viernes, 17 de febrero de 2012

Memorias del subsuelo de una mente ficticia.

Creo que voy a morir pronto. Tengo solo treinta y cuatro, lo sé, soy joven, productivo todavía para la cadena de montaje de esta sociedad, aunque el futuro sean las pensiones privadas. Pero no estoy bien. No me siento bien. No llevo una vida normal. Me embargan pensamientos que provocan que cada vez me resulte más difícil levantarme de la cama. Es cierto que de momento me puedo permitir seguir viviendo así, en esta habitación alquilada, solo, trabajando de noche los fines de semana. Pero me estoy quebrando.

La gente me pregunta porque leo tanto: simple supervivencia, escapismo mental, termino un libro y cojo el siguiente, a veces ni siquiera disfruto con ellos. Hoy no tenía ganas de leer, abulia mental, o quizá incapacidad para superar mi mediocridad. A eso de las cinco de la tarde me he metido de nuevo en la cama. A dormir. A irme. Creo que podría hacerme adicto a las benzodiazepinas. Debería. He despertado de madrugada. Sin comida en la nevera, con aliento de resaca. Llevo desde el domingo sin hablar con nadie. La comunicación a veces es dolor. Escribamos.

Creo que es difícil expresar las cosas importantes, al menos las que son importantes para ti, porque suenan ridículas dichas en voz alta. Nos sentimos demasiado expuestos, frágiles ante el escrutinio ajeno, ante su crueldad. Porque la gente es cruel, es lo único que resulta sencillo para todos.

Supongo que solo me pueden entender las personas que les gusta la literatura, que tienden a empatizar con personajes que no existen, a desear que existan, a enamorarse de ellos, a buscarlos, En el fondo perder esa inocencia es un proceso normal, una inercia como la muerte metafórica de tus padres. Aunque creo que esa incapacidad de ensoñación nos convierte en personas más tristes.

Cuando tuve mi época Amélie, no fue solo porque era una representación de todo lo que sentía y sufría por ella. No, era algo más, representaba un romanticismo todavía perenne en mi espíritu que había olvidado. Las canciones hablaban de mí, las películas me emocionaban. Me comunicaba con ella sin cinismo, directamente desde mi mundo interior y cuando terminaba, y ella me sonreía, sentía como las piezas iban encajando. Y aunque no me correspondía, me entendía, sentíamos cierta armonía en nuestros anhelos, en nuestras fantasías, en nuestras ternuras. Existe un lado cínico, pero este párrafo no es el lugar adecuado.

Y Amélie, con sus miedos, sus pensamientos, su álbum de fotos desechadas, sus piedras, su enano de jardín, consiguió brevemente que pensara que merecía la pena el peaje de sentir. El romanticismo es como literaturizar, es un engaño en sí mismo, pones el foco emocional sobre unas cosas dejando en sombra otras. Pero de alguna extraña manera eres feliz, que al final es lo importante. Y a veces, después, el apego consigue que Ella se transforme en un hogar permanente, en un ancla de significado al que siempre quieres volver. No hablo de dependencias, aunque las haya, hablo de tener fe. No en Dios, el Estado, El Trabajo o la Familia, sino en el Amor. En ese extraño cumulo de sentimientos que no deja de ser una oda suprema a la irrealidad.

Ahora ya estoy totalmente vacío de ese sentimiento, curado, como una metáfora de la fiebre del enfermo que desaparece justo antes de morir. Quizá sea un momento de lucidez en una carrera que me empeñaba en correr de espaldas, pero hay cosas que no podemos elegir como nos afectan.

Recuerdo cuando esa sensación latía con más fuerza en mí. Fue en EGB, cuando estuve perdidamente enamorado de Patricia. Nunca le dije nada. Me conformaba con el platonismo, con mirarla de lejos. Creía que sería difícil recordarla pero no es cierto: era una chica morena de pelo largo, nariz pequeña, destacaba por su inteligencia, muy aplicada en clase, tenía carácter, altiva, con toques rebeldes pero solo insinuantes el último año. Buena persona, intentaba hacer siempre lo correcto.
Pero yo era terriblemente tímido en la escuela, supongo que no sabía muy bien cómo comportarme, no tenía hermanos, vivía prácticamente solo, sin visitas, me dedicaba simplemente a jugar delante del televisión y a leer. Mi desconocimiento del género femenino era brutal.

Cuando tenía catorce años, justo antes de entrar en el instituto, fue cuando vi la serie. Kimagure Orange Road. Cuando la emitieron en Tele 5 le cambiaron el nombre por Johnny y sus amigos. Era un shojo anime, un triángulo amoroso. Un chico con poderes psíquicos –Kyosuke- llega nuevo a la ciudad, se encuentra con una chica –Madoka Ayukawa- en un parque, al final de una escalera de cien escalones, y surge la atracción. Pero al llegar al instituto conoce a otra chica –Hikaru- que se enamora de él y que resulta ser la mejor amiga de la primera. Madoka mantiene una lucha interior entre su amistad con Hikaru y los sentimientos hacía Kyosuke, y el susodicho nunca tiene muy claro que hacer, es tremendamente indeciso y por otro lado tiene que esconder que tiene poderes, lo cual siempre acaba metiéndole en problemas a él y al resto de su familia. Hay muchos personajes secundarios que apoyan los tintes de comedia. Hoy en día esta trama nos parecería demasiado ingenua, pero por aquel entonces –la serie data de finales de los ochenta aunque aquí se emitiera cinco años después-, tanta candidez no chocaba. También hay que tener en cuenta la mentalidad japonesa y la forma de afrontar sus relaciones de pareja, el contacto físico, un beso, para ellos requiere mucho más tiempo y es más trascendente.

Pero aparte de esa mezcla de romanticismo, comedia y ciencia ficción, teníamos a Madoka Ayukawa. Aunque el manga data de 1984, sigue siendo uno de los personajes femeninos más inolvidables de toda la historia del comic. Es la perfección arrodillándose ante sus ojos verdes y su pelo negro azabache de brillos violáceos. Atractiva, con un toque de voluptuosa adolescencia, romántica, con carácter, capaz de dar una bofetada a nuestro protagonista, con razón o sin ella, a la mínima excusa, incapaz de mentir, con un acusado sentido de la justicia, amante de la música -tocaba el saxofón y más adelante el piano-, con un pasado de pandillera poco claro, deportista, valiente. No había nada que no hiciera bien. Aparte de su debilidad por Kyosuke y el miedo a los fantasmas, no muestra ninguna grieta en su carácter.

La serie duro 48 capítulos, de los cuales me debí ver en su momento la mitad. Me impactó muchísimo, pero no había internet –era 1992-, por lo cual me quedé frustrado. Pero se había producido un cambio… series como Dragon Ball, City Hunter –que trataba de un investigador privado que siempre quería meterse en la cama con sus clientas-, Sant Seiya se emitían en la televisión. Akira se proyectó en los cines. El puño de estrella del norte se editaba en video. Pero todo fue muy lento, farragoso, se editaban mangas que vendían en Japón en formato tankōbon, como si fueran comics americano destrozándolos con el cambio de formato, sacaban películas en video con doblajes pésimos, dividiéndolas en dos partes para vender el doble. Un desastre. Pero algo bueno sobrevino de todo esto y fueron los fanzines, los salones del manga, las tiendas de importación. Volví a ver la serie, esta vez entera, y empecé con mi obsesión de acumular material, posters, cds con la banda sonora, fanzines con cualquier mención, libros de ilustraciones, Ovas, el manga en francés porque aquí nunca llego a salir completo. Supongo que si fuera ahora, solo tendría que bajarlo de internet y en un mes, sin apenas esfuerzo, ya habría agotado la experiencia. Pero en aquellos años, para bien o para mal, todo era nuevo y mucho más lento. La gente se reunía en las tiendas de comic, intercambiaba material, creábamos fanzines, mailing list que se fotocopiaban y distribuían en cada provincia, se enviaba material o copias de vhs por correo simplemente por el hecho de compartir. Ahora también hay cosas así, solo hay que ver la cantidad de foros o de gente que, por ejemplo, se dedican a subtitular series.

Toda esta obsesión transcurrió paralela a mi nula vida sentimental. Buscaba a esa mujer perfecta, no porque estuviera enamorado de un dibujo animado, pero sí de lo que representaba para mí. Rechazaba en la búsqueda de ese ideal y cuando creía encontrarlo, era a mí, a veces con talento y en otras ocasiones con crudeza, a quien rechazaban.

La verdad es que mi etapa en el instituto nunca llegó a acabar. Tampoco hubo mucha miseria. Yo era un buen estudiante, era inteligente, no tenía que coger apuntes ni estudiar. Pero me junté con la gente errónea. Y ni siquiera por una convicción de rebelde, simplemente porque fueron los primeros en aceptarme. Pasaron los años, y nunca llegué a acceder a la universidad, mataba las preguntas bebiendo a diario, drogándome a diario. A veces me daba por trabajar unos meses y observaba a la gente de mí alrededor mientras se reían por las cosas más estúpidas. No entendía porque no se hacían preguntas, porque estaban tan felices acumulando sin más un día tras otro. Pero… ¿y yo? Tenía las preguntas, las respuestas, y sin embargo estaba allí, con ellos, ¿Qué andaba mal conmigo, porque no quería buscar algo que me sirviera también a mí? ¿Era miedo a implicarme y fracasar, era simple indolencia? Luego me quedé solo. En parte porque era un cretino, en parte porque empecé a aborrecer a la gente. O quizás la gente me asustaba. Hay una línea muy tenue entre esas dos circunstancias.
Mi madre, con la cual nunca he tenido una gran relación, me dejó ocupar una casa familiar y me abandoné ahí. Cuando te aíslas tanto, todo empieza a perder importancia, el abotargamiento te impide valorar el paso del tiempo, no hay nada que tenga valor a tu alrededor.

Por culminar la historia, y llegar a alguna conclusión solo entendible por mí, diré que al final terminé follando por primera vez con una chiquilla que no representaba ninguno de mis ideales. Estaba tan borracho que no me enteré de nada. Cuando al día siguiente quiso repetir la eché de casa. Así de majo era yo por aquel entonces.
Lo que vino después fueron una serie de relaciones sin ningún ápice de romanticismo, ¿para qué? Realmente tampoco tenía mucho valor, y el sexo, ese enemigo natural de la religión que tanta represión y neurosis ha provocado, nunca me pareció realmente para tanto.

Forzando la elipsis diré que hace unos años editaron la serie completa en dvd con el doblaje original, extras, todo bastante trabajado, incluso las canciones dobladas. Uno de los que se habían encargado de ello era un conocido mío por fanzines de Madrid, freak pero aplicado.
Cuando la volví a ver, después de tantos años, no sentí nada, incluso he de reconocer que la tal Madoka me pareció un personaje bastante fastidioso. A mi novia P. le fascinó, se hizo fan, y reflejaba mi propia pasión de hacia una década. En ese momento ya supe que nuestra relación no tenía futuro, mi yo actual no estaba a la altura de su romanticismo, y ella, a su vez, no tenía el potencial de rescatar a ese antiguo yo, cándido e idealista, que había sido en mi juventud, ya en ese momento, tan lejana.

"Cierta noche me encontraba sentado en la cama de habitación de la pensión de Bunker Hill en que me hospedaba en el centro mismo de Los Ángeles. Era una noche de importancia vital para mí, ya que tenía que tomar una decisión relativa a la pensión. O pagaba o me iba: es lo que decía la nota, la nota que la dueña me había deslizado por debajo de la puerta. Un problema relevante, merecedor de una atención enorme. Lo resolví apagando la luz y echándome a dormir."
Pregúntale al polvo / John Fante.

Symphony No. 5 In C Sharp Minor - IV. Adagietto (Conclusion) by Gustav Mahler on Grooveshark