Querida lectora: he de advertirte que estamos entrando en una dinámica destructiva. Suena inquietante, referirse a la destrucción siempre lleva latente una tragedia, pero ahora que he captado tu atención quiero tranquilizarte, en realidad todo es más pueril: lo que quería decir es que somos satélites girando en órbitas excéntricas y asincrónicas, buscándonos y evitándonos a la vez. Como la frontera entre el placer y dolor, entre la potencial adoración e indiferencia entre el escritor y su musa.
Entiendo tu prudencia: somos lo que escribimos, pero no siempre. El terreno de la ficción se alimenta de una parte esencial y otra especulativa. Es fácil desear a ciegas, guiados por la belleza de algunas palabras, de algunos gestos. Sin embargo, ¿es posible encapricharse de un cerebro, querer acariciar las manos que escriben los textos que te emocionan? Yo creo que sí, aunque forme parte de esa dinámica destructiva de la que hablaba antes, del caos apoderándose de nuestras pequeñas esperanzas. De momento estamos seguros, somos tan ajenos como impredecibles, tan extraños como deseables. Quizá ahí esté el truco, la clave de nuestra virginidad conceptual.
Por eso te escribo presa de un súbito ataque de melancolía, atemorizado ante el anonimato que marchitará todas nuestras posibilidades. Te propongo que seamos valientes, que nos convirtamos en devenir y casualidad. Y como primer paso dejemos el sexo como mera cuestión epistemológica, vayamos a lo importante: enséñame tus aristas, tus desequilibrios, el color de tus pensamientos, los defectos que no compartes con nadie; ayúdame a entenderte. El amor es un allanamiento de identidad, una impudorosa aceptación, una alegre emancipación de todas las etiquetas. Ven, atrévete, coge mi mano, desnúdate, enséñame tus heridas, canta conmigo, llueve conmigo. Hagamos una locura. Sálvame. Sálvanos.

Por eso te escribo presa de un súbito ataque de melancolía, atemorizado ante el anonimato que marchitará todas nuestras posibilidades. Te propongo que seamos valientes, que nos convirtamos en devenir y casualidad. Y como primer paso dejemos el sexo como mera cuestión epistemológica, vayamos a lo importante: enséñame tus aristas, tus desequilibrios, el color de tus pensamientos, los defectos que no compartes con nadie; ayúdame a entenderte. El amor es un allanamiento de identidad, una impudorosa aceptación, una alegre emancipación de todas las etiquetas. Ven, atrévete, coge mi mano, desnúdate, enséñame tus heridas, canta conmigo, llueve conmigo. Hagamos una locura. Sálvame. Sálvanos.

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Puedo creer que he tocado fondo, sobrepasado ya el nivel crítico de frustración. Puedo sonreír a los niños que juegan en el parque cuando, en realidad, quiero estampar sus sesos contra el suelo. Puedo mantener un trabajo precario durante ocho años y que no parezca un fracaso vital. Puedo albergar pulsiones suicidas, tener la certeza de que la cuchilla y el agua tibia, o el monóxido de carbono, siempre serán una opción, una válvula de seguridad que me permite no ser aprensivo con mi futuro. Puedo dejarme llevar por el camino del exceso y beber y drogarme como si estuviera más cerca de los veinte que de los cuarenta. Puedo masturbarme, saboreando el dolor físico y mental, rememorando cada oportunidad perdida, cada recuerdo en toda su salvaje intensidad. Puedo leer libros de forma compulsiva intentado buscar alguna justificación, alguna idea que permita llenar el hueco existencial que ha provocado desechar la religión, la familia, el trabajo y el consumismo como forma de vida.
Puedo cerrar los ojos, respirar hondo y saltar por la ventana. Puedo dejar abiertas antes las espitas de gas y acabar con medio vecindario. Puedo reivindicar un espacio propio, e ignorar las advertencias y amenazas de una dictadura disfrazada de democracia. Puedo revolcarme en la autocompasión, en mis complejos y manías, ser un masoquista y volverme también despiadado, porque ambas tendencias siempre van unidas. Puedo tener esperanza en el futuro como máxima utopía desechable. Puedo odiar a Bukowski por decepcionarme. Puedo autoengañarme e ignorar mi pasado, y así repetir los mismos errores una y otra vez. Puedo arrastrarme al hedonismo más trivial, hasta que la inanidad y la falta de estímulos cause mi embrutecimiento y obliteración neuronal. Puedo obviar mi falta de talento y enfadarme con la sempiterna página en blanco. Puedo ser pedante y causar sonrojo mayúsculo por mi falta de contención. Puedo presumir de soledad cuando lo único que pretendo es esconder mi pusilanimidad.
O puedo seguir con este blog. Y ver qué sucede.