sábado, 27 de abril de 2013

Capítulo 19 – Veintidós Golpes (Alicia)

Javier abre la puerta unos centímetros y me mira a través de la cadena: Alicia… (No puede evitarlo: baja la mirada y se fija en mis zapatos rojos. Sonríe) Joder, ¿dónde te habías metido?
Alicia: Muriendo, ¿sabías que hay muchos tipos de muerte?
Javier: (Me mira a la cara desconcertado) Sí, creo que has estado muerta. Tienes los ojos más tristes.
Entro en su casa. Todo sigue igual. Desorden. Ordenadores. Hay varios teléfonos sonando en la habitación contigua. Las paredes llenas de mapas y anotaciones. Sonrío mientras me quito el abrigo: no ha cambiado nada.
Javier me observa obsesionado, excitado. Un puto fetichista fuera de control. Sobre todo entre estas cuatro paredes. Me desnuda de forma violenta con la mirada y eso me excita. Quizás por la tenue sensación de peligro, no lo sé.
Javier: (Suspicaz) ¿A qué has venido? ¿Qué coño quieres Alicia? Siempre quieres algo…
Alicia: (Estamos sentados juntos en un amplio sofá destartalado que preside el salón) Igual que tú. Todos queremos algo. Todo tiene un precio. La información quizás sea lo más caro de conseguir (la falda se me ha subido un poco, el zapato se descuelga de mi pie y zozobra. Su mirada queda imantada) Estoy buscando a alguien…
Javier: Eres una bruja. (Empieza a acariciar mis pies, delineando la línea del talón con sus dedos) quizás la próxima vez esto no sea suficiente, ¿has visto "From Dusk Till Dawn" de Tarantino? La próxima vez quizás bebamos tequila juntos. Pero me alegra volver a verte. Me excita este reencuentro. Humbert está contento. Humbert necesita más detalles…


Unos minutos después salgo descalza de su casa. Tras un par de llamadas me ha dado una pista fiable sobre Ana. También me ha puesto al corriente sobre Peter. Y sobre el viaje a Valencia. Me ha facilitado detalles que ni siquiera la policía conoce. Bien. Todo resulta inquietante y coincido con su comentario final: ten cuidado con ella.

Me agrada caminar descalza. Antes, cuando pasaba las vacaciones en mi pueblo, me gustaba hacerlo por la noche. Disfrutaba hollando las huellas de los gatos, sintiendo la arena, la piedra, el cemento, el agua, no sé, como si de esa manera pudiera anclarme sutilmente a una realidad que por aquel entonces me resultaba demasiado ajena. Sin embargo en la ciudad es peligroso. La suciedad te engulle. Te hiere. Me subo al coche y conduzco hasta el piso de Miguel.

Pensamientos peligrosos. Hace unos meses recorrí este mismo camino volviendo de un concierto, la noche que compartí con mi poeta. Que absurdo utilizar ese adjetivo posesivo. Existía un paraíso de palabras al que fui invitada pero, ¿fue realmente mío? No lo creo. Enseguida las medidas fallaron, era como Alicia en el libro, cada vez más pequeña en ese jardín fastuoso que poco a poco dejaba de pertenecerme. Pero durante esa noche fui feliz con él. Saboreé la felicidad, porque la felicidad vivía en su boca, en su lengua acariciando mis pezones, en sus manos recorriendo mi espalda mientras me hendía en su carne, mientras mi pelo se alborotaba sobre su cuerpo. Podría haber andado toda la noche descalza con él y nada me hubiera herido porque sobrevolaba por encima de todo. Eran alas de perfecta felicidad, cosidas con esperanza, con placer, con palabras, con libertad, como si mi vida se hubiera conducido entre penumbras para llegar a este momento y poder saborearlo, alzándome por encima del vértigo.

Y eso fue todo. Nada más. Ahora soy como la escultura del Ángel Caído del Retiro, mirando de forma obsesiva hacía el cielo. ¿Realmente existió ese cielo? No. Sombras chinescas donde el foco de luz fue el ideal de la distancia. Del tiempo limitado. De un concierto. De una caricia en el cuello. Lo sé. Pero no he vuelto a sentir nada parecido. Nada. Y si me quito también eso, ¿qué me queda? ¿Una vida sin pasión, sin una sola poesía dedicada? Dios, me ahogo solo de pensarlo. Tengo treinta y siete años. Ya he pasado la adolescencia. Ya me he desangrado en la responsabilidad adulta. No quiero mirar atrás y ver sólo el cadáver de Momo desdibujándose a lo lejos.

Aparco el coche. Subo los tres pisos. Miguel hace una mueca al verme entrar.
Miguel: ¿Sabes que vas descalza?
Alicia: (Sarcástica) Gracias por decírmelo, lo había olvidado.
Miguel: (En su mirada hay reproche e impaciencia) ¿Has conseguido que te cuente algo?
Alicia: ¿No lo consigo siempre?
Miguel: (Su tono es seco) Date una ducha mientras preparo algo de cena. Seguro que estás cansada.
Alicia: Por favor Miguel, ya sabes que es como un juego, nada peligroso. No me juzgues.
Miguel: No me gusta Javier. Algún día llegará más lejos contigo y entonces… (Deja de hablar y sigue troceando pimientos)

Suspiro. No quiero discutir ahora. No con él. Me doy una ducha. Agua caliente, casi al extremo. Quiero sentir algo en mi piel. Me acaricio ligeramente, ¿cuánto hace que no…? Cabeceo. Da igual. No importa. Salgo al salón. Solo llevo una camiseta y las bragas. Como siempre. Me tumbo en el sillón y enciendo un cigarrillo. Me gusta observarle mientras cocina. Siempre que lo hace parece feliz. Canta una canción que no conozco con un tono casi inaudible.

Miguel: (Se gira y su rostro se agita) Joder Alicia, vístete, me dice sin apartar la mirada.
Alicia: Como si nunca me hubieses visto en bragas…
Miguel: (Se acerca, noto su respiración acelerada, ansiosa) Hay cosas a las que nunca puedes llegar a acostumbrarte. Y verte así es una de ellas.

Me siento incomoda. Extraña. Me visto y bajo a la calle a comprar una botella de vino. Necesito respirar. Me acomodo en un banco para pensar, centrarme. Nunca había visto a Miguel de esa forma. Cuando llegué descalza del vertedero estaba en shock. Miguel me desvistió, me metió en la ducha y me frotó con una esponja hasta que el olor a muerte desapareció. Me vistió, me tumbó en la cama y me abrazó hasta que dejé de temblar. Me cuidó, como lo ha hecho siempre. Mi hermano, así lo veía, como si fuese mi hermano. Pero ahora me doy cuenta que para él ha sido diferente. Joder Alicia, siempre estropeando todo, siempre haciendo daño.

Quiero evadirme. Miro el correo en el móvil. Nada. Ningún mensaje. Normal. Estoy acostumbrada a no recibir respuestas.

A mi lado se ha sentado un chico. Mueve las manos de forma extraña, le observo de reojo. Con la mano derecha se frota la ceja derecha, luego se toca la nariz, después la radio que tiene sobre las piernas, luego el pecho. Sube la mano izquierda, pecho, ceja, pecho tres veces, y vuelve a empezar. Cualquiera que lo viese pensaría que son movimientos aleatorios. Yo sé que sigue un patrón. El TOC te acaba invalidando si no consigues controlarlo. Ese chico no puede hacer nada, porque cualquier cosa, un trabajo, una conversación, una relación, implica salirse del patrón, tendría que volver a empezar pero esta vez con retraso. A veces es mucho más leve, pero aun así condiciona tu vida. Veintidós golpecitos de cuchara a la taza de café, los zapatos en la posición correcta. Pisar una hoja seca y buscar con cierta desesperación otra para que sean pares. Siempre pares. Puede que consigas fingir normalidad, pero tu mente sigue buscando la hoja, contando los putos golpecitos, colocando los zapatos para poder dormir, descansar. Vivir.

Suspiro. Últimamente lo hago mucho. Me levanto. Lo dejo atrás. Cuando vuelvo Miguel ya ha terminado de preparar la cena. Hay una cierta tensión, evita mirarme.
Miguel: (Rompe el silencio) Venga, siéntate y come. Estás demasiado delgada.
Alicia: (Con alivio) Joder Miguel, pareces mi madre.

Me mira a los ojos y sonríe. Respiro.

Fin capítulo 19.

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