miércoles, 28 de marzo de 2012

Sempiterna Decadencia.

Quizás sea leyenda que el bukkake empezó como castigo en el Japón feudal para las mujeres adulteras, a las cuales ataban en la plaza del pueblo para que los aldeanos eyacularan sobre ella. Creo que hay pocas cosas que tengan un significado intrínseco a pesar de su origen.

Puedes ver una película pornográfica y observar como las escenas de sexo grupal acaban en corridas faciales sobre la protagonista. Simple, llano en su vulgaridad.
Pero también puedes convertirlo en una expresión estética del exceso depurado. Sin contacto directo con la mujer, como una ofrenda a su belleza y pasividad, varios hombres descargan su semen sobre ella, convirtiéndola en una hermosa flor de loto –un fingimiento floral símbolo de la generación espontánea- un maquillaje de plata que crea un rostro de blanca castidad, negación definitiva del sexo reproductivo. Un placer estético sexual.

Así transformamos la realidad a nuestro antojo, desligándonos muchas veces del tiempo presente, con inteligencia y estupidez a la vez, brindando solos en medio de ninguna parte mientras hacemos la llamada equivocada, alargando la mano hacia el vacío para solo encontrar el tacto desconsolado de la eyaculación entre las sombras mudas de nuestros anhelos.

Naturalmente que quiero eso, a la chica romántica y delicada que sueña despierta mientras le hablo de literatura y trascendencia. Compartir y crear un pequeño universo que atenúe las caídas de la inercia del tiempo. Alguien que se ría conmigo bajo la lluvia mientras me coge de la mano, alguien que roce la pornografía mientras me mira de soslayo, alguien sin delirios, sin grandes enigmas, caos existenciales, fútiles paranoias, porque aunque soy un adicto a correr detrás de esas esfinges sin secretos, sin rumbo, estoy harto de deleitarme en ese juego preñado de derrota y distancias.
Claro, insisto, que quiero desnudarte de ideales, hacerte el amor lentamente, horadar despacito tu alma para dejar salir todo ese amor de adolescente que ha quedado como poso amargo, como ese atardecer que cubrió todo de una luz roja desleída y que no fuiste capaz de compartir con nadie a pesar de estar rodeada de gente.

La soledad es el ancla de mi locura, no hay energía más allá de la copa de vino y la resaca prospectiva, instrumentos que utilizo para no pensar en el fracaso de mi vida dedicada a la nada, absurda, estéril, desaprovechada, dominada por el miedo, incapaz de darme cuerda o pagar el precio de la madurez.

Sólo quiero que me salves de mí mismo, ya intuyes que mis venas no tienen vocación de lobo solitario. Llévame a Paris, que suene Amélie de fondo mientras nos elegimos, finge conmigo, miénteme, hazme creer que todavía somos dos adolescentes que miran con una sonrisa al infinito porque creen que todo es verdad y que será para siempre.

Bésame y huyamos juntos, ¿sabes nadar?

I Can’t Hear You by The Dead Weather on Grooveshark