jueves, 11 de octubre de 2012

Puntos de vista.

Carlos

“El amor salva, durante un tiempo da sentido a tu vida, te levantas feliz de la cama por la sensación de tener un hogar en alguien. Una especie de redención existencial.”

Las cosas están yendo demasiado rápido, casi de forma incontrolable, Isabel tiene un magnetismo animal. Intento poner toda la ternura que puedo en mis besos, quiero saborear el momento, disfrutarlo, va a ser nuestra primera vez. La despojo de la ropa poco a poco, todo en ella es disoluto, nos tiramos en la cama, exploro con meticulosidad cada rincón de su cuerpo con mi lengua, mis labios, mis dedos, gestos repetidos, pero que en ella me cortan la respiración. Le digo que la quiero. Me muerde el labio, sus ojos verdes me rozan el alma y siento que las palabras ya no son necesarias entre nosotros, como si lleváramos años esperando esto. No puedo resistirlo más, me coloco encima y la penetro. Siento sus contracciones, su humedad, su mano en mi pelo estirándolo con fuerza, su voz, sus piernas rodeándome, haciéndome mover, cambiar de postura. Contemplo como gime, desinhibida, libre, entregada, No puedo creerme que sea mía, que me haya elegido. Febril la beso por todas partes, en el cuello, en la cara, en el pelo, como si estuviera esculpiendo poemas. Me parece que tiene su orgasmo y me dejo llevar. Me mantengo dentro de ella, no quiero separarme, la abrazo como si quisiera fundir nuestros cuerpos.

La despedida ha sido un poco fría, pero no importa, estoy casi seguro. Es ella.

Isabel

“A los hombres les gusta masturbarse con mi cuerpo, niños sucios e insatisfechos. Demasiadas palabras y nada de amor. Pero reconozco que me he adaptado a esa situación, me gusta esa animalidad que vuelcan en mi cuerpo antes de eyacular, de vaciarse en mí.”

Insisto con mi sonrisa, acariciando el silencio que hay entre los dos. Él se acerca y me invita a una copa. Se llama Carlos. Brindamos. Me cuesta desgajar su pudor, pero eso me hace insistir más. Una simple impostura, cuando cierran el bar ya estamos yendo, entre besos y caricias, al hotel más cercano. Le observo atentamente mientras aparca el coche, esas manos grandes, alto, atlético. Parece que tiene un buen paquete. Me pongo cachonda al imaginarme en el suelo, de rodillas, mientras me viola la boca, obligándome a tener las manos en la espalda para que pueda forzarme sin límite; se va a llevar una sorpresa, me gusta atragantarme, salivarla entera. Ya estoy húmeda. Le imagino jugando conmigo, primero metiéndola con movimientos largos y pausados, con una engañosa ternura, para luego empezar a follarme con brutalidad, frotándome con violencia el clítoris, arrojándome al suelo, poniéndome a cuatro patas, abriéndome entera mientras me aprieta los pechos, me estira de los pezones, del pelo, me obliga a mirar como me penetra. Me encantaría, como con Javier, que me obligase a lamerle las pelotas encharcadas con mis flujos, me encantaría meterle un dedo en el culo, ver que sonríe travieso, porque sabe que si me lo permite es porque luego me va a sodomizar mientras me grita obscenidades, mientras me llama puta y yo le digo que sí, que soy su puta, que mi cuerpo es suyo, que le pertenezco. Me imagino arañándole, mordiéndole, me imagino sus cachetes, su saliva entre mis piernas, imagino pasión, joder, eso es lo que quiero, pasión, sentirme deseada hasta que me duela.


Que puta decepción. Preliminares larguísimos, todo demasiado lento, como si fuera un homosexual reprimido. Y justo cuando, y no gracias a él, iba a correrme, termina y me aplasta contra la cama con su cuerpo. Joder, que mala suerte tengo. No veía la hora de largarme de la habitación. Esta claro que no es él.

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