miércoles, 23 de diciembre de 2015

El club de los escritores suicidas: Virginia Woolf (1882-1941)

El día 28 de marzo de 1941, por la mañana, a los cincuenta y nueve años de edad, la escritora Virginia Woolf se ahogó voluntariamente en el río Ouse, cerca de su casa de Sussex. Era un día frío y luminoso. Ya lo había intentado anteriormente, unos días antes había regresado a casa con la ropa y el cuerpo completamente empapados después de uno de sus paseos. En aquella ocasión dijo que se había caído, pero seguramente aquel fracaso le sirvió para descubrir que lo que debía hacer era meter varias piedras en los bolsillos de su abrigo. Así no volvería a fallar.

Virginia Woolf sufría de un trastorno bipolar maniaco-depresivo en un tiempo en el que aún no había sido descubierto el litio como tratamiento eficaz para regular este desequilibrio bioquímico que es capaz de llevar a quienes lo padecen desde la depresión más absoluta, a la hiperactividad desbordante, a veces acompañada por síntomas psicóticos como los delirios y las alucinaciones. Este era su cuarto intento de suicidio.

Su vida personal no fue fácil: pierde a su madre a los trece años (1895), lo que desencadena su primer episodio depresivo, que habría de durarle seis meses. Dos años después debe enfrentarse a la muerte de su hermanastra, Estella. En 1905 con la muerte de su padre sufre un segundo ataque: deja de comer, afirma escuchar a los pájaros cantar en griego. Los médicos diagnostican demencia y es ingresada durante un tiempo. Hoy sabemos que estuvo sufriendo sistemáticos abusos sexuales de sus dos hermanastros, George y  Gerald, hasta los 22 años y que eso contribuyo enormemente a agravar sus problemas psicológicos.

En 1912 se casa con Leonard Woolf, del que no estaba enamorada (lo aceptó para disponer de "un cuarto propio"). Justo un año después decide tomar 100 gramos de Veronal, una dosis que hubiera resultado fatal si no hubiera sido por la presencia accidental del doctor Geoffrey Keynes, quien logra salvarla.

Revisando las fechas en las que se sucedieron algunos de sus colapsos nerviosos de mayor intensidad, se puede comprobar que las crisis de delirio en las que perdía casi por completo la conciencia de la realidad y del mundo exterior solían coincidir con los momentos en los que estaba terminando de escribir alguna de sus novelas. Diversos analistas han encontrado una relación entre la técnica que inventó Virginia Woolf, el fluir de consciencia o monólogo interior, y las resonancias dejadas por su vivencia de las etapas maniacas. Durante estos episodios era capaz de captar un caudal inagotable de ideas y pensamientos que luego quedaban plasmadas en su obra narrativa una vez recobraba su lucidez. En el personaje de Septimus Warren Smith, de la novela “La señora Dalloway”, Woolf se adentra en la mente atormentada de un excombatiente de la Primera Guerra Mundial, que regresa enloquecido y que, como ella, acabará suicidándose. Un personaje que cuestiona los ineficaces y tortuosos tratamientos a los que eran entonces sometidos los enfermos mentales.

A pesar de la aparente frialdad en el matrimonio Woolf, llegaron a crear un vínculo afectivo y laboral profundo. Juntos fundaron la editorial Hogarth Press, donde no sólo se publicó gran parte de los libros de Virginia, sino también de autores como T.S. Elliot, Katherine Mansfield y hasta Sigmund Freud. Su participación en el círculo de Bloomsbury, iniciado originalmente por su fallecido hermano Thoby, significó además la ruptura con la tradición conservadora de la época, no sólo en cuanto a lo literario, sino también en cuanto a conductas. El grupo suponía costumbres sexuales algo más relajadas, las cuales permitieron que Virginia explorara relaciones lesbianas, sobre todo con Vita Sackville West, para quien fue escrita la novela “Orlando”. Sin embargo, la versión original, una ofrenda amorosa a Sackville (la carta de amor más larga y encantadora en la historia de la literatura según el propio hijo de Vita Sackville), no fue la versión publicada, que tuvo que sufrir la auto-censura de la misma Virginia, por temor a ser perseguida policialmente al narrar escenas de amor homosexual.

“Una habitación propia” (1929) es uno de los ensayos feministas más conocidos donde se abordan los innumerables prejuicios y obstáculos que las mujeres han tenido, y aún tienen, que sortear para dedicarse a la literatura en libertad, o simplemente para emanciparse y realizarse como seres humanos íntegros, independientes y autónomos librándose de etiquetas y corsés, a menudo impuestos por ilustres varones, coléricos dice la autora, que han arremetido contra ellas a lo largo de la historia. El título supone ya la primera metáfora del contenido de la obra: lo que la mujer necesita para poder dedicarse a la literatura, a escribir novelas, es una habitación propia, el símbolo de la libertad personal, de la independencia física (espacio) y también  económica (tiempo).

“La libertad intelectual depende de cosas materiales. La poesía depende de la libertad intelectual. Y las mujeres siempre han sido pobres, no solo durante doscientos años, sino desde el principio de los tiempos. Las mujeres han gozado de menos libertad intelectual que los hijos de los esclavos atenienses. Las mujeres no han tenido, pues, la menor oportunidad de escribir poesía.”

En libros como “El cuarto de Jacob” (1922), “Al faro” (1927) o “Las olas” (1931), el peso de la narración se deposita por completo sobre las reflexiones de cada personaje, y es únicamente siguiendo dichas reflexiones como podemos llegar a conocer el desarrollo de la trama novelada. Demuestra de esta forma que la realidad interna y subjetiva suele ser mucho más interesante para el lector que cualquier otro tipo de fuerza externa. “Entre actos” (1941) resume y magnifica sus principales preocupaciones: la transformación de la vida a través del arte, la ambivalencia sexual y la reflexión sobre temas del flujo del tiempo y de la vida. Es el más lírico de sus libros, escrito principalmente en verso.

El ver amenazada su capacidad creativa, bálsamo y guarida de su trastorno bipolar, Virginia Woolf vislumbra en el suicidio el final de su agonía. Esta es la carta de despedida que le dirige a su esposo Leonard Woolf y que escribe poco antes de lanzarse al rio Ouse, con su vestido lleno de piedras:

"Siento que voy a enloquecer de nuevo. Creo que no podemos pasar otra vez por una de esas épocas terribles. Y no puedo recuperarme esta vez. Comienzo a oír voces, y no puedo concentrarme. Así que hago lo que me parece lo mejor que puedo hacer. Tú me has dado la máxima felicidad posible. Has sido en todos los sentidos todo lo que cualquiera podría ser. Creo que dos personas no pueden ser más felices hasta que vino esta terrible enfermedad. No puedo luchar más. Sé que estoy arruinando tu vida, que sin mí tú podrás trabajar. Lo harás, lo sé. Ya ves que no puedo ni siquiera escribir esto adecuadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que debo toda la felicidad de mi vida a ti. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirlo —todo el mundo lo sabe. Si alguien podía haberme salvado habrías sido tú. Todo lo he perdido excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir arruinando tu vida durante más tiempo. No creo que dos personas pudieran ser más felices que lo que hemos sido tú y yo. V”