A fin de cuentas todos siguen adelante, somos muescas, trofeos llenos de polvo, sabanas sucias, frías ya, sin pasión, olvidadas; atrás quedan las palabras, los sentimientos, las noches llenas de biografías extraviadas, de roles obscenos, de promesas, planes, del bello accidente en el que apretabas con tu sonrisa el acelerador porque creías que era real y merecía la pena. Atrás quedan los puntos suspensivos, las ciclotimias, las caricias a una muñeca rota, atrás quedan las entradas efusivas donde realmente existía el pálpito, donde la vulgaridad no era una opción.
Porque ese es el problema: nos desligamos de
esa parte de la literatura que todos atesoramos desde pequeños, mutilamos nuestra épica y nos convertimos en algo ordinario. Algunos se engañan, creen que siguen adelante cuando lo
único que hacen es caminar en círculos sin luchar, no se atreven a mirar
atrás y enfrentarse a todo lo que están perdiendo. Tampoco saben elegir las
palabras, ya no, se queda todo en una sinfonía de silencios, de estupideces, de
meteduras de pata en las cuales la crueldad solo es una ventana abierta que se
han dejado olvidada por error.
No importa, como decía, ¿de qué sirve todo esto?
No importa, como decía, ¿de qué sirve todo esto?
