lunes, 22 de abril de 2013

Capítulo 13 - El Abuelo (Peter)

Cuando apenas tenía seis años mi abuelo tuvo una trombosis y quedó reducido a un estado casi vegetativo. Había que afeitarle, asearle, vestirle y darle de comer, ocuparse en definitiva de sus necesidades más básicas. No hablaba y caminaba arrastrando los pies, no tenía ni siquiera chispazos de conciencia, o al menos yo quizá ya acostumbrado a verle siempre así no me percataba de ellos. Sucedió una tarde que mi abuela se ausentó y nos dejó a los dos solos, debía de tener once años. No sé qué provocó la situación, supongo que le irrité cuando le vestía, o cuando le cambié el pañal, ni idea, reconozco que era un crío bastante insoportable. El caso es que le di un momento la espalda y me puse de rodillas a recoger las cosas del suelo para dejarlas encima de la cama. Y fue en ese momento cuando tuvo la ocurrencia de sentarse encima de mí aplastándome la cara contra la cama.

Al principio me reía, le increpaba. Luego claro, me lo imaginé ahí arriba con la mirada perdida e intenté levantarme flexionando las rodillas, buscando algún punto de apoyo con las manos. Pero mi abuelo pesaba más de ochenta kilos, y todo ese peso estaba sobre mi torso y mi cabeza. No conseguí moverme, ¿podía sucederme algo más ridículo? Empecé a gritarle, a llamarle de todo, a suplicarle. Nada. El colchón se abombaba por mi peso, no podía girar la cabeza, apenas podía respirar. Empecé a estar asustado. Intenté de nuevo con las últimas fuerzas que me daba la desesperación moverme un poco, aunque solo fuera para coger algo de aire. Nada. Incluso creí notar que hacía más presión con su cuerpo para inmovilizarme. Entonces, ¿así iba a terminar todo, iba a morir de esta forma? Empecé a llorar. De miedo. De impotencia. Por la forma absurda que tenía la vida de demostrarme el sinsentido de todo. Y justo cuando empezaba a desmayarme mi abuelo se movió, ¿quizá sobresaltado por mi llanto? Nunca lo sabré. Simplemente, sin salir de su mutismo habitual, se levantó y se fue a otra habitación sin ni siquiera mirarme.

Me deslicé hasta el suelo boqueando como un pez, con un intenso dolor detrás de los ojos. Al rato me giré y miré al techo. Todo seguía igual. Nada había cambiado. De hecho -ahora lo entendía-, nada hubiera cambiado sino se hubiera levantado. Todo tenía su propio ritmo, y me sentí totalmente ajeno a él.


Hacía muchos años que no pensaba en mi abuelo. El recuerdo me estremece, pero no me resulta extraña la asociación: ahora siento la misma sensación de asfixia en esta cama, con Ana encima de mí, mirándome con esa rara intensidad que la posee en la sesiones. Me gusta la forma que ha tenido de reconciliarse conmigo. No estuvo bien que huyera de Londres. Es cierto que tengo problemas, que a veces me pongo violento. No quiero justificarme: soy como soy. Sé que pegarla no estuvo bien. Pero yo la amo. Estamos destinados a estar juntos. Siempre. Es mía. Su carne. Su cuerpo. Su placer. Su dolor. Porque a ella le gusta. Tiene ese lado oscuro, masoquista. A pesar de los desmayos. De aquella vez en el hospital. No importa. Solo tiene que aceptarlo. Como ahora, su coño nihilista sobre mí, cubriéndome, asfixiándome. Sólo conmigo se muestra tal como es, con los demás finge en silencio, utilizando las palabras adecuadas por teléfono. Soy el único que puede aceptarla, que ha visto de cerca su alma pútrida, lo sucia y fea que es por dentro y por fuera. Antes de conocerme solo era una pobre ingenua que bostezaba ante la vida, ahora grita, grita, nunca para de gritar. Sin mí no sería nada.

Se me empieza a nublar la vista. Tengo una convulsión. Quizás está esperando demasiado. Cuando se levante le daré otra lección. Que disfrute de tenerme aquí. Luego la marcaré, mancharé las sabanas con su dolor, le haré comprender el alcance de mi amor.

Fin del capítulo 13.

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