viernes, 14 de noviembre de 2014

La esquizofrenia del teclado, el huracán de palabras sin dueño de un corazón agorafóbico que mendiga por las tardes en el metro de Madrid para su marcapasos de viento.

Tu recuerdo es como un ovillo de lana azul
Que se esparce por el suelo
El gato lo mira con codicia, planea su emboscada, ¿debería impedírselo?

Recuerdo cuando me acerqué a ti
Y te dije: “Disculpa, estás apoyada en mi abrazo…”
Recuerdo cuando dibujaba con gasolina tu retrato
En mi corazón de madera
Ya entonces todos me advertían
Que tuviera cuidado con tus labios de fósforo.

Tu alma estaba llena de roces subterráneos
De sonrisas preñadas de laberintos
De horas medidas con compas
Por eso, cuando era de noche, tragabas tus pastillas
Y avanzabas por el pasillo a esperar a todos tus monstruos
Querías que te hicieran real
O te hicieran añicos

Como si ese gesto pudiera romper la arquitectura de la nada
Como si caer fuera la forma más sencilla de volar
Como si no hubiera ninguna posibilidad de rescate

El problema es que todos creemos tener aptitud de pájaro
Cuando la mayoría solo somos niños traviesos
Que juegan a mojarse sus alas de arcilla
En charcos de vértigo y juegos violentos
Como pestañas cayendo avergonzadas ante el empujón sórdido

Intenté hacer puntería con mi corazón itifálico en tu columpio azul
Y aunque el impacto resonó como un incendio recién nacido
Fracasé
Y no pude salvarnos.



*********

Mis primeros años de universidad fueron una época extraña. Vivía de alquiler con dos amigos más en un piso casi en ruinas de Lavapiés, trabajaba unas horas por la noche de reponedor en un centro comercial y pensaba que la vida se reducía a consumirse el fin de semana en el camino del exceso. Hablábamos de Kierkegaard o Camus y luego nos echábamos a reír porque teníamos la convicción de que solo Bukowski había llegado a encontrar un simulacro de verdad en sus libros.

Y llegaba el fin de semana. Canciones de Barricada. Extremoduro. Chupitos de tequila hundiéndose en los minis de cerveza. Bailes, invitaciones al baño, subir faldas con una sonrisa. Un latido rompiéndose en sístole y diástole. Ciudades de carne que se conquistaban durante unas horas. Kaddish. Éramos las putas del caos, sabíamos que la vida era una concatenación de dolor, frustración y grandes decepciones. Una clase de esgrima repleta de sangre y anzuelos. Por eso queríamos aprovechar el momento, no queríamos asustar a Peter Punk con la luz, ya nos obligarían las circunstancias. Mientras tantos había que seguir huyendo hacia delante. La vida parecía un bar de blancas paredes acolchadas donde cualquiera podía convertirse en isla. En ruido. En sonrisa torcida. O incluso en Arte.

Las mujeres, oh, sí, siempre fue ese el gran problema. Recuerdo que la vi acercarse como un accidente implacable, como si tuviera complejo de polilla y su luz me impidiera moverme. Intenté mantener mi pose de misógino trasnochado, pero ya era demasiado tarde. Marta era adorable y también jodidamente infame. Era el gas que guiña el ojo antes de la explosión. La tesorera de manchas de Rorschach que se abría de piernas ante el silbido del poema y la pornografía hostil de mis dedos. La que exigía condones a los terremotos para compensar las molestias. Su coño era una flor que caía y aplastaba con su incendio la mente. Nunca llegué a descubrir si su bipolaridad era un crisol de pasión vocacional o una enfermedad. Reía mientras daba la vuelta al colchón de la realidad y te descubría la mancha de sangre que había al otro lado y que nadie excepto ella era capaz de ver. Había perversión en su romanticismo. Había cortes en los antebrazos. Y misterios. Y fe impostada. Y gusanos hambrientos. Y ese recuerdo frío e incómodo cuando me exigió amor a gritos en el cementerio de Alcobendas. 

Con ella el amor no parecía una perogrullada, un invento de trovadores resentidos. El amor era el olor a gasolina de su coño, sus silencios, su languidez, su cinismo cruel, el color de sus ojos después el orgasmo, las cicatrices y las canciones compartidas. Y sobre todo sus perfectas felaciones, la forma en que adoraba mi polla entre sus labios, su generosidad, su devoción al introducirla en la boca y acariciarla con la lengua. Ese morbo cuando me miraba a los ojos mientras me corría. Se alzaba y me besaba con fuerza, mi estertor blanco en su boca, el sabor de nuestros hijos no-natos mezclándose con cierto poso de esperanza que la vida todavía no se había encargado de destruir.

¿Qué importaba el dolor prospectivo? ¿Qué importaba el sacrificio cuando su exorcismo de belleza me cubría de tierra y me follaba? Nada. Nada. Nada. Tú eras mi saliva de exilio. Mi brote esquizoide. Mis besos en morse. Sucumbir a la cleptomanía ninfómana de tu boca siempre me pareció la forma más espectacular de equivocarse.

Aquella noche preguntaste: “¿Dónde está tu dignidad? Y respondí: “Allí, junto al ejercito invencible de tus tacones” Así terminó todo.