viernes, 16 de octubre de 2015

El dolor es un hábito, un hogar, un espejo desnudo, un amor políglota, cruel, sucio, que es ancla y exilio, intensidad y caos, de rodillas, anclado a mi mente, lujuria, amor, bilis blanca bajando por tu garganta. Estoy borracho y pienso en el suicidio.

Antes pensaba que escribir sobre metaliteratura era una idiotez, una nadería fútil, a fin de cuentas, ¿para qué explicar cómo escribir si la única manera de hacerlo es a través del propio acto en sí? Pero luego leí “Mientras escribo” de Stephen King y “El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco” de Charles Bukowski donde hablaban del proceso creativo, qué les impulsa a escribir, sus consejos, sus liturgias, y me pareció muy interesante. Así como el concepto que desarrolla Barry Miles en la biografía de Bukowski sobre el flâneur, el observador entre la multitud que aprovecha las horas muertas para invertirlas luego en la página en blanco.

De hecho a veces he tenido ganas de relacionarme con la fauna literaria que existe en Madrid y preguntarles, ¿tú que necesitas, qué haces para escribir, de dónde sacas la inspiración, consideras necesario escribir todos los días o prefieres hacerlo de forma anárquica, según aparezca la musa y tengas tiempo, prefiere publicar todo o estás esperando a confeccionar el libro definitivo? Aunque también es cierto que la mayoría de lo que se publica no me gusta demasiado. Y quizás sus consejos ni siquiera valen para sí mismos. Aunque la idea del escritor solitario y autosuficiente puede llegar a ser deficitaria, también es necesaria esa soledad para proteger tu propio estilo.


Con la prosa es sencillo mejorar, es cuestión de práctica y leer mucho. Pero la calidad poética es más ambigua: o resultas demasiado pedante y oscurantista, o caes en lugares y temas comunes. Es difícil encontrar alguien que destaque y haga algo diferente. Y lo digo desde la experiencia como lector que lee una media de cien libros al año. Quizás el problema es la trampa de la prosa poética, Twitter como lugar de vómitos y consoladores dobles bien lubricados por las babas de los fans. Y es cierto que gracias a las redes sociales podemos afirmar que escribimos todos los días, pero es un atajo que te impide dedicarte seriamente a ello. Este fin de semana me leeré el nuevo de Irene X y despotricaré después, hay que revocarse en el fango de vez en cuando.

No hay trucos, si quieres encontrar la inspiración debes subvertir las horas deficitarias, alimentar la mente el resto del tiempo libre con nuevas lecturas, conversaciones, música, películas, indignación política… lo que sea que active tu interés. Llegará un momento en que la terapia autobiográfica sea aburrida, tendrás que mirar al exterior. Pero hay que tener tiempo libre, la pasión no basta, ese viejo mito de Bukowski escribiendo después de pasar diez horas en la fábrica, con resaca y hambre, pero sin parar de escribir, ¿nos lo podemos creer? ¿Siempre era así?

Otra cosa. En el libro de Stephen King él habla de su mujer, Tabitha Spruce, como la mejor y primera crítica literaria. La notoriedad en internet es básicamente proselitismo, redes sociales que se basan en me gustan, números y seguidores. Cualquier mierda que sueltes a la red con tiempo y constancia puede crear un círculo de groupies que defiendan tu figura, tu obra, tu etiqueta y tus ideas con un fanatismo absurdo. Supongo que el motivo es que todo el mundo tiene la necesidad de reafirmar su propia personalidad e ideas formando parte de un grupo grande y destacado, o de un grupo minoritario y elitista. En cualquier caso lo que quiero decir es que tener un círculo de seguidores no implica necesariamente que lo que escribas sea decente, de hecho normalmente suele ser al revés. Por eso necesitamos a alguien cercano, un amigo cínico, un familiar visceralmente sincero, alguien que diga cuando sea necesario: “esto es una jodida mierda” Quizás en plan más constructivo, pero esa es la idea, no hay nada peor que convertirte en un cabrón arrogante cuya única meta es encenagar el catálogo editorial y por osmosis el criterio artístico de miles de personas.

Además, el escritor juega con una ventaja con respecto a otras actividades: tiene mucho margen de mejora, puede escribir durante toda su vida. Y cincuenta años de disciplina, lecturas y amigos sinceros puede que no te conviertan en Rimbaud, pero te aseguro que podrás escribir una decente autobiografía. Quizás sea una herejía lo que voy a decir, pero no creo que Bukowski tuviera mucho talento, más bien estaba obsesionado con escribir, y quizás la bebida y su misantropía le ayudaron a conseguir la soledad necesaria para mejorar y mantener su estilo propio durante toda su carrera literaria. Una de las cosas más divertidas de escribir es que siempre tienes una segunda oportunidad, siempre puedes mejorar el texto, reinterpretarlo. Sacar un libro. Dos. Tres. Diez. Cien. Bukowski fue el héroe de su propia mierda hasta los setenta y cuatro años.

Pero al final lo más importante, aparte de consejos, liturgias, talleres literarios o disciplinas sociales, es la pasión, es disfrutar, necesitar, obsesionarte con ello. Y qué difícil es a veces sacrificar el tiempo, substraerte de la inercia monetizadora, y simplemente disfrutar del hecho en sí de crear, de plasmar pensamientos, de ordenar el caos interior y provocar empatía o emoción al otro lado de la pantalla. Quizás ha quedado muy cursi. Apliquemos por tanto la metáfora de la masturbación: el escritor es Narciso –mitología griega- y el público impide que se ahogue en el mar de su propio reflejo. La notoriedad es importante, los anhelos de éxito y reconocimiento, pero tiene que existir un equilibro entre el outsider que tiene un blog privado o escribe en libretas que no dejar leer a nadie, y el poeta que tiene cinco mil amigos en Facebook y pasa más tiempo en eventos jam sessions de poesía que escribiendo cosas nuevas.

Pero no me hagáis caso: me gusta divagar cuando estoy borracho y mi vida se perfila como un embarcación de cadáveres en medio del mar.