Proust y el tiempo perdido. Y piensas, ¿para qué, de qué sirve? De
nada, al final de nada. La vida real no se ajusta a tus deseos, sigue sin
vacilaciones a pesar de las decepciones, de esas hondas decepciones que te
llevas con las personas. Y el dolor es vulgar porque se repite en todas esas pútridas
historias que nos rodean, y además sabes que la primera persona del singular
suele ser la más decepcionante. Y no sucede nada relevante, solo esa pequeña
fisura entre lo que te gustaría contar y lo que puedes escribir.
A fin de cuentas todos siguen
adelante, somos muescas, trofeos llenos de polvo, sabanas sucias, frías ya, sin
pasión, olvidadas; atrás quedan las palabras, los sentimientos, las noches
llenas de biografías extraviadas, de roles obscenos, de promesas, planes, del
bello accidente en el que apretabas con tu sonrisa el acelerador porque creías
que era real y merecía la pena. Atrás quedan los puntos suspensivos, las
ciclotimias, las caricias a una muñeca rota, atrás quedan las entradas efusivas
donde realmente existía el pálpito, donde la vulgaridad no era una opción.
Porque ese es el problema: nos desligamos de
esa parte de la literatura que todos atesoramos desde pequeños, mutilamos nuestra épica y nos convertimos en algo ordinario. Algunos se engañan, creen que siguen adelante cuando lo
único que hacen es caminar en círculos sin luchar, no se atreven a mirar
atrás y enfrentarse a todo lo que están perdiendo. Tampoco saben elegir las
palabras, ya no, se queda todo en una sinfonía de silencios, de estupideces, de
meteduras de pata en las cuales la crueldad solo es una ventana abierta que se
han dejado olvidada por error. No importa, como decía, ¿de qué sirve todo esto?
El contexto eras tú:
vestido blanco y escotado, melena castaña, mirada color miel de orgasmo verde,
labios entreabiertos, un aire frágil y ajeno a la vez. Sexo sobredimensionando
una relación llena de contradicción y sin futuro, solo unT’estimoen un
chat etéreo mientras el instante de zozobra pasea travieso e imberbe entre
nosotros.
Pero a fin de cuentas no
existe demasiada metafísica en el polvo de dos personas tan dañadas: polla y
coño, poemas de vida, húmedos y ansiosos sexos transformando el ritmo monótono
de su existencia en una indecorosa alegría libertaría de sodomización brutal.
Entrega, como la poesía de tu mirada fija, como la pequeña capitulación de
realidad que inicia tu mano recorriendo mi cara. Somos pequeñas dosis de litio
en pleno parto amoroso: como una habitación acolchada donde eyacular mi
ponzoña, como tu ansiedad sedimentada en mi amor capcioso.
Y sin embargo nos caló
brevemente la felicidad, como esa primavera sutil de la flor que se abre bajo
la lluvia.
(...)
La quería, así de simple,
quería que viniera a mi casa, que ocupase mi cama, mi habitación, mi alma, mi
polla con su boca, su coño y su culo, quería que se apropiara de mí, quería
sentirme propiedad, quería que me leyera cuentos, todas esas fastuosas
costumbres que tenemos los seres humanos cuando vivimos en pareja, toda esa
soledad barrida con sutileza y sencillez, con la sombra de una presencia que se
cree eterna y que dura lo mismo que la pasión de un día, de un amanecer, lo
mismo que el abrazo de unos borrachos, que la fascinación de una canción, que
la admiración cuando se pone a prueba. Yo quería todo eso porque soy idiota,
porque mi ánimo suicida solo es cobardía, decepción, unos comics que leía de
pequeño en los cuales la vida era sencilla, con perfectas reglas de uso.
Y ahí
estaba yo mientras mi abuela psicótica decía que mi madre era una puta y no me
afectaba. Y ahí estaba yo cuando durante cuatro años me insultaban en el
colegio y no reaccionaba. Y ahí estaba yo cuando liberé mis venas, ensucié
el baño de sangre y el grito histérico de mi madre se reflejaba en ella como
algo banal, anecdótico. No, no, no, no. A fin de cuentas todos
pendemos de un hilo muy fino. Desaparecer es como escupir al suelo y ver como
se derrite nuestra humanidad poco a poco.
(...)
¿De qué hablar cuando has
aniquilado la primera botella de vino y sabes que tienes público? Porque la
desdichada conclusión lógica de semejante escenario es empujar tu ego estúpido
a publicar cualquier cosa que tus dedos maniqueos y espurios elucubren, aunque
luego invoques una penitencia cerril escondiéndolo tras otra entrada poética
insustancial. Pero, ¿acaso importa, acaso nos conocemos para que me importe
realmente vuestra opinión? No, nada, todo es insípido, tremendamente asqueroso
e insustancial. Radiohead. Niño mimado.
Podría hablar de mi abuela
psicótica. De mi madre inexistente. De mi padre muerto, porque quien no
aparece, quien no te quiere ni se interesa por ti, deja de existir y muere. No
conozco a ese miserable cabrón, ¿es duro? No, las preguntas se hacen ante un
espejo. Existe un vacío. Una oportunidad perdida. Una zona muerta. Lo más cerca
a un padre que tuve fue mi tío, y murió hace unos meses. Hacía más de diez años
que no le veía. Hablé con él por teléfono un par de veces. Pero le despreciaba
porque también tenía problemas psicológicos. Supongo que es hereditario.
Durante mucho tiempo pensé que yo también estaba condenado a escuchar voces y
ver “cosas”, pero no sucedió. Hubiera sido una buena excusa. Sólo heredé el
orgullo y el alcoholismo. Pero me arrepiento. Me hubiera gustado hacerle algunas preguntas, saber más de él, de lo que había estado haciendo todo este tiempo. Dejar a un lado mis prejuicios estúpidos e ir a
verle.
Cada día me cuesta más
levantarme de la cama. Aspiro a una especie de epifanía sentimental, pero es un
error, confundo vacío existencial con vacío emocional. De hecho el blog es un
problema. Debería de sacudirme la resaca, el aturdimiento de la soledad, salir
a la calle, quizás matricularme de nuevo en la universidad o trabajar en otra
cosa. Pero no, no comienzo nada; algo anda mal en mi cabeza, debería ir a un
psicólogo, debería castrarme o cortarme las venas de forma melodramática,
debería lamer tus tacones, sacar mi enorme monstruo purpura y eyacular por
quinta vez sobre la faz de esta fatídica noche, y así, de esa forma, conseguir
que todo termine en unhappy end, en un sarpullido de indigencia, en
un fundido en negro con un pedazo de carne con forma humana dormitando a lo
lejos.
A veces recuerdo a mi ex, ¿fui
cruel con ella, despiadado, me la follé como un desalmado? Seguramente lo mejor
que le ha podido suceder es que se haya alejado definitivamente de mí. Lo que
me lleva a recordar a esa otra catalana. La quería, enamorado de esa pasión que tenía por la vida, fingiéndome un reflejo, un cuento. Me
hacía sentir vivo, quizás por eso aún me cuesta hablar con ella.
Estoy al borde del abismo,
un abismo con forma de pista de hielo en la cual nada tiene importancia, como
si solo fuéramos pequeñas conversaciones que se gestan con el eco de la risa
del almanaque a nuestras espaldas. Y no puedes evitar sentir que la oportunidad
se pierde, como si fueras el espectador de una carrera amañada. Pero,
¿realmente quieres esa oportunidad? A veces no lo sé, se está tan bien aquí, es
casi como volver a saborear el líquido amniótico, escondido, disfrutando del
silencio artificial pero seguro del laboratorio, metáfora de los lugares
comunes del capitalismo que evitan con el placer artificial del consumismo que
cuestiones una felicidad ficticia y anoréxica.
(...)
La filosofía de los blogs
es bien sencilla: uno llega, escribe su mierda y luego alguien la olfatea. Hasta
aquí todo bien. El problema es idealizar. Voy a contaros una historia. Cuando
volví de Barcelona hace unos años, no sé exactamente cómo, recabé en un blog
que me impactó sobremanera. De hecho me recuerdo recomendándolo a mis amigos
porque era visceral, sorprendente, políticamente incorrecto, usando a la vez un
lenguaje sórdido y excelso. Es cierto se repetía: sexo, sexo y más sexo, pero
aun así me gustaba pasarme de vez en cuando, como una reverencia
bienintencionada. Recuerdo un par de meses en los que escribió una saga
cojonuda donde mezclaba fantasía con mapas del tesoro y una musa ninfómana;
joder, era impresionante. Había talento, honestidad, soledad irredenta, daba la
sensación de que escribía porque lo necesitaba, sin más. De pronto, sin ninguna
explicación, cerró el blog. Me fastidió, pero al final consideré que era la
mejor forma de desaparecer, una digna salida.
Mucha gente se queja de
Bukowski, sus temas manidos: alcohol, putas, callejones, peleas, hipódromo, y
al final de su vida: vejez, muerte y gatos. Pero nadie puede negar que fue un
escritor honesto: escribía porque era su pasión, porque era lo que le definía y
daba sentido a su vida. Nunca he admirado a nadie, nunca he tenido posters de
cantantes o deportistas en mi habitación, he leído demasiadas biografías, soy
demasiado ¿inteligente? ¿realista? No lo sé, pero lo que sí puedo afirmar
rotundamente de Bukowski después de leer toda su obra publicada en España, y un
par de biografías, es que siempre fue fiel a si mismo, a pesar incluso del
éxito, y aunque no seas afín a su material, eso merece todo nuestro respeto.
Pero reconduzcamos el
tema. En diciembre del 2010 comencé mi blog, y unos meses después, navegando de
enlace en enlace, encontré un blog que albergaba unos textos excesivamente
familiares. Un comentario, una respuesta: era el mismo autor. Me pareció
increíble reencontrarlo. Decidí mandarle un correo, de hecho vivía en Madrid,
podríamos quedar en algún momento.
Desgraciadamente la
realidad siempre transpira el germen de la decepción. No voy a entrar en detalles,
el resumen, forzando la elipsis, es haber descubierto detrás de la impostura a
alguien despreciable, que siente un nulo respeto por sus textos y él mismo.
Bah, da igual. No es
importante, ¿algo lo es? Todo es efímero y eterno a la vez, como las palabras,
como las musas, como la vida. Fundido en negro. Brindis. Mañana será otra
oportunidad para asfixiar al delirio y bendecir la racionalidad.
Solo espero que cuando os
sintáis frustrados, incluso abandonados por mi silencio, recordéis esta entrada
y entendáis que, en cierta forma, lo he hecho por vosotros.
Otra vez el insomnio, es maravilloso cuando llegas cansado del
trabajo, las ideas hundidas en el fango, quieres dormir, pero no puedes. Simplemente
no puedes.
Entonces, vuestro querido decadente, porque asumo que si me leéis hay
cierta afinidad, rescata una botella de vino y se pone a escribir de madrugada.
Quiero defender una idea desde esta quejumbrosa palestra: la gente contradictoria, incoherente,
incongruente, rara, absurda, es tremendamente interesante. No me refiero
naturalmente a esas personas que afirman una cosa y luego actúan de forma
radicalmente opuesta, gente sin ideas o convicciones que se mueven sin escrúpulos
o por inercia. Me refiero a esas otras que a través de un conocimiento honesto
de si mismas, pueden mantener dos posiciones totalmente opuestas. Esto a priori
nos cuesta de entender porque en occidente prima el pensamiento aristotélico, y
nos resulta inevitablemente ilógico. Pero si nos acercásemos a la filosofía
oriental, como el taoísmo, descubriríamos que conceptos opuestos pueden ser
interdependientes, que pueden forman equilibrios dinámicos, incluso permutarse.
Voy a poner un par de ejemplos para intentar hacerme entender. En el
sexo, sobre todo a la mujer, le resulta difícil mantener los dos roles de puta
y esposa, como si necesitara recurrir a una forzada compartimentación, un
atrezzo psicológico, como si el hecho de ser romántico, poeta, excluyera
utilizar luego un lenguaje sórdido y sucio en la cama, excluyera utilizar
consoladores, fustas o cuerdas; esto sucede incluso en el BDSM, alguien adopta
el rol de sumiso y el otro el de Amo, ¿por qué? ¿no podemos intercambiarlos, no
podemos quitarnos el cinturón de castidad mental y ver que sucede? Coge un arnés
y fóllate a tu novio. Quizás le guste. Deja a un lado tus gilipolleces
feministas, vístete de colegiala, y fingid una violación. Quizás te guste.
Somos animales viviendo en una sociedad que encorcheta nuestras fantasías en un comercio de imágenes
y películas. Sométete a tus propias reglas.
Otro ejemplo: reconozco que tengo ciertas limitaciones a la hora de
escribir, suelo ser monotemático, me cuesta desplegar mi sentido del humor, o
peor aún, pasa desapercibido. Naturalmente no resulto el único por estos lares
afín al realismo sucio, a los poetas simbolistas, a Carver, Houellebecq, Welsh,
Palahniuk, etcétera; hay grandes escritores en blogger, inmensos, pero he de
reconocer que me sorprendo cuando en algunos casos leo sus comentarios y
descubro que su depresión es real. Depresión. Vaya, quiero decir, a priori es razonable pensar que si escriben así es porque
están deprimidos, hay una “lógica” tristeza coyuntural, pero en mi caso, si
puse el nombre a mi blog de “Hermosa
Decadencia” no fue porque quisiera desgarrarme el alma y deprimir en el
proceso a todo aquel que tuviera la mala suerte de leerme, fue porque creía –y creo-
que “sentir” a alguien al límite, en su particular madriguera, hundido, y sin
embargo dejando cantar a su pájaro azul,
o riendo con cierta estúpida épica porque el alcohol se ha acabado y sigue
echándola de menos, es perturbador, pero posee una belleza fascinadora.
No digo que en mi caso sea impostura, en absoluto, ahí, entre líneas,
está mi soledad, mi aislamiento, mi alcoholismo autodestructivo, mi cinismo, mi
tristeza, mi incapacidad para llevar una vida normal. Pero, ¿depresión? En
absoluto, al revés, y creo que transciende en mis comentarios, en mis mails, en
las conversaciones telefónicas: soy una persona jovial que le gusta reírse, y
de hecho lo hace a menudo.
Y sin embargo, me gusta escribir sobre la Muerte, sobre el suicidio, me
gusta pensar que tengo esa decisión, esa salida, me alivia realmente, me gustan
esas goteras rojascasinegras, me gusta pensar en esa cuchilla –siempre vertical-
desgarrando –en agua caliente- la piel del antebrazo. Me gusta, no lo puedo remediar,
y aunque no resulte sano sentir esa pulsión, no puedo evitar esa
incoherencia. Pero quizás reside ahí lo divertido de todo este escaparate efímero
que compartimos, en esa fortuna de poder defender la propia
individualidad, la singularidad de cada uno, resistirse a encajonarse a una
etiqueta –al menos escoge tres-, para de alguna manera empezar el cambio, esa
sutil revolución silenciosa que comienza, siempre primero, delante del espejo.
Nada más fácil y a la vez –volviendo a los conceptos opuestos-, más difícil.
Y como ya he divagado en exceso, voy a intentar dormir un poco. La próxima
vez intentaré escribir sobre mi no-vida sexual.