jueves, 4 de octubre de 2012

Trópico De Decadencia (II)

¿Y qué cojones importaba todo? Ponías el telediario y era todo lamentable, un mar de mierda, brutalidad policial mientras la delegada del gobierno intentaba quitarnos el derecho de manifestación, una guerra económica que España, en manos de sus estúpidos, incompetentes y mentirosos políticos, había perdido hace meses, Turquía a punto de declarar una guerra a Siria. Era todo tan escandaloso que si vomitaba al menos sabía que no era por culpa de la bebida, sino de mi denostada sensibilidad. Menos mal que el domingo había partido de fútbol y las mentes de medio país se apagarían durante al menos hora y media.

Pero a mi no me servía, y cada día me sentía más enfermo y encasquillado. Pensé en Breaking Bad. Scarface. La comida no era tan necesaria y decidí gastar el poco dinero que tenía en medio gramo. A fin de cuentas la vida siempre está dando pequeños empujones, tarde o temprano se acababa el espacio y vendría la caída, el jet lag existencial, la náusea, la insoportable levedad del ser. Fui hasta el Bukowski Club pero estaba cerrado. En un acto nihilista que él aprobaría, mee en la puerta.

La noche siguió discurriendo como siempre, en los baños, esnifando mierda blanca que con suerte solo estaría cortada con talco y algo de anfeta. Pequeños subidones que no escondían durante mucho tiempo el trauma de existir. Pero realmente no pedía mucho más, solo otra noche sin consecuencias, sin transcendencia, gritando epifanías apocalípticas en brazos de desconocidas.

Sin embargo, a pesar de mis pobres expectativas y de dos elipsis de carácter amnésico, me encontré horas después en mi coche siendo fagocitado por una nínfula de aspecto fabuloso. No creo que esa situación se produjera por mi atractivo personal, sino más bien al hecho de estar en el lugar adecuado con las drogas correctas. El problema, cuesta reconocerlo, es que no se me ponía dura. Justo ahora, rebasando ampliamente los treinta, a punto de atesorar uno de esos recuerdos que no te abandonan y ayudan en la vejez a sobrellevar el hecho de perder el control de tus esfínteres, me sucedía esto. Puta mierda.

Ella mientras tanto, ajena a mi drama personal, seguía arriba y abajo, intentando insuflar algo de vida a ese caprichoso pedazo de carne fláccida, moviendo esa boca de ciclotímica belleza sin ningún resultado. Y yo, en vez de esforzarme en aprovechar el momento, empecé a divagar entre recuerdos. Más concretamente sus recuerdos. Ella, adoradora confesa de Nietzsche, con sus taras, con esas perfectas felaciones, borracheras de lujuria, manteniéndome dentro de su garganta hasta que afloraban las lagrimas, la asfixia, y liberaba a su rehén. Echaba de menos con igual intensidad su coño y su cerebro, echaba de menos sumergirme en esa carne triste y loca, las manchas que dejaban sus besos en mi carne, ese baile perfeccionado de contracciones y embestidas, echaba de menos hasta el sabor de sus flujos, esa forma sublimada empíricamente de placer compartido.

Todo había sido siempre muy claro entre nosotros, a fin de cuentas una hostia es una hostia, sin mayor divergencia de criterios, sin manipulación ni gilipolleces. Solo el retroceso de su rostro manchado de carmín. Un corazoño que se divertía enseñando sus cicatrices. El problema es que ya no era mía, y su ausencia seguía doliéndome.

La piel tirante, una erección pantagruélica me devolvió al presente. Pero era como esa escena de La Naranja Mecánica, placer recorriendo la médula espinal, pero sin el cuerpo y el escenario adecuado. Empujé su cabeza hacía la luz y el oxigeno. Me miró extrañada, perdida, quizás era más feliz ahí abajo exhibiendo su vocación. Pero aunque mis cojones tenían otra opinión, su coño merecía que la llenasen unos minutos, que ese despiste de los sentidos la alejase de esta esfera achatada de mierda. A fin de cuentas la noche era joven, aquí y allá todos estaban follando, el semen se enfriaba entre los muslos de millones de féminas rumbo a la soledad, cauterizando por unos breves momentos el ansia perenne de placer y evasión-. Mucho mejor que esos baños con olor a mierda ajena -pero propia- de muchos matrimonios.

La dejé ahí, en el último bar abierto. Pero antes de volver a casa, de nuevo solo, como en la canción de Los Planetas, me metí las últimas rayas en el asiento de atrás.

Pero la paz duró poco, la ansiedad me corrompió, la ansiedad de escuchar de nuevo su voz. Tiré el móvil contra el suelo destrozándolo, todos esos componentes que unos niños en China se habían tomado la molestia en ensamblar desperdigados por el asfalto, como un animal atropellado enseñando las entrañas. La dignidad nunca resultó tan barata de conservar.

Te amo aunque no te conozca, aunque no estés aquí, aunque solo existas dentro de mi cabeza.

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