miércoles, 24 de abril de 2013

Capítulo 16 - Hugo (Alicia)

Flâneur. Camino cámara en mano buscando tesoros, pequeñas cosas que nadie ve, cerraduras, arte urbano, cualquier detalle que me haga sentir. Un mendigo me observa mientras hago una foto a una puerta vieja. Está sentado en un portal de un callejón inmundo que huele a pobreza y orín. “¿No quieres hacerme una foto a mí?”, me pregunta con una cara inquietante. Le sonrío. Alzo la cámara, busco el encuadre, hago varias instantáneas. Él parece sorprendido de mi reacción. Le entiendo, suele provoca miedo, repulsión, o peor aún: nada, como si hubiera dejado ya de existir y él fuera el único que no se ha dado cuenta de ello. A pesar de la suciedad, la decrepitud, tiene unos ojos azules preciosos. De pronto se echa a reír y ese momento perfecto que he estado persiguiendo de forma inconsciente queda grabado en mi cámara.

Vuelvo a casa de Miguel. Una ducha me devuelve a la realidad. No puedo perder más tiempo, ya he conseguido centrarme. Estoy preparada. Me visto despacio, sin prisas, prestando atención a los detalles. Saco los tacones rojos de aguja que he comprado esta mañana.

Miguel: Joder Alicia, esos son nuevos.
Alicia: Claro, la ocasión lo merece, ¿todavía recuerdas todos mis zapatos?
Miguel: Tengo buena memoria para lo importante. ¿Eres consciente de cómo se mueve tu culo sobre esos tacones?
Alicia: (Sonrío) Eso quiero. Esa es la idea. Hablaremos más tarde.


Salgo a la calle y cojo un taxi. Me siento nerviosa, como si fuera la primera vez que voy a casa de Javier. Si necesitas información, encontrar a alguien en Madrid, él es la persona a la que preguntar. Si sabes preguntar. Por suerte Javier, ese hombre centrado, serio, responsable, siempre tan hosco y cruel, se convierte en alguien pequeño y vulnerable si me ve con unos tacones. Y no, no es por mí, es el atrezzo. Si caminase descalza o con unas zapatillas apenas me prestaría atención, se desharía de mí con un gesto displicente. Pero llevo tacones. Y Javier deja de pensar, de ser él. O quizás es el único momento en que baja la guardia y se muestra tal y como es. A mí me sucede cuando huelo un perfume en particular, o cuando veo unos codos iguales a aquellos que nunca fueron míos. Mi cerebro se toma un descanso y surge la Alicia animal, visceral. Los sentidos a veces juegan malas pasadas.

Llego a su portal, la puerta nunca está cerrada. No es necesario cuando eres alguien como Javier. Subo las escaleras. Cuando llego frente a su puerta toco con los nudillos. Un golpe fuerte, dos muy rápidos. “¿Alicia?”, se escucha a través de la puerta.

De repente recuerdo por qué dejé esto. La puta tristeza. Hugo me sonríe de nuevo desde mi memoria. Llegué demasiado tarde. Le encontré demasiado tarde. A veces es difícil asumir las derrotas, saberte humana. El fracaso es como tener esquirlas en la boca clavándose cada vez que intentas musitar una explicación que ni a ti te suena convincente.

A veces no les encuentras, me dijo un amigo. A veces simplemente no hay forma de rescatarles. Y tenía razón. Esas cosas pasan, me repetía. Pero Hugo era distinto. A Hugo lo conocía. A Hugo lo quería. Como a Ana, dice alguien en mi cabeza. Ana… ha pasado tanto tiempo desde que vivimos todo aquello juntas…

Con Hugo fue todo más sencillo. Recuerdo aquella vez que me pidió que le hiciese un lazo para atrapar una vaca invisible. Solía jugar en mi patio, yo era un poco mayor que él pero creía que nos separaba una vida. Le hice un lazo con un nudo de horca. “¿Cómo sabes hacer ese nudo?”, me preguntó inquisitivo. “Es parecido al que uso para hacer los nudos corredizos de los collares”. Era cierto. Lo que no le conté es que sabía hacer aquel nudo desde mucho antes de empezar a hacer collares. Es curioso, en cada lugar la gente tiende a suicidarse de una forma distinta. Donde vivo ahora la gente prefiere tirarse a los railes del tren, lo cual resulta extraño porque solo pasan cercanías. Demasiado riesgo de sobrevivir mutilado. Pero a pesar de ello, con cierta frecuencia, se ven trenes parados en lugares inusuales. Y todos intuimos que alguien ha acabado con sus miserias, paralizando momentáneamente la vida de los viajeros. Me sorprende esa última búsqueda de notoriedad. Supongo que es cuestión de carácter. En el sitio de donde soy también hay vías de tren. Pasan regionales, Grandes Líneas, menor probabilidad de supervivencia. Pero la gente se ahorca. Es algo mucho más íntimo, menos exhibicionista. Cuestión de carácter, sí.

Pero un nudo es un nudo, nada más. No tiene culpa del uso que alguien haga de él.

Hugo creció. Y un día se acercó. Yo estaba haciendo nudos de horca para collares, cuero y una concha, sólo eso. Puso su mano sobre la mía. “Quiero sentir cómo tiembla tu mano al hacer ese nudo” y mientras decía eso su otra mano se deslizó entre mis muslos. Temblé, sí. Y fui feliz. Pero tengo un don: estropeo todo lo que toco. Así que hui de él en cuanto noté que nos implicábamos demasiado. Le dejé el mismo día que me dijo que me quería. “Es una puta locura”, le dije. Y desaparecí.

Pasaron los años. Un día me llamó su madre. Hugo había desaparecido y alguien le había dicho que yo buscaba a gente. Encontré su pista, le seguí hasta Madrid. Le encontré. Me acerqué a él en aquel maldito bar. Parecía perdido. “¿Alicia? Aún no he conseguido entender por qué me dejaste”, me dijo. “Ven conmigo, te he estado buscando”, contesté. “Es demasiado tarde Alicia, ya es demasiado tarde…” Su cara se transformó en gesto de pánico al ver a alguien acercarse. Noté un golpe seco. Lo siguiente que recuerdo es aquel vertedero, aquel dibujo lleno de color, allí, en el muro, entre la basura. Imagina… Y quise imaginar que la mano fría y rígida que apretaba sobre la mía no era aquella que una vez se deslizó entre mis muslos.

Fin capítulo 16.

Where Good Girls Go to Die by London After Midnight on Grooveshark