domingo, 3 de junio de 2012

Entrevista al conejito suicida en las puertas del cielo.

Gerente: Explícame cómo comenzó todo…
Anacleto: Había creado el test cuando era adolescente, no recuerdo realmente si había más seriedad que broma en todo ese proyecto, solo sé que lo hice sin planificación, en una de esas noches extrañas en las que te haces demasiadas preguntas. En cualquier caso me prometí que si en el futuro contestaba a todas las cuestiones con un No, me suicidaría. No era un reto personal, simplemente sentía que tenía que marcar unos límites, una rayuela en el suelo que pudiera ver desde mi habitación, un anclaje de lucidez que me permitiera recordar quien era a pesar del número de serie que me habían tatuado en el antebrazo.

¿Qué tuvo de especial esa noche? No lo sé. Quizás el insomnio, una extraña añoranza, pesadez en el corazón, quizás los últimos acontecimientos habían amargado demasiado mi rictus vital. Me obsesioné. Necesitaba encontrar la carpeta donde guardaba el test y repasar de nuevo las viejas preguntas. Lo encontré casi de casualidad cuando ya me había dado por vencido. La mayoría, no lo recordaba, ya estaban tachadas, llenas de razonamientos subrayados con energía. Creo que en ese momento ya intuía que estaba en disposición de completar el puzzle. De todas formas muchas eran bastante estúpidas:

¿Crees en la existencia de Dios? Esta fue una de las primeras que había tachado. No sabía engañarme a mí mismo, no me rendía a la evidencia de la nada, de la estúpida soberbia de creernos especiales, de la incoherencia de la existencia. No recurría a la fe para paliar el miedo a la muerte y el olvido.

¿Te sientes emocionalmente apegado a alguien? Ni siquiera a mí mismo. He tenido pareja hasta hace poco, es sorprendente la complicidad que puedes crear simplemente mezclando un poco de ansiedad, soledad y algún orgasmo mal encarado. Una forma provisional de llenar tus huecos. ¿Qué es el amor? Una decepción que nos persigue. Fui sincero: le confesé mi vasectomía, que la idea de crear un nido juntos me resultaba repulsiva, que las palabras de amor ya estaban estancadas en la rutina.

¿Eres capaz de dejar un legado? No destaco por mi inteligencia ni por mi belleza. La genética ha sido rencorosa, pero he de reconocer que tampoco he sido capaz de compensar mi medianía siendo valiente o disciplinado. Quise ser escritor, pero después de intentarlo durante años fui consciente de mis limitaciones. Nunca lo he confesado, no me gusta airear mi mediocridad, ya resulta bastante indecoroso ese rastro pestilente en mi memoria. De todas formas parece estúpido aspirar a que tus cenizas conozcan una gloría que, como mucho, dignificará una biografía plagada de claroscuros.

¿Eres capaz de emocionarme con algo? Al no ser capaz de crear tampoco me emociona el arte ajeno. Antes pensaba que no recordaba mis sueños, la realidad es más grave: ni siquiera soy capaz de soñar. Y cuando estoy despierto deseo huir. Cuando dejas atrás la adolescencia, cuando has saboreado el aire helado de la cumbre y echas la vista atrás sabiendo que ahora queda el descenso, sin más metas que la decadencia y el encorvamiento de espíritu, la naturaleza enmascara tu crisis existencial en una necesidad reproductiva, en esa voluntad de vivir bañada de romanticismo. Soy un extranjero en mi propia mente, nada de eso me interesa.

¿Volverás a enamorarte? Intento entender a las mujeres dentro de los límites intrínsecos de su incoherencia. Y concluyo que el problema siempre es mío, no estoy a la altura de lo que desean. La realidad me ha escupido demasiadas veces su insensibilidad, prefiero el desahogo efímero, la capitulación ante cualquier amor insustancial de esquina.

¿Conseguirás ser feliz? A veces miro el reloj como si sus manillas estuvieran apuntalando los clavos de mi ataúd. Y me echo a llorar. Esa sensación de llegar tarde al estreno de tu película y no poder seguir el argumento, todo el público ensimismado delante de una historia que a ti solo te provoca náusea. Y quieres levantarte, huir. Pero estás atrapado en el asiento. Y solo anhelas que todo termine, que alguien encienda las luces y diga que es un error. Pero la película continúa inmisericorde sin darte ningún descanso.

Y seguían y seguían… No recuerdo cuanto tiempo me llevó. Pero cuando completé con cierta poesía la última pregunta supe que no me estaba dejando llevar por un momento de desesperación, solo había llegado a la conclusión lógica. Era el momento. Quedaban solo por resolver ciertos detalles

Cortarme las venas me imponía cierto respeto, el corte tenía que ir desde el codo a la muñeca para ser efectivo. La intoxicación dulce por monóxido de carbono en un coche quedaba descartada por la ausencia del mismo. Me agradaba la imagen del puente, pero son demasiado bajos, solo provocaría demasiado dolor y lentitud. Una buena combinación de pastillas y alcohol, quizás cicuta o cianuro por rememorar algún clásico, pero me llevaría unos días conseguirlo y tenía que ser esta noche. La explosión de gas, sería lo ideal, instantáneo. Pero no quería librar a mis vecinos de su infierno personal antes de tiempo.
Estaba pensando en el mar como ideal romántico del fin, cuando Ian Curtis empezó a sonar en la habitación.

Comprobé el nudo corredizo y empecé a masturbarme en el suelo del baño. Pensaba en ella, aquella vez en el cementerio. Rememoraba sus caderas, la risa escondida detrás de su melena azabache, esa forma sinuosa que tenía la ropa de pegarse a su cuerpo. Nunca volví a amar a alguien de esa manera, era como un rio de placer fluyendo entre mis dedos, su sonrisa de violetas era mi hogar, el lugar donde quería permanecer para siempre. Meses más tarde llegó la desesperación, porque el placer es la frontera más efímera del dolor. Y ahora, mientras el nudo se cierra del todo y el mareo nubla mi vista, es cuando más la deseo, cuando más visceral resulta su recuerdo. Fuiste la primera, mi Beatriz, el momento que eclipsó todo lo demás.

El estertor llega junto al orgasmo, el placer se difumina en la inconsciencia. Por fin puedo descansar…

Gerente: Muy bonito, pero es una historia poco original. Te encuentras en el purgatorio de conejos literarios. Si quieres descansar antes tendrás que ganarte tus Orejas De Oro.
Anacleto: ¿Cómo?
Gerente: Tenemos un sujeto, Rorschach, ha sido fiel a nuestra causa durante años, pero ahora está en apuros. Tienes que bajar y ayudarle.
Anacleto: ¿Ayudar a un humano? Eso no tiene ningún sentido.
Gerente: Cuando le conozcas lo entenderás...

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