viernes, 19 de octubre de 2012

Nudo y desenlace.

Teníamos un juego en común. Y como precaución, por si en algún momento las cosas se ponían demasiado intensas y nos implicábamos demasiado, también una palabra de seguridad. Al final hice trampas y me enamoré, y lo que en un principio me parecía una palabra banal, aséptica, se convirtió más tarde en algo odioso, triste, una metáfora de tu frialdad, de tu desasimiento, de tu incapacidad para corresponderme.
Aprendí a decirla de tantas y tantas formas diferentes que al final terminé convirtiéndome en ella.
Pasaron dos vidas, y al fin, exangüe y desconocido, te anuncié el final del juego. Despedida y exilio.
Y fue ahí, demasiado tarde para todo, cuando al fin te atreviste a pronunciar mi nombre.

**
Ruido blanco. Estoy delante del espejo. Vamos a darles un motivo real para el rechazo. Anestesio mi cara con un par de inyecciones y empiezo a cortar, surcos monstruosos, desligando la piel del músculo, sabor metálico, mutilación, las grietas de mi carne sonríen.
Empieza a temblarme el pulso, sigo cortando, desgarrando, eliminando carne de mi rostro. Evisceración de un ojo, sacarlo, jugar con el, aplastarlo en la mano. La náusea me hace perder el equilibrio, voy a desmayarme, el horror palpita, caigo en la oscuridad.

Una pesadilla. Un poco de vesania. Sin matemáticas. Como un Jamais vu. Su fantasma pasea por el teclado con su característica torpeza y borra la siguiente frase. Nos ha hecho un favor a todos.

***
El búho parpadeaba su otoño en mi cabeza,
ensuciando, desflorando, asesinando,
una erección, un cuerpo, unos labios,
cuando mi cerebro se suicidó.
Se arrojó por el balcón de la página en blanco,
a los pies de un verso.
Fue un gesto inútil,
pues solo contenía soledad, excremento y cenizas.

Y mientras lo contemplaba aplastado ahí abajo,
apareció una niña sonriente, se recogió su falda, y meó encima de él.

Y todo tuvo más de sentido después de eso.

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