martes, 14 de febrero de 2012

Odio y amo. Por qué hago esto, podrías preguntarte. Lo ignoro, pero así me siento y me torturo

Si en apariencia he escapado a la programación que me rodea no ha sido por rebeldía, o por capacidad para crear la mía propia. Ha sido porque no he podido ni he sabido seguirla. Y estaría encantado de hacerlo, pero no me excitan las cosas ni las rutinas normales. Aunque no sé si esto es una secuela o el motivo en sí. Encogimiento de hombros.

Llevo intercalando días de alcoholismo nocturno y resaca desde el miércoles, sin un motivo concreto, aparte del molesto disgusto existencial crónico. Aspirando con ansia ese aliento masoquista donde fluctúas entre el estupor cómico, la otredad y la estática de la vida palpitando a tu alrededor. Para luego vomitar toda esa pasión y quedarte atrapado en un simple abotargamiento depresivo, indiferente al sucedáneo. Sin saber enfocar. Y sé que abandonarse no es vivir. Beber tampoco. Eso es lo que tiene de bueno. Por eso vuelvo a esas líneas impúdicas, que encontré de casualidad hace un año, buscando algo de redención, de vigor creativo. 

Dejémonos de monsergas, hay que llenar la cuota, un par de libros a la semana, un par de botellas, un par de entradas. Lo justo e ideal. Mi blog es un desastre melancólico, reconozco el oprobio, ¿de qué hablar entonces, cuando es San Valentín? Podría hablar del año pasado y esa extinta sesión de sexo telefónico. San Calentín lo llamaba ella. Reconozcamos su sentido del humor. Toda esa historia ya parece un fraude. Aunque siga eludiendo algunas canciones. Pero esperaba más vigencia, más resistencia. Y el tiempo, padre de la verdad, parece indicar que la literaturicé en exceso. Masturbar el teclado cuando ataca la soledad, pero sobrevalorando el contenido y el continente. Quizás sea un daño intrínseco del mismo acto de escribir –escarbar. O, para que quede poético, de sentir. Porque encapsular, homenajear ciertas circunstancias, es una simple excusa para seguir quitándote la costra de la herida, impidiendo que cicatrice. La literatura es una puta que finge los orgasmos y de la que sueles enamorarte.

Recuerdo el caso de un amigo que sigue, desde hace años, enamorado de una chica con pareja estable. Ella se va a casar, no hay fisuras. Todos le decimos que la intente olvidar, que se aleje y conozca a otras personas, ¿para qué enfocarte en algo que sabes que es irrealizable? Él nos contesta que no puede controlar lo que siente, es un amor platónico, nadie está a su altura, un Werther moderno, Petrarca, Dante. Supongo que nos parece estúpido porque vemos las relaciones como un supermercado de carne, inversión, rendimiento. El tiempo es dinero. No sé, no quiero juzgar. La memoria lubrica el ideal, y eso requiere un esfuerzo, una disciplina. Llámalo amor, obsesión, falta de experiencia, abducción decimonónica, miedo.

El miedo suele ser la causa principal de infelicidad.

Hoy estaba leyendo la biografía de Bukowski y me acordé de mi ex. Supongo que la soledad retroalimenta cierta nostalgia bien entendida, sin confusiones sentimentales, a fin de cuentas la relación más larga que he tenido, con convivencia incluida, ha sido con Patricia. El caso es que tenía los pies en alto, y me fijé en mis zapatillas, totalmente destrozadas. Y recordé aquél gesto de ternura cuando me sorprendió un día regalándomelas. Son detalles, muchas veces no los sabes valorar porque estás acostumbrado. En ese sentido tuve suerte, era muy detallista.

La verdad es que no suelo mostrar demasiada pasión por las cosas, estoy muerto por dentro, sólo pequeños chispazos, de eso hablaba antes con respecto a la bebida. También me pasa con relación al sexo. Puede resultar sorprendente porque supongo que doy la impresión de que estoy obsesionado con ello, pero simplemente lo utilizo como premisa, me permite desnudar las psiques de los protagonistas sin muchas introducciones, sin tener que recurrir a descripciones de escenarios, ropa o situaciones, simplemente diálogo interno, que es lo interesante, sin adjetivación, buscado la metáfora, ¿cómo se comporta en la cama, cómo es? ¿Es generoso, reprimido, con bagaje, seguro de sí mismo, atormentado?

Patricia tenía energía para los dos. Nos lo pasábamos muy bien juntos, es una persona con la que es imposible aburrirte, con una conversación inteligente, espontanea, muy polivalente. El problema es que tenemos unos caracteres terriblemente incompatibles, conseguimos sacar lo peor de ambos. No he discutido tanto con nadie en mi vida. Fue un error empezar a vivir tan pronto juntos y encima trabajando en el mismo sitio. Aunque tengo un magnifico recuerdo de Barcelona. De hecho Sant Jordi me parecía una genialidad, con todos esos tenderetes de libros y la gente paseando por la noche con su rosa. Pero todo lo bueno se acaba.  A los tres años volví a Madrid por problemas familiares. Y todo se fue estropeando desde entonces. No debí permitir que viniera a vivir a Madrid. Ella seguía enamorada de mí, pero yo no. Tenía que haber sido más sincero. Pero soy un inmaduro y un cobarde. Eso no ha cambiado.

Pero lo que quería decir es que al final lo que más se echa de menos –y sucede cualquier día del año-, son esos pequeños gestos de ternura. Aunque sólo sea un simple correo electrónico, un detalle de afinidad, una cena improvisada… Pero dejemos las cosas aquí. Sólo quería desearos un feliz San Valentín. Espero que sepáis disfrutar con inteligencia de este día, aunque no estéis acompañados. Yo tengo un par de libros nuevos, os aseguro que en este momento son los mejores amantes que puedo imaginar.

Y si encontráis un par de poemas abandonados en un bar, no paséis de largo: son el regalo de un idealista. Sonreíd.

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