martes, 23 de abril de 2013

Capítulo 15 - El Rostro De Dios (Andrés y Carlos)

Casa de Carlos. Están los dos tumbados encima de la cama fumando hachís. Cervezas desperdigadas por el suelo. Papeles. Suena música clásica desde los altavoces del ordenador. Hay una bolsa de frutos secos y un cenicero sobre la cama. Vasos de vino respectivos en el lateral de la cama. Llevan un par de horas hablando con las persianas bajadas.

Andrés: Uno se pone a escribir en los bordes del lenguaje, donde empieza a farfullar el subconsciente, intentando traducir la vehemente intensidad de la vida. Pero para ello hay que empezar a vivir. Vivir a través de una botella. De un amor. De una pasión. De una ambición. No puedes escribir nada hasta que no salgas ahí afuera (hace un gesto con la mano señalando la ventana) No puedes encontrar el corazón de las cosas solo con el teclado. Tienes que sufrir alguna cicatriz. Piensa en Kerouac, Bukowski, Hemingway…
Carlos: (suspira) Frases prestadas. Decía Rilke: "Temo que al expulsar a mis demonios también me abandonen mis ángeles"
Andrés: Rilke tenía talento, fue a Paris, se casó. Tú estás aquí, atrapado por todas esas relaciones a distancia. Joder: eso es una mierda. Sal a la calle e intenta conocer a una mujer real.
Carlos: (se toca las gafas, sigue fumando) Conozco mujeres reales, de hecho las CONOZCO realmente. Hablo con ellas a través de mail, por teléfono. Ellas escriben, me leen, nos hacemos confidencias…
Andrés: (interrumpe) ¡Idioteces! La única forma real de conocer a una mujer es follándotela. Pero tú siempre estás perdiendo el tiempo con mujeres que viven fuera de Madrid. Parece que te conformas con una superficial adoración. Inseguridades. Esa es la base de internet. Por eso es el último reducto de romanticismo. Muestras tu mejor imagen en pequeñas dosis. El amor sin sexo. Hasta que al final uno de los dos viaja y la realidad se desentumece: a él le huele el aliento, ella tiene los pechos caídos y después de dos horas se muestra aburrida. O jodidamente normal, como todas las mujeres que te rodean por la calle. Deberías de poner un puto límite de tres semanas para esas relaciones: si después de ese tiempo no has conseguido verla, dejadlo estar. No hay interés. No pierdas más el tiempo.
Carlos: Pues precisamente de eso quería hablarte. Leía desde hace más de un año el blog de una chica de Valencia. Hace unos ocho meses dejó de actualizarlo. Me preocupé y le envié un par de mails pero no contestó. Hasta ahora. Mira, lo he imprimido. Léelo.


Estoy loca. Lo entiendo, lo sé. Una loca consciente de su locura. Por eso soy interesante. Por eso puedo abrir mi corazón y mi coño, doblar la carne, el cuero, convertir mi boca abierta en una herida. Y después los lirios blancos de pasión cubren mi cara. Las palabras se quedan atragantadas en el techo y se hace por fin el silencio.

Tenía diecisiete años cuando la conocí. Nunca había sido penetrada por nadie, era un punto de suspensión en la nada. Ella me abrió con embestidas rítmicas, rígidas, con los dedos algo curvados y haciendo fuerza hacía el pubis mientras su lengua amorataba mi clítoris. El sexo no tenía punto medio: era tierno o brutal. Pero siempre con esa intensa conexión entre nosotras. Recuerdo aquella vez que me esposó a la cama. Fue una dulce tortura. Roce sutil de sus labios, pequeños besos recorriéndome entera mientras me acariciaba con la yema de los dedos, dibujos de saliva sobre mi piel. Y luego vino a morir a mi cuello, besándolo, mordiéndolo, apretando su cuerpo contra el mío. Mis pechos eran dos caramelos calientes que se derretían en su boca. Arañazos en mi espalda. Supliqué. No podía tocarla. Bajó lentamente hasta mi coño y empezó a separarme los labios con la punta de su lengua. No pude aguantar mucho y me desbordé en su boca.

Con ella descubrí el placer de que te besen los pies mientras el orgasmo más bestial te deja temblando y con la cara contraída. Siempre con música de fondo. Fue una época dulce, tormentosa. Fue la única persona cuyo recuerdo todavía hierve en mi piel. El sexo es perfecto cuando te sientes realmente libre, cuando se deja de pensar -incluso de sentir- y se empieza a ser, a ser junto a otra persona.

Pero me gustan más los hombres. Estoy segura de ello, aunque haya tenido muy malas experiencias. Después de ella vino Héctor. Y Carlos. E Ignacio. Ah, pobre Ignacio: le rompí el corazón. Le dije que estaba enamorada de él, que solo tenía una cosa clara en la vida y era que sólo él podía hacerme feliz. Le dije tantas cosas... Por eso me gusta el silencio, el silencio no rompe promesas, el silencio no provoca dolor. Pero le avisé, le dije que tenía un lado oscuro, que era fea por dentro y por fuera. Que le haría sufrir. Tenía aún muchas cosas por superar, debería de dejarme sola. Pero no me hizo ningún caso. Era un Ícaro. Corrió la misma suerte. Pero, ¿qué podía hacer yo? ¿Buscar la felicidad? No, no quería la felicidad, ahora lo sé, quería sufrir. Además, ¿por qué se había fijado en mí? Soy basura, una gusanera. La respuesta es que sólo buscaba un coño, un reto. Quería conquistarme. Claro, ¿por qué no? Pero no lo hizo. Y le hice sufrir. La vida sigue, estará mejor sin mí. Estoy segura.
Pero todo eso forma parte del pasado. Ahora por fin te he encontrado. Y te aviso también. Pero sé que tú serás diferente. Sé que arderás conmigo.
Estoy en Madrid, ¿quedamos?

Ana.

Andrés: Joder. Te aconsejo que no vayas. Es una zorra desequilibrada, la peor combinación posible. Además, tú sueles engancharte de este tipo de mujeres. Te va a despedazar. El amor, mi querido romántico, no cura a quien no quiere ser salvada. Ella sólo es una victima que busca compañía. No hay lealtad en el viento. No seas como mi vecino esquizoide, ayer por la noche estuvo gritando durante horas: ¿Quién es movistar y por qué sabe mi saldo?
Carlos: Lo sé. Pero no puedo evitarlo. Además tengo escrúpulos, me está pidiendo ayuda, de una forma retorcida, pero lo está haciendo.
Andrés: (da otra calada y se queda un rato pensando) Mira, tengo una idea, ni siquiera sabe cómo eres en persona, ¿no? Puedo ir yo en tu lugar. Si necesita ayuda no dudaré en llevarla a un hospital, incluso traerla aquí si es necesario. Pero si es una chiflada simplemente la dejaré tirada. Así tú tienes la conciencia tranquila y yo no me tengo que preocupar por recoger los restos de tu naufragio emocional los siguientes cinco meses.
Carlos: (alarga la mano y da buena cuenta de su vaso de vino) Es una estupidez. Pero podemos probar. Se acerca al ordenador y envía un mail.

Siguen hablando durante media hora. Al rato suena un pitido: nuevo correo electrónico.
Carlos: (algo contrariado) Al parecer ya tienes plan: “Esta noche a las diez delante de la estatua del oso y el madroño. Lleva en la mano algún poemario de Panero. Así podré reconocerte. Sino te veo en quince minutos me largaré. Beso.”
Andrés: (con una sonrisa) ¿tienes ese puto libro no? Pues adelante. Esta noche promete ser interesante…

Fin del Capítulo 15.


¿Por qué me llamas a estas horas? by Stand Still on Grooveshark