viernes, 27 de enero de 2012

Abulia

Bienvenida a mis letras querida psiquiatra. Como me ha sugerido, y dado que en nuestras sesiones no conseguimos avanzar demasiado, voy a intentar hablar un poco de mí, de mis sensaciones por escrito. Espero que valore mi esfuerzo, mi recuperación me importa un bledo, de hecho no creo tener necesidad de ella, tengo asumida mis supuestas taras, lo que necesito es que tenga una oportunidad de entenderme.

A veces me mira con tristeza, supongo que es por su edad, es joven, vocacional todavía, no está cansada, no ve números ni nombres, se implica, proyecta. No cree que la solución sea simplemente medicar, drogar a un paciente y luego pasar al siguiente. Esconder tras antidepresivos un problema que cuesta esfuerzo resolver. También guardo la fútil esperanza de saber algo más de usted, un poco de bilateralidad. No veo cuadros familiares en su mesa, y por su acento se nota que no es de aquí. Su mesa posee ese extraño caos armonioso de la gente polivalente y emotiva. La verdad es que me gusta. Me gusta su tono de voz, me gusta cuando se toca el puente de las gafas cuando algo le disgusta, me gusta cuando cruza las piernas y balancea sutilmente el pie, me gusta porque no es pasiva, no se dedica a escuchar y fingir apuntar algo en su libreta mientras hace la lista mental de la compra.

Pero sí, tiene razón, vamos al tema, a la masturbación de interrogantes. Últimamente no puedo dormir. Me dedico solo a leer y a ver películas, tengo una vida parecida a Charles Crumb. Si, el hermano mayor del dibujante. Se suicidó. Hay un documental muy bueno producido por David Lynch. Un poco deprimente la verdad. Vi también el otro día, porque supongo que esto también trata de vivencias personales, la serie de anime “Aoki Densetsu Shoot”, ya sabe, shojo, triángulo amoroso adolescente, autorrealización personal a través de disciplina deportiva, muerte al estilo Touch, y grandes batallas. Recordé, viendo el último capítulo, que estuve durante un tiempo en un equipo de futbol, pero lo dejé, no me gustaba correr. Una metáfora de toda mi vida. Nunca me he esforzado por nada, ni siquiera por las mujeres, ¿miedo a perder, a sufrir? No sé si fue Oscar Wilde el que dijo “Mejor haber amado y haber perdido que no haber amado nunca” Da igual, teniendo en cuanta De Profundis y el final que tuvo cualquiera se fía de su opinión.

Aunque he de reconocer que hay una cosa en la que siempre me he esforzado.

Es difícil hablar sobre el alcohol o las drogas a mi edad. Cuanto eres un adolescente es más fácil ser condescendiente o displicente. Pero con mi edad cualquier defensa, alegato o pequeña crónica suena ridícula, estúpida, anacrónica. Como cuando una mujer mayor viste como una colegiala, hay cierto rechazo comprensible en esa imagen a priori poco elegante.

Lo llamativo es que tengo ejemplos muy cercanos. A. es cocainómano. A despecho de informaciones gubernamentales, hacerse adicto es complicado al menos que te hagas tu propio proveedor. Y también el de otros. Es cara, de mala calidad y requiere muchos años con grandes dosis. Luego sí, aparecen las paranoias, las manías persecutorias, algo de TOC, perdidas abismales de memoria. G. es alcohólico y encima lo mezclaba antes con su medicamento contra la esquizofrenia. Aún recuerdo cuando me lo encontré bebiendo solo de madrugada, una de esas botellas rancias de vino que se utilizan para cocinar. Fue como la escena de la naranja mecánica en al que el gordo empieza a hablar con su fusil.
Luego hay gente de mi edad, compañeros de viaje a los que parece que hayan golpeado con un bate de béisbol en la cabeza repetidas veces.

Todavía recuerdo a L. que debe de llevar más de veinte años fumando porros a diario y del cual llegué a pensar que padecía el Síndrome de Asperger. Y C. que siempre me dice lo mismo “Putas y juerga” Tiene un trabajo manual de más de diez horas al día, de viernes a sábado. Y ahí le tienes: sobreviviendo. Puto tarado, tengo que ir a verle algún día.

Pero no quiero aburrirla con ejemplos ajenos, lo que quería indicarle con esta introducción es que tuve constancia en su momento de la sordidez intrínseca. Y sin embargo, no me atraía el término medio, el disfrutar de las cosas con mesura. Quería llegar hasta el límite, hasta el final de la historia del Kronen. Los demás tenían su propia perspectiva, se miraban el ombligo en busca de ambiciones, sueños, ilusionados en proyectos de éxito. Aprender y adaptarse hasta conseguir una normalidad que te exima de juicios externos. Pero me hartaba que me vendieran su felicidad, una felicidad hueca e inexistente grabada en sus almas por la simple repetición de idearios.

Pienso ahora en tantos personajes femeninos luchando por esa normalidad, como la Señora Dalloway, o el amor del Gran Gatsby. La verdad es que no sé por qué hablo tanto de Irene Adler, la mayoría de las protagonistas literarias dejan mucho que desear…Madame Bovary, Anna Karenina, la viuda de Cinco Horas Con Mario, protagonistas del teatro de Lorca. Aunque como musas funcionáis perfectamente, estas líneas son la mejor prueba. Beatriz solo es especial como posibilidad.

Divago. Lo que quería decir es que hay otras personas que son más del tipo de Trainspotting, Fight Club. Gente que prefiere la no-vida, el no-movimiento, la no-elección. Mira por tu ventana, seguro que los identificas, son esos borrachuzos con pinta de mendigo que siempre recalan en una plaza o en un parque. Siempre por la mañana con sus dos o tres cervezas del supermercado. Malviviendo con alguna renta o porque viven en un piso de alquiler bajo. Siempre hay una mujer con la dentadura deteriorada entre ellos. Recuerdo que cuando vivía en Barcelona se reunían en el Parc De La Pegaso, detrás del Corte Ingles de la Meridiana. Observad a vuestro alrededor, no son invisibles aunque os esforcéis en ello.

¿Qué impulsa realmente a esas personas a despreciar su potencial, a afrontar las crisis existenciales desde un banquillo tan deprimente? ¿Falla algo en la química de su cerebro que les hace ver la decadencia como algo adictivo? ¿Cómo se sienten sin carisma, sin éxito, cuando pierden el respeto de su propia familia?

Al final la realidad es triste, no se trata de mártires de su propia libertad inventada, no se trata de la náusea o la falta de sentido: se trata de simple debilidad. Y al no asumir esa debilidad huimos. Escogemos una buena banda sonora, The End con Morrison, Ian Curtis, Velvet Underground, leemos los excesos de los famosos, de los malditos y buscamos ingenuamente eso. Putos retardados. La figura de Jim Morrison no sobrevive al leer su biografía, una víctima de sí mismo. Alguien guapo para las camisas y alguna portada. Pero en 1969 no era más que un pobre y gordo borracho bobalicón sin una pizca de talento.

Pero así somos, nos gusta la pistola apuntando a la cabeza mediocre del yonqui, nos gusta Chinaski, nos gusta esa mano temblorosa tirando la mitad del alcohol en la barra, no confiamos en la palabra Rosebud, somos como moscas de fruta a las que el conocimiento solo quita vitalidad. Sigues bebiendo porque odias la realidad, por inercia, por el vértigo cada vez más pronunciado por todo el tiempo perdido. Es curioso como en la antigüedad el ideal no era la sobriedad, sino la ebriedad sobria, que facultaba para gozar el entusiasmo sin incurrir en necedades. El abstemio era visto como alguien limitado que prefería no avergonzarse ante los demás porque no se veía capaz de controlarse.

Ahora es cuando tocaría, como catarsis personal de toda esta introspección, una especie de moralina que nos haga sentir mejor a los dos. Me temo que no. Llevo más de veinte años bebiendo, lustros impares donde bebía a diario. Épocas donde no sabía ni que día era y mantenía el ritmo gracias a las drogas. Ya no es así, pero el motivo no son las secuelas, no estoy ahora más preocupado que antes por mi salud o mi cerebro. No, realmente el cambio a una rutina más moderada ha sido provocado únicamente por las RESACAS. Son el puto infierno de Dante, no hay metáforas suficientes en toda la literatura para describir el horror del día siguiente, cuando sientes como se va pudriendo poco a poco tu cerebro mientras una colonia de indígenas toca con tambores un puto réquiem acelerado.

Supongo que con este texto he querido que entienda que soy perfectamente consciente de mi situación, que no hay dramas infantiles ni nadie me encerró en un armario. Tuve mis frustraciones personales y albergo inseguridades que aún no he superado, como usted, como todos. Pero no me dedico a hacerme cortes en los antebrazos, aunque me parezca otra opción perfectamente válida dicho sea de paso. Tampoco tengo una depresión o excesivos –de momento- deseos de suicidarme, aunque la vida me parezca un avance irremisible a la perdida de nuestra identidad. Solo asumo, como le he dicho antes, mi miedo, mi debilidad de la única forma que soy capaz. Sé que hay consecuencias. Me gustaría invitarla a cenar y hacerla feliz.

Pero estoy seguro de que dejando aparte nuestra relación médico-paciente, se negaría. Esta es mi consecuencia, no tener a alguien como usted a mi lado. Perdidas. Pero elegir siempre es perder, elijas lo que elijas. Lo importante es no arrepentirse, ser consciente. Y si lo eres…adelante. Levanta esa copa. Esnifa esa mierda. Traga esas pastillas. Ábrete de piernas. Y por fin, enloquece totalmente.

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