Nunca me había gustado. Lo
había hecho alguna vez, por obligación, sin disfrutar lo más mínimo, sin
desearlo en absoluto…
Hasta él. ¿Por qué coño
con él sí? No lo entiendo. Odio no entender. La primera vez me pilló por
sorpresa. Estaba encima de mí. La metía y cuando parecía que estaba a punto de
sacarla completamente, de abandonarme, embestía furioso. El sexo así tiene algo
que el tierno no tiene. ¿Cómo podía no echar de menos la ternura? “Pregúntame
lo que quiero” “Te jodes, hoy mando yo”
¿Y por qué me gusta? ¿Por
qué ese “te jodes” me hace sentir perra en celo, por qué me inunda así? Creo
que me estoy volviendo loca.
De repente no sé bien cómo
llegó a mi boca y empezó a follármela. Sin pedir permiso, sin preguntar. Mis
flujos llenando mi boca, mezclados con los suyos. Sube el ritmo, ahógame,
quiero morir asfixiada.
Aprenderás a hacerlo. Y
sonaba a promesa, a sesiones eternas de sexo, a ti aprendiendo de memoria los
lunares de mi espalda hasta que sean tu guía, tu mapa celestial en las noches
oscuras. Sonaba a mí suplicando que me folles también el culo, mientras tus
dedos buscan en mi coño la felicidad.
Suena a caricias, a
mordiscos. Suena a mi pelo acariciándote las caderas mientras subo y bajo
rítmicamente, mientras mis labios te envuelven y mi lengua te saborea.
Enséñame. Hazme hacer
horas extras. Se mi dueño. Fóllame hasta que tu polla no conozca otro hogar que
mi boca. Hasta que encuentres el amor en el fondo de mi garganta, hasta que mi
lengua sea la única caricia que desees.
Mi dueño… ¿O no?
El contexto eras tú:
vestido blanco y escotado, melena castaña, mirada color miel de orgasmo verde,
labios entreabiertos, un aire frágil y ajeno a la vez. Sexo sobredimensionando
una relación llena de contradicción y sin futuro, solo unT’estimoen un
chat etéreo mientras el instante de zozobra pasea travieso e imberbe entre
nosotros.
Pero a fin de cuentas no
existe demasiada metafísica en el polvo de dos personas tan dañadas: polla y
coño, poemas de vida, húmedos y ansiosos sexos transformando el ritmo monótono
de su existencia en una indecorosa alegría libertaría de sodomización brutal.
Entrega, como la poesía de tu mirada fija, como la pequeña capitulación de
realidad que inicia tu mano recorriendo mi cara. Somos pequeñas dosis de litio
en pleno parto amoroso: como una habitación acolchada donde eyacular mi
ponzoña, como tu ansiedad sedimentada en mi amor capcioso.
Y sin embargo nos caló
brevemente la felicidad, como esa primavera sutil de la flor que se abre bajo
la lluvia.
(...)
La quería, así de simple,
quería que viniera a mi casa, que ocupase mi cama, mi habitación, mi alma, mi
polla con su boca, su coño y su culo, quería que se apropiara de mí, quería
sentirme propiedad, quería que me leyera cuentos, todas esas fastuosas
costumbres que tenemos los seres humanos cuando vivimos en pareja, toda esa
soledad barrida con sutileza y sencillez, con la sombra de una presencia que se
cree eterna y que dura lo mismo que la pasión de un día, de un amanecer, lo
mismo que el abrazo de unos borrachos, que la fascinación de una canción, que
la admiración cuando se pone a prueba. Yo quería todo eso porque soy idiota,
porque mi ánimo suicida solo es cobardía, decepción, unos comics que leía de
pequeño en los cuales la vida era sencilla, con perfectas reglas de uso.
Y ahí
estaba yo mientras mi abuela psicótica decía que mi madre era una puta y no me
afectaba. Y ahí estaba yo cuando durante cuatro años me insultaban en el
colegio y no reaccionaba. Y ahí estaba yo cuando liberé mis venas, ensucié
el baño de sangre y el grito histérico de mi madre se reflejaba en ella como
algo banal, anecdótico. No, no, no, no. A fin de cuentas todos
pendemos de un hilo muy fino. Desaparecer es como escupir al suelo y ver como
se derrite nuestra humanidad poco a poco.
(...)
¿De qué hablar cuando has
aniquilado la primera botella de vino y sabes que tienes público? Porque la
desdichada conclusión lógica de semejante escenario es empujar tu ego estúpido
a publicar cualquier cosa que tus dedos maniqueos y espurios elucubren, aunque
luego invoques una penitencia cerril escondiéndolo tras otra entrada poética
insustancial. Pero, ¿acaso importa, acaso nos conocemos para que me importe
realmente vuestra opinión? No, nada, todo es insípido, tremendamente asqueroso
e insustancial. Radiohead. Niño mimado.
Podría hablar de mi abuela
psicótica. De mi madre inexistente. De mi padre muerto, porque quien no
aparece, quien no te quiere ni se interesa por ti, deja de existir y muere. No
conozco a ese miserable cabrón, ¿es duro? No, las preguntas se hacen ante un
espejo. Existe un vacío. Una oportunidad perdida. Una zona muerta. Lo más cerca
a un padre que tuve fue mi tío, y murió hace unos meses. Hacía más de diez años
que no le veía. Hablé con él por teléfono un par de veces. Pero le despreciaba
porque también tenía problemas psicológicos. Supongo que es hereditario.
Durante mucho tiempo pensé que yo también estaba condenado a escuchar voces y
ver “cosas”, pero no sucedió. Hubiera sido una buena excusa. Sólo heredé el
orgullo y el alcoholismo. Pero me arrepiento. Me hubiera gustado hacerle algunas preguntas, saber más de él, de lo que había estado haciendo todo este tiempo. Dejar a un lado mis prejuicios estúpidos e ir a
verle.
Cada día me cuesta más
levantarme de la cama. Aspiro a una especie de epifanía sentimental, pero es un
error, confundo vacío existencial con vacío emocional. De hecho el blog es un
problema. Debería de sacudirme la resaca, el aturdimiento de la soledad, salir
a la calle, quizás matricularme de nuevo en la universidad o trabajar en otra
cosa. Pero no, no comienzo nada; algo anda mal en mi cabeza, debería ir a un
psicólogo, debería castrarme o cortarme las venas de forma melodramática,
debería lamer tus tacones, sacar mi enorme monstruo purpura y eyacular por
quinta vez sobre la faz de esta fatídica noche, y así, de esa forma, conseguir
que todo termine en unhappy end, en un sarpullido de indigencia, en
un fundido en negro con un pedazo de carne con forma humana dormitando a lo
lejos.
A veces recuerdo a mi ex, ¿fui
cruel con ella, despiadado, me la follé como un desalmado? Seguramente lo mejor
que le ha podido suceder es que se haya alejado definitivamente de mí. Lo que
me lleva a recordar a esa otra catalana. La quería, enamorado de esa pasión que tenía por la vida, fingiéndome un reflejo, un cuento. Me
hacía sentir vivo, quizás por eso aún me cuesta hablar con ella.
Estoy al borde del abismo,
un abismo con forma de pista de hielo en la cual nada tiene importancia, como
si solo fuéramos pequeñas conversaciones que se gestan con el eco de la risa
del almanaque a nuestras espaldas. Y no puedes evitar sentir que la oportunidad
se pierde, como si fueras el espectador de una carrera amañada. Pero,
¿realmente quieres esa oportunidad? A veces no lo sé, se está tan bien aquí, es
casi como volver a saborear el líquido amniótico, escondido, disfrutando del
silencio artificial pero seguro del laboratorio, metáfora de los lugares
comunes del capitalismo que evitan con el placer artificial del consumismo que
cuestiones una felicidad ficticia y anoréxica.
(...)
La filosofía de los blogs
es bien sencilla: uno llega, escribe su mierda y luego alguien la olfatea. Hasta
aquí todo bien. El problema es idealizar. Voy a contaros una historia. Cuando
volví de Barcelona hace unos años, no sé exactamente cómo, recabé en un blog
que me impactó sobremanera. De hecho me recuerdo recomendándolo a mis amigos
porque era visceral, sorprendente, políticamente incorrecto, usando a la vez un
lenguaje sórdido y excelso. Es cierto se repetía: sexo, sexo y más sexo, pero
aun así me gustaba pasarme de vez en cuando, como una reverencia
bienintencionada. Recuerdo un par de meses en los que escribió una saga
cojonuda donde mezclaba fantasía con mapas del tesoro y una musa ninfómana;
joder, era impresionante. Había talento, honestidad, soledad irredenta, daba la
sensación de que escribía porque lo necesitaba, sin más. De pronto, sin ninguna
explicación, cerró el blog. Me fastidió, pero al final consideré que era la
mejor forma de desaparecer, una digna salida.
Mucha gente se queja de
Bukowski, sus temas manidos: alcohol, putas, callejones, peleas, hipódromo, y
al final de su vida: vejez, muerte y gatos. Pero nadie puede negar que fue un
escritor honesto: escribía porque era su pasión, porque era lo que le definía y
daba sentido a su vida. Nunca he admirado a nadie, nunca he tenido posters de
cantantes o deportistas en mi habitación, he leído demasiadas biografías, soy
demasiado ¿inteligente? ¿realista? No lo sé, pero lo que sí puedo afirmar
rotundamente de Bukowski después de leer toda su obra publicada en España, y un
par de biografías, es que siempre fue fiel a si mismo, a pesar incluso del
éxito, y aunque no seas afín a su material, eso merece todo nuestro respeto.
Pero reconduzcamos el
tema. En diciembre del 2010 comencé mi blog, y unos meses después, navegando de
enlace en enlace, encontré un blog que albergaba unos textos excesivamente
familiares. Un comentario, una respuesta: era el mismo autor. Me pareció
increíble reencontrarlo. Decidí mandarle un correo, de hecho vivía en Madrid,
podríamos quedar en algún momento.
Desgraciadamente la
realidad siempre transpira el germen de la decepción. No voy a entrar en detalles,
el resumen, forzando la elipsis, es haber descubierto detrás de la impostura a
alguien despreciable, que siente un nulo respeto por sus textos y él mismo.
Bah, da igual. No es
importante, ¿algo lo es? Todo es efímero y eterno a la vez, como las palabras,
como las musas, como la vida. Fundido en negro. Brindis. Mañana será otra
oportunidad para asfixiar al delirio y bendecir la racionalidad.
Solo espero que cuando os
sintáis frustrados, incluso abandonados por mi silencio, recordéis esta entrada
y entendáis que, en cierta forma, lo he hecho por vosotros.
Llueve por la ventana. El
ruido del ordenador escancia el silencio, el escenario es un buen vino y
magulladuras en la pared por el impacto de un teléfono. Teclas gastadas,
anónimas, teclas llenas de impotencia, brazadas de soledad,
cuchillas incrementando la presión contra la piel hasta que cede, mero
accidente, como un ascensor estropeado, la angustia del claustrofóbico quedándose
sin aire, todos gimen pero nadie folla. Un paseo romántico por el cementerio,
todo tiñéndose de rojo oscuro, el dolor te hace revivir un infernal ciclo de sirenas
de ambulancia, suturas de urgencia, y monólogos de profesionales de la locura
golpeándote con sus consejos una y otra vez. De acuerdo, pulsemos más
dulcemente, seamos un fraude, cojamos una historia y eliminemos su sordidez,
veamos solo el lado bonito, no levantemos la alfombra, no miremos directamente
al espejo.
Nunca te enamores de un Escritor,
prefieren manipular la realidad en el teclado, en la ficción, nunca encontrarás
pasión fuera de allí, solo un vil despojo humano hediendo mediocridad. Son cobardes. Subliman. Se hacen pajas viendo videos de porno duro asiático y luego
hablan de historias de amor, de como ella
coge piedras en la playa y las guarda, como se masturba lentamente mirándole a
los ojos con ese amor eterno, vasto, intenso, enloquecedor que luego provoca
fotos quemadas y diarreas de nostalgia. Como nuestro protagonista, que sólo conoce coños ausentes y carentes de imaginación. Y todo
acaba en un orgasmo triste, convaleciente, buscando esos siete segundos de
inconsciencia hasta que la inercia universal te regurgite de nuevo, ¿qué hace ella todavía aquí? Puede que
haya algo más, pero él todavía no lo ha encontrado. Y sigue tecleando,
describiendo ese algo desconocido,
inaprensible, buceando entre clichés de princesitas y la necesidad de un
empotramiento bestial que se pudre en su garganta. Y nadie discrepa a pesar de
esa zona muerta, opaca, que rodea ambos conceptos.
El Escritor remonta la
botella, intenta despejarse de ese olor a hospital que se ha instalado en su
cerebro escribiendo sin destinatario, meciéndose en música de gente muerta, estrellando
poemas contra estos muros de ataúd, que son paletadas de tierra que ciegan su
cerebro, sin gasolina en el mechero, ¿solo…?
Hablemos de ella. De Irene. Pies de geisha y voz del sur, de talante callado, introspectivo, las gafas dan un toque intelectual a sus ojos castaños, tiene el pelo corto y no suele llevar sujetador. Su relación está más o menos consolidada, chico rubio de ojos
azules, arquitecto, tiene casa, tiene dinero, tiene un pene de tamaño medio. La
folla con pulcritud. Le insiste en irse a vivir con él, en tener una vida
normal, en buscarla un trabajo adecuado. Nuestro amigo arquitecto es perfecto. Pero
algo falla, alguna pieza no encaja, los demás le insinúan que quizá el problema
sea suyo, pero ella se percata de esos sutiles pero irritantes hilos/sogas que
controlan la vida de todos ellos desde arriba. Y siente que esa lucha que
mantienen no trata sobre quien es
ella, sino de cómo debe ser.
El tiempo acecha y ella
niega con la cabeza.
Entonces conoce a nuestro Escritor.
Nada importante, unas cartas, unas confidencias, unas palabras al teléfono. Pero
según van intimidando ella cada vez es más sincera, se muestra, dice lo que
piensa sin intentar agradar. Todo radica en una extraña sensación de empatía, como
si él pudiera leer las líneas de su corazón y aceptarlas sin más. Es tan
liberador que se deja llevar.
Al mes él se ofrece a
atornillarla al suelo y sodomizarla de todas las formas posibles, quiere hacer
de ella su reina y su puta. Le dice que está tan jodidamente loca que quiere
embestir su alma hasta que lágrimas de semen colapsen sus mejillas. Dice que
matará todos los monstruos que existen en su oscuridad, que llenará el vacío de
todos los secretos que le ha desvelado. Irene siente que todo es verdad y mentira
a la vez, y hunde un alambre muy, muy fino en su piel para recordar, para
poder besar cuando todo pase, la cicatriz con su nombre.
Deciden verse en persona,
en una cafetería bohemia del centro de Madrid. Es un día de lluvia, pero
ninguno viene con paraguas. Se ponen al final, en una mesa lejana. Él pide un
vodka, ella un café. Se miran fijamente, hay ruido en sus miradas. Se notan a
través de la ropa y las heridas, se hacen preguntas en silencio acercándose con
una lentitud que hubiera dolido a cualquiera. Él la roza y ella derrama el
café. Sale a la calle y mira al cielo asustada. El Escritor se acerca y mete la
mano entre sus piernas, jodiendo el espacio de su coño, abriendo su infinito, respirando
dentro de ella. Se besan. Cogen un taxi.
A él le encanta la mirada que tiene cuando le chupa la polla, el sonido que produce follarle la boca, golpearle la garganta, mientras su lengua se mueve alrededor suyo.
A ella le encanta
agarrarle del pelo mientras le come el coño, mientras succiona, lame, hiere,
besa, mientras hace espirales con su lengua, océanos de saliva que ahogan su
clítoris y la envilecen.
A él le gusta el modo en que
cambia su cara, se transforma, cuando se la mete lentamente por primera vez.
A ella le gusta meterle un
dedo en el culo justo cuando se corre y sentir sus gemidos, como los de una
animal, las contracciones de su polla mientras ella la aprieta más y más. Le
encanta esa mezcla de perversión y amor todo junto, todo mezclado, que suelta
en pequeños discursos entrecortados cuando la manda moverse más rápido o cuando
parece que quiere partirla en dos.
Así follan y así viven, el
Escritor y la Lectora, dos locos pidiendo fuego mientras el siseo del gas hace los coros entre las sombras.