jueves, 6 de septiembre de 2012

El misógino.

Mi casera es una puta, pero no ayuda a nuestra precaria relación que pague siempre el alquiler con retraso. Pensará en ello cuando dentro de un par de meses tenga que renovarme. Pero de todas formas no es un problema inmediato, no tanto como mi polla roja y pantagruélica reflejada sobre las imágenes de índole sexual que se muestran en mi nuevo monitor de veintitrés pulgadas. Kafka hubiera sido feliz gracias a internet, con todas esas miles de páginas llenas de filias fermentando la excentricidad sexual, librándole de su represión. Kleenex limpiando los rastros de conciencia, sin charla post coital, todo tan cercano y lejano a la vez, confinando la experiencia a un mando de distancia que baje el volumen de los gemidos.

Esta noche no es suficiente, tengo ganas de algo real, caliente. Podría irme de putas, pero no me gusta esa comedia rancia, falsa, gastada, orquestada. No me importa tanto el cuerpo como la cadencia, esas pequeñas singularidades en cada orgasmo, la delectación en la forma de mover los dedos, las caderas, de morderse el labio; me gusta esa sensación de inocencia mancillada tras una pequeña humillación o provocación, la lucha, el baile de mascaras. En el BDSM han entendido que la única manera de mantener la pasión es la esclavitud del Amo, porque la sumisa exige su atención, sus azotes, todo su tiempo, y el sexo difumina las jornadas de trabajo en mensajes eróticos, en fotos con los pantalones bajados en los baños de la empresa, en peticiones escandalosas que ella niega con la cabeza mientras se encharca inevitablemente. El Amo se obsesiona con su poder “Tócate” “Espérame de rodillas con la boca abierta”, pero para la sumisa todo es un atrezzo a su servicio.

No todo son filias, pero no confundas romanticismo con estupidez, demuestra tu amor con orgasmos. No te escandalices si tu novia aparece con un arnés y un pequeño consolador, o si tu novio aparece con una mascara de gas y quiere grabar como te viola el culo, o si ella quiere tener una pequeña vivencia lésbica fisting. Necesitamos sentirnos deseados, mantener la tensión sexual, seguir jugando, el amor no te hace el coño más sensible, es el deseo, someter y dejarte someter, la experiencia, dibujar arabescos con tus flujos, ¿de verdad es posible estar media vida con un simple y aburrido mete-saca? Pero tranquilos, tenemos muchas excusas que, poco a poco, nos someterán al adocenamiento, a una rutina sin cambios de postura, elige la tuya: religión, mojigatería, familia, niños, responsabilidades, convencionalismo social. Todo.

De todas formas hay demasiada neurótica frígida enamorada del concepto del amor, como un virus estomacal estancado en un ascensor que ni sube ni baja. Luego, irónicamente, entregan su cuerpo a cualquier vertedero de palabras y exudan nostalgia hasta de un desgarro anal.

Divago. Como iba diciendo esta noche estoy poseído por la necesidad extemporánea de follar con alguien de cierta afinidad; quizás sea producto de la sensación sempiterna de suicidio que se produce en septiembre, equinoccio de otoño, a dos meses exactos de mi cumpleaños que marcará esa horrible cifra de treinta y cinco. Me observo y, descontando la monstruosidad que ensancha mis calzoncillos en este momento, conservo todavía algún detalle encantador, soy alto y delgado, de sonrisa perfecta y mandíbula de macho alfa. Con ropa limpia, un buen afeitado y el coche que no tengo, quizás podría tener alguna oportunidad con alguna borracha a partir de las cinco de la mañana.

Pienso en Lenore. Es alguien especial, una especialista en coger tu corazón, acunarlo con palabras bonitas, y luego, cuando menos te lo esperas, estrellarlo contra la pared. Mi último recuerdo es verla haciendo fotos del destrozo, ofrendando la situación al arte. Es de Madrid. También la asocio a una conversación sobre su padre. Había fallecido cuando solo tenía diez años. Ella le adoraba de forma patológica. Quizás fuera por su lejanía, siempre serio, adusto, hierático. Dos meses después entró en su despacho y encendió su portátil, su madre quería formatearlo porque nadie sabía la contraseña, pero Lenore había conseguido un programa y pudo desencriptarla. Realmente no quería espiarlo, solo quería conocerle, concretarle. Y sus deseos se hicieron realidad. Ahí, en una carpeta privada con el nombre “Fuente Santa” encontró vídeos de su admirado padre vestido con unas diminutas braguitas rojas –sospechosamente familiares-, siendo follado por un transexual.

La llamo. Breve conversación. Esta sola, ha disecado al último en su habitual taxidermia de sentimientos. Le digo que voy a verla, que estoy borracho, cachondo y suicida. Me pide que lleve papel higiénico.

Llego a su piso. Zona alta. Dúplex. Cámara de seguridad en la puerta. Pitido. Entro. Jardín. Salón. Ahí está, tumbada en un sillón, bebiendo cerveza, solo lleva unas bragas negras. Ni siquiera me saluda. Me siento a su lado. Está viendo un vídeo suyo. Una suspensión, veo las marcas de los ganchos en su espalda desnuda y tatuada. Sigue siendo oscura como un cuervo, hermosa en la inmolación de su carne. La elevan al ritmo de la música. Cronemberg estaría orgulloso. Diez minutos después el vídeo termina. Se gira y me observa por primera vez.

Lenore: “Pégame una hostia. Sí, no me mires así puta nenaza, es la única forma de mojarme, ¿no has venido a eso?”
Asco y morbo en su voz.
Le doy un par de bofetadas. Sonríe, una sonrisa llena de paz y amor. Así funcionamos los seres humanos, buscando la energía en cualquier parte, en algo transcendente, épico o enfermizo, cualquier cosa que nos permita elevarnos un poco por encima de la mierda mientras la sociedad nos dilata el culo con el puño.

Lenore se transforma en una boca que me rodea, me engulle, una enorme mantis religiosa que succiona mis últimas reservas de vida. Es un buen orgasmo, mezcla de asfixia, placer y arcada. Recuerdo una carta que me mandó; era un barrizal patológico de amor exacerbado, goce sexual como negación de identidad, instrumentalización del sacrificio. Me ama en su inacción, en su miedo, en su incapacidad, en su mano extendida hacía mí, en las tormentas que supuran de sus silencios. Y aun así, no es bastante, la vida nunca es bastante, no puedes gritar al viento, todo requiere un esfuerzo excesivo si se ven siempre las costuras. Quizás por eso la abandono dando un portazo. Grandilocuencia. Vacío. Espesor. Muerte.

Paso por el puente de los suicidas. Un chino me vende un par de botes de cerveza.

No hay redención.

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