No sé si sé volar…
Nunca me había gustado. Lo
había hecho alguna vez, por obligación, sin disfrutar lo más mínimo, sin
desearlo en absoluto…
Hasta él. ¿Por qué coño
con él sí? No lo entiendo. Odio no entender. La primera vez me pilló por
sorpresa. Estaba encima de mí. La metía y cuando parecía que estaba a punto de
sacarla completamente, de abandonarme, embestía furioso. El sexo así tiene algo
que el tierno no tiene. ¿Cómo podía no echar de menos la ternura? “Pregúntame
lo que quiero” “Te jodes, hoy mando yo”
¿Y por qué me gusta? ¿Por
qué ese “te jodes” me hace sentir perra en celo, por qué me inunda así? Creo
que me estoy volviendo loca.
De repente no sé bien cómo
llegó a mi boca y empezó a follármela. Sin pedir permiso, sin preguntar. Mis
flujos llenando mi boca, mezclados con los suyos. Sube el ritmo, ahógame,
quiero morir asfixiada.
Aprenderás a hacerlo. Y
sonaba a promesa, a sesiones eternas de sexo, a ti aprendiendo de memoria los
lunares de mi espalda hasta que sean tu guía, tu mapa celestial en las noches
oscuras. Sonaba a mí suplicando que me folles también el culo, mientras tus
dedos buscan en mi coño la felicidad.
Suena a caricias, a
mordiscos. Suena a mi pelo acariciándote las caderas mientras subo y bajo
rítmicamente, mientras mis labios te envuelven y mi lengua te saborea.
Enséñame. Hazme hacer
horas extras. Se mi dueño. Fóllame hasta que tu polla no conozca otro hogar que
mi boca. Hasta que encuentres el amor en el fondo de mi garganta, hasta que mi
lengua sea la única caricia que desees.
Mi dueño… ¿O no?
Mi dueño… ¿O no?