martes, 18 de noviembre de 2014

El miedo lo domina todo. Por eso escúchame, ante la duda: ama, ama y ensancha el alma. Crea, conviértete en el héroe de tu propia mierda. Y no mires atrás.

Estoy nervioso, ya noto el petricor acercándose, los arcos blancos reclamando el cielo. Me trago dos pastillas. Después de la operación el neurocirujano me aseguró que tenía mucha suerte de seguir vivo, pero que habría “cambios”. Sí, ahora sé a qué se refería: tengo la percepción de que las cosas a mí alrededor suceden demasiado rápido, me siento lento, como si mi mente estuviera inmersa en el barro y le costase funcionar. Pero todavía tengo a María, no sé cómo conseguí, a pesar de todo, convencerla de que se casara conmigo. Debería despertarla, me pongo frenético cuando hay tormenta por la noche, pero no quiero molestarla, debo intentar superarlo solo. Vislumbro un relámpago, cuento los segundos, uno, dos, cinco, diez… sí, la tenemos casi encima. Ya noto como empieza la migraña, si se quedase solo en eso… pero luego llega ese ruido dentro de mi cabeza, una especie de pitido, como un dial mal sintonizado. Me pongo los cascos del iPod e intento taparlo subiendo el volumen al máximo, pero es imposible, sigue ahí, progresando como un topo dentro de mi cerebro.

Puto accidente. Las imágenes vuelven: todos riendo, la tormenta, ese rayo cayendo cerca de nosotros, perder el control del coche, mi masa encefálica sobre el salpicadero, el olor a quemado de los cuerpos… Sigo vivo gracias a una placa de metal en la sien. Pero el dolor siempre está ahí, un dolor frío, apelmazado, metálico. Por la noche, en sueños, me rasco la zona y siempre amanezco con la almohada llena de sangre. Los médicos dicen que es un dolor psicosomático, que la operación salió bien, que no hay ninguna razón para mis síntomas. Pero sé lo que siento. Y cuando hay tormenta todo se agrava. El pitido resulta tan enloquecedor que me entran deseos de quitarme esta puta placa y meter mis dedos en mi cerebro, hurgar en la herida y rascarme hasta que no quede nada.

Me tomo dos pastillas más. Llevo demasiadas pero no me importa. Empiezo a masturbarme, una forma vulgar de contrarrestar el dolor. Agarro mi polla como si fuera una zarza ardiente y rezo delante de la ventana como si todavía estuviera sangrando en ese coche. El orgasmo me convierte en un glacial rompiéndose, derritiéndose en destellos de nieve sucia que la lluvia limpia de significado. Unos segundos de placidez antes de volver al pitido. Un pitido centuplicado, mucho más intenso, como un hierro al rojo vivo atravesando mi cerebro de lado a lado.

La tormenta está sobre mi cabeza. Todo se nubla. Es como si fuera un hormiguero y viera a Dios acercándose con una lupa un día soleado. Un sabor agrio sube por mi garganta, empiezo a golpear la pared con los puños. Noto que alguien me sujeta pero un filtro rojo se acomoda delante de mis ojos y es como si el mundo doblara su bolsillo y me metiera dentro. El pitido lo cubre todo, no puedo luchar contra él. Pero también escucho gritos de fondo, no, no, no, más no. Aprieto y aprieto hasta que el estertor es silencio. 

Me despierto de golpe. La tormenta ha pasado. Se filtran los primeros rayos de sol a través de la cortina. Siento el peso de tu cuerpo sobre la cama. Cierro los ojos, no quiero mirar. Te recuerdo ayer, justo aquí, cuando me decías entre risas que deberíamos mudarnos al desierto. Allí nunca llueve añadías con una sonrisa, y el amor, nuestro amor, nunca se secaría.