jueves, 18 de octubre de 2012

Introducción.

Insomnio. Soledad. Reducto de lucidez e ira. Brindis a ese suspiro entrecortado de romanticismo que contiene el secreto de la nada. La luz pútrida del monitor -astillas en los ojos-, masturba sombras chinescas sobre el teclado. Mi vecino moribundo lleva tosiendo toda la noche. No ha sido un buen día para nadie. Quizás un buen salto sea lo único que necesitemos para dejar atrás a los monstruos hambrientos. Pero los puentes con olor a mar siguen estando demasiado lejos.

Soy una costra de oscuridad desaliñada, un pedazo de carne con alucinaciones de humanidad, incapaz de encontrar el orden correcto en las llamadas, manchando los márgenes con muescas de esperanza.

Enciendo un cigarro. Cualquier dirección es valida si nunca ignoras las coincidencias. Recuerdo los ojos verdes de mi gato. Escucho a Van Gogh gritando: "Yo arriesgué mi vida por mi trabajo, y mi razón siempre fue menoscabada”. Triste. Loco. Trágico. Bebo un poco más de vino. Cierro los ojos. Imagino que salgo a la calle. Hace frío. Me escondo aun más en el gabán. Voy al local de siempre.

Ella sigue allí. Veintisiete años. Pequeña como sus pechos. Herida. Se nota en la forma que tiene de esconderse tras el humo de su cigarro, tras una risa demasiado fuerte, tras esa copa que apenas saborea. Una soledad perfumada con ansias de complacer. Aun no sabe amar con el coño, sus espinas no hacen daño. Habla de Amélie, de rechazos que no entiende, obcecada, friccionando ataques falsos de euforia, eligiendo el melodrama de labios resecos y palabras alquiladas.

Nunca supe hacer equilibrismos entre palabras y deseo, pero hubiera inventado mil formas nuevas de ahogarme entre tus piernas y de romper la continuidad de este infierno si solo hubieras…

En el oscuro jardín del manicomio (poemas del manicomio de Mondragón) // A quien me leyere by Carlos Ann-Enrique Bunbury-Jose Maria Ponce-Bruno Galindo on Grooveshark