martes, 22 de diciembre de 2015

El club de los escritores suicidas: Anne Sexton (1928-1974)

Anne Sexton nació el 9 de noviembre de 1928 en el seno de una familia burguesa de Massachusetts. Hija de un exitoso fabricante de lanas, era la menor de tres hermanas. Popular en la escuela, coqueta y frívola, se casó a los 20 años, después de haber huido con Alfred Muller. En 1954 se le diagnosticó depresión postparto, sufrió su primer colapso nervioso, y fue admitida en el hospital Westwood Lodge. En 1955, después del nacimiento de su segunda hija, Sexton sufrió otra crisis y fue hospitalizada de nuevo; sus hijas fueron enviadas a vivir con sus abuelos paternos. Ese mismo año, en su cumpleaños intentó suicidarse. Pasados los años, en una entrevista, Anne confesaba: "Yo estaba intentando lo imposible por vivir una vida tradicional. Pero no se pueden construir pequeñas cercas blancas para alejar las pesadillas. La superficie se rompió cuando tenía 28 años, tuve un ataque de pánico e intenté matarme".

Por sugerencia del médico Martin Orne, comienza a tratar de canalizar sus impulsos a través de la poesía,  ya que las fobias la dominaban y sufría ataques de pánico si intentaba salir de su casa.  Durante esos años estudia y lee a Freud, Dostoievski, Thomas Mann, Rilke y Neruda, todo por el intento de llenar el vacío que la angustiaba. Simultáneamente asiste a talleres de poesía y en uno de ellos conoce a Sylvia Plath de quien se hace amiga y confidente. Ambas compartían experiencias similares: hospitalizaciones, tratamientos psiquiátricos, pastillas, abortos e intentos de suicidio, y una obsesión incondicional por la poesía.

La poesía de Sexton empieza a ganar en calidad e intensidad. Empiezan a solicitarla en recitales y su nombre empieza a ser conocido. Como parte del espectáculo siempre llegar tarde, se sienta y arroja sus zapatos de tacón rojo sobre los concurrentes mientras lee sus poemas con voz sensual y provocativa. Suele iniciar sus lecturas con el poema “Her Kind”: 

He salido al mundo, una bruja poseída,
Rondando el aire negro, más valiente por ello
Soñando el mal, he sobrevolado
Las casas planas, de luz en luz:
Pobre solitaria, con mis 12 dedos, enajenada.
Una mujer así no es una mujer, lo sé.
Yo he sido de ésas.

He encontrado las cuevas tibias del bosque,
Las he llenado de sartenes, esculturas, estantes,
De armarios, sedas, de incontables bienes;
He preparado la cena para gusanos y elfos:
Llorando, aullando, ordenando lo que estaba mal.
A una mujer así no se la comprende.
Yo he sido de ésas.

He viajado contigo, carretero, saludando
Con los brazos desnudos a los pueblos que pasaban,
Aprendiéndome las últimas rutas de la claridad, superviviente
Allí donde tus llamas aún muerden mis muslos
Y crujen mis costillas bajo la presión de tu carreta.
Una mujer así no se avergüenza de morir.
Yo he sido de ésas. 

"Todo el mundo tiene la capacidad de enmascarar el dolor de los eventos. La persona creativa no debe utilizar este mecanismo, el escritor debe sentir el dolor, bucear en su mente, rascar hasta que salga ese dolor". Sexton se desnuda totalmente en palabras. Toca el dolor, mete la mano en sus llagas. Inflama su poesía confesional con las experiencias muy íntimas, sin asomo de tabú: menstruación, adulterio, incesto, aborto, adicción a las drogas y a los psicofármacos cohabitan en su poesía con un marcado carácter femenino. La desnudez es absoluta.

En  febrero de 1964 Sylvia Plath se suicida. Sexton confiesa a su psiquiatra: "Esa muerte era mía". Le dedica un poema: 

"Oh Sylvia, Sylvia, / con una caja muerta de cucharas y piedras, / con dos hijos, dos estrellas fugaces / errantes en el pequeño cuarto de juegos / con tu boca en la sábana, / en la viga del techo, en la necia oración, / ... / ¡Ladrona! / ¿Cómo te arrastraste dentro, / bajaste arrastrándote sola / al interior de la muerte que yo deseé tanto y durante tanto tiempo, / la muerte que las dos dijimos que estaba superada / la que llevábamos en nuestros pechos flacos, / de la que hablábamos tanto cada vez / que nos metíamos tres martinis de más en Boston, / la muerte que hablaba de psicoanálisis y remedios, / la muerte que hablaba como novias conspiradoras, / la muerte por la que bebíamos, / ¿las razones y luego el acto tranquilo? (...)" 

En 1966 se le concede el Premio Pulitzer por el poemario: "Live or Die" (Vivir o morir). Un libro debería servir como el hacha para el mar helado que hay en nuestro interior, había escrito Kafka en una carta que Sexton aprovecha para definir el sentido de la literatura. Más allá del valor terapéutico hay en sus poemas una voluntad radical de romper límites y barreras frente a la sociedad, el sexo y la literatura. Una voluntad provocadora que se resuelve en grito de rebeldía frente al puritanismo o la hipocresía y que se puede resumir en las tres últimas estrofas de “La balada de la masturbadora sola”: 

Entonces vino mi rival del ojo morado.
La mujer de agua, alzándose en la playa,
Un piano en la punta de sus dedos, vergüenza
En sus labios y un discurso de flauta.
Y yo era la escoba de las rodillas pegadas.
De noche, sola, desposo la cama.

Ella te agarró como una mujer agarra
Un vestido de saldo de un estante
y yo me rompí igual que una piedra.
Te devuelvo tus libros, tu sedal.
El periódico de hoy dice que te has casado.
De noche, sola, desposo la cama.

Chicos y chicas son uno esta noche.
Se desabrochan blusas. Se bajan las braguetas.
Se quitan los zapatos. Apagan la luz.
Las trémulas criaturas están llenas de mentiras.
Se comen mutuamente, bien saciadas.
De noche, sola, desposo la cama. 

Escribió que los suicidas tenían un lenguaje especial: “Como carpinteros quieren saber qué herramientas. Nunca sin embargo por qué construir”. En Cartas para el Doctor Y, que dejó inédito hasta después de su muerte, invoca tozuda su única suerte: “Muerte, / necesito mi pequeña adicción a ti, / necesito esa vocecita que, / hasta cuando asciendo desde el mar, / toda una mujer, completa, / dice mátame, mátame”. El 4 de octubre de 1974, tras revisar las galeradas de su manuscrito, El horrible remar hacia Dios, y almorzar con su editor vuelve a su casa. Allí se ​​pone el abrigo de piel de su madre y se quita todos los anillos. Se sirve un vodka y con el vaso en la mano entra en su garaje y se encierra. Y allí, sentada al volante de su automóvil, un Ford Cougar de color rojo, enciende la radio. Y el motor.