lunes, 1 de abril de 2013

Tercera Colaboración.

Entro en la habitación, el aire me revela tu presencia a pesar de la oscuridad, es inconfundible ese olor a sexo, colonia barata y vino. Vengo decidida a dejarte hacer lo que quieras, pero antes de que pueda tensar mis rodillas tus manos me sujetan las muñecas a la espalda, siento el chasquido de unas esposas sobre ellas. Están acolchadas, pero aun así sé que no debo resistirme demasiado porque dejan marcas. Marcas… ya estoy excitada.

El peso de tu cuerpo me aplasta contra la puerta, me obligas a separar las piernas, todo es provocativo, notas como me humedezco y sonríes con suficiencia, aún no has pronunciado una sola palabra. Tus dedos apartan mis bragas con dureza, resbalas en mi interior: me siento abierta, expuesta, cosificada, una oquedad que llenas. Cierro los ojos, sigues arrasando mi sexo, golpeando rítmicamente mi clítoris. Me vuelves loca, me corro de forma brutal tras dos semanas de obligado celibato por tu orden expresa. Escucho tu voz por primera vez, al oído, casi un susurro, aliento preñado de prohibidas intenciones, mi nombre como un regalo dulce y oscuro. Locura. Quiero ser tu puta. Pido. Suplico.

Me subes el vestido, tus manos recorren todo mi cuerpo, tus dedos son pequeñas tenazas que pellizcan y estiran mis pezones, dolor que es placer. Me tiras de espaldas sobre la cama. No te veo. Escucho un ruido, rebuscas en un armario. Te acercas. Silencio. De pronto el golpe. Duro. Seco. No puedo evitar gritar. Me tiras del pelo y me haces mirarte a los ojos, trago saliva: entiendo tu advertencia. Vuelves a golpearme con la fusta de cuero. Me muerdo los labios. Otra vez. Otra. La piel me arde. Otra vez. Joder. De alguna forma extraña me gusta. Otra. Otra. Luego siento tu caricia. La piel irritada lo agradece. Suelto un suspiro, intento girar la cabeza y mirarte pero no me lo permites. De pronto me la metes de una sola embestida. Vuelvo a gritar. No te agrada. Me presionas la cabeza contra la cama y pones tu pie desnudo a mi altura: lo empiezo a lamer mientras me la sigues metiendo con brutalidad.

El tiempo se dilata. Las sesiones pueden durar horas. Estoy a punto de decir la palabra de seguridad. Pero no, quiero saber hasta donde puedo llegar. Sin embargo eres el Amo adecuado, sensible a las reacciones de mi cuerpo, quizás conoces mis límites mejor que yo. Me das la vuelta, acomodas mi cabeza encima de un par de almohadas, quieres que te vea, que goce el momento, otra forma de deliciosa tortura. Primero me llenas de ósculos los muslos, el ombligo, me saboreas lentamente, y luego vas separando mi sexo con la lengua, penetrándome levemente, hasta que ya por fin empiezas a follarme con ella.

Sé que vas a parar en cuanto esté a punto de llegar, pero me sorprendes y ordenas que me corra: yo estallo, me convulsiono, orgasmo incontrolado que me recorre entera, que me obliga a doblar las piernas y arquearme con la respiración entrecortada. Cierro los ojos, todo gira, me siento desecha, extenuada. Escucho el clic de las esposas, relajo los brazos alrededor de mi cintura. Un par de minutos después te escucho ducharte. Y solo puedo pensar: que cabrón…que delicioso cabrón…

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