martes, 17 de enero de 2012

Un pequeño texto que surge de mi natural carácter alegre.

Realmente no pedía tanto. Que me quisieras con cierto equilibrio, gritarte mis orgasmos mientras te corrías dentro de mí, que escribieras sin resaca sobre nuestras huellas mojadas, esas que hacían el amor al salir de la ducha, que me llamaras puta entre las sabanas, porque esa palabra en tu boca significaba vida.

Y porque era verdad: era tu puta, me vendía por veinte besos, cinco abrazos, una cena con tu voz, un te quiero en cada ausencia y mi imagen idealizada en las orillas de tus ojos. Quería que me hicieras llegar tarde al trabajo, ser tu poema, tener una versión pequeñita de ti jugando en el salón…que hicieras de mi boca una trinchera mientras hacías malabares con mi coño.

No pudo ser. Quizás con una talla más de pecho y un cruce de piernas más ensayado... Pero tu sonrisa de deshilachó demasiado pronto, y ahora, en este martes hostil, mis orgasmos se deslizan por mis piernas manchadas de soledad y se pierden por el desagüe. Dibujo tu nombre entre dos cubitos de hielo que se deshacen despacio en el vaso vacío. 

Fuimos un par de latidos desordenados, como pintar un corazón deforme en una postal que es más una despedida que una nostalgia compartida.
Escucho la lluvia de fondo y es como secarme las lágrimas con un pañuelo manchado con tu semen.

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Y realmente no sé qué más añadir. No tengo muy claro de que escribir hoy, pero necesito hacerlo, sin escaramuzas añadidas de infelicidad, solo para ahuyentar el tiempo con el ruido del teclado. Como decía Cioran, una sensación tiene que caer muy bajo para convertirse en idea. Vamos allá.

Podría hablar del talento. El talento es una pausa de trascendencia que te emociona, también es algo que atisbas, no comprendes y finalmente olvidas al segundo siguiente. Pero siempre existe esa pausa, un instante de inercia bloqueada que pincha tu cauterizada sensibilidad. Luego tu bagaje y cultura pueden hacerte entender el porqué de esa emoción. Es una sorpresa, es leer un poemario totalmente aburrido y de pronto notar el pulso acelerado, un extraño placer, envidia, ganas de compartirlo, de agotarte releyéndolo una y otra vez. Si queréis una explicación más de ciencias, el autor ha conseguido pasar de A a C sin pasar por B, siendo B lo máximo que pueden llegar los demás con su esfuerzo. Y eso se nota. El talento es una espada de Damocles muy cruel que hace que el tiempo, el esfuerzo, la dedicación no sirvan para nada. Solo para cubrirnos totalmente de mierda aburrida –cine, literatura, música- tapando los pocos rayos de esperanza, de sorpresa que nos puedan llegar por casualidad.

Luego también sucede algo curioso, a veces hacemos como el protagonista de “El Túnel” de Ernesto Sábato, y ponemos una prueba, casi como una llamada de socorro desde la soledad de la pista. Lanzamos una bola, mediocre normalmente, con nuestro nombre, nuestro sello particular. Y nos quedamos esperando una reacción. Con cautela, sin dejar mostrar la emoción de la posibilidad de una respuesta a la altura de nuestras expectativas. Porque a fin de cuentas el arte es comunicación, y es lo que esperamos desde el principio, primero saber comunicarnos con nosotros mismos y a partir de ahí con los demás, sean quienes sean.

De todas formas otra cosa que me obsesiona después de haber visto azuloscurocasinegro es el tema del éxito. En la película, al menos la interpretación que hago, los personajes no pueden ser felices porque se empeñas en cosas imposibles, no son conscientes de sus limitaciones, y como resolución hacen pequeños cambios para que todo siga igual. Dicho así suena un poco desesperanzador. Te adaptas, pero no a tus sueños sino a la realidad. El protagonista tiene la autoestima por los suelos y decide dejar la relación que tiene con su vecina, con la que siempre se siente de prestado, que no está a la altura, por otra chica que simplemente le necesita.

Con el trabajo le sucede algo parecido, simplemente sigue de portero, pero esta vez lo elige, intenta ver las cosas positivas que le reporta aunque sigue buscando tímidamente otra cosa. Ya lo decían en Fight Club, somos la mierda cantante y danzante del mundo ¿nos conformamos con llevar una vida mediocre, ese es el secreto de la felicidad, como el hombre feliz de Oscar Wilde?

Luego otro tema es el tiempo, ¿qué es perder el tiempo? ¿No hacer cosas? ¿Qué tipo de cosas? ¿Quién dictamina que actividades o que proyectos vitales son los más adecuados para no tener una crisis existencial en el futuro por el acoso del tic tac? ¿Dónde está el manual de uso que da sentido real a nuestras acciones?

No encuentro deseable buscarlo en el trabajo. Hablo del noventa por ciento de los trabajos que terminan siendo un fin en vez de un medio por el tiempo y dedicación que exigen. Dejando aparte el efecto que causa una rutina de más de diez años en tu cerebro. Que conste que entiendo el reto, la responsabilidad, intentar ser el mejor y la satisfacción personal al conseguirlo. Pero para mí la implicación es aborrecible, una entrada en Auschwitz. Pero claro, soy el tipo que tiene un blog titulado Decadencia.

Tampoco considero que resida en la familia. Es una experiencia vital –no necesariamente indispensable-, una pequeña capitulación a la voluntad de la especie, de la naturaleza, que no nos debería impedir continuar con normalidad con nuestras vidas. Pero la realidad es que muchas veces tenemos que asumir sacrificios a veces intolerables que nos lastran durante décadas.

Tampoco en la fe, joder, eso ya sería demasiado sencillo. Demos a una entidad toda la responsabilidad, todas las respuestas, toda la náusea. No, si alguno cree en Dios -sobre todo si es el judeocristiano- que deje de leerme.

¿Entonces?

Creo que la vida es una búsqueda de uno mismo. Y ni siquiera para aceptarnos, darnos la mano y sonreír ante el espejo. Necesitamos conocer cuáles son las limitaciones de nuestra propia celda mental –a través de proyectos, fracasos, experiencias-, para luego saber qué podemos aceptar de nosotros mismos y qué queremos moldear. Pequeños cambios que provocan que la celda sea un poco más espaciosa, más interesante, quizá que la vista o las visitas sean diferentes. Y es ese cambio de perspectiva, una vez superado el miedo inicial, lo que nos permite tomar nuestras decisiones con cierta libertad, sin imposiciones desde fuera. Y eso es lo que puede dar relevancia y sentido a nuestras acciones.

Ya no eres un número más, un robot sin consecuencias que acompaña a los demás borregos hacia la nada. Puede que te frustre no tener éxito, o puede que seas feliz con poco y llevando una vida ajena, pero la única felicidad real nace de desarrollar esa libertad personal, lo cual no tiene que ver con ser egoísta o irresponsable con la gente que te rodea, solo con ser consciente de ti mismo y jugar en consecuencia. Un juego infernal. Pero ya estamos en medio de la partida y, al igual que en la literatura, sólo competimos contra nosotros mismos. Los demás son extras en una narración en primera persona.

Si decides estar en medio de la tragedia o bajar el telón antes de tiempo, eso siempre será cosa tuya. Pero primero. Observa de cerca, sin compañía ni imposturas, los barrotes de tu cárcel… ¿es eso realmente lo que Tú quieres?

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