miércoles, 20 de abril de 2011

El poema es el juguete roto de unos niños que ya se han hecho mayores. Es el momento de gloria del loco. Un chupete con forma de garfio.

No quiero apostarlo todo a dos rodillas con hoyuelos -vive con ella tres meses y aprende a sufrir-, prefiero el amor fiel de esta habitación. Soy una flor destripada a solas con los dioses.

Los párrafos que merecen la pena huyen –putos insurrectos-, prefieren buscar un lugar donde sean mejor apreciados. Como vender rosas bajo la lluvia, dibujo tu perfume francés con mis dedos, bosquejos de putas, locos predestinados, esos labios desollados marcando a dentelladas las invisibles corrientes que conectan nuestros cuerpos.

Suena una sirena en mitad de la noche –hay sonidos que te pueden volver loco-, tumbado en esta moqueta rancia, del color de infames jornadas de trabajo con resaca, la resolución se pierde entre la ropa sucia. Esnifo Jesucristo en polvo. La música nunca es inocente. Como un chiste pretencioso sobre Baudelaire del romántico tuberculoso que acompaña a Hans Castorp en los montes suizos

Cuerpos estriados jadeando tras las persianas, entrañables adictos. Oigo voces y no les gustas. Súbete el vestido, pervierte mis sentidos una vez más. Tu pintalabios rojo -como la locura aceptada de antemano-, recrea una sonrisa deslucida, rosas ajadas prematuramente, eres como una tienda de empeño abierta por falta de fe.

¿Cuándo…?
¿Cuándo terminará…?

Aquí sentado sin remediar la situación, esperando, como una mosca en la tela, buscando esas palabras que te humedezcan, ese escalofrío en tu espalda, sobrevolar ese desprecio edulcorado, esperando tu llamada de auxilio. El infierno trepa por la ventana e insiste en brindar conmigo. Todo deriva a este cadalso de mercurio. Ahora te estará follando otro, evoco la escena sin clemencia, y me dejo caer en un sueño donde ángeles sin alas -espaldas ensangrentadas- se mueven en sillas de ruedas. Escritores estreñidos miran frustrados la cola de lectores pidiendo su ración de mierda fresca. No, mi querida ramera, cuando vuelvas no mentiré, tu vida ha sido un desperdicio, tu único talento es hacerme sufrir.

Escrutinio ante la exhibición. Las mujeres, seres infinitos, caminando por los tejados de mi memoria, dejando instantes de gloria, de angustia. Acompañadas de hombres que, en el mejor de los casos, tienen el alma muerta y una incapacidad innata para comprenderlas.

Ahogando su propio brillo en una elección barata, terminan llorando, obsesionadas con la nada, llenas de miedo, de ansiedad, de frustración, buscando culpables entre las paredes de su cuarto incapaces de entender.
Y me pregunto:

¿Por qué?
                         ¿Por qué?
                                                        ¿Por qué?
         ¿Por qué?
                                        ¿Por qué?

No estoy resentido, sólo decepcionado. Atrapado en callejones sin salida emocionales. No tardará en aparecer, lo noto creciendo en mi interior…

Cada día un detalle más que se añade con saña. Rehúyo mi reflejo, buceo en la oscuridad viscosa de mi interior, apenas percibo ya el abismo entre palabras y sentimientos. Sonrío ajeno a esas confidencias de renuncias donde la dignidad apenas se menciona. Comer no es tan importante. Dejo de participar, no va conmigo, me rendí hace años, dos veces, pero el juego continuaba sin mi permiso.

Por fin aparece todo el dolor, la nausea, la tristeza, ese grito sordo que nace de las entrañas, cobra forma de bestia y me atrapa de madrugada. Estoy solo, no hay voces que me acompañen esta vez. Se arrastra por el linóleo de la cocina con mirada lasciva, me sabe suyo, disfruta del momento. Mirarle a los ojos es un cementerio de locura y miedo, de decadencia insoslayable. Me ataca, arrancando, masticando, consumiendo partes de mí que antes creía importantes y luego se va gruñendo de satisfacción.

Ellas me encuentran al amanecer, todavía me retuerzo de dolor. Me escupen palabras, me llaman cobarde. Pero no importa, sus rostros se me antojan muros pero ya no tengo necesidad de escalarlos, el lobo estepario ya no tiene miedo a la navaja.

Rimbaud dejó de escribir entre ajenjo y hachís, le amputaron la pierna, murió, como mueren todos. Pensaba en esto en mi sueño, contra el muro, con esos mosquetes apuntando hacía mí. Desprecié la venda, calor, polvo, orín de rata rodeándolo todo. Estaba contento, casi exultante, la muerte sin guadaña me esperaba. Era cuestión de segundos, sin tiempo para más. Clarinetes oxidados, marcha fúnebre epistolar.

-Apuntad bien cabrones –grité. Sonreía. Un final perfecto.

On My Shoulders by The Dø on Grooveshark