viernes, 5 de octubre de 2012

La chica del abrigo rojo. (Primera Parte)

Estoy loca. Es algo muy difícil de asumir. No es algo mutable, como una parte de mi cuerpo que pueda cambiar en un quirófano o en un gimnasio, tampoco es una limitación de mi carácter sobre la que poder aplicar alguna técnica conductista. No, es una definición de mí misma. Algo que siempre irá conmigo. Como ser diabético o alcohólico. Y es curioso, porque muchos problemas mentales surgen a raíz de la incapacidad de aceptarse a uno mismo, ¿en qué me convierte eso, en una loca al cuadrado?

Pensé mucho en eso de pequeña, mientras iba de una institución a otra, encerrada en pequeñas habitaciones blancas, atada a la cama, la cabeza llena de algodones, la boca seca y sin vida. Al final llegué a un acuerdo con las voces, ninguna quería continuar así. La tristeza de nuestros padres, de nuestros carceleros, se podía evitar. Solo teníamos que disimular, rellenar los test de forma adecuada, comportarnos como los demás, decir lo que ellos querían escuchar. Todo fue bien. Poco a poco la alegría volvió a sus vidas.

Y yo siempre tenía los espejos cuando las voces requerían también su tiempo y su luz.

Nunca se lo conté a nadie, seguía con mi vida, sorprendida de que fuera tan fácil engañarlos a todos, fingir ser normal. Durante la adolescencia se agravó más, y cuando el ruido de mi cabeza se hacía demasiado insoportable me iba a otra parte de la ciudad a beber, a drogarme, donde nadie pudiera reconocerme y asustarse por mi comportamiento. Era una doble vida, entre el grupúsculo de gente adinera, con su carrera, sus masters, sus planes impecables, y el otro, lleno de juergas malolientes de madrugada, de sexo en la calle, de disociaciones y locura.

Han pasado muchos años. Años donde mi actuación como la hija, la mujer, la amante, la amiga, la profesional, ha sido perfecta. Todos sonrientes cuando entro en la habitación. Ningún asomo de duda en sus rostros.

Pero ahora, esta noche, el otoño me parece la imagen perfecta de la desesperación. Arboles llorando hojas amarillas, cicuta, melancolía recorriéndoles como savia, pudriéndoles las raíces. Me rozo distraídamente la mejilla mientras releo tus palabras, esas palabras que destrozaron mi hermetismo, mi insensibilidad. Esas palabras que llegaron al núcleo de mi ser, que me apuñalaron con sus aristas, que me hicieron confesarle todo por primera vez a alguien. Que estúpida me siento. Fútil. Yerma.

La conclusión es que las personas no son ni significaban nada, todo es una gran impertinencia de los sentidos, horizontes de carne pudriéndose poco a poco, el alma desdoblándose mientras la sobrevalorada sensibilidad deja un hueco efímero tras de sí. No es amor, solo endorfinas. Y nunca deja de llover.

El humo se aglutina dentro de mi boca, deshaciéndose, huyendo entre mis comisuras. Las voces te odian y te anhelan. Todas ellas. Me piden que te llame, existir un poco más dentro de ti, impedir el desvanecimiento, el influjo de. Pero en vez de eso una de ellas se hace con el poder y empieza a escribir una interminable, ilegible –ininteligible- carta de amor, intentando, no sé, explicar los silencios, las caricias al aire, el asco alimentándose de si mismo dentro de mi venas calcinadas.

Y aunque te conté lo más importante, hubo otras cosas que no quise compartir, supongo que porque sabía que eran avisos ineludibles del final. Mis pesadillas, por ejemplo. En ellas todo al principio esta iluminado con una extraña luz añil. Y ahí, en medio de la nada, estás tú, ajeno, distante, dándome la espalda. Es curioso, pero a pesar de la repetición, las sensaciones son siempre las mismas, me siento asustada, atenazada por una sensación de desgracia inminente y empiezo a llamarte, a suplicarte que te des la vuelta, que me cojas entre tus brazos y me consueles. Pero tú sigues ahí, sin moverte, como una mascara inerte colgada de una pared. Al final todo empieza a desdibujarse, a volverse violento, las voces hablan por mí, te insultan, te golpean, mis manos se convierten en cuchillos que te abren en canal, la tonalidad de la luz va cambiando a un rojo oscuro.

Y en ese momento de tu interior sale una yo más joven, sin cicatrices, brillante, de un blanco incólume. Ella me mira fijamente, levanta sus manos hacía mi cuello y empieza a asfixiarme. Intento soltarme, golpearla, pero su tenaza es demasiado fuerte. Siento como entro en pánico, como mis pulmones arden, estallan los vasos capilares de mis ojos, el mareo, la náusea. Se hace eterno. Y mientras ella aprieta más y más, tú ahí, observando impasible como muero.

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