
De hecho a veces he tenido ganas de relacionarme con la fauna literaria que existe en Madrid y preguntarles, ¿tú que necesitas, qué haces para escribir, de dónde sacas la inspiración, consideras necesario escribir todos los días o prefieres hacerlo de forma anárquica, según aparezca la musa y tengas tiempo, prefiere publicar todo o estás esperando a confeccionar el libro definitivo? Aunque también es cierto que la mayoría de lo que se publica no me gusta demasiado. Y quizás sus consejos ni siquiera valen para sí mismos. Aunque la idea del escritor solitario y autosuficiente puede llegar a ser deficitaria, también es necesaria esa soledad para proteger tu propio estilo.
Con la prosa es sencillo
mejorar, es cuestión de práctica y leer mucho. Pero la calidad poética es más
ambigua: o resultas demasiado pedante y oscurantista, o caes en lugares y temas
comunes. Es difícil encontrar alguien que destaque y haga algo diferente. Y lo
digo desde la experiencia como lector que lee una media de cien libros al año.
Quizás el problema es la trampa de la prosa poética, Twitter como lugar de
vómitos y consoladores dobles bien lubricados por las babas de los fans. Y es
cierto que gracias a las redes sociales podemos afirmar que escribimos todos
los días, pero es un atajo que te impide dedicarte seriamente a ello. Este fin
de semana me leeré el nuevo de Irene X y despotricaré después, hay que
revocarse en el fango de vez en cuando.
No hay trucos, si quieres
encontrar la inspiración debes subvertir las horas deficitarias, alimentar la
mente el resto del tiempo libre con nuevas lecturas, conversaciones, música,
películas, indignación política… lo que sea que active tu interés. Llegará un
momento en que la terapia autobiográfica sea aburrida, tendrás que mirar al
exterior. Pero hay que tener tiempo libre, la pasión no basta, ese viejo mito
de Bukowski escribiendo después de pasar diez horas en la fábrica, con resaca y
hambre, pero sin parar de escribir, ¿nos lo podemos creer? ¿Siempre era así?
Otra cosa. En el libro de
Stephen King él habla de su mujer, Tabitha Spruce, como la mejor y primera
crítica literaria. La notoriedad en internet es básicamente proselitismo, redes
sociales que se basan en me gustan, números y seguidores. Cualquier mierda que
sueltes a la red con tiempo y constancia puede crear un círculo de groupies que
defiendan tu figura, tu obra, tu etiqueta y tus ideas con un fanatismo absurdo.
Supongo que el motivo es que todo el mundo tiene la necesidad de reafirmar su
propia personalidad e ideas formando parte de un grupo grande y destacado, o de
un grupo minoritario y elitista. En cualquier caso lo que quiero decir es que
tener un círculo de seguidores no implica necesariamente que lo que escribas
sea decente, de hecho normalmente suele ser al revés. Por eso necesitamos a
alguien cercano, un amigo cínico, un familiar visceralmente sincero, alguien que
diga cuando sea necesario: “esto es una jodida mierda” Quizás en plan más
constructivo, pero esa es la idea, no hay nada peor que convertirte en un
cabrón arrogante cuya única meta es encenagar el catálogo editorial y por
osmosis el criterio artístico de miles de personas.
Además, el escritor juega
con una ventaja con respecto a otras actividades: tiene mucho margen de mejora,
puede escribir durante toda su vida. Y cincuenta años de disciplina, lecturas y
amigos sinceros puede que no te conviertan en Rimbaud, pero te aseguro que
podrás escribir una decente autobiografía. Quizás sea una herejía lo que voy a
decir, pero no creo que Bukowski tuviera mucho talento, más bien estaba
obsesionado con escribir, y quizás la bebida y su misantropía le ayudaron a
conseguir la soledad necesaria para mejorar y mantener su estilo propio durante
toda su carrera literaria. Una de las cosas más divertidas de escribir es que
siempre tienes una segunda oportunidad, siempre puedes mejorar el texto,
reinterpretarlo. Sacar un libro. Dos. Tres. Diez. Cien. Bukowski fue el héroe
de su propia mierda hasta los setenta y cuatro años.
Pero al final lo más
importante, aparte de consejos, liturgias, talleres literarios o disciplinas
sociales, es la pasión, es disfrutar, necesitar, obsesionarte con ello. Y qué
difícil es a veces sacrificar el tiempo, substraerte de la inercia monetizadora,
y simplemente disfrutar del hecho en sí de crear, de plasmar pensamientos, de
ordenar el caos interior y provocar empatía o emoción al otro lado de la
pantalla. Quizás ha quedado muy cursi. Apliquemos por tanto la metáfora de la masturbación:
el escritor es Narciso –mitología griega- y el público impide que se ahogue en
el mar de su propio reflejo. La notoriedad es importante, los anhelos de éxito
y reconocimiento, pero tiene que existir un equilibro entre el outsider que
tiene un blog privado o escribe en libretas que no dejar leer a nadie, y el
poeta que tiene cinco mil amigos en Facebook y pasa más tiempo en eventos jam sessions
de poesía que escribiendo cosas nuevas.
Pero no me hagáis caso: me
gusta divagar cuando estoy borracho y mi vida se perfila como un embarcación de
cadáveres en medio del mar.
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