miércoles, 28 de diciembre de 2011

¿Hacia dónde van esas escaleras? Hacía arriba.

No sé exactamente porque odio a las mujeres, supongo que todo empezó con ese test de inteligencia que me hicieron con nueve años en el colegio. Usaron un eufemismo pero cuando vi a mi madre llorar y mirarme con cierta aprensión entendí la elipsis, los puntos suspensivos, esa palabra impronunciable. Era Casi…casi….subnormal.

Ese vértigo, esa sensación de que había perdido antes de empezar nunca desapareció del todo. Me convertí en un mal estudiante. Intentaba hacer amigos, mostrar entusiasmo por los demás, pero había una negativa implícita en todas mis relaciones. Como si todo discurriera en un espejo de humo y solo yo chocase con él. El tiempo discurría sin ambición. Y todo, poco a poco, dejó de tener sentido para mí.

Luego vinieron las novias, o la ausencia de ellas, las risas, ese desprecio en su cara cuando eyaculaba demasiado rápido. Pero pude engañar a una, el truco fue simplemente desvirgarla, quitarla cualquier comparación posible. También ayudaba que no le gustase el sexo. Quizá no les gustase conmigo, pero no quitemos importancia a los pequeños infiernos de cada uno, no estamos aquí hablando de que todo tenga explicación, a Hitler no le violó de niño un judío, y aunque hubiera sido el caso, la gente elige, elige como reaccionar o que excusas tomar ante determinadas situaciones. Mi queridísima novia, desde hace casi ocho años, podría haber cambiado de pareja, podría haber intentado aprender a chupar una polla, a masturbarse y descubrir donde tiene el clítoris. Pero no, arquitecta, mujer de éxito, y su puto dios no la dejaba disfrutar del sexo, su novio, concretamente su pene, era pecado, incluso correrse debía de ser pecado. Debíamos vivir de acuerdo a las reglas, ella se dejaba hacer, no quedaba más remedio, era el precio por ese amor puro que me brindaba, pero siempre con el tiempo justo, con un “me duele”, un “acaba ya” trasluciendo el asco en su mirada, como si yo fuera un animal que la mancillaba por el simple deseo sexual.

Todo esto era una metáfora de mi vida de fracasado. No había terminado la carrera y concatenaba trabajos basura. Lo peor de ser un fracasado es sentirte como tal. A veces se trata de un agravio comparativo. Polidori era un buen escritor pero trabajando para Byron se vio sumido en una depresión y se suicidio, Thomas Bernhard habla de ello en “El malogrado” Si tu única consideración hacía la propia vida es obedecer, o ser ama de casa, o dejarte llevar por tus impulsos hedonistas, si vives durante casi toda la vida sin cuestionarte nada, al final eres feliz, aunque sea una felicidad gris, triste, apagada. Luego está lo de siempre: el fracaso. Haces camino al andar y resulta que ese camino es un pantano de mierda. Decía alguien que siempre hay que intentar las cosas aunque se fracase, porque del quietismo no puedes aprender nada. Pero no se habla de las secuelas que provoca. La gente se suicida o suicida a los demás.

El único momento en que me sentía inteligente, real, era cuando escribía, como si reivindicara mi propia existencia plasmándola sobre el papel, como si mi futuro y el de la literatura descansasen sobre la novela autobiográfica.
Pero, ¿Qué clase de experiencias tenía yo? Ninguna: la convivencia con las cucarachas, los gritos de mis vecinos, un trabajo basura, una novia frígida. Y una enorme y terrible pelota de angustia que no me dejaba dormir por las noches. Pensé en la cháchara, como hilo musical de ascensor, de un psicólogo, convenciéndome de que no era tonto, que mi vida era buena y podía cambiarla. O en prescripciones de Procaz. Al final opté por esconderme, por huir. Abandoné mi trabajo de vendedor de seguros de vida y empecé a buscar un trabajo con horario de noche, un trabajo silencioso donde quizás aprovechar las horas de soledad para leer o escribir algo, sin presiones, alejado de jefes directos, de la gente en general. Eché currículums para gasolineras, vigilante nocturno, teleoperador, control de alarmas. Cualquier cosa.
Pasaron dos meses y ya sin dinero, auspiciado por las presiones del hambre y la falta de techo, acepté lo primero que surgió: camarero de una discoteca, horario de doce a ocho de la mañana.

Cuando fui la primera noche no podía creérmelo: un after para turistas inglesas, un agujero infecto sucio y maloliente donde lo más importante era saber inglés y que el jefe, un cocainómano que se desmayaba ensangrentado todas las noches, no te pillara robando. Esas primeras semanas las recuerdo con cierta nostalgia cuando, ajeno a todo, me preocupaba porque me quedaba sin vodka o whisky en mitad de la noche o porque, de pronto, era el único camarero atendiendo la barra. Luego pude ver los flecos a esa entropía inexplicable, los baños eran los picaderos oficiales a cien metros a la redonda y todo el negocio funcionaba porque no se vendía solo alcohol…

Al principio era algo temporal, lo justo para ahorrar dinero y darme unos meses sabáticos, volver a mi horario normal, escribir. Pero ya llevo casi tres años.

Puedo decir sin duda que han sido los años más aprovechados de mis aborrecibles treinta y uno. Aquí me he dado cuenta de la verdadera naturaleza de las mujeres, seres despreciables, pozos de basura putrefactas, receptáculos de las peores enfermedades venéreas. Aquí es sencillo follar, casi lo difícil es no hacerlo. Entran dos turistas y puedes sentir el vaho de su necesidad en el círculo de miradas, quizás una hora más, una copa más y la tendrás tragándose tu semen, tiradas en el aparcamiento mientras te piden que te las folles antes de que llegue su novio. ¿El amor? El amor es un puto espejismo. La realidad es que todas las mujeres piensan con la polla porque también tienen una, en su interior, y una vez que la represión cultural o la visita a otro país les permite cierta desinhibición sin hipocresía, utilizan su coño como una estación de servicio donde todos podemos repostar. Es un puto edén. Aprendí a follar. Miraba a las gordas o a las mujeres de más de treinta años con repulsión, no eran mujeres, su coño era una anécdota.

Disfrutaba insultando a las inglesas en mi idioma mientras me las follaba, llamándolas putas, diciéndolas que solo servían para esto, que eran seres vacíos que solo podían intuir el milagro de la vida abriéndose de piernas. Alguna me decía entre llantos, antes de echarla de mi apartamento, que se había enamorado de mí, yo me reía, era cruel, “¿enamorarte? Solo te has enamorado de mi polla, hay muchas pollas, sigue arrodillándote”. Malditas putas sin hogar, sin cerebro, adictas al flirteo, a la posesión de cualquiera con abdominales que les mostrase algo de carácter, o violencia.
A muchas de ellas se la metía en su coño reseco sin preliminares, cuando estaban ya borrachas, idas. Me corría dentro, las usaba, eso me excitaba: cosificarlas, ¿acaso puedes sentir empatía por un agujero…? Algunas me juraban que eran diferentes. Luego, cuando las sodomizaba, gritaban de placer. En su mentira me odiaba y las odiaba.

Solo hay idealización en el abandono, en la negación del capricho.

La relación con mi novia tuvo el final perfecto. Llevaba ya meses trabajando allí cuando la invité a cenar. Seguí el itinerario habitual, es lo malo de las clasistas: son tremendamente aburridas. Restaurante de lujo, bien vestido, elegante. Una rosa en la entrada, sonrisa, buenos modales. La emborraché. Con un vino de cincuenta euros para variar.
En la cama los preliminares, besos dulces pero apasionados, palabras de amor, de esas que te hacen sentir única y especial. ¡Ja!…pobre imbécil, todos somos muescas en una enorme verga, remeros en galeras repitiendo una y otra vez los mismos gestos para crear una sensación de movimiento que nos adormezca los sentidos. Pues eso: la combinación de sutil romanticismo acelerado. Supongo que nuestra neurosis occidental se basa en la incapacidad de asumir que dos conceptos opuestos pueden fusionarse sin dicotomías, un lenguaje empobrecido que habla de querer y amar, de follar y hacer el amor diferenciando facetas de una única cosa.

Me la empecé a follar muy duro, con rabia, ella me pidió que parara, que por favor me pusiera condón. Ahí perdí los nervios, ¿Cómo era capaz de humillarme así, de joder la noche? ¿tan terrible era tener un hijo conmigo, tan superior se sentía con sus dos masters que la sola posibilidad de quedarse embarazada de un camarero le asustaba tanto?

Le di la vuelta y me la empecé a follar por detrás mientras le sujetaba los brazos. Ella intentaba soltarse, gritaba, lloraba, me suplicaba que parase y todo eso me excitaba cada vez más. Pensaba en todas las veces que lo había intentado, en cómo me hacía sentir, sucio, despreciable solo por mencionarlo. Y ahora aquí me tenías, preguntándola a gritos que pensaba su dios de esto mientras la sodomizaba con brutalidad, sin ningún cuidado. Notaba algo húmedo pero no podía parar, ella lloraba como si le estuvieran arrancando el alma. Supongo que era una venganza contra todos aquellos valores que ella representaba, quería romper ese espejo, ese vínculo que aún conservaba y que destrozaba mi ego.

No recuerdo cuánto duró. En algún momento me corrí, saque mi polla, me limpié la sangre en sus sabanas y me largué sin decirla nada.

No sé por qué ahora me vienen estos pensamientos. Es cierto que durante unos meses tuve miedo de su familia o de que me denunciase. Pero ya han pasado dos años y no he sabido nada de ella.

Salgo a la calle, solo veo moscas con formas de ser humano a mi alrededor. La Navidad, como elaborado chantaje emocional patrocinado por varias marcas comerciales, me da la bienvenida con sus luces, sus invitaciones a una felicidad que depende de un trozo de platico, de hasta donde soy capaz de hipotecar mi futuro. Pensamientos banales, claro. Pero hay que seguir viviendo, hay que destrozar más coños, volcar mi miseria en su miseria. Somos monstruos…

De pronto aparece ese hombre, alguien alto, vestido de negro, un gabán desahuciado. Lleva una recortada en la mano.
-"¿Qué cojon…?"
Dirige el arma hacia mí y de pronto ¡Bang! Tengo un enorme boquete sangriento en la entrepierna. Intento gritar pero solo sale un gorgoteo de sangre. Un segundo disparo me destroza la rodilla izquierda. Caigo como un fardo. Una violenta patada me destroza un par de costillas. Dolor inmenso. Miedo. Pensamientos inconexos. Intento girar la cabeza, algo cede. Voy a MORIR en mitad de esta calle, ¿por qué...?

Rorschach se acerca a su creación y le apunta a la cabeza:
-“El texto se alargaba demasiado y además... eres un jodido bastardo."

¡Bang!

Unforgettable (Duet With Nat King Cole) by Natalie Cole on Grooveshark