El fantasma de ojos verdes exige un paraguas para
salir a la calle, solo tengo uno roto, me araña y yo le beso; desestima, y con
aire ofendido se mete en mi armario y se tumba a dormir encima de mi ropa.
Tienes grapas de
primavera en el corazón, te acercas, me das un beso con sabor a revolver usado y me juras que el amor es un artículo de lujo; pero a pesar de eso no puedo quererte del mismo modo que quiero lo que no tengo. Mi musa se queja de la frase, pero la culpa es de ella por llevar demasiada ropa.
Es mejor dejar algunos obvios errores en los poemas de amor
como esos para siempreque endulzan con su inconstancia retorcida
y que nunca
llegan puntuales
al funeral.
La inercia de la ciudad nos está matando, nudos y bolsillos vacíos apuntando a una nada que no sabemos compartir, tenemos que adelantarnos al infierno escogido. Hemos comprado medio gramo de esperanza, pero está caducada, y ahora, mientras
las guitarras deshacen la realidad como flecos quemados de neurosis, solo
pienso en follarte.
Marcas en las muñecas.
Mordiscos a ras de hueso. Animales eclosionando. Abjurando límites. Lacerando.
Te prometo dominar juntos
el viento
pero sólo
me corro
lentamente
en tu cara.
Y lanzas un vaso
contra el suelo
y no se rompe
y sales con tu vestido
color puta
y me quedo toda la noche
recogiendo mis pedazos
y llamo al manicomio
y me dicen que esta lleno,
que aguante sin provocar daños un par de años más
y no es que quiera
competir con nadie en asuntos de tristeza, pero sigue sucediendo una
Como un accidente de
tráfico prospectivo en el que disimulas tu falta de autoestima apretando con fuerza el
acelerador.
Y todo sigue su curso
los platos sucios llenos
de canas y cucarachas
los melocotones chillando
los gatitos muriendo
ahogados ante el jolgorio de los niños
la araña jugando con la
mosca
todos unidos por el prepucio de la existencia
por el horror de unos ojos de cartón
reptando por las hendiduras de la mente.
Frío. Lluvia. Un par de botellas
de vino. Y una cerveza.
Me siento solo, desprotegido
encenagado por la pútrida
y noctívaga luz del monitor
masturbándome con cómicas
ensoñaciones de nada
ridículo ante la descarnada realidad,
ante la tosquedad lírica de esa imagen perfecta
de tu boca, tu piel, tu coño...
Cierro los ojos,
carne
podrida incapaz de lamentarse por las malas decisiones
el amor, esa cosa patética
pero, ¿y si fuera diferente?
una promesa que dure más
de cinco segundos
un te quiero en el momento adecuado
una mano que no desafine
cuando busque la caricia
algo más que mi semen recorriendo tu garganta,
muriendo sin memoria en tu estómago.
En ese momento, al otro
lado de la ciudad,
un cerebro salta desde un
quinto piso y forma en el asfalto la huella dactilar de la polla de Dios.
Creo que voy a morir pronto. Tengo solo treinta y cuatro, lo sé,
soy joven, productivo todavía para la cadena de montaje de esta sociedad,
aunque el futuro sean las pensiones privadas. Pero no estoy bien. No me siento
bien. No llevo una vida normal. Me embargan pensamientos que provocan que cada
vez me resulte más difícil levantarme de la cama. Es cierto que de momento me
puedo permitir seguir viviendo así, en esta habitación alquilada, solo,
trabajando de noche los fines de semana. Pero me estoy quebrando. La gente me
pregunta porque leo tanto: simple supervivencia, escapismo mental, termino un
libro y cojo el siguiente, a veces ni siquiera disfruto con ellos. Hoy no tenía
ganas de leer, abulia mental, o quizá incapacidad para superar mi mediocridad.
A eso de las cinco de la tarde me he metido de nuevo en la cama. A dormir. A
irme. Creo que podría hacerme adicto a las benzodiazepinas. Debería. He
despertado de madrugada. Sin comida en la nevera, con aliento de resaca. Llevo
desde el domingo sin hablar con nadie. La comunicación a veces es dolor.
Escribamos.
Creo que es difícil expresar las cosas importantes, al menos
las que son importantes para ti, porque suenan ridículas dichas en voz alta.
Nos sentimos demasiado expuestos, frágiles ante el escrutinio ajeno, ante su
crueldad. Porque la gente es cruel, es lo único que resulta sencillo para
todos.
Supongo que solo me pueden
entender las personas que les gusta la literatura, que tienden a empatizar con
personajes que no existen, a desear que existan, a enamorarse de ellos, a
buscarlos, En el fondo perder esa inocencia es un proceso normal, una inercia
como la muerte metafórica de tus padres. Aunque creo que esa incapacidad de
ensoñación nos convierte en personas más tristes.
Cuando tuve mi época
Amélie, no fue solo porque era una representación de todo lo que sentía y
sufría por ella. No, era algo más,
representaba un romanticismo todavía perenne en mi espíritu que había olvidado.
Las canciones hablaban de mí, las películas me emocionaban. Me comunicaba con
ella sin cinismo, directamente desde mi mundo interior y cuando terminaba, y
ella me sonreía, sentía como las piezas iban encajando. Y aunque no me
correspondía, me entendía, sentíamos cierta armonía en nuestros anhelos, en
nuestras fantasías, en nuestras ternuras. Existe
un lado cínico, pero este párrafo no es el lugar adecuado.
Y Amélie, con sus miedos, sus
pensamientos, su álbum de fotos desechadas, sus piedras, su enano de jardín, consiguió
brevemente que pensara que merecía la pena el peaje de sentir. El romanticismo es como literaturizar, es un engaño en sí
mismo, pones el foco emocional sobre unas cosas dejando en sombra otras. Pero
de alguna extraña manera eres feliz, que al final es lo importante. Y a veces,
después, el apego consigue que Ella se transforme en un hogar permanente, en un
ancla de significado al que siempre quieres volver. No hablo de dependencias,
aunque las haya, hablo de tener fe. No
en Dios, el Estado, El Trabajo o la Familia, sino en el Amor. En ese extraño
cumulo de sentimientos que no deja de ser una oda suprema a la irrealidad.
Ahora ya estoy totalmente
vacío de ese sentimiento, curado, como una metáfora de la fiebre del enfermo
que desaparece justo antes de morir. Quizá sea un momento de lucidez en una
carrera que me empeñaba en correr de espaldas, pero hay cosas que no podemos
elegir como nos afectan.
Recuerdo cuando esa
sensación latía con más fuerza en mí. Fue en EGB, cuando estuve perdidamente
enamorado de Patricia. Nunca le dije nada. Me conformaba con el platonismo, con
mirarla de lejos. Creía que sería difícil recordarla pero no es cierto: era una
chica morena de pelo largo, nariz pequeña, destacaba por su inteligencia, muy
aplicada en clase, tenía carácter, altiva, con toques rebeldes pero solo
insinuantes el último año. Buena persona, intentaba hacer siempre lo correcto.
Pero yo era terriblemente
tímido en la escuela, supongo que no sabía muy bien cómo comportarme, no tenía
hermanos, vivía prácticamente solo, sin visitas, me dedicaba simplemente a jugar
delante del televisión y a leer. Mi desconocimiento del género femenino era brutal.
Cuando tenía catorce años,
justo antes de entrar en el instituto, fue cuando vi la serie. Kimagure Orange Road. Cuando la
emitieron en Tele 5 le cambiaron el nombre por Johnny y sus amigos. Era un shojo anime, un triángulo amoroso. Un
chico con poderes psíquicos –Kyosuke- llega nuevo a la ciudad, se encuentra con
una chica –Madoka Ayukawa- en un parque, al final de una escalera de cien
escalones, y surge la atracción. Pero al llegar al instituto conoce a otra
chica –Hikaru- que se enamora de él y que resulta ser la mejor amiga de la
primera. Madoka mantiene una lucha interior entre su amistad con Hikaru y los
sentimientos hacía Kyosuke, y el susodicho nunca tiene muy claro que hacer, es
tremendamente indeciso y por otro lado tiene que esconder que tiene poderes, lo
cual siempre acaba metiéndole en problemas a él y al resto de su familia. Hay
muchos personajes secundarios que apoyan los tintes de comedia. Hoy en día esta
trama nos parecería demasiado ingenua, pero por aquel entonces –la serie data
de finales de los ochenta aunque aquí se emitiera cinco años después-, tanta
candidez no chocaba. También hay que tener en cuenta la mentalidad japonesa y la
forma de afrontar sus relaciones de pareja, el contacto físico, un beso, para
ellos requiere mucho más tiempo y es más trascendente.
Pero aparte de esa mezcla
de romanticismo, comedia y ciencia ficción, teníamos a Madoka Ayukawa. Aunque el
manga data de 1984, sigue siendo uno de los personajes femeninos más
inolvidables de toda la historia del comic. Es la perfección arrodillándose
ante sus ojos verdes y su pelo negro azabache de brillos violáceos. Atractiva, con
un toque de voluptuosa adolescencia, romántica, con carácter, capaz de dar una
bofetada a nuestro protagonista, con razón o sin ella, a la mínima excusa,
incapaz de mentir, con un acusado sentido de la justicia, amante de la música -tocaba
el saxofón y más adelante el piano-, con un pasado de pandillera poco claro,
deportista, valiente. No había nada que no hiciera bien. Aparte de su debilidad
por Kyosuke y el miedo a los fantasmas, no muestra ninguna grieta en su
carácter.
La serie duro 48
capítulos, de los cuales me debí ver en su momento la mitad. Me impactó
muchísimo, pero no había internet –era 1992-, por lo cual me quedé frustrado. Pero se había producido un
cambio… series como Dragon Ball, City Hunter –que trataba de un investigador
privado que siempre quería meterse en la cama con sus clientas-, Sant Seiya se
emitían en la televisión. Akira se proyectó en los cines. El puño de estrella
del norte se editaba en video. Pero todo fue muy lento, farragoso, se editaban
mangas que vendían en Japón en formato tankōbon, como si fueran comics
americano destrozándolos con el cambio de formato, sacaban películas en video
con doblajes pésimos, dividiéndolas en dos partes para vender el
doble. Un desastre. Pero algo bueno sobrevino de todo esto y fueron los
fanzines, los salones del manga, las tiendas de importación. Volví a ver la
serie, esta vez entera, y empecé con mi obsesión de acumular material, posters,
cds con la banda sonora, fanzines con cualquier mención, libros de
ilustraciones, Ovas, el manga en francés porque aquí nunca llego a salir
completo. Supongo que si fuera ahora, solo tendría que bajarlo de internet y en
un mes, sin apenas esfuerzo, ya habría agotado la experiencia. Pero en aquellos
años, para bien o para mal, todo era nuevo y mucho más lento. La gente se
reunía en las tiendas de comic, intercambiaba material, creábamos fanzines, mailing
list que se fotocopiaban y distribuían en cada provincia, se enviaba material o
copias de vhs por correo simplemente por el hecho de compartir. Ahora también
hay cosas así, solo hay que ver la cantidad de foros o de gente que, por
ejemplo, se dedican a subtitular series.
Toda esta obsesión
transcurrió paralela a mi nula vida sentimental. Buscaba a esa mujer perfecta,
no porque estuviera enamorado de un dibujo animado, pero sí de lo que representaba para mí.
Rechazaba en la búsqueda de ese ideal y cuando creía encontrarlo, era a mí, a
veces con talento y en otras ocasiones con crudeza, a quien rechazaban.
La verdad es que mi etapa
en el instituto nunca llegó a acabar. Tampoco hubo mucha miseria. Yo era un
buen estudiante, era inteligente, no tenía que coger apuntes ni estudiar. Pero
me junté con la gente errónea. Y ni siquiera por una convicción de rebelde,
simplemente porque fueron los primeros en aceptarme. Pasaron los años, y nunca
llegué a acceder a la universidad, mataba las preguntas bebiendo a diario, drogándome
a diario. A veces me daba por trabajar unos meses y observaba a la gente de mí
alrededor mientras se reían por las cosas más estúpidas. No entendía porque no
se hacían preguntas, porque estaban
tan felices acumulando sin más un día tras otro. Pero… ¿y yo? Tenía las
preguntas, las respuestas, y sin embargo estaba allí, con ellos, ¿Qué andaba mal conmigo, porque no quería buscar algo que me
sirviera también a mí? ¿Era miedo a implicarme y fracasar, era simple
indolencia? Luego me quedé solo. En parte porque era un cretino, en parte
porque empecé a aborrecer a la gente. O quizás la gente me asustaba. Hay una
línea muy tenue entre esas dos circunstancias.
Mi madre, con la cual
nunca he tenido una gran relación, me dejó ocupar una casa familiar y me
abandoné ahí. Cuando te aíslas tanto, todo empieza a perder importancia, el
abotargamiento te impide valorar el paso del tiempo, no hay nada que tenga
valor a tu alrededor.
Por culminar la historia,
y llegar a alguna conclusión solo entendible por mí, diré que al final terminé follando
por primera vez con una chiquilla que no representaba ninguno de mis ideales.
Estaba tan borracho que no me enteré de nada. Cuando al día siguiente quiso
repetir la eché de casa. Así de majo era yo por aquel entonces.
Lo que vino después fueron
una serie de relaciones sin ningún ápice de romanticismo, ¿para qué? Realmente
tampoco tenía mucho valor, y el sexo, ese enemigo natural de la religión que
tanta represión y neurosis ha provocado, nunca me pareció realmente para tanto.
Forzando la elipsis diré
que hace unos años editaron la serie completa en dvd con el doblaje original,
extras, todo bastante trabajado, incluso las canciones dobladas. Uno de los que
se habían encargado de ello era un conocido mío por fanzines de Madrid, freak
pero aplicado.
Cuando la volví a ver,
después de tantos años, no sentí nada, incluso he de reconocer que la tal Madoka
me pareció un personaje bastante fastidioso. A mi novia P. le fascinó, se hizo
fan, y reflejaba mi propia pasión de hacia una década. En ese momento ya supe
que nuestra relación no tenía futuro, mi yo actual no estaba a la altura de su
romanticismo, y ella, a su vez, no tenía el potencial de rescatar a ese antiguo
yo, cándido e idealista, que había sido en mi juventud, ya en ese momento, tan
lejana. "Cierta noche me encontraba sentado en la cama de habitación de la pensión de Bunker Hill en que me hospedaba en el centro mismo de Los Ángeles. Era una noche de importancia vital para mí, ya que tenía que tomar una decisión relativa a la pensión. O pagaba o me iba: es lo que decía la nota, la nota que la dueña me había deslizado por debajo de la puerta. Un problema relevante, merecedor de una atención enorme. Lo resolví apagando la luz y echándome a dormir."