viernes, 16 de marzo de 2012

Busco entre tus piernas la fe y hundo mi sol mojado en tu piel.

Abajo, en la ciudad, la venganza de Dios defeca en forma de precario y amorfo zoo de mierda ambulante, monos con la locura pintada en sus rostros llenos de mediocridad. La ciudad reposa, nunca muere, solo mueren tus sueños, tus estúpidos idealismos, donde eres tú mismo quien encabeza el pelotón, quien da la orden de disparar. Cuando ella intenta guardar las formas con su coño lleno de esperma ya es demasiado tarde, solo buscas el fundido en negro de las pastillas, huir de esta pesadilla, de las sobadas y vacuas metáforas sobre soledad y mutilación. Y te derrumbas.

Esta noche el Poeta, está solo, no siente pasión por las palabras. Rescata la botella de vino y sube y baja por su vertedero anímico, cantando canciones de miope nostalgia llenas de lencería roja y desahucios de amor.
La ciudad da un respiro, aún faltan horas para que amanezca. Un desierto de cemento y ladrillo, un cementerio, como una vieja fotografía en blanco y negro con los bordes desgastados. Capas de polvo sostenidas solo por el ruido lejano de algún coche. Brinda de nuevo auspiciado por la música que palpita en sus venas, por las conexiones que permiten estas palabras, por el vaticinio, el desconcierto, por la falta de ese algo indescifrable. Quizás simplemente aguarda la musa, la inspiración que le salve de languidecer, quizá solo busca algo que le reconforte. Los demás piensan que es un misántropo, pero solo es débil, frágil en sus sentimientos.

Cada noche reúne algo de valor, utiliza la navaja y se despedaza el pecho. Saca su corazón y lo mira fijamente. Lo muerde para sentir ese dolor inaudible más cercano, menos alienado por el tópico. Y luego utiliza la sangre que sigue bombeando para escribir. Pero no consigue expresar nunca lo que quiere, no hay alma, está cerca, rozando esa sensualidad que siente, pero no llega a convertirla en palabras, solo es una marisma abandonada. Cuando el fracaso es inapelable lo vuelve a coser en su interior, un interior cada vez más grande y polvoriento.
Pero esta noche es distinto. Ella aparece…Numen. Esta ahí, sentada sobre el estercolero de sus sentimientos, con los pies desnudos manchados con su sangre. Su piel es sueño, sus labios locura, su cuerpo pura poesía, con una expresión de música sinfónica sinestésica de belleza inexplicable.
El Poeta esconde su corazón, y hace que sus versos resbalen por su piel dominándola. Una oración de lascivia que devora su cordura. Deseo febril, un disparo hormonal a bocajarro que los embriaga por la necesidad de poseerse, follarse, aniquilarse en una unión perpetua de almas y cuerpos.

En la ciudad los habitantes arden, los versos del Poeta influenciados por la belleza de Numen provocan la lascivia, la locura general. Cuerpos desnudos retozan en las calles. Las esquinas emanan el olor a semen caliente, sudor y sexo. Todo el mundo se ofrece con las piernas abiertas, o enhiestos, a los demás. Nadie va a trabajar, en los colegios los profesores dilatan anos, practican felaciones. Pronto será insuficiente, la histeria es colectiva, cuerpos desgastados, delirio furioso, mentes perturbadas con un hambre voraz por el cuerpo. Almas desnudas y espectros hacinados en descampados, consumidos por la labor de dar y recibir placer. Sus cuerpos privados de flujo, saliva, lágrimas y sudor yacen abandonados en cualquier parte de la ciudad con los genitales destrozados.

Pero no dura mucho. Numen una noche deja de amar al Poeta. Hay amores que se sacian...se derriten...caducan por agotamiento. Numen se convierte en alguien voluble, caprichosa, maniática, soberbia. Una pura contradicción frígida en esencia. Ni el más endulzado de los poemas puede incendiar su corazón, convertido ya en un invierno emocional. El Poeta enloquece totalmente.

La ciudad vuelve poco a poco a la normalidad, las mujeres siguen fingiendo orgasmos, los solteros siguen masturbándose con los mismos videos de mierda, la gente sigue pagando por la sordidez de media hora o la de toda una vida previo contrato matrimonial, todo es efímero en el cerebro de una mosca de fruta. Nadie habla de esa semana, simplemente se restaura la rutina, insatisfechos o no, y se sigue adelante, respetando el precepto kafkiano, dejando las explicaciones o el mando a otros.

Pero el Poeta no puede olvidar, se siente desesperado, sabe que ha perdido algo importante. Por eso, una noche como esta, mientras observa la glacial mirada de su musa, se quita la camisa, se abre el pecho y saca su corazón de nuevo. Lo mira fijamente y lo lleva a la cocina. Allí lo cuece con su propia sangre y se lo da para cenar. Numen primero lo observa con desconfianza, lo prueba lentamente y ya, con ansia, lo devora totalmente. Poco a poco va recobrando la luminosidad en la mirada, su piel vuelve a reflejar la luna menguante. Vuelve a ser Ella.

Los ojos del Poeta se inundan de lágrimas al contemplarla y cuando, minutos después, muere en sus brazos, sonríe satisfecho: al fin ha conseguido expresar de forma tangible lo que sentía.

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