sábado, 9 de junio de 2012

Dario Argento Vs Dirty Dancing

Me duele la cabeza. Tomo dos pastillas más. Termina esa película de los ochenta y pienso que Ferris Bueller es tan real como Tyler Durden, es decir, una fuga psicótica del protagonista, eso explicaría su comportamiento violento, aunque no se puede comparar un Ferrari destrozado a varios edificios explosionando mientras los Pixies crean un momento romántico. La hermana de Ferris es Jennifer Grey, la protagonista de Dirty Dancing, mujer altamente follable.

Estoy nervioso, ya noto el petricor acercándose, los arcos blancos reclamando el cielo. Ese jodido accidente de coche tan estúpido, la imagen de mi masa encefálica sobre el salpicadero... Sobreviviendo con una placa de metal en la sien y un pedazo de la piel del culo cubriéndola. A veces me duele tanto que me arranco el cabello y la piel con las uñas, escarbando incluso en sueños, intentando derretir la parte metálica con los dedos, como si aún tuviera que desalojar una parte más grande del cerebro para poder vivir en paz.

Suelo ser bastante calmado, algo lento, tardo quizás. Pero la tengo a ella, conseguí casarme con ella a pesar de todo. Son las malditas noches de tormenta las que convierten todo en mierda. Empieza con una leve migraña, luego ese pitido. Intento taparlo con la televisión, subiendo el volumen a todos esos telepredicadores que piden más y más dinero para comprar una tregua para sus creyentes. Pero como no tengo dinero me agarro la polla como si fuera una zarza ardiente y rezo delante de la ventana como si todavía estuviera sangrando en ese coche.

El orgasmo me convierte en un glacial rompiéndose, derritiéndose en copos de nieve sucia que el mar limpia de significado. Pero luego todo es peor, vuelvo en mí más vacío que antes, con esos meandros blancos ensuciándome la mano. Y pienso que el sexo para las mujeres es un simple disfraz conceptual, maquillaje vital, una peluca rubia. Para mí la peluca solo es algo donde limpiarme cuando acabo.

Tomo dos pastillas más.

La tormenta está sobre mi cabeza. Todo se nubla. Tengo la misma sensación que cuando era pequeño y quemaba el hormiguero, como si esa fuera la única forma de acercarme a dios. Noto un sabor agrio subiendo por la garganta, golpeo la pared con el puño. Quiero alejarme de ella, pero el suelo es cemento húmedo. Hay ecos de gritos, las cosas me ciegan como si me estuvieran arrancando los párpados y el mundo se doblara hacía atrás. Solo quiero acabar con el pitido, y esos gritos, esos condenados gritos. Aprieto y aprieto hasta que el estertor es silencio.

Me despierto de golpe. La tormenta ha pasado. Siento el peso de tu cuerpo sobre la cama, pero no quiero mirar, no quiero saber. Intento no pensar en nada, pero no puedo evitar recordar como ayer me decías, justo aquí, que deberíamos mudarnos al desierto, allí nunca llueve -añadías-, y el amor... el amor nunca se seca.

Profondo rosso by Goblin on Grooveshark