miércoles, 23 de diciembre de 2015

El club de los escritores suicidas: Sylvia Plath (1932-1963)

Sylvia Plath fue siempre una mujer atormentada, pletórica de actividad febril y caracterizada por la búsqueda de la perfección aun a costa de la propia salud. La relación con sus padres fue difícil. Especialmente con su padre, de quien llegó a decir: “era un autócrata… yo le amaba y le despreciaba a la vez, y probablemente deseé muchas veces que estuviera muerto.” Llegó incluso más lejos configurándole en el conocidísimo poema “Daddy” (“Papaíto”), como un personaje ario y antisemita, influida sin duda por su origen alemán.

Las depresiones y las visitas al “oscuro infierno de la mente humana”, como ella misma lo definiera, comenzaron alrededor de sus 20 años, con graves crisis de insomnio, depresiones esporádicas y pensamientos suicidas, según quedara registrado en las páginas de su diario. En alguna ocasión su madre descubrió extrañas cicatrices en sus piernas. Al preguntarle qué era eso, Sylvia respondió “quería saber si tenía el valor de hacerlo”, admitiendo que quería morir. Su madre la llevó de inmediato al psiquiatra. Luego de varias sesiones y de diagnosticársele una severa depresión, se le aplicó el tratamiento acostumbrado para dichos casos en aquellos tiempos: sesiones de electroshock. 

“La vida es soledad, pese a todos los opiáceos, pese a las máscaras risueñas que todos nos ponemos. Y cuando al fin encuentras a alguien a quien crees que podrás mostrar tu alma, te detienes asustado por tus propias palabras… palabras tan apagadas, tan feas, tan vacías y débiles… por haber permanecido tanto tiempo en tu angosto y oscuro interior. Sí, existe la alegría, la satisfacción y el compañerismo… pero la soledad del alma en su pasmosa timidez es abrumadora y espantosa.” 

Pero el radical tratamiento no le ayudó mucho y más bien empeoró su insomnio, llegando incluso a desarrollar resistencia a los somníferos. El 24 de agosto de 1953, Sylvia dejó una nota diciendo que había ido a dar una larga caminata. En realidad se escondió en un pequeño espacio del sótano de su casa y se tomó alrededor de 40 pastillas. Su “desaparición” provocó una búsqueda entre familiares y amigos y al día siguiente fue titular de varios periódicos. Su madre expresaría su preocupación al encontrar el botiquín abierto pues sabía que Sylvia estaba deprimida porque no había podido escribir. Dos días después fue por fin localizada cuando escucharon gemidos: la encontraron cubierta con su propio vómito y semiinconsciente en el escondite del sótano.

Pasaría el resto del año tratándose con una psiquiatra, recibiendo más tratamientos de electroshock y pasando un tiempo internada en el Hospital McLean. En enero del año siguiente fue dada de alta al confirmarse que su sempiterna depresión parecía haber cedido. Sylvia se tiñó el pelo de rubio platinado, para marcar físicamente el cambio en su vida. Se sentía bien. Las cosas iban bien. Un par de años después sería aceptada en Cambridge y allí conocería a la persona que la marcaría, para bien o para mal: Ted Hughes.

A pesar de que Sylvia fue advertida por amigos del de la fama de mujeriego de Hughes, la atracción entre ambos parecía irrefrenable. Contrajeron matrimonio tres meses después, en junio de 1956. Su convivencia tuvo de todo: períodos de mucha creatividad, viajes, un par de hijos, discusiones que llegaron en alguna ocasión a los golpes, sospechas, celos profesionales. Mientras Hughes lograba publicar su obra y merecía críticas favorables, la primera publicación de Plath, El Coloso, recibió apenas tibias críticas.

En medio de un período muy intenso de escritura, donde Sylvia se levantaba de madrugada para poder escribir antes que comenzara el ajetreo doméstico, descubrió el romance de Hughes con Assia Wevill, también poeta y también casada. La separación de Sylvia y Ted fue dramática y desagradable.

En Londres alquiló un apartamento donde había vivido W. B. Yeats, a quien ella admiraba. A pesar de su depresión, de su insomnio, de su pésima situación económica y de una gripe rebelde, Sylvia pareció sobreponerse a toda la tensión escribiendo muchos de sus mejores trabajos. De ese período surge “Lady Lazarus”, donde la invocación a la muerte es palpable: “Morir/Es un arte, como todo./Yo lo hago excepcionalmente bien./Tan bien, que parece un infierno./Tan bien, que parece de veras./Supongo que cabría hablar de vocación./Es bastante fácil hacerlo en una celda./Es bastante fácil hacerlo, y quedarse esperando.” 

“Estoy aterrorizada de esta cosa oscura, que duerme dentro de mí. Todo el día siento sus vueltas emplumadas, su maldad… Como me gustaría creer en la ternura… Después de todo, estoy viva solamente por un accidente…  Un milagro caminante, mi piel, brillosa como la pantalla de una lámpara nazi… Carne, hueso, allí no hay nada… Herr Dios, Herr Lucifer, cuidado, cuidado… Nadie me miraba antes, ahora me miran… He sufrido la atrocidad de los atardeceres… No me muevo, la escarcha hace una flor, el rocío hace una estrella, la campana muerta, la campana muerta. Alguien está terminada… ¿Puro? ¿Qué significa? Las lenguas del infierno son lerdas… ¿Mi calor no te asombra? ¿Y mi luz? La mujer es perfeccionada, su cuerpo muerto lleva la sonrisa de su logro… Cada niño muerto enrollado, una serpiente blanca, cada uno a su pequeña botella de leche… De las cenizas me levanto, y me devoro los hombres como el aire.” 

El 11 de febrero de 1963, Sylvia se despierta a las seis de la mañana y le prepara el desayuno a sus hijos, de tres y un año. En una bandeja lleva a la habitación de Frieda y Nick: pan, mantequilla, leche. Vuelve a la cocina en la que acaba de prepararlo, cierra la puerta, tapa todos los resquicios con toallas. Mete la cabeza en el horno y abre el gas. Tenía treinta años.

Su viudo, Hughes, se convirtió en el editor del legado personal y literario de Plath. Supervisó y editó la publicación de sus manuscritos. También destruyó el último volumen del diario de Plath, que trataba del tiempo que pasaron juntos. En 1982, Plath fue la primera poeta en ganar un premio Pulitzer póstumo (por Poemas completos -The Collected Poems). En un extraño giro macabro su amante Assia Wevill, con la cual había tenido una hija, se suicidó junto a la niña de solo cuatro años en 1969 de la misma forma que Sylvia: abriendo el gas del horno.