jueves, 16 de febrero de 2012

Mis sueños mueren en jaulas de hurón.

Me gusta ser lesbiana, es lo único que tengo claro en mi vida. Por lo demás me siento almabrada, o quizá quise decir alambrada. Defenestrada por la soledad. Todo va bien. Todo va mal. Estoy loca, siempre escribiendo cosas bellas, sentidas, reales, pero ficticias a la vez, sombras que se pierden debajo de mi falda.

Y borro todo. Y me masturbo. Y luego por la noche, de día, me despierto, sigo escribiendo, leyendo, borrando, masturbándome, sumergida en una catarsis ridícula. Como rejas que parecen rayos de sol cuando abres las piernas. Solo quiero ahuyentar la esquizofrenia sintiendo algo propio y compartiéndolo.

Pruebo con la pintura y me golpeo la cabeza contra la pared una y otra vez, una cadencia de dolor. La sangre se desliza creando dibujos inteligibles. La bombilla, ese cielo blanco y hermoso, se tiñe de rojo, se pudre entre mis dedos como hilillos de semen reseco con olor a carne quemada. Una pequeña nube de cristales sin lazo. Todo es frágil.

Batas blancas me recetaron felicidad, pastillas que se encargaban de abotargar el alma y la angustia a partes iguales. Las comisuras ascendían formando una mueca de payaso desquiciado. Intenté disolverlas en mi coño, también quería sonreír ahí abajo. Utilizaba los flujos Pavlovianos para escribir en las paredes que te odiaba porque seguía amándote.

Me destrozo los bolsillos intentando derramar los últimos minutos. Apunto dos dedos llenos de pelusas a mi sien, miro al espejo y la memoria se fragmenta. Empiezo a morder las fotografías, rasgarlas, intentando salivarlas con mi bilis para poder tragar ese pasado donde salgo sonriendo a la nada, con alguien al lado que ya no existe. Gente muerta, atardeceres etílicos sin color, casas, animales, cosas, todo ajeno. Todo ese pasado aglutinándose por mi garganta.

Intento no vomitar. El espejo sigue ahí, reflejándome, un camisón, locura, dedos agarrotados. Tijeras. Emociones. Todo por... Suena la radio del vecino. Mahler. Alguien ríe. El silencio no existe en esta ciudad. Suena un golpe. Dos. El cabecero contra la pared. Un grito, un suspiro, un lamento, un… ¿orgasmo? NO. Mahler sigue de fondo. Las tijeras ya no están en mi mano. Pongo mi propia música. Y empiezo a pensar. Pensar. Pensar. Pensar. Pensar. Pensar…

Un recuerdo. De pequeña arrancando las cabezas a todas mis muñecas, formando una pirámide, sacando la gomaespuma a mis peluches, quemando mis cintas de colores, los pósters, todo lo que represente inocencia, un acto de odio hacía mí misma...
Recuerdo su aliento en la cara, sus manos de trapo recorriendo todo mí cuerpo, esa pequeña salchicha introduciéndose en lugares…quiero quemar mi piel, mí propia identidad. No hay camas equivocadas, solo un quirófano donde se declara la hora de la muerte y nada termina de cicatrizar.

Saco la llave. Abro un armario. Ahí, en un tarro, están sus gónadas, sus testículos sanguinolentos conservados en formol. Una urna funeraria grotesca pero también adecuada. Todavía recuerdo los ojos de mi padre, como un chiste gastado, cuando se los cercené. Cierro el armario. Vuelvo a la cama. Intento dormir, dormir, dormir…

Me incorporo. Enciendo el ordenador. Sigo escribiendo. Juego a intentar encontrar en la palabra agujero la palabra luz. Juego a columpiarme en la telaraña, en el nadir, sin mirar al cielo. Juego a intentar destilar lo eterno de esta embrutecedora soledad. Solo encuentro versos perfectos para una carta de suicidio, lástima que la muerte sea analfabeta.

No puedo evitarlo y, a pesar de la distancia desnuda que nos separa, vuelvo a pensar en ti. Pienso en que follar contigo era como caer lentamente en la hojarasca, era como el otoño quemando la nervadura de mis sentidos por el placer. Pienso en tus ojos, en tus muslos, en tus rasgos afilados, pienso en cada uno de los lunares que tenías en la espalda, en tu beso de buenos días, en cómo te movías cuando estabas enfadada, o excitada, en como sonreías cuando querías pedirme perdón… en cada pequeño detalle de tu cuerpo. Pienso en la última vez que hicimos el amor, en la lencería que llevabas, en cómo me miraste antes de salir por la puerta.

Me siento tan miserable sin ti. Eras mi tregua, mi oxitocina permanente. Ya no hay orgullo. Vuelve conmigo. Ama mis manos azules. Ama esta cascara vacía. Ama de nuevo la parte de mí que solo tú conoces…

Hago una pausa.
Leo todo.
Lo borro.
Me masturbo...

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