jueves, 19 de enero de 2012

Nos separan quinientos kilómetros aunque te recuerde con dieciocho centímetros. Podríamos estar mejor si tú estuvieras encima y yo debajo.

No importan los nombres. Soy alguien que solo puede escribir en silencio. Pero sin música me siento solo, y el talento, o las ideas, a veces no escriben réquiems sobre el teclado.

Buscaba en la palabra siempre esa seguridad que no me daban tus gestos. Pero si no te engaña con sus gemidos no lo hará con la intensidad de sus palabras. Es asombroso lo que la belleza de una mujer cambia un paisaje. Ella es el mar, una maravillosa metáfora literaria que dibujo mientras recuerdo la orilla que yacía entre tus muslos. A veces me sentía como un paraguas roto del color de tus ojos mientras estallaba, de lejos, la tormenta. Eras como un amor platónico con sexo. Pero sé que te decepcionaba. Esa palabra tan fea. Y en la comisura de los labios te nacía el deseo de que yo no fuera yo y fuera otro.

Y entonces siempre pensaba que no me sería difícil encontrar tus pechos, tu culo, incluso tu coño en otras. Pero tu cerebro, maldita sea, con el no tenía esperanza; tampoco con la sensación de tus uñas en mi espalda y tus dientes en mis labios, cuando me dejaba morir entre tus piernas con miedo a la vida que había más allá de tu piel. Pero incluso ahí, la nostalgia ya gemía con la lluvia canciones de desamor en los tejados. Me hubiera gustado escribir sobre tu espalda, respetando las pausas de tus lunares, que te quería tanto que a veces se me olvidaba follarte y solo sabía hacerte el amor mirándote a los ojos.

Que pronto me olvidaste. Semanas. Sudor entre sabanas de motel con alguien que simplemente era una tregua. O quizá fuera alguien importante. O quizá nadie es importante para ti al menos que te rechace.
Yo, mientras tanto, intentaba amputarme las partes que te pertenecían, deshacerme de ellas con el simple e ingenuo gesto de romper una foto u olvidar una canción. El dolor no era divertido sino estabas a mi lado.

Ahora, meses después, me he acostumbrado a las pulsiones depresivas de mis muñecas. Marco en el calendario tu cumpleaños y pienso en Lorca fusilado como encarnación de un día sin ti, un poema sin dueño. El misterio de una ventana iluminada de madrugada convertido en el punto y aparte de una hoja en blanco. No te dejé marca porque realmente la nada solo se puede convertir en nada.

Pero siempre recuerdo tu nombre cuando bebo, con la intensidad de unos puntos suspensivos anónimos y también, por qué no decirlo, crueles.

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