martes, 24 de enero de 2012

Doble post: un relato de romanticismo trasnochado...

La verdad es que antes de los sueños llevaba una vida monótona. Me levantaba, iba a la oficina, tupperware, siguiente turno, volvía en coche. Algo de atasco. Llegaba a casa, quizás necesitase ir al supermercado, a veces quedaba con alguna amiga, a veces algún polvo desangelado.  A veces me rebelaba contra mi vida y me preparaba una cena especial acompañada de un buen vino. Pero cocinar solo para mi me resultaba algo deprimente. Luego me metía en la cama con un libro o el portátil y al cabo de media hora ya estaba dormitando. El fin de semana…bueno, alguna actividad cultural de esas pretendidamente enriquecedoras, alguna visita familiar, pero el tiempo no daba demasiado de sí. También iba una vez cada dos semanas a mi psicóloga. Dos años de rutina. Sin un motivo aparente, quizá porque muchas en la oficina lo hacían, por hablar con alguien, por intentar descubrir algo interesante dentro de mi cabeza.

Hace dos meses tuve mi primer sueño. Estaba en un avión, había turbulencias. No estaba segura del destino ni de nada, pero lo aceptaba con tranquilidad, así son los sueños, como meterse en medio de una película, sigues por inercia. Hablaba con mi compañero de asiento, un hombre con un físico a priori poco afortunado, moreno, con gafas, pelo muy corto, barba y ojos de miope. Parecía más mayor de lo que delataba su conversación, con esos pantalones de pinza, los zapatos y ese jersey negro de cuello alto. La charla discurría animadamente. Me comentaba que el libro “Drive” no merecía la pena, que el director había hecho maravillas con el guión, que “Nada” de Jane Teller era un eructo nihilista. Me ofendía que fuera tan taxativo, el libro de Jane me había gustado, no pensaba que fuera solo para adolescentes. El movía las manos y sonreía, se veía que disfrutaba mucho de la discusión. Me dijo que había demasiados libros, que el tal Roald Dahl estaba sobrevalorado, que prefería releerse a Bukowski o a Cortázar.
Hubo un silencio cómodo y nos presentamos, se llamaba Carlos, como mi hermanastro. Me preguntó si era la primera vez que iba a New York y si había cogido ropa de abrigo, ahora en septiembre el tiempo no era muy estable. Ahí fue donde me di cuenta de todo, no tuve la necesidad de comprobarlo en el atrezzo en forma de periódicos que había repartido por todos los asientos. Jodido sueño retorcido. Pero seguí hablando, sin ansiedad, era la directora y la actriz principal. Sí, le conteste, había querido ir con alguien muy especial pero al final no pudo ser. Otro silencio cómodo.

A partir de ahí fue como si Carlos se fuera transformando, cada opinión, cada gesto, cada detalle le hacía más y más deseable. Y dos horas después -o quizás fueran solo dos minutos, la percepción del tiempo era imprecisa-, estábamos echando un polvo en los baños del avión. Expresión burda, porque en realidad todo fue muy tierno…extraño, morboso, imperfecto, incomodo, pero tierno. E intenso. Muy intenso. Cuando terminamos ya habían empezado los gritos en el avión. Parecía asustado, pero no sorprendido. Se escucharon golpes, un intenso sonido de descompresión. Quise despedirme pero solo me dio tiempo a darle un beso antes de que nos estrelláramos contra una de las Torres Gemelas.

Se lo conté a mi psicóloga pero no le dio demasiada importancia. Demasiados documentales. Demasiada ansiedad. Supongo que no fue culpa suya, nunca le había hablado de mi hermanastro.

Cuando tenía catorce años mi madre se volvió a casar. Nos mudamos a la casa de su marido y ahí fue cuando conocí a Carlos. Tenía dieciocho años y, aunque suene a tópico, no era como los demás. No era simplemente que escribiera poesía, no era que la visión de su exuberante cuerpo jugara con mis hormonas a su antojo, no era su mirada encantadora ayudándome, en su nuevo papel de hermano mayor, con el inglés. Era su forma de  existir, de moverse, sus extrañezas, las opiniones que dejaba caer sobre cosas que ni siquiera sabía que existían. Para mí la película que marcó mi adolescencia no fue Dirty Dancing, fue “Los amantes del círculo polar”.
Odiaba con intensidad a todas sus novias. Una tras otras desfilaban por casa, y luego apilaban sus mensajes en el contestador. Mensajes sin respuesta. No estaban a su altura. Nadie lo estaba.

Aún recuerdo vívidamente aquel fin de semana. Era domingo, me despertó de madrugada el ruido de la ducha, se había dejado la puerta entreabierta, quizás acababa de llegar de farra o simplemente tenía calor. Me apoye en el quicio de la puerta y le observé. Era la primera vez que veía a un hombre totalmente desnudo. Se estaba masturbando. Tuve que clavarme las uñas para no entrar ahí dentro y, no sé, devorarlo. Me temblaban las piernas, respiraba aceleradamente, casi gemía. Él siguió durante varios minutos, minutos eternos, deliciosos.
Luego me miro, o quizá solo fue mi imaginación. Nunca lo sabré. Me fui corriendo a mi habitación y nunca volvió a repetirse. A partir de ahí también estuvo conmigo por las noches, entre mis dedos.

Pasaron unos años, Carlos se fue a vivir al extranjero Se espació nuestro contacto. Tuve novios. Pero él siempre estaba ahí. Cuando cumplí dieciocho años me llamo y me dijo que me regalaría un viaje a New York, que él se encargaría de hacerme de guía turística y de lo que necesitara. Murió dos días después en un accidente de moto. Un accidente estúpido.

Lloré durante semanas, meses. Apenas comía, apenas vivía. Me regodeaba en ese dolor, un dolor tan punzante, tan extremo que al final mi familia estuvo a punto de internarme. Pasó más de medio año hasta que los antidepresivos empezaron a funcionar. Empecé a olvidar, a adaptarme, a cauterizar, a esconderle. Con otros cuerpos, otras drogas, otra vida.

Hasta que, quince años después, empezaron estos sueños. El primero fue ese. Luego han venido más, todos más o menos parecidos. El escenario cambia, puede ser un tren, un autobús, un edificio, una cafetería, siempre inmersos ya en una conversación. Sobre libros, películas, banalidades del día a día, anhelos. Siempre con esa sensación de ser desconocidos y amantes a la vez. Luego hay un gesto, quizá suyo, a veces mío y hacemos el amor como preámbulo de la muerte. Porque los sueños siempre terminan igual: un atentado, un accidente, un incendio, un terremoto, un tsunami…

El problema es que esos sueños tan intensos -amanezco totalmente encharcada y con agujetas-, empañan mi vida real, esa especie de show de Truman de baja audiencia. No tengo ganas de ir al trabajo, incluso lavarme los dientes es una tarea titánica. Como si vivir solo tuviera significado cuando sueño con él. Supongo que nadie me había susurrado antes en catalán que mataría monstruos por mí, supongo que nadie me había recordado antes tan genuinamente al Carlos de mi adolescencia. Pero tengo miedo, porque alguno de los dos sueña al otro, algunos de los dos no es real, e incluso si lo fuéramos y pudiéramos vernos en persona ¿Qué sucedería? ¿Por qué siempre todo termina en accidentes mortales, era una metáfora freudiana sobre el orgasmo?

El solo hecho de reflexionar sobre ello me convencía aún más de que me estaba volviendo loca. Solo son sueños, literatura onírica. Sublimación de esa necesidad de afecto, del vacío que produjo la muerte de Carlos. De las decepciones, de la soledad. Tengo treinta años, joder, debo de ser más racional, mantener la compostura. Pedir ayuda. Tomar algún tipo de sedante que me haga dormir normalmente. No puedo dejarme llevar por mis fantasías, comprar un billete de avión y presentarte en Barcelona a una cita con alguien con el que sueñas. Es absurdo.

En eso estoy pensando mientras paseo inquieta a las once de la noche por la plaza de Sant Felip Neri. En si el conjunto de suéter rojo y falda de cuero negra me favorece con el maquillaje escogido. En que todo esto es una estupidez. En sí realmente vendrá alguien o solo van a intentar atracarme un par de ingleses borrachos. En que la plaza tiene una magia especial y, aunque sea sola, ya solo por estar aquí ha merecido la pena el viaje. En que si el sexo es así en la realidad he estado perdiendo el tiempo durante muchos, muchos años. En que…

De pronto, el sonido de unos pasos a su espalda interrumpe sus reflexiones. Sea quien sea se acerca a ella decididamente. Está muy nerviosa, no se atreve a girarse.

-“¿Irene…?"

Tristeza by Ivan y Amaro Ferreiro + La china Patiño on Grooveshark