah, eres tú. Kirk me dijo que vendrías…
Alicia: ¿Cómo? ¿Quién es Kirk?
Mario: (Habla con voz pastosa) Kirk, mi gato,
está ahí, observándonos desde la mesa del ordenador (Alicia mira en esa dirección pero no hay nada, de hecho ella es alérgica
a los gatos, lo habría notado nada más entrar en la casa) ...la llave de
las esposas también está sobre la mesa. Ana. Ana la dejó ahí. Aunque quizás… (sonrisa inconexa) prefieres que siga
así…
Alicia: (Le da un buen repaso con la
mirada) Siento decirte que no eres mi tipo. Estoy acostumbrada a hombres mejor... dotados. Ahora vamos a lo importante: cuéntame
todo lo que ha sucedido con Ana. Luego hablaremos de Natalia... Ocultar pruebas es un delito, deberías de saberlo.
Mario: No deberías seguir con esa pose de chica
dura, me excita demasiado y ahora me sería imposible disimularlo… (Hace un gesto como si escuchara algo a lo lejos)
Kirk tiene un mensaje para ti de Hugo, dice que le encanta soñar contigo.
Que no estés triste, no fue culpa tuya, la… (Hace
un gesto de dolor, pierde el hilo, deja caer la cabeza de lado, inconsciente)
Alicia: ¡¿Qué…?! ¡Oye! (Le zarandea y le da otro bofetón) ¿De qué coño estabas
hablando, con qué te has drogado?
Mario: (Se despeja) Mierda, ¡¿puedes
dejar de pegarme?! El contexto es el adecuado pero deberías de ser tú quien
llevase las esposas, ¿puedes quitármelas por favor?
Le miro. Maldita sea. No debería. Quizás sea peligroso. Y además, lo
que ha dicho antes… Dudo. Pero siempre me fio de mi instinto. Cojo la llave y
le quito las esposas.
Mario: ¿Puedes acercarme los pantalones? (Se los pone. Cuando va a levantarse nota un
mareo y se deja caer de nuevo en la cama) Ana utilizo Rohypnol para
drogarme, es como la peor resaca de mi vida multiplicada por cien. Dios... (Me mira fijamente) Te agradezco la
ayuda pero, ¿quién eres, cómo has entrado en mi casa?
Alicia: Soy detective, he sido contratada por los
padres de Ana. La puerta estaba abierta… ¿conoces a Hugo?
Mario: ¿Hugo? No, no conozco a nadie con ese nombre.
Mira, estaré encantado de ayudarte en todo lo que pueda. Pero antes necesito despejarme,
¿puedes esperar unos minutos?
Alicia: Sí, claro…
Al rato se escucha el ruido de la ducha. Echo
un vistazo a la habitación, sí Ana ha estado aquí quizás haya dejado alguna
pista. En el suelo encuentro un portátil. Lo enciendo. Justo cuando estoy
accediendo al correo suena el móvil.
Alicia: Hola Miguel, dime.
Miguel: Natalia está conmigo, ¿dónde estás?
Alicia: Estoy en casa de Mario todavía…
Miguel: Perfecto, espéranos allí. Tengo novedades.
No te van a gustar. (Cuelga)
Javier abre la puerta unos
centímetros y me mira a través de la cadena: Alicia… (No puede evitarlo: baja la mirada y se fija en mis zapatos rojos.
Sonríe) Joder, ¿dónde te habías metido?
Alicia: Muriendo, ¿sabías que hay muchos tipos de muerte?
Javier: (Me mira a la
cara desconcertado) Sí, creo que has
estado muerta. Tienes los ojos más tristes.
Entro en su casa. Todo
sigue igual. Desorden. Ordenadores. Hay varios teléfonos sonando en la
habitación contigua. Las paredes llenas de mapas y anotaciones. Sonrío mientras
me quito el abrigo: no ha cambiado nada.
Javier me observa
obsesionado, excitado. Un puto fetichista fuera de control. Sobre todo entre
estas cuatro paredes. Me desnuda de forma violenta con la mirada y eso me excita.
Quizás por la tenue sensación de peligro, no lo sé.
Javier: (Suspicaz) ¿A qué has venido? ¿Qué coño quieres Alicia? Siempre
quieres algo…
Alicia: (Estamos
sentados juntos en un amplio sofá destartalado que preside el salón) Igual que tú. Todos queremos algo. Todo tiene un
precio. La información quizás sea lo más caro de conseguir (la falda se me ha subido un poco, el zapato se descuelga de mi pie y
zozobra. Su mirada queda imantada) Estoy buscando a alguien…
Javier: Eres una bruja. (Empieza
a acariciar mis pies, delineando la línea del talón con sus dedos) quizás
la próxima vez esto no sea suficiente, ¿has visto "From Dusk Till
Dawn" de Tarantino? La próxima vez quizás bebamos tequila juntos. Pero me
alegra volver a verte. Me excita este reencuentro. Humbert está contento.
Humbert necesita más detalles…
Unos minutos después salgo
descalza de su casa. Tras un par de llamadas me ha dado una pista fiable sobre
Ana. También me ha puesto al corriente sobre Peter. Y sobre el viaje a
Valencia. Me ha facilitado detalles que ni siquiera la policía conoce. Bien.
Todo resulta inquietante y coincido con su comentario final: ten cuidado con
ella.
Me agrada caminar descalza.
Antes, cuando pasaba las vacaciones en mi pueblo, me gustaba hacerlo por la
noche. Disfrutaba hollando las huellas de los gatos, sintiendo la arena, la
piedra, el cemento, el agua, no sé, como si de esa manera pudiera anclarme
sutilmente a una realidad que por aquel entonces me resultaba demasiado ajena.
Sin embargo en la ciudad es peligroso. La suciedad te engulle. Te hiere. Me subo
al coche y conduzco hasta el piso de Miguel.
Pensamientos peligrosos. Hace
unos meses recorrí este mismo camino volviendo de un concierto, la noche que
compartí con mi poeta. Que absurdo utilizar ese adjetivo posesivo. Existía un
paraíso de palabras al que fui invitada pero, ¿fue realmente mío? No lo creo.
Enseguida las medidas fallaron, era como Alicia en el libro, cada vez más
pequeña en ese jardín fastuoso que poco a poco dejaba de pertenecerme. Pero
durante esa noche fui feliz con él. Saboreé la felicidad, porque la felicidad
vivía en su boca, en su lengua acariciando mis pezones, en sus manos
recorriendo mi espalda mientras me hendía en su carne, mientras mi pelo se
alborotaba sobre su cuerpo. Podría haber andado toda la noche descalza con él y
nada me hubiera herido porque sobrevolaba por encima de todo. Eran alas de
perfecta felicidad, cosidas con esperanza, con placer, con palabras, con
libertad, como si mi vida se hubiera conducido entre penumbras para llegar a
este momento y poder saborearlo, alzándome por encima del vértigo.
Y eso fue todo. Nada más. Ahora
soy como la escultura del Ángel Caído del Retiro, mirando de forma obsesiva
hacía el cielo. ¿Realmente existió ese cielo? No. Sombras chinescas donde el
foco de luz fue el ideal de la distancia. Del tiempo limitado. De un concierto.
De una caricia en el cuello. Lo sé. Pero no he vuelto a sentir nada parecido.
Nada. Y si me quito también eso, ¿qué me queda? ¿Una vida sin pasión, sin una
sola poesía dedicada? Dios, me ahogo solo de pensarlo. Tengo treinta y siete
años. Ya he pasado la adolescencia. Ya me he desangrado en la responsabilidad
adulta. No quiero mirar atrás y ver sólo el cadáver de Momo desdibujándose a lo
lejos.
Aparco el coche. Subo los
tres pisos. Miguel hace una mueca al verme entrar.
Miguel: ¿Sabes que vas descalza?
Alicia: (Sarcástica) Gracias por decírmelo, lo había olvidado.
Miguel: (En su mirada
hay reproche e impaciencia) ¿Has conseguido
que te cuente algo?
Alicia: ¿No lo consigo siempre?
Miguel: (Su tono es
seco) Date una ducha mientras preparo
algo de cena. Seguro que estás cansada.
Alicia: Por favor Miguel, ya sabes que es como un juego, nada
peligroso. No me juzgues.
Miguel: No me gusta Javier. Algún día llegará más lejos
contigo y entonces… (Deja de hablar y
sigue troceando pimientos)
Suspiro. No quiero
discutir ahora. No con él. Me doy una ducha. Agua caliente, casi al extremo. Quiero
sentir algo en mi piel. Me acaricio ligeramente, ¿cuánto hace que no…? Cabeceo.
Da igual. No importa. Salgo al salón. Solo llevo una camiseta y las bragas.
Como siempre. Me tumbo en el sillón y enciendo un cigarrillo. Me gusta observarle
mientras cocina. Siempre que lo hace parece feliz. Canta una canción que no
conozco con un tono casi inaudible.
Miguel: (Se gira y su
rostro se agita) Joder Alicia,
vístete, me dice sin apartar la mirada.
Alicia: Como si nunca me hubieses visto en bragas…
Miguel: (Se acerca,
noto su respiración acelerada, ansiosa) Hay
cosas a las que nunca puedes llegar a acostumbrarte. Y verte así es una de
ellas.
Me siento incomoda.
Extraña. Me visto y bajo a la calle a comprar una botella de vino. Necesito
respirar. Me acomodo en un banco para pensar, centrarme. Nunca había visto a
Miguel de esa forma. Cuando llegué descalza del vertedero estaba en shock.
Miguel me desvistió, me metió en la ducha y me frotó con una esponja hasta que
el olor a muerte desapareció. Me vistió, me tumbó en la cama y me abrazó hasta
que dejé de temblar. Me cuidó, como lo ha hecho siempre. Mi hermano, así lo
veía, como si fuese mi hermano. Pero ahora me doy cuenta que para él ha sido
diferente. Joder Alicia, siempre estropeando todo, siempre haciendo daño.
Quiero evadirme. Miro el
correo en el móvil. Nada. Ningún mensaje. Normal. Estoy acostumbrada a no
recibir respuestas.
A mi lado se ha sentado un
chico. Mueve las manos de forma extraña, le observo de reojo. Con la mano
derecha se frota la ceja derecha, luego se toca la nariz, después la radio que
tiene sobre las piernas, luego el pecho. Sube la mano izquierda, pecho, ceja,
pecho tres veces, y vuelve a empezar. Cualquiera que lo viese pensaría que son
movimientos aleatorios. Yo sé que sigue un patrón. El TOC te acaba invalidando
si no consigues controlarlo. Ese chico no puede hacer nada, porque cualquier
cosa, un trabajo, una conversación, una relación, implica salirse del patrón,
tendría que volver a empezar pero esta vez con retraso. A veces es mucho más
leve, pero aun así condiciona tu vida. Veintidós golpecitos de cuchara a la
taza de café, los zapatos en la posición correcta. Pisar una hoja seca y buscar
con cierta desesperación otra para que sean pares. Siempre pares. Puede que
consigas fingir normalidad, pero tu mente sigue buscando la hoja, contando los
putos golpecitos, colocando los zapatos para poder dormir, descansar. Vivir.
Suspiro. Últimamente lo
hago mucho. Me levanto. Lo dejo atrás. Cuando vuelvo Miguel ya ha terminado de
preparar la cena. Hay una cierta tensión, evita mirarme.
Miguel: (Rompe el
silencio) Venga, siéntate y come.
Estás demasiado delgada.
Alicia: (Con alivio) Joder Miguel, pareces mi madre.
Madrid no es sutil, es una mole achaparrada, una fábrica hacinada y ruidosa, frustrante en sus distancias. Es
una ciudad gris y chabacana, sólo tiene entidad en el atasco eterno, en el
estado policial, en la indiferencia política. De noche cambia, se transforma en
capital: la gente sale, se divierte, no importa que día sea de la semana. Gran
Vía es una pasarela internacional, una Torre de Babel que la redime
efímeramente. Pero que importa la ciudad si sólo somos cacahuetes en un zoo.
El concierto no era especialmente bueno
pero el cantante –que debía de estar tomando las mismas drogas que yo-,
arrastraba con su pasión, disparando a bocajarro contra la sempiterna desidia
emocional del público. Casi me hacía olvidar que hoy cumplía treinta y cuatro y
estaba solo. Casi. Ciertos cáusticos pensamientos empezaron a precipitarme
hacía una insondable depresión. Entonces la vi: hermosa criatura, pelo azabache,
ojos verdes, moviéndose como si danzará en el mismo infierno. Y una obsesión
eclipsó a la otra. Sólo tenía ganas de tocarla, de follarla ahí mismo.
Me
acerqué, la estreché, y ella ajena siguió su ritmo, como si viviera una guerra
interna, fluyendo a través de las guitarras, recortada en una realidad de presente puro
que se deshacía como flecos quemados de neurosis. Y hubo un momento en que la
música nos rodeó con su abrazo cálido, sinestésico, como la danza atávica de un
mar que se ahoga en su propia espuma y luego resurge invencible. Y nos besamos.
Derrotados. Calientes. Indomables. Hermosos.
Todo terminó demasiado pronto, la
sinergia se evaporó. Nos miramos como extranjeros. Pero ninguno quiso huir. Y
así empezó todo. No era amor, solo dos almas tropezando en la oscuridad.
Ha pasado una semana desde que conocí a
Erika. Por desgracia estas cosas suelen durar poco. La observo, y es como si se
deshilachara ante mis ojos, como el humo ensortijado de su cigarrillo. Sigue
mirando al vacío, con ese rictus de perplejidad y lejanía que tan bien conozco.
Soy obtuso, incapaz de desvelar el misterio, como alterna la promiscuidad vital
con el sonambulismo. La penetro, pero soy incapaz de follarme su mente. Y se me
acaba el tiempo.
Sigo trasegando la botella, me noto
entumecido. Intento fijar mi atención en la única nota de color de la
habitación –aparte de sus labios frambuesa-, un foulard azul enroscado en el
cabecero. No soporto el silencio. Me levanto y empiezo a gesticular delante del
espejo.
Ignacio: Sherlock, ya sabes que te admiro, eres la persona más
inteligente que conozco, ¿qué piensas de todo esto?
Sherlock: (voz
impostada) El truco es una solución
al 7% de cocaína. En cuanto a las mujeres, la misoginia es la actitud más
lógica ante su errático comportamiento. Pero claro, esa era mi opinión antes de
conocer a Irene Adler… Intenta dentro de lo posible mantenerte alejado de ellas.
Ignacio: Creo que es demasiado tarde para ello…
Erika: ¿Puedes dejar de hablar solo? Me pone nerviosa…
Ignacio: Ah, querida, tienes la molesta costumbre de
interrumpirme cuando voy a llegar a alguna conclusión interesante. Ayer estuve
a punto de convencer a Hemingway de que alejase la escopeta de su cabeza. Empezaba
a reconocer que “El viejo y el mar” era una su obra más sobrevalorada y que
tenía que compensarnos a todos por ello.
Erika: Tu mente esta muy dañada, sin embargo aún no he
encontrado ninguna excusa en tu biografía.
Ignacio pone la radio
-suena algo de música clásica- tira la sabana al suelo y mira el cuerpo de
Erika con una sonrisa.
Ignacio: Me encantan tus quemaduras, aun no me has dicho cómo
ocurrió el accidente; algo extraño seguro, solo tienes quemado el torso y parte
del cuello, ni extremidades ni cara. Son como una región de tatuajes volcánicos
de extrema belleza (hace el gesto de
acariciarla)
Erika: (Recoge la
sabana y se vuelve a tapar) Estás
loco. Por la forma en la que hablas da la impresión de que sólo te gusto por
mis cicatrices.
Ignacio: Eres demasiado insegura. Estamos en un mercado de
carne, solo tienes que revolotear de madrugada en cualquier local y tendrás
barra libre para tu coño. Sin embargo yo te quiero, quiero cada singularidad de
tu cuerpo. Eso es más difícil de encontrar.
Erika: Sí, una lastima que sólo hables con gente muerta y que
tu mayor aspiración sea seguir en esa mierda de empleo nocturno.
Ignacio: (suspiro) No nos enfademos, no estropeemos una relación perfecta
de una semana. Cuando al día siguiente del concierto me hablaste de Mario, como
convenciste a tu familia para que le dijeran que te habías suicidado, no sé, me
pareció una idea divertida aprovechar los días que te quedabas en Madrid para
atormentarle. Habían pasado más de diez años, se iba a volver loco al recibir
tu mail. Y fue genial observar como reaccionaba en la estación de autobuses.
Pero Peter era alguien jodido. Tú viste como parte del juego coincidir con él
al dejar ese libro en el portal de Mario. Un aliado en tu revancha. Incluso le
ayudaste a llevarse a Ana. Pero para él no era un juego, ese tío era peligroso,
¿te fijaste cómo hablaba de Ana? Ahora está muerto. La policía investiga. Adiós
a vuestro cónclave de ex resentidos. Pero, ¿por qué no disfrutar del único día
que te queda de vacaciones? Mañana volverás a Barcelona...
Erika: No se trata del juego, como tú lo llamas. Aunque sí,
tienes razón: la diversión se ha acabado. En cuanto a nosotros… hay ciertas
afinidades que nacen del hueco del dolor y el silencio. Lo siento, no soy buena
para las relaciones normales. Prefiero dejarlo aquí. Como diría Whitman: “¡Oh Capitán! ¡Mi capitán! Nuestro espantoso
viaje ha concluido…”
Ignacio: El barco se hunde y solo tú podías salvarme. Adelante, busca tu felicidad a pesar
de mí.
Erika se viste con su
conjunto de lencería rojo mortalmente atractivo. La angustia sobrevuela la
habitación, no importa si han sido siete días o tres años, algo transcendental
ha acontecido, cada pequeño detalle suyo se ha convertido en fetiche, en un altar
en mi memoria. Quiero reaccionar, no quiero forcejear más tarde con L'esprit de l'escalier, o con la ruda
nostalgia de lo que nunca ha llegado a suceder.
Ignacio: Ya’aburnee es una palabra árabe que significa “tú me entierras”, y alude al deseo de morirse
antes que la otra persona para no tener que sobrellevar su dolorosa ausencia.
Eso es lo que me despiertas. No me dejes solo. Te necesito. Permítenos ser algo
más que un momento de ternura, que dos mentes farfullando sobre un orgasmo
pretérito.
Erika: “Yo soy un
sueño, un imposible/vano fantasma de niebla y luz/soy incorpórea, soy
intangible: no puedo amarte.” ¿Eres
acaso ese poeta masoquista que siempre contesta: “¡Oh, ven; ven tú!”?
Ignacio: La música no es inocente. Una sabana levanta la mano y
baila en la noche. Dame una oportunidad. Déjame hablarte de la muñeca de Kafka.
Gritemos juntos. Siempre en movimiento. Todo o nada. Ahora o nunca. Sin
tibiezas. Quiero ser un cristal roto que brilla sólo por ti. Quiero ser tu órbita cementerio. Déjame ser tu orgasmo eviterno, tu aullido vertical. Déjame ahogarme
en tu oleaje, ser el artista de tu pecado.
El miedo queda embriagado y se esfuma. Y aparece la
sumisión, el placer, las marcas de cuerdas en las muñecas, los mordiscos a ras
de hueso, pasión enfebrecida eclosionando límites y jurando amor eterno mientras laceran
la carne con sus cuchillos de saliva. Y el amor, durante un momento efiterno,
triunfa.
Con la resaca y todo el
asunto de la policía no recordé un detalle importante: Ana había estado en mi
habitación sola varías horas, quizás hubiera accedido a internet. Tengo un
programa en mi ordenador que graba todas las pulsaciones del teclado en un archivo
de texto. El motivo no viene al caso, pero como os podéis imaginar tiene
relación con una mujer. ¿Y sí…? Encendí el ordenador y lo comprobé.
Efectivamente, se había conectado solo unos minutos para revisar su correo y
tenía su contraseña. Entré en su cuenta. Solo había un mensaje enviado hace
apenas dos horas: había quedado esta noche con un impresentable de un blog. Era
mi oportunidad. Tenía el tiempo justo para llegar a Sol.
Cuando bajo del taxi el
tal Carlos ya está luciendo su mejor sonrisa e iniciando la aproximación. Puto
gañan. Ana está a su lado. Y además hablando con normalidad.
Ana: ¿No te da la impresión de que la gente da su opinión
indiscriminadamente, cómo si creyera que su cerebro está a la altura del
silencio?
Mario: Sí, es como si regalasen papel higiénico usado en cada
esquina. Joder, me alegra encontrarte tan locuaz. Tenemos una conversación
pendiente.
Andrés: Oye ¿tú quién cojones eres...?
Mario: Vamos a ahorrarnos la escena de macho alfa violento,
¿de acuerdo Carlos? Ana se viene conmigo, sino la siguiente opción será llamar
a la policía y estoy seguro que ella no quiere eso, ¿verdad?
Ana: No… Además, tú no eres Carlos. Dile al capullo de tu
amigo que es un cobarde y que acaba de perder la oportunidad de echar un buen
polvo. Larguémonos de aquí. (Se da la
vuelta y empieza a caminar)
Mario: (Vaya, la gatita
tiene uñas. Le miro, me encojo de hombros y salgo detrás de ella) Interesante… ¿tienes hambre? Podemos ir a la Plaza
Mayor y cenar algo mientras hablamos.
Ana: Prefiero ir a tu casa. Podríamos comprar una botella
de vino y celebrar este reencuentro.
La miro con cierto
desasosiego: no tiene nada que ver con la mujer que estuvo conmigo en la playa.
En cualquier caso me parece una buena idea. Compramos la botella, algo de
comida y cogemos otro taxi.
Cuando llegamos me dice
que quiere encargarse de preparar la cena. No quiero discutir, ya lo haremos
después. Me doy una ducha. Cuando salgo ya está todo preparado. Aparte de
diversos canapés ha puesto unas velas. Casi parece una cita. Pongo algo de
música. El socorrido Miles Davis. Después de la cuarta copa de vino decido que es
el momento adecuado para dejar las banalidades y empezar a hablar.
Mario: Hay algo que me tiene intrigado, ¿por qué me mandaste
ese mensaje de texto desde el teléfono de Peter?
Ana: Quedé con él, no sé, algo fue mal, no lo recuerdo
bien. Después pensé en ti. Quería probarte. Ver como reaccionabas. Sin embargo
no hiciste nada. Fue algo… decepcionante.
Mario: "Con
este temperamento ¿qué podré hacer en la vida? ¿Haré algo más que charlar,
pasar, vagar, deliberar, huir? Me pasa lo mismo que a aquel hojalatero de
Palafrugell que un día me decía: - ¿Sabe lo que hago cuando no me tengo de
trabajo, cuando me acosan por todos los lados?...”
Ana: “Pues ahora
se lo diré: me voy a dormir..."
Si, Josep Pla. Entiendo… Hace un par de años también tuve un diario. Pero nada
que ver con eso. De hecho había imprimido una de las entradas favoritas de Carlos.
(Saca un papel del bolsillo interior de
su pantalón) Léelo a ver que te parece.
08:00
Despertador. 08:01 Quedan treinta y seis años, cuatro días y tres minutos para
el Fin.
Mario: Es muy bueno (se
lo devuelvo) Pero vamos a lo importante: la policía te está buscando. Tus
padres también. Han asesinado a Peter.
Ana: (Abre los
ojos desmesuradamente) ¿Peter…muerto?
¡No…!
Mario: No finjas conmigo. Hiciste lo correcto. Era un
psicópata. La policía le ha estado investigando: no eras su primera victima,
llevaba abusando de mujeres desde hacía muchos años. No se conformaba con
destrozarlas, luego seguía chantajeándolas con los vídeos que había grabado de
ellas, pidiéndolas dinero. Era un animal rabioso.
Ana: No… no sé de qué hablas. Peter siempre fue amable
conmigo (empieza a llorar)
Mario: ¡¿Pero que dices?! (Modero
el tono) Te violó Ana. La única forma que tienes de superarlo es aceptar lo
que pasó. Te ha dado palizas. Era un monstruo
Ana: ¡No, no, NO! (voz
infantil) ¡Fue Erika, ella me
obliga a dormir, ella hace todo lo
malo! (gimotea como una niña, escondiendo
la cabeza entre las manos)
Mario: (Anonadado
por la reacción) Joder, ¿realmente no
recuerdas nada?
Ana: (Levanta el
rostro: se está riendo) ¡Ja, ja, ja! Eres
TAN ingenuo. Me gustas. No, no tengo doble personalidad. He tenido mi cuota de vivencias
jodidas. Peter fue una de ellas. Me alegra que esté muerto. ¡Un brindis por
ello!
Mario: Eres irritante. (Escancio
mi copa de vino en una muerte vertical. Ella gentilmente me sirve más) Jodidamente
irritante. No importa. Esto ya ha acabado. Llamaremos a tus padres y volverás a
Valencia… Erika (la mira con cierta
sospecha)
Ana: Llámame como quieras. Pero aun no podemos avisar a mi
familia, ni a la policía tampoco. Hay otra persona mucho más peligrosa que Peter.
Y nos anda buscando a los dos.
Mario: ¿Más mentiras? (De
pronto siento un mareo)
Ana: Sí cariño. Más, muchas más...
Mario: Me siento mal, parece que la bebida… (Caigo de la silla, el suelo me abraza como
una lápida. No puedo moverme)
Ana: La bebida. Y un poco de Rohypnol, ya sabes, esa droga
que se utiliza para violar a las chicas en las fiestas.
Mario: Ana, no…
Ana: Oh, que encantador eres. Realmente tenía muchas ganas
de tener otra cita contigo, ¿o qué creías, qué revisar mi correo desde tu
ordenador y luego quedar con ese pusilánime fue una casualidad? Pero ahora -me
toca ligeramente la cara-, ahora no sé, realmente me has puesto muy cachonda. Que
lástima que no vayas a recordar nada… mírate, totalmente ido ya. Pero la tentación
sobrevuela sobre nosotros y no hay que despreciarla, ¿no crees…? Fin Capítulo 17.
Flâneur. Camino cámara en
mano buscando tesoros, pequeñas cosas que nadie ve, cerraduras, arte urbano,
cualquier detalle que me haga sentir. Un mendigo me observa mientras hago una
foto a una puerta vieja. Está sentado en un portal de un callejón inmundo que
huele a pobreza y orín. “¿No quieres
hacerme una foto a mí?”, me pregunta con una cara inquietante. Le sonrío. Alzo
la cámara, busco el encuadre, hago varias instantáneas. Él parece sorprendido
de mi reacción. Le entiendo, suele provoca miedo, repulsión, o peor aún: nada,
como si hubiera dejado ya de existir y él fuera el único que no se ha dado
cuenta de ello. A pesar de la suciedad, la decrepitud, tiene unos ojos azules
preciosos. De pronto se echa a reír y ese momento perfecto que he estado persiguiendo
de forma inconsciente queda grabado en mi cámara.
Vuelvo a casa de Miguel.
Una ducha me devuelve a la realidad. No puedo perder más tiempo, ya he
conseguido centrarme. Estoy preparada. Me visto despacio, sin prisas, prestando
atención a los detalles. Saco los tacones rojos de aguja que he comprado esta
mañana.
Miguel: Joder Alicia, esos son nuevos.
Alicia: Claro, la ocasión lo merece, ¿todavía recuerdas todos
mis zapatos?
Miguel: Tengo buena memoria para lo importante. ¿Eres
consciente de cómo se mueve tu culo sobre esos tacones?
Alicia: (Sonrío) Eso quiero. Esa es la idea. Hablaremos más tarde.
Salgo a la calle y cojo un
taxi. Me siento nerviosa, como si fuera la primera vez que voy a casa de
Javier. Si necesitas información, encontrar a alguien en Madrid, él es la
persona a la que preguntar. Si sabes preguntar. Por suerte Javier, ese hombre
centrado, serio, responsable, siempre tan hosco y cruel, se convierte en
alguien pequeño y vulnerable si me ve con unos tacones. Y no, no es por mí, es el
atrezzo. Si caminase descalza o con unas zapatillas apenas me prestaría
atención, se desharía de mí con un gesto displicente. Pero llevo tacones. Y
Javier deja de pensar, de ser él. O quizás es el único momento en que baja la
guardia y se muestra tal y como es. A mí me sucede cuando huelo un perfume en
particular, o cuando veo unos codos iguales a aquellos que nunca fueron míos.
Mi cerebro se toma un descanso y surge la Alicia animal, visceral. Los sentidos
a veces juegan malas pasadas.
Llego a su portal, la
puerta nunca está cerrada. No es necesario cuando eres alguien como Javier.
Subo las escaleras. Cuando llego frente a su puerta toco con los nudillos. Un
golpe fuerte, dos muy rápidos. “¿Alicia?”,se escucha a través de la puerta.
De repente recuerdo por
qué dejé esto. La puta tristeza. Hugo me sonríe de nuevo desde mi memoria.
Llegué demasiado tarde. Le encontré demasiado tarde. A veces es difícil asumir
las derrotas, saberte humana. El fracaso es como tener esquirlas en la boca
clavándose cada vez que intentas musitar una explicación que ni a ti te suena
convincente.
A veces no les encuentras,
me dijo un amigo. A veces simplemente no hay forma de rescatarles. Y tenía
razón. Esas cosas pasan, me repetía. Pero Hugo era distinto. A Hugo lo conocía.
A Hugo lo quería. Como a Ana, dice alguien en mi cabeza. Ana… ha pasado tanto
tiempo desde que vivimos todo aquello juntas…
Con Hugo fue todo más
sencillo. Recuerdo aquella vez que me pidió que le hiciese un lazo para atrapar
una vaca invisible. Solía jugar en mi patio, yo era un poco mayor que él pero
creía que nos separaba una vida. Le hice un lazo con un nudo de horca. “¿Cómo sabes hacer ese nudo?”, me
preguntó inquisitivo. “Es parecido al que
uso para hacer los nudos corredizos de los collares”. Era cierto. Lo que no
le conté es que sabía hacer aquel nudo desde mucho antes de empezar a hacer
collares. Es curioso, en cada lugar la gente tiende a suicidarse de una forma
distinta. Donde vivo ahora la gente prefiere tirarse a los railes del tren, lo
cual resulta extraño porque solo pasan cercanías. Demasiado riesgo de
sobrevivir mutilado. Pero a pesar de ello, con cierta frecuencia, se ven trenes
parados en lugares inusuales. Y todos intuimos que alguien ha acabado con sus
miserias, paralizando momentáneamente la vida de los viajeros. Me sorprende esa
última búsqueda de notoriedad. Supongo que es cuestión de carácter. En el sitio
de donde soy también hay vías de tren. Pasan regionales, Grandes Líneas, menor
probabilidad de supervivencia. Pero la gente se ahorca. Es algo mucho más
íntimo, menos exhibicionista. Cuestión de carácter, sí.
Pero un nudo es un nudo,
nada más. No tiene culpa del uso que alguien haga de él.
Hugo creció. Y un día se
acercó. Yo estaba haciendo nudos de horca para collares, cuero y una concha,
sólo eso. Puso su mano sobre la mía. “Quiero
sentir cómo tiembla tu mano al hacer ese nudo” y mientras decía eso su otra
mano se deslizó entre mis muslos. Temblé, sí. Y fui feliz. Pero tengo un don:
estropeo todo lo que toco. Así que hui de él en cuanto noté que nos
implicábamos demasiado. Le dejé el mismo día que me dijo que me quería. “Es una puta locura”, le dije. Y
desaparecí.
Pasaron los años. Un día
me llamó su madre. Hugo había desaparecido y alguien le había dicho que yo
buscaba a gente. Encontré su pista, le seguí hasta Madrid. Le encontré. Me
acerqué a él en aquel maldito bar. Parecía perdido. “¿Alicia? Aún no he
conseguido entender por qué me dejaste”, me dijo. “Ven conmigo, te he estado
buscando”, contesté. “Es demasiado tarde Alicia, ya es demasiado tarde…” Su
cara se transformó en gesto de pánico al ver a alguien acercarse. Noté un golpe
seco. Lo siguiente que recuerdo es aquel vertedero, aquel dibujo lleno de
color, allí, en el muro, entre la basura. Imagina… Y quise imaginar que la mano
fría y rígida que apretaba sobre la mía no era aquella que una vez se deslizó
entre mis muslos.
Casa de Carlos. Están los
dos tumbados encima de la cama fumando hachís. Cervezas desperdigadas por el
suelo. Papeles. Suena música clásica desde los altavoces del ordenador. Hay una
bolsa de frutos secos y un cenicero sobre la cama. Vasos de vino respectivos en
el lateral de la cama. Llevan un par de horas hablando con las persianas
bajadas.
Andrés: Uno se pone a escribir en los bordes del
lenguaje, donde empieza a farfullar el subconsciente, intentando traducir la
vehemente intensidad de la vida. Pero para ello hay que empezar a vivir. Vivir a
través de una botella. De un amor. De una pasión. De una ambición. No puedes
escribir nada hasta que no salgas ahí afuera (hace un gesto con la mano señalando la ventana) No puedes
encontrar el corazón de las cosas solo con el teclado. Tienes que sufrir alguna
cicatriz. Piensa en Kerouac, Bukowski, Hemingway…
Carlos: (suspira) Frases
prestadas. Decía Rilke: "Temo que al expulsar a mis demonios también me
abandonen mis ángeles"
Andrés: Rilke tenía talento, fue a Paris, se casó. Tú
estás aquí, atrapado por todas esas relaciones a distancia. Joder: eso es una
mierda. Sal a la calle e intenta conocer a una mujer real.
Carlos: (se toca las
gafas, sigue fumando) Conozco mujeres reales, de hecho las CONOZCO
realmente. Hablo con ellas a través de mail, por teléfono. Ellas escriben, me
leen, nos hacemos confidencias…
Andrés: (interrumpe) ¡Idioteces! La
única forma real de conocer a una mujer es follándotela. Pero tú siempre estás
perdiendo el tiempo con mujeres que viven fuera de Madrid. Parece que te conformas
con una superficial adoración. Inseguridades. Esa es la base de internet. Por eso
es el último reducto de romanticismo. Muestras tu mejor imagen en pequeñas
dosis. El amor sin sexo. Hasta que al final uno de los dos viaja y la realidad
se desentumece: a él le huele el aliento, ella tiene los pechos caídos y
después de dos horas se muestra aburrida. O jodidamente normal, como todas las
mujeres que te rodean por la calle. Deberías de poner un puto límite de tres
semanas para esas relaciones: si después de ese tiempo no has conseguido verla,
dejadlo estar. No hay interés. No pierdas más el tiempo.
Carlos: Pues precisamente de eso quería hablarte. Leía
desde hace más de un año el blog de una chica de Valencia. Hace unos ocho meses
dejó de actualizarlo. Me preocupé y le envié un par de mails pero no contestó. Hasta
ahora. Mira, lo he imprimido. Léelo.
Estoy loca. Lo entiendo, lo sé. Una loca consciente
de su locura. Por eso soy interesante. Por eso puedo abrir mi corazón y mi coño,
doblar la carne, el cuero, convertir mi boca abierta en una herida. Y después los
lirios blancos de pasión cubren mi cara. Las palabras se quedan atragantadas en
el techo y se hace por fin el silencio.
Tenía diecisiete años cuando la conocí. Nunca había sido
penetrada por nadie, era un punto de suspensión en la nada. Ella me abrió con
embestidas rítmicas, rígidas, con los dedos algo curvados y haciendo fuerza
hacía el pubis mientras su lengua amorataba mi clítoris. El sexo no tenía punto
medio: era tierno o brutal. Pero siempre con esa intensa conexión entre
nosotras. Recuerdo aquella vez que me esposó a la cama. Fue una dulce tortura.
Roce sutil de sus labios, pequeños besos recorriéndome entera mientras me
acariciaba con la yema de los dedos, dibujos de saliva sobre mi piel. Y luego
vino a morir a mi cuello, besándolo, mordiéndolo, apretando su cuerpo contra el
mío. Mis pechos eran dos caramelos calientes que se derretían en su boca.
Arañazos en mi espalda. Supliqué. No podía tocarla. Bajó lentamente hasta mi
coño y empezó a separarme los labios con la punta de su lengua. No pude
aguantar mucho y me desbordé en su boca.
Con ella descubrí el placer de que te besen los pies
mientras el orgasmo más bestial te deja temblando y con la cara contraída. Siempre
con música de fondo. Fue una época dulce, tormentosa. Fue la única persona cuyo
recuerdo todavía hierve en mi piel. El sexo es perfecto cuando te sientes
realmente libre, cuando se deja de pensar -incluso de sentir- y se empieza a
ser, a ser junto a otra persona.
Pero me gustan más los hombres. Estoy segura de
ello, aunque haya tenido muy malas experiencias. Después de ella vino Héctor. Y
Carlos. E Ignacio. Ah, pobre Ignacio: le rompí el corazón. Le dije que estaba
enamorada de él, que solo tenía una cosa clara en la vida y era que sólo él podía
hacerme feliz. Le dije tantas cosas... Por eso me gusta el silencio, el
silencio no rompe promesas, el silencio no provoca dolor. Pero le avisé, le
dije que tenía un lado oscuro, que era fea por dentro y por fuera. Que le haría
sufrir. Tenía aún muchas cosas por superar, debería de dejarme sola. Pero no me
hizo ningún caso. Era un Ícaro. Corrió la misma suerte. Pero, ¿qué podía hacer
yo? ¿Buscar la felicidad? No, no quería la felicidad, ahora lo sé, quería
sufrir. Además, ¿por qué se había fijado en mí? Soy basura, una gusanera. La respuesta
es que sólo buscaba un coño, un reto. Quería conquistarme. Claro, ¿por qué no?
Pero no lo hizo. Y le hice sufrir. La vida sigue, estará mejor sin mí. Estoy
segura.
Pero todo eso forma parte del pasado. Ahora por fin
te he encontrado. Y te aviso también. Pero sé que tú serás diferente. Sé que arderás
conmigo.
Estoy en Madrid, ¿quedamos?
Ana.
Andrés: Joder. Te aconsejo que no vayas. Es una zorra
desequilibrada, la peor combinación posible. Además, tú sueles engancharte de
este tipo de mujeres. Te va a despedazar. El amor, mi querido romántico, no
cura a quien no quiere ser salvada. Ella sólo es una victima que busca compañía.
No hay lealtad en el viento. No seas como mi vecino esquizoide, ayer por la
noche estuvo gritando durante horas: ¿Quién es movistar y por qué sabe mi saldo?
Carlos: Lo sé.
Pero no puedo evitarlo. Además tengo escrúpulos, me está pidiendo ayuda, de una
forma retorcida, pero lo está haciendo.
Andrés: (da otra calada y se queda un rato pensando) Mira, tengo una idea, ni siquiera sabe cómo eres en
persona, ¿no? Puedo ir yo en tu lugar. Si necesita ayuda no dudaré en llevarla
a un hospital, incluso traerla aquí si es necesario. Pero si es una chiflada
simplemente la dejaré tirada. Así tú tienes la conciencia tranquila y yo no me
tengo que preocupar por recoger los restos de tu naufragio emocional los
siguientes cinco meses.
Carlos: (alarga la mano y da buena cuenta de su vaso de vino) Es una estupidez. Pero podemos probar. Se acerca al
ordenador y envía un mail.
Siguen hablando durante
media hora. Al rato suena un pitido: nuevo correo electrónico.
Carlos: (algo
contrariado)Al parecer ya tienes plan: “Esta
noche a las diez delante de la estatua del oso y el madroño. Lleva en la mano algún
poemario de Panero. Así podré reconocerte. Sino te veo en quince minutos me
largaré. Beso.” Andrés: (con una sonrisa) ¿tienes ese puto libro no? Pues adelante. Esta noche promete ser
interesante…
Cuando llego a comisaria están también ahí los padres. Son una familia
pudiente de Valencia. Según parece Ana lleva más de ocho meses desaparecida.
Fue en Valencia cuando alguien la reconoció en la playa, apuntó mi matricula y
avisó a la policía. Me llevan a una sala y empiezan a interrogarme.
Observo a
los padres, perplejos, cansados, como si hubieran envejecido una década de
golpe. Carla, la madre, me mira inquisitiva.
Realmente no puedo contarles demasiado. Me siento culpable pero quiero
proteger a Natalia. Les digo que la conocí hace un par de días cuando salía de
una discoteca, fue en la calle donde empezamos a hablar y luego fuimos
directamente a mi casa. Solo hablamos de banalidades, no me dijo ni donde
vivía, a que se dedicaba, nada de su vida actual. Lo de ir a Valencia fue idea
suya y quería complacerla. El domingo desapareció mientras dormía. Les enseño
el mensaje que recibí de Peter. Uno de los policías coge el móvil y empieza a
manipularlo. Hace una llamada. Le salta el contestador.
Mario: Yo también he intentado contactar varías
veces pero siempre está apagado, ¿sabéis quién es ese Peter?
Policía: Hemos averiguado hace poco que Ana estuvo
viviendo siete meses con él en Londres. Al parecer contactó con ella a través
de internet, en unos foros de temática un tanto… inquietante. Cuando se fue de
casa se llevó sólo su portátil y una maleta con ropa, da la impresión de que
fue algo impulsivo. Él es una persona peligrosa, con antecedentes psiquiátricos
y problemas familiares muy serios. Tiene una denuncia por malos tratos de su
anterior pareja, que se retiró cuando el juicio ya estaba a punto de
celebrarse. También está en paradero desconocido. Dejó su trabajo sin dar
ningún aviso y lleva un mes sin aparecer por su domicilio. No sabíamos nada de
Ana desde marzo hasta que apareciste con ella en Valencia.
Entra en la sala otro policía, al parecer mientras estaba aquí han
tomado declaración a alguno de mis vecinos. Todos confirman mi versión. De
todas formas me mira de forma extraña, supongo que alguno de ellos han añadidos
detalles desagradables sobre mis hábitos de vida.
Los dos policías me miran con gesto adusto pero me dejan irme. Me
despido de los padres en la salida de la comisaría. Emilio me da una tarjeta
con su número.
Mario: No se preocupe, sí recuerdo algo más o se
vuelve a poner en contacto conmigo les avisaré inmediatamente.
Me dirijo directamente a casa de Natalia. Atravieso como una tromba su
salón.
Mario: No me jodas Natalia, te he protegido ante la
policía, me están amenazando. Lo mínimo es que me cuentes que sucede.
Me mira con una mezcla de preocupación y cansancio. Me conoce, sabe que
no es momento de discutir, nos sentamos en su habitación y empieza a hablar.
Natalia: A principios de abril estaba en mi turno en
el hospital en el ala de psiquiatría cuando llegó de madrugada una chica
inconsciente a urgencias. Se había tomado un bote de pastillas. Le hicieron un
lavado de estomago y la salvaron de milagro. La habían traído en un taxi y ella
no llevaba su documentación. No teníamos ni siquiera un número de contacto.
Cuando despertó me llamaron para que tuviera una pequeña charla con ella. Pero
ella lo negaba todo, decía que simplemente tenía problemas para dormir y que se
había pasado con la dosis. Nada premeditado. No quería que llamásemos a nadie,
solo quería irse. Le contesté que en una situación así debíamos de contactar
con algún familiar. Entonces se puso histérica, se arrancó el gotero y se lanzó
a mi cara. Me araño, estaba completamente fuera de sí. No pude controlarme,
llevaba haciendo guardias dobles toda la semana y le di un bofetón. Te juro que
me arrepentí inmediatamente. Pero lo peor fue su reacción. Tenías que haberla
visto. Fue como en una de nuestras sesiones. Se tumbó en el suelo de cuclillas,
los brazos extendidos a los costados y empezó como en una lenta letanía: “Perdona mi Amo, perdona mi Amo, perdona mi
Amo” Estaba horrorizada. La incorporé e intenté meterla de nuevo en la
cama. Se desmayo en mis brazos. Me sentí tan culpable que me quedé a su lado
hasta que volvió a despertar.
Estuvo un par de días más en el hospital. Le pregunté cuando le dieron
el alta si tenía algún lugar al que ir. Me respondió que no y le ofrecí mi casa
hasta que encontrara un trabajo o quisiera volver con su familia. La tenías que
haber visto, Ana apenas sonreía, pero cuando lo hacía iluminaba toda la
habitación.
Estuvo conmigo un par de semanas. No hablamos mucho. Pero si conseguí
que me contase lo que le había sucedido. Ella siempre había tenido curiosidad
por el BDSM y a principios del año pasado conoció a un chico a través de un
foro que vivía en Londres.
Mario: Peter…
Natalia: Sí, eso es. Peter es, básicamente, un psicópata.
Estoy segura de que Ana no ha sido su primera victima. Con la excusa de
ayudarles a entrar en este mundo capta a chicas jóvenes con problemas, familia
disfuncionales, poca experiencia a través de foros, chats y redes sociales.
Luego las va convenciendo de que la única manera real de vivirlo es un 24/7 y
mudarse con él. Allí las aísla poco a poco y machaca sutilmente su autoestima
hasta que consigue que dependan de él por completo. Después de eso empieza con
las vejaciones, malos tratos, roles de esclavitud y todo lo demás. Ni sano ni
consensuado. Ya he conocido alguno así.
No te voy a contar los detalles sórdidos. Tiene casi cincuenta años y
lleva media vida medicado. Ana acabó un par de veces en el hospital. Pero no se
atrevía a abandonarle, la había amenazado de muerte, la decía que si le dejaba
enviaría a sus padres todos los desagradables vídeos sexuales que había grabado
de ella. Me insinuó incluso que la había violado.
Mario: Joder, toda esta historia apesta. Tenemos que
ir a la policía y contarles todo esto. Ese tío es peligroso.
Natalia: Hay muchos claroscuros, en todo esto, cosas
que Ana no me contó. No sé como escapó. Que sucedió exactamente. El jueves
cuando volví a casa estaba muy asustada. Había visto a Peter en el portal. Solo
era capaz de repetir: “Es él, es él, es
él”
Mario: Y fue esa noche cuando me llamaste.
Natalia: Sí, la obligué a salir a la calle. No había
nadie. Pedimos un taxi y le di tu dirección. Yo me quedé allí. Ningún coche
salió detrás de ella.
Llaman al móvil. Es Emilio. Miro a Natalia. Quizás saben algo nuevo de
Ana.
Emilio: (su voz
suena apagada) Hola… Han encontrado a Peter hace una hora.
Mario: Perfecto. Él es la causa de todo esto. Ahora
Ana aparecerá…
Emilio: (pausa)
Esta muerto.
Mario: ¡¿Muerto?! ¡¿Pero cómo ha sucedido, un
accidente?!
Emilio: No ha sido un accidente. Lo han asesinado. (pausa) Hay más. Lleva muerto varios días, es imposible que fuera él quien te
envió ese mensaje el domingo. Ahora te llamará la policía. Ve de nuevo a la
comisaría. Es posible que necesites protección.
Cuando apenas tenía seis
años mi abuelo tuvo una trombosis y quedó reducido a un estado casi vegetativo.
Había que afeitarle, asearle, vestirle y darle de comer, ocuparse en definitiva
de sus necesidades más básicas. No hablaba y caminaba arrastrando los pies, no
tenía ni siquiera chispazos de conciencia, o al menos yo quizá ya acostumbrado
a verle siempre así no me percataba de ellos. Sucedió una tarde que mi abuela
se ausentó y nos dejó a los dos solos, debía de tener once años. No sé qué
provocó la situación, supongo que le irrité cuando le vestía, o cuando le
cambié el pañal, ni idea, reconozco que era un crío bastante insoportable. El
caso es que le di un momento la espalda y me puse de rodillas a recoger las
cosas del suelo para dejarlas encima de la cama. Y fue en ese momento cuando tuvo
la ocurrencia de sentarse encima de mí aplastándome la cara contra la cama.
Al principio me reía, le
increpaba. Luego claro, me lo imaginé ahí arriba con la mirada perdida e
intenté levantarme flexionando las rodillas, buscando algún punto de apoyo con
las manos. Pero mi abuelo pesaba más de ochenta kilos, y todo ese peso estaba
sobre mi torso y mi cabeza. No conseguí moverme, ¿podía sucederme algo más
ridículo? Empecé a gritarle, a llamarle de todo, a suplicarle. Nada. El colchón
se abombaba por mi peso, no podía girar la cabeza, apenas podía respirar. Empecé
a estar asustado. Intenté de nuevo con las últimas fuerzas que me daba la
desesperación moverme un poco, aunque solo fuera para coger algo de aire. Nada.
Incluso creí notar que hacía más presión con su cuerpo para inmovilizarme.
Entonces, ¿así iba a terminar todo, iba a morir de esta forma? Empecé a llorar.
De miedo. De impotencia. Por la forma absurda que tenía la vida de demostrarme
el sinsentido de todo. Y justo cuando empezaba a desmayarme mi abuelo se movió,
¿quizá sobresaltado por mi llanto? Nunca lo sabré. Simplemente, sin salir de su
mutismo habitual, se levantó y se fue a otra habitación sin ni siquiera
mirarme.
Me deslicé hasta el suelo
boqueando como un pez, con un intenso dolor detrás de los ojos. Al rato me giré
y miré al techo. Todo seguía igual. Nada había cambiado. De hecho -ahora lo
entendía-, nada hubiera cambiado sino se hubiera levantado. Todo tenía su
propio ritmo, y me sentí totalmente ajeno a él.
Hacía muchos años que no
pensaba en mi abuelo. El recuerdo me estremece, pero no me resulta extraña la
asociación: ahora siento la misma sensación de asfixia en esta cama, con Ana encima
de mí, mirándome con esa rara intensidad que la posee en la sesiones. Me gusta
la forma que ha tenido de reconciliarse conmigo. No estuvo bien que huyera de
Londres. Es cierto que tengo problemas, que a veces me pongo violento. No
quiero justificarme: soy como soy. Sé que pegarla no estuvo bien. Pero yo la
amo. Estamos destinados a estar juntos. Siempre. Es mía. Su carne. Su cuerpo.
Su placer. Su dolor. Porque a ella le gusta. Tiene ese lado oscuro, masoquista.
A pesar de los desmayos. De aquella vez en el hospital. No importa. Solo tiene
que aceptarlo. Como ahora, su coño nihilista sobre mí, cubriéndome, asfixiándome.
Sólo conmigo se muestra tal como es, con los demás finge en silencio, utilizando
las palabras adecuadas por teléfono. Soy el único que puede aceptarla, que ha
visto de cerca su alma pútrida, lo sucia y fea que es por dentro y por fuera. Antes
de conocerme solo era una pobre ingenua que bostezaba ante la vida, ahora
grita, grita, nunca para de gritar. Sin mí no sería nada.
Se me empieza a nublar la
vista. Tengo una convulsión. Quizás está esperando demasiado. Cuando se levante
le daré otra lección. Que disfrute de tenerme aquí. Luego la marcaré, mancharé
las sabanas con su dolor, le haré comprender el alcance de mi amor. Fin del capítulo 13.
Puedes fingir que eres
distinto durante un tiempo, más acorde a lo que el otro exige con sus amables y sutiles reproches. Pero a la larga quién
eres lucha por existir y ocupar el espacio que le has robado. La vida tiene que
ser algo más que ese eterno esconderse tras una máscara para fingir normalidad.
La normalidad está sobrevalorada. En el fondo nadie es normal del todo. Todos
tenemos manías, pequeños defectos. A algunos se les da mejor esconderlos que a
otros. Supongo que por eso los que mejor fingen normalidad son los que más
critican las rarezas. Aterroriza pensar que no eres tan distinto de ese
monstruo al que señalas.
Y así durante años, ese ser gris -del que Momo huiría
aterrorizada-, se las ingenia para hacerse pasar por normal, aunque a veces se observe
desde fuera y solo vea alguien ajeno y asustado que asiente a todo como un
autómata.
Julio –por fin soy capaz
de decir su nombre- ya no está en mi vida, y aunque sea una tontería hoy me he
dado cuenta que vuelvo a vestir de negro. Él lo odiaba, y por eso mi armario se
tiñó de azules, lilas y colores claros. Lo importante era parecer feliz. Ahora
intento simplemente ser yo misma.
Suena el móvil, lo miro distraída.
Un mensaje de María: “Alicia necesito
verte. Te espero donde siempre. Es MUY importante. Beso.”
Al llegar a la puerta de “La pequeña taberna del infierno” siento
una mezcla de nostalgia y ganas de huir. Abro la puerta y espero a que los ojos
se acostumbren a la penumbra. Diez años. Más de diez años sin venir y ella
escribe “donde siempre”. Hay algo tranquilizador en esas palabras, como una
vieja rutina a la que llamar hogar. Durante años viendo a la misma gente, el
rincón favorito para tomar el café mientras la ciudad despierta, el saludo de
todos los de la barra. Sin preguntas: el café por la mañana, la cerveza al
mediodía, el tequila vespertino. Y sí, lo sientes como tu refugio personal. Un
lugar que no sé si estoy profanando o recuperando.
¿Es el mismo camarero? No puede
ser. El mismo que me tiraba los tejos sin pudor, que me hacía sonreír en mi
fuero interno todas aquellas mañanas grises de lunes.
Camarero: (me observa
como si fuera un fantasma, tartamudea al hablar) Alicia… cuanto tiempo…
Alicia:(le contesto
con una sonrisa) ¿Aún recuerdas cómo me gusta el café?
María está en un rincón
apartado. Cuando me ve se levanta y espera a que llegue a su encuentro. Abrazo
cálido. Joder. Cuanto echaba de menos estos abrazos. Nos sentamos. El camarero
me mira de reojo, casi ruborizado, cuando trae mi café a la mesa. María espera
a que vuelva a la barra para empezar a hablarme en voz muy baja, casi un
susurro.
María: Ana ha desaparecido…
Alicia: Ana siempre desaparece... Le habrá dado otro de sus
ataques de pánico. O quizás ha encontrado alguien con quien perderse.
María: No, esta vez es diferente. Sabes que ella siempre
termina llamándome, mantiene el móvil encendido. No sé, aunque solo sea una
simple postal cada tres o cuatro semanas, pero intenta mantener el contacto. No
tanto con mis padres, pero sí conmigo.
Llevamos más de ocho meses
sin saber nada de ella. Lo único que ha logrado descubrir la policía es que
estuvo viviendo hasta hace un mes en Londres. Y ayer casi de casualidad
averiguaron que estuvo el domingo aquí, en Valencia, en la playa. Y ni siquiera
nos llamó. Se ha mezclado con gente muy peligrosa, quizás la mantienen
secuestrada.
Alicia: (¿el domingo,
la playa? No. Imposible. Demasiada casualidad. Aunque sí, se parecía a ella.
Joder. Quizás lo era) María, te quiero como a una hermana, pero
sabes por todo lo que he pasado el último año… Ahora mismo no me siento capaz
de nada…
María: ¡Pero la policía no ha conseguido nada! Mis padres
están desesperados y yo también estoy asustada… (Se le quiebra la voz) Alicia, por favor, ayúdanos, mis padres confían
en ti, eres casi de la familia, no queremos contratar a un desconocido. Por favor…
Alicia: (Es la
primera vez que la veo tan alterada. Cierro los ojos: realmente no me deja
ninguna alternativa.) Está bien, haré
todo lo que pueda por ayudaros. Pero llevo demasiado tiempo alejada de todo
esto, no se… (Suspiro) ¿Se sabe algo
de esa persona con la que estaba?
María: (me mira
sorprendida) No te había comentado
ese detalle, eres muy intuitiva. Sí, no estaba sola, los dos vinieron en coche.
Conseguimos las cámaras del aparcamiento. La matricula es de Madrid. Mis padres
ya están allí. (Me da un dossier y un
sobre. Dentro del sobre hay una cantidad escandalosa de dinero)
Alicia: Joder María. Somos amigas, es demasiado dinero. Sólo… sólo
necesito una cantidad pequeña, para los gastos del viaje y el hotel.
María: No quiero discutir sobre eso. Es mi hermana. Lo único
que siento es no haberte avisado antes. Quizás ahora no estaríamos en esta
situación.
Es inútil discutir. Me
facilita los teléfonos de Emilio y Carla, sus padres. Iré mañana mismo a Madrid.
Nos despedimos con otro abrazo. Siento como la responsabilidad hace temblar el
dossier entre mis manos. Odio estar asustada. Pero me mantiene alerta, siempre
funciono mejor bajo presión.
Llego a mi casa. Marco su
número. Aún lo recuerdo.
Alicia: Estoy buscando a alguien.
Miguel: ¡¿Alicia?! Pensé que estabas muerta. Joder, estaba
seguro de que estabas muerta.
Alicia: Tal vez lo estoy.
Miguel: (empieza a reír
a carcajadas) Coño Alicia, no sabes
cuánto he echado de menos tus frases. Sigues siendo la misma.
Alicia: Lo intento Miguel, no sabes cómo lo intento…
Miguel me espera en
Madrid. No lleno demasiado la maleta. Vivir con un controlador me hizo aprender
a viajar con el equipaje justo. Estaría orgulloso, pienso. Y meto en la maleta
una bola de Navidad. Cuando la agitas miles de calaveritas flotan en el
líquido. Me parece de lo más adecuado. Necesito algo superfluo, algo poco
apropiado. En mi mente su cara de orgullo desaparece. Sonrío…
Son las doce y media cuando suena el móvil. Numero oculto. Aun así
respondo: “¿Hola?” Nadie contesta. Al rato cuelgan. No es la primera vez que
sucede esta semana. Quizás no tenga importancia. Quizás no haya nadie detrás de
ese número. Una centralita. Un relato de Bolaño. Quizás solo sea el silencio
que hay detrás de una relación.
Las relaciones... decía el señor Iribarren –y
cito de memoria: “Enamorarse no tiene
mayor mérito, lo difícil, no conozco ningún caso, es salir entero de una
historia de amor”
Las hombres. Omnipresentes. Recuerdo a Peter recitando: "Juntos podemos ver la belleza de las almas, escondidas como diamantes en el reloj del mundo" Ahora solo son una pequeña debilidad en mi
vida que se macera en un segundo plano. Ya he tenido suficiente. De momento.
Es difícil llegar a ese silencio elegante al final de una relación,
cuando te has percatado de que todo ha terminado y solo queda claudicar, cuando
verbalizar solo es el eco estanco de un portazo, de una nota de despedida. Porque
sabes que las siguientes conversaciones, a pesar de toda tu paciencia y buenas
intenciones, siempre van a terminar mal. Porque siempre hay uno de los dos que
se siente más frustrado, más herido, inseguro o dependiente, siempre hay un
desequilibrio de necesidades y sentimientos. Porque es jodido renunciar a un
amigo, a un amante, a todo el tiempo compartido y que podríais compartir más
adelante, es duro luchar contra el apego y el miedo, contra la duda del punto
sin retorno.
Por eso no hay necesidad de elegir entre amor o poema, solo hay que
saber rendirse al silencio. Todo queda atrás, se intercambian los bancos de
memoria. La intimidad es un dado trucado que gira mientras tomas distraído la
siguiente copa. Luego, con la distancia adecuada, se crearán más recuerdos,
pero sólo seréis dos turistas tomando una copa en un bar, dos desconocidos que
encuentran tirada en la acera una charla banal.
Ah, mi querido Ginsberg, déjanos beber de las negras aguas del Leteo,
déjanos olvidar.