jueves, 22 de marzo de 2012

El polvo de Irene.

Llueve por la ventana. El ruido del ordenador escancia el silencio, el escenario es un buen vino y magulladuras en la pared por el impacto de un teléfono. Teclas gastadas, anónimas, teclas llenas de impotencia, brazadas de soledad, cuchillas incrementando la presión contra la piel hasta que cede, mero accidente, como un ascensor estropeado, la angustia del claustrofóbico quedándose sin aire, todos gimen pero nadie folla.

Un paseo romántico por el cementerio, todo tiñéndose de rojo oscuro, el dolor te hace revivir un infernal ciclo de sirenas de ambulancia, suturas de urgencia, y monólogos de profesionales de la locura golpeándote con sus consejos una y otra vez. De acuerdo, pulsemos más dulcemente, seamos un fraude, cojamos una historia y eliminemos su sordidez, veamos solo el lado bonito, no levantemos la alfombra, no miremos directamente al espejo.

Nunca te enamores de un Escritor, prefieren manipular la realidad en el teclado, en la ficción, nunca encontrarás pasión fuera de allí, solo un vil despojo humano hediendo mediocridad. Son cobardes. Subliman. Se hacen pajas viendo videos de porno duro asiático y luego hablan de historias de amor, de como ella coge piedras en la playa y las guarda, como se masturba lentamente mirándole a los ojos con ese amor eterno, vasto, intenso, enloquecedor que luego provoca fotos quemadas y diarreas de nostalgia. 

Como nuestro protagonista, que sólo conoce coños ausentes y carentes de imaginación. Y todo acaba en un orgasmo triste, convaleciente, buscando esos siete segundos de inconsciencia hasta que la inercia universal te regurgite de nuevo, ¿qué hace ella todavía aquí? Puede que haya algo más, pero él todavía no lo ha encontrado. Y sigue tecleando, describiendo ese algo desconocido, inaprensible, buceando entre clichés de princesitas y la necesidad de un empotramiento bestial que se pudre en su garganta. Y nadie discrepa a pesar de esa zona muerta, opaca, que rodea ambos conceptos.

El Escritor remonta la botella, intenta despejarse de ese olor a hospital que se ha instalado en su cerebro escribiendo sin destinatario, meciéndose en música de gente muerta, estrellando poemas contra estos muros de ataúd, que son paletadas de tierra que ciegan su cerebro, sin gasolina en el mechero, ¿solo…?

Hablemos de ella. De Irene. Pies de geisha y voz del sur, de talante callado, introspectivo, las gafas dan un toque intelectual a sus ojos castaños, tiene el pelo corto y no suele llevar sujetador. Su relación está más o menos consolidada, chico rubio de ojos azules, arquitecto, tiene casa, tiene dinero, tiene un pene de tamaño medio. La folla con pulcritud. Le insiste en irse a vivir con él, en tener una vida normal, en buscarla un trabajo adecuado. Nuestro amigo arquitecto es perfecto. Pero algo falla, alguna pieza no encaja, los demás le insinúan que quizá el problema sea suyo, pero ella se percata de esos sutiles pero irritantes hilos/sogas que controlan la vida de todos ellos desde arriba. Y siente que esa lucha que mantienen no trata sobre quien es ella, sino de cómo debe ser.
El tiempo acecha y ella niega con la cabeza.

Entonces conoce a nuestro Escritor. Nada importante, unas cartas, unas confidencias, unas palabras al teléfono. Pero según van intimidando ella cada vez es más sincera, se muestra, dice lo que piensa sin intentar agradar. Todo radica en una extraña sensación de empatía, como si él pudiera leer las líneas de su corazón y aceptarlas sin más. Es tan liberador que se deja llevar.

Al mes él se ofrece a atornillarla al suelo y sodomizarla de todas las formas posibles, quiere hacer de ella su reina y su puta. Le dice que está tan jodidamente loca que quiere embestir su alma hasta que lágrimas de semen colapsen sus mejillas. Dice que matará todos los monstruos que existen en su oscuridad, que llenará el vacío de todos los secretos que le ha desvelado. Irene siente que todo es verdad y mentira a la vez, y hunde un alambre muy, muy fino en su piel para recordar, para poder besar cuando todo pase, la cicatriz con su nombre.

Deciden verse en persona, en una cafetería bohemia del centro de Madrid. Es un día de lluvia, pero ninguno viene con paraguas. Se ponen al final, en una mesa lejana. Él pide un vodka, ella un café. Se miran fijamente, hay ruido en sus miradas. Se notan a través de la ropa y las heridas, se hacen preguntas en silencio acercándose con una lentitud que hubiera dolido a cualquiera. Él la roza y ella derrama el café. Sale a la calle y mira al cielo asustada. El Escritor se acerca y mete la mano entre sus piernas, jodiendo el espacio de su coño, abriendo su infinito, respirando dentro de ella. Se besan. Cogen un taxi.

A él le encanta la mirada que tiene cuando le chupa la polla, el sonido que produce follarle la boca, golpearle la garganta, mientras su lengua se mueve alrededor suyo.
A ella le encanta agarrarle del pelo mientras le come el coño, mientras succiona, lame, hiere, besa, mientras hace espirales con su lengua, océanos de saliva que ahogan su clítoris y la envilecen.
A él le gusta el modo en que cambia su cara, se transforma, cuando se la mete lentamente por primera vez.
A ella le gusta meterle un dedo en el culo justo cuando se corre y sentir sus gemidos, como los de una animal, las contracciones de su polla mientras ella la aprieta más y más. Le encanta esa mezcla de perversión y amor todo junto, todo mezclado, que suelta en pequeños discursos entrecortados cuando la manda moverse más rápido o cuando parece que quiere partirla en dos.

Así follan y así viven, el Escritor y la Lectora, dos locos pidiendo fuego mientras el siseo del gas hace los coros entre las sombras.

Summer Night Horizon - (Beezik remercie DUNLOPILLO) by Anathema on Grooveshark